Con dos me levanto. Lo mío es vicio.
Y ahora a la cocina a cacharrear un poco.
Musiquilla nórdica, la mañana de un tal Grieg, muy socorrida.
Febrero y marzo en el Club de lectura de La Acequia, dirigido por Pedro Ojeda Escudero, pero yo voy y me adelanto como el almendro.
Entro, de puntillas, en "Claros del bosque",,de María Zambrano. Filosofía y poesía, también mística. No leía a un filósofo desde mis tiempos de pedante estudiante, cuando no me daba miedo acabar como en las viñetas del genial Forges: "no entiende ni peñazo pero trasponerse se traspone".
"Claris del bosque. En el claro del bosque de María, buscamos con ella el momento del despertar de la conciencia, antes que el tiempo nos encadenara, jodido Cronos. ¿Que había ahí? Y no había nada o había mucho. Una luz discontinua, a ver los amigos de la sabiduría que en este mundo han sido.
Despacito con esta lectura. La filósofa despertó con un limón muy machadiano. Yo solo recuerdo los plátanos del Espolón y mucha gente. Ahí empezó todo. Los presocráticos estaban en el ajo, el principio del principio, qué listos.
Y María Ángeles Merino Moya hablando de filosofías, cielos.
El otro libro es "La península de las casas vacías" de David Uclés, un joven escritor ahora muy de actualidad.
Un miliciano moribundo y una familia andaluza, un alumbramiento en una casa todavía sin luz...Todo pobre y antiguo, atrasado, pero la belleza de las palabras, en la evocación de un mundo perdido, nos regala el goce literario. Nurstra península fue así. Alfanhuí de Sanchez Ferlosio o Cien años de soledad de García Márquez son los ríos que más suenan en Jándula. A mí me recuerda más al de Ferlosio.
Los que se molestan, incluso indignan, y vociferan, por un libro así, se retratan, nostálgicos tal vez de un paraíso que nunca existió. Bueno, de todo tiene que haber en la viña del Señor.
Ya veis, una mañana con dos.
Vete a cacharrear, María Ángeles. Y levanta a tu madre.
María Ángeles Merino

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