jueves, 14 de mayo de 2015

"Sefarad": "fue volcado como por un golpe seco de mar "

Lectura frente al "Parque Doctor Vara"(Burgos), en un día caluroso de mayo.
 
 
Aquí tenemos de nuevo a las jóvenes Gracia y Justina, con su trabajo comentario en torno a "Sefarad". Hoy han elegido uno de los parques más tranquilos de la ciudad de Burgos. Allí, el mirlo "enloquece de amor entre lo verde" y es una bella  buena música de fondo cuando se habla de literatura y de sentimientos.
 
-¡Hola Gracia! Ha sido una buena idea quedar aquí, en esta terraza, en un lugar tan recogido y fresquito. Hoy, el café con hielo, con mucho hielo. ¡Qué calor para Burgos en mayo! ¿Con qué nos ponemos hoy?

-Podríamos rematar con lo del zapatero y la monja, del relato "América". ¿Qué te parece, amiga, si hacemos picadillo feminista con el tal Mateo? Machista, egoísta, rancio, facha, meapilas y cobarde, muy cobarde.

-Todo eso. Y un aplauso para la valiente Sor María del Gólgota. Y enlazaríamos con el último capítulo, el que se titula "Sefarad" como la novela. Porque hay conexión y una duda en el aire que me encanta: ¿el "ritornelo" de la monjita?

-Lo primero que tenemos que hacer es corregir lo del muchacho que coincide con el zapatero en sus recorridos nocturnos por el pueblo. No era Sacristán, que por entonces era el niño que bebió el agua del botijo con "sabor a fiebre", el mismo en que había bebido la monjita desmayada. Era Godino, el futuro secretario de la casa regional en Madrid , el que revive y hace  revivir con entusiasmo a sus paisanos las costumbres y la gastronomía de ese pueblo de Jaén...Mágina o Úbeda, ya sabes, el de Muñoz Molina. ¡Darle al actualizar y arreglado!


-Sí, y fue Godino, el hombre calvo y jovial, muy formalito él con su traje como de abogado, con su virgencita en  el alfiler de la corbata, el que contó en la barra de un bar los amores del zapatero Mateo con la monja Sor María del Gólgota, tal y como se lo contó el protagonista. O eso aseguraba.

-Como preámbulo, recitó aquello tan poético de "la morcilla gran señora digna de veneración". Se comió a la gran señora, la regó con cerveza y, entre cañas, fritangas, voces de camareros y  "musiquillas robóticas", bajó la voz para proclamar solemnemente:

"Imaginaos esa plaza de Santa María, tan vasta, abriendo las manos y los brazos, satisfecho de haber elegido ese adjetivo...una plaza muy ancha y rodeada espectralmente de iglesias y palacios, muy lejos de aquí, en otro mundo y otro tiempo, hace muchos años."



-Y, al mismo tiempo, nos cuenta su aventurilla. Que su novia le había advertido que no saliera a tiempo ni se dejara ver; pero él, ya sabes, como "la tranca de una puerta" o "la mano de un almirez". Que yo no sabía que el almirez era eso que sirve para machacar ajos y perejil, que yo soy más de minipímer.
 

Almirez con su mano
 
A lo que vamos, el Godino jovencito no aguantaba más, descorrió el cerrojo, raaaas. Y bajaba embozado por los callejones, pegadito a las paredes, pensando que era el único despierto  a esas horas.
 
-Deja ya las digresiones, que nos darán las mil y quinientas. No era el único porque, al otro lado de la plaza, había alguien que también esperaba las campanadas de las doce. ¡El zapatero que iba a la faena!
 

 
Mateo lo cuenta ahora que se le borran tantos recuerdos; pero no así las voces, éstas le vuelven muy precisas, mezcladas con las de sus paseos de sonámbulo sin rumbo, "huésped de un cuerpo viejo y lento que no podía ser el suyo". Sentía que le llamaban "voces poderosas", "impulsos antiguos". Nuestro cerebro que nos toma el pelo.
 
-Dicen que la vejez hace que uno se sienta exiliado de su propio cuerpo. ¡Un decreto de expulsión que obliga a hospedarse en un organismo oxidado y renqueante! Bueno, nos queda mucho todavía, gocemos de la juventud. Sigue con Mateo.
 

 
- Como si estuviera en su viejo taller, oía las dos voces, las de la monja joven y las de la monja vieja, tras un tintineo de los cristales. "Limpia y nítida" la una, "ronca y bronquítica" la otra."Una súplica amable" y una "malhumorada exigencia", así de distintas se mostraban las dos, tan iguales en "sus ropones pardos y tocados negros". Pedían una limosna para los pobres, tras el "Ave María Purísima". Él se mostraba siempre algo irritado pero respetuoso, se quitaba la colilla de la boca, aunque el "sin pecado concebida" sonara con un tono algo burlesco de resignación.
 
 


 -El zapatero llamaba la atención por su gran porte y "no se privaba de hacer bromas con las parroquianas que le llevaban a remendar sus zapatos". Bromas de doble sentido que muchas veces pasaban a mayores; pero él tenía  suficiente astucia y discreción para que nada llegara a saberse. Sabía nadar y guardar la ropa, sobre todo teniendo en cuenta su clientela de gente de orden.
 

 
Formaba parte de la Directiva de la Cofradía, no faltaba con su vela a la procesión, pero nos asombraría saber, dice su cronista, " a cuantas damas de buen ver y comunión diaria se pasó por la piedra".  Se confesaba y hacía penitencias tremendas, claro, luego su confesor le decía que hacía falta propósito de la enmienda y le chafaba el plan. Es que Mateo, en el fondo de su alma, no creía que el sexto mandamiento fuera tan serio como los otros nueve. Sobre todo si se hacía con discreción y amplio disfrute por ambas partes, "sin daño a terceros", con higiene y sin tratos degradantes. Y nada de ir de putas, que él no concebía tener relaciones con una mujer pagada. Lo de la monja...
 
-Fue aquel año en que el escultor le retrató en la imagen del apóstol San Mateo, en la Santa Cena. La monja vieja, Sor Barranco, comentaba a la joven: "mírelo...tiene la misma cara que el Apóstol, lo que seguro que no tiene es su santidad".
 

 



El zapatero replicaba que estamos hechos de barro, que no todos podemos dedicarnos al culto divino, que si Cristo en casa de Marta y María, que si Santa Teresa y los pucheros. Y la monja vieja que "más obras de caridad y menos palabras, remendón...", para luego arremeter contra los carteles de toros, cosa pagana.
 
-Sor María del Gólgota no decía nada, se le quedaba mirando. Y el zapatero empezó a fijarse más en ella, a sorprender algunos de sus gestos poco monjiles: se frotaba las manos, se mordía el labio o se impacientaba, Ya no la veía como una subordinada dócil, percibía una hostilidad oculta que se revelaba en "fogonazos rápidos de ira en las pupilas", en el fastidio de seguir a una persona anciana y achacosa, en el gesto de erguir la cabeza "como vengándose de la vieja encorvada".
 
-Sí, y ahora se daba cuenta de que "tenía los ojos grandes y rasgados, y las manos largas y muy delicadas". Se parecía un poco a Imperio Argentina y , "a pesar de los ropones lúgubres" adivinaba alguna de sus formas "cuando subía por la calle y el viento le daba de frente".

Él decía que se buscaba mujeres que no fueran muy guapas, porque las guapas "no le ponen ni de lejos la misma fe que la que es un poco fea y tiene que compensarlo haciendo méritos". Pero esta sí era muy guapa y le gustaba. Le gustaba tanto que empezó a tener miedo de cometer alguna tontería.


Ella parecía querer decirle algo, señalaba a la vieja; no, no estaba seguro de haber visto eso, imaginaciones, "delirios de estar tantas horas solo", rodeado de zapatos viejos, la cosa más triste del mundo, como los zapatos de los muertos, los que vio en una película, los de aquellos campos que había en Alemania. Mira, Justina, aquí hay un ritornelo al dolor  de aquellos campos siniestros, un tema dominante en esta novela sinfónica llamada "Sefarad".



-Volvemos con Sor María, a aquel día en que pidió agua, "por el amor de Dios". Él la guio hasta el corredor en penumbra donde estaba la repisa del botijo, "uno de esos botijos antiguos en forma de gallo".


Buscó un vaso limpio. "Se fijó con disimulo en sus manos...temblaban ahora visiblemente, y cuando él quiso sujetar el vaso a punto de caer apretaron con fuerza las suyas...una temperatura de fiebre. Cómo apretaban...qué cerca sentía él...el peso y la carnalidad de su cuerpo".  Perdió el juicio: "la abracé por la cintura con las dos manos y la apreté contra mí, le busqué los muslos y el culo por debajo del hábito y la besé en la boca...". Pensó que iba a gritar, se iba a armar un escándalo; pero no, se abandonaba en sus brazos mientras él palpaba buscando lo que había imaginado tantas veces. Cerraba los ojos, se estaba desmayando, cayó al suelo sin que él pudiera sujetarla.

´No recordaba si llamó a gritos a la otra monja o si ella acudió por el retraso o el ruido. Cuando lograron reanimarla estaba más pálida que nunca y, si él le decía algo, ella le miraba como si no se acordara de nada. Tenía la certeza de haber besado y acariciado a una monja, pero esa expresión ajena con que ella le sonreía...era exasperante.

 
- Y pasaron los días sin que ninguna de las dos monjas volviera a aparecer. Mateo merodeaba cerca del convento, estaría enferma, la tendrían encerrada, muerta no, dirían las campanas...Y él seguía con sus obligaciones como zapatero...y tampoco desatendía a la mujer del subteniente de Intendencia. Pero se había empicado tanto con la monja guapa que la subtenienta le notaba más frío que otras veces y le preguntaba si no había otra...Se había vuelto melindroso, ahora la de Intendencia le parecía gorda y mayor, "con lo caliente que era y lo agradecida...". Que le ponía café con leche y tostadas con mantequilla después de...Y, cuando ya se iba, le daba media docenita de huevos o un bote de leche condensada, para que cogiera fuerzas.

Una noche, después de haberle hecho a la subtenienta "una faena de aliño", no podía dormir, se levantó y se vistió. Salió a la calle como un sonámbulo, entre la niebla. Envuelto e su capa, anduvo por los callejones como si se escondiera. "Entreveía los grandes bultos oscuros...la fachada hosca y masiva del convento de Santa Clara".

"...una luz se encendía en la ventana más alta de la torre. La niebla ya clareaba...distinguió con un golpe de miedo una silueta inmóvil que le pareció fija en él. A esa distancia...no habría podido reconocer una cara, y sin embargo estaba seguro de que veía a la monja joven...y apagaba y encendía aquella luz..."

-¡Una escena digna de una leyenda de Bécquer! ¿Verdad, Gracia?


A la mañana siguiente, sentía "una mezcla confusa de fantasmagoría y certidumbre". Había visto una luz y una silueta con tocas de monja, pero no podía estar seguro de haber visto a Sor María del Gólgota. Rozaba el delirio, la había visto con todos sus rasgos, incluso llevaba los labios pintados. Levantó la cabeza de su trabajo y allí estaba la misma figura que le ocupaba la imaginación y los sueños.

Ahora era "una mujer de verdad, no una monja, con una mirada y una voz de mujer, una voz casi ronca, sin la melosidad clerical de otras veces." Sus ojos tenían una franqueza a la que no estaba acostumbrado en su trato con mujeres. Le dijo algo, rápidamente, antes de que llegara Sor Barranco: "justo después de las doce...tres veces la luz...empuja la puerta, sube tres pisos...en el tercer rellano...una puerta a la derecha, empuja con cuidado la puerta y yo estaré esperándote".


-¡Y allí le esperaba! ¡Es una mujer que toma la iniciativa! El zapatero no contaba con algo como esto:

"...una mano rápida y certera le agarró por el faldón de la capa y tiró de él hacia dentro...fue tendido en un jergón estrecho y áspero, fue palpado, auscultado, despojado en aspavientos torpes de su ropa, guiado...lamido y mordido, manejado, aplastado por un cuerpo carnoso y desnudo que se enredaba al suyo...sacudido como un guiñapo, aplastado contra una pared, amordazado por una mano sudorosa, fue volcado como por un golpe seco de mar y sujetado cuando se caía al suelo, y cuando al fin se le concedió una tregua y él mismo quedó exhausto y aliviado...tocó la sustancia líquida que le mojaba el vientre...llegó a la conclusión de que por primera vez en su vida acababa de desvirgar a una mujer..."



Y Sor María del Gólgota murmura un "Ave María Purísima" "con un suspiro largo y plácido". Y Mateo, algo inquieto por la irreverencia, le replica al oído: "sin pecado concebida".

-¡Bravo por la monjita! ¡Hasta se fumó un cigarro, el primero de su vida! Él no la reconocía sin toca, tenía el pelo castaño y rizado. Pero oigamos al zapatero, que ahora pone pegas.

"La pega de las mujeres, si te digo la verdad, es que cuando la cosa ha terminado y el hombre quiere dormirse o marcharse a su casa a ellas les entra un deseo enorme de conversación, de comunicación, como se dice ahora."

Le hablaba en voz muy baja, que se había pintado con una barra de labios robada en un descuido de la dependienta de la perfumería, que Sor Barranco no se fiaba  de ella, que se estaba quedando cegata y merecido lo tenía por víbora. A él le disgustaba este lenguaje tan impropio de una monja. Tanto como el deleite que ella ponía en fumar. Y ahora Sor María del Gólgota, Francisca o Fanny, le contaba su vida.

- Sí, su padre quería que hablara inglés, hiciera deporte, condujera un automóvil y estudiara una carrera seria como Medicina o Química, nada de Filosofía y Letras o Magisterio, tonterías para señoritas ociosas. Su madre pensaba, por el contrario, que todo eso iba a convertirla en un marimacho; era una "retrógrada", contraria al avance de las de su propio sexo.

Siguieron "noches oscuras" y "lujuria a ciegas en la celda helada". El zapatero "tenía una idea entre higiénica y grosera de las relaciones sexuales". Nunca se le había pasado por la cabeza enamorarse. La aventura le causaba  incertidumbre y confusión interior, irritaba su sentido masculino de la comodidad, la simpleza de espíritu en que había vivido. Le gustaba mucho, "estaba más buena que cien panes y cien quesos", pero le daba miedo, mucho miedo. "Sentía una mezcla muy rara de deleite y contrición al pensar en los muchos pecados de los que la monja y él venían siendo cómplices".


 
Ella quería su ayuda para escapar del convento, se irían juntos a América, donde las mujeres eran libres. Su padre había muerto, ejecutado por sus ideas liberales. Su madre había sido encerrada en un psiquiátrico. Una tía enlutada y venenosa les recogió, a ella y a su hermano, "cuando se escapaban a Francia escondidos en un vagón de mercancías". Trenes, siempre trenes en "Sefarad", el ritornelo de los trenes que van hacia la libertad o hacia la muerte.

-Fanny había sido encerrada en el convento, en contra de su voluntad, para salvar la vida, le dijo la tía enlutada. El zapatero Mateo fue un cobarde, no quiso ayudarla, fue incapaz de unirse a tamaña aventura.



Pasan los años, el negocio de arreglar zapatos tiene cada vez menos porvenir. Va a necesitar una mujer que le cuide. Y encuentra a la "mujer perfecta", una maestra soltera y de buen ver, discreta de modales, con paga y trienios, un piso en Madrid y una plaza en propiedad en Móstoles. Se casa con ella y vuelve al pueblo al cabo de unos meses, para la fiesta de San Miguel.

En el suelo de su taller encuentra papeles viejos y cartas atrasadas. "Entre ellas había una postal en colores muy fuertes, en la que se veía la estatua de la Libertad, la bandera americana, el perfil de los rascacielos de Nueva York." Ni nombre, ni firma, sólo unas palabras con una letra cuidada y cursi, como de colegio de monjas. Decía: "Recuerdos de América".



-¿Sor María del Gólgota consiguió la libertad? ¿Es ahora Fanny? El zapatero será el viejo de sombrero tirolés de Chueca, el de la sonrisa complaciente...¿Os acordáis?

-¿Será Fanny la bibliotecaria desaliñada y fumadora de la Hispanic Society off America? En el último capítulo, "Sefarad", leemos:

"El tabaco me hace daño en los bronquios y la gente me mira mal...los cigarrillos me gustan mucho...Y además, cuando era joven, yo quería escaparme de España y venir a América porque aquí las mujeres podían fumar y llevar pantalones y conducir automóviles como se veía en las películas de antes de la guerra".



Una mujer que siente la extrañeza de vivir muy lejos de España pero rodeada de cosas españolas. ¡Cómo mira esa niña que pintó Velázquez!



El sueño de un millonario americano que quiso ofrecer una muestra amplia de España: la primera edición del Quijote, una niña retratada por Velázquez, la reina María Luisa pintada por Goya, unos enormes y folklóricos Sorolla...hasta el lebrillo de Mágina, el pueblo del visitante que tanto se parece a Antonio Muñoz Molina. La bibliotecaria dijo:

"A mí también me trae recuerdos ese lebrillo"



-¡Ay Justinita! Que nos hemos extendido mucho con esta monja y este zapatero.

-Es que Sor María del Gólgota nos cautivó. Mira el hielo se ha derretido. Pedimos otro café con muchísimo hielo. ¡Qué calor!



Me despido de Gracia y Justina, no sé si volverán por aquí. La semana que viene tenemos lectura colectiva presencial. Un abrazo de:

María Ángeles Merino




6 comentarios:

Bertha dijo...

De la forma que desgranas esta historia, del Mateito que le irrita su sentido masculino de la comodidad(...).Y ,esta Fani que al final jugándose su dignidad ha realizado su sueño. De ser ella misma y sus consecuencias.Como debe ser...

Una gozada leerte y esos giros que le das.

Un abrazo feliz día.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Cuando te leo el calor se ha esfumado ... y ya lo echamos de menos.
Qué dos mujeres estas, no dejan títere con cabeza. Se ve, que además, saben leer entre líneas.
Besos.

Ele Bergón dijo...

Ya leo que tu Gracia y Justina hacen un buen "picadillo feminista" con el tal Mateo. La verdad es que se lo merece por su comportamiento hipócrita, cobarde y machista.

Veo que has leído el libro con gran atención, que es como se debe de leer y por esos sabes quién es quién: Mateo, Sacristán, Godino. Yo sigo despistada.

Para sorpresa del lector, la monja le da al zapatero "sopas con hondas"
y así le pasa, que éste acaba enfermo y no sólo de ¿amor? sino también de su propia bilis.

Por fin leí el capítulo de América.

Nos vemos en la lectura

Besos

María del Carmen Ugarte García dijo...

Cada vez más admirada de ver cómo estiras y estiras las palabras, las situaciones, y por supuesto los personajes sobre los que otros hemos pasado casi de puntillas.

Mi más sincera admiración por ti y por esas duendecillas de ayudantes.

Myriam dijo...

De acuerdo con el comentario de Luz, este Mateo, se merece que lo hagan picadillo. Muy buenas todas las ilustraciones que hasta escogido para esta entrada. La de los zapatos, sobrecogedora y aterradoramente dolorosa.

Un beso y muy buena semana. Ya sé y espero con ansias tu "racconto" de la reunión presencial del martes.

Besotes

María Pilar dijo...

Como se disfruta leyéndote porque no te dejas nada. El libro lo leí hace ya tiempo y es de esos libros que me dejó un grato recuerdo, lo disfruté.
Besos :)