lunes, 16 de octubre de 2017

"Aventurarse perdiendo" y la firmeza en la mujer.


Comentario a la novela corta Aventurarse perdiendo que forma parte de las Novelas amorosas y ejemplares de María de Zayas Sotomayor. Para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

En la entrada anterior, hablábamos de mujeres fugitivas por amores. Imaginábamos tal condición en la hermosa joven de una pintura que nos traía a la memoria a la Dorotea de Cervantes que, a su vez, relacionábamos con Jacinta, la protagonista de Aventurarse perdiendo, de María Zayas. Mirad, por ahí viene Austri, mi habitual compañera de lecturas.

-¿Qué hacías ahí, junto al río?

-Estaba mirando a unos novios que ensayaban poses para las fotos de su boda, aleccionados por el fotógrafo. Parecían escapados de una tarta. ¡Cuánta dulzura!

-Olvida la dulzura que vamos, de nuevo, con doña María de Zayas y su novela Aventurarse perdiendo. Recuerdas que en las Novelas amorosas y ejemplares la ilación se realizaba  al modo "bocacciano", como en el Decamerón, uniendo las historias por medio del artificio de la tertulia reunida que anima cada noche uno de los cinco concurrentes: cinco damas y cinco caballeros. No huyen de la peste sino que se entretienen en un animado "sarao", en honor de Lisis, enferma de cuartanas. 

-¿Sarao?

-Una fiesta con baile y música. Una palabra que yo asocio siempre con María de Zayas porque recuerdo cuando estudiaba, hace unos pocos añitos, en la Historia de la Literatura española de José García López  que traía muy poquita  información sobre dicha escritora y en letra pequeña, como autora de libros de "saraos", vocablo para mí entonces desconocido. No se me olvidó la palabreja, vete a saber por qué, caprichos de la memoria. Tal vez me chocara que el manual diera tan poca importancia a los escritos de una mujer del siglo XVII. 



-¿Cuartanas?

-Sí, fiebre palúdica que se repite cada cuatro días, algo que aquí sólo recuerda la gente muy mayor. 

-Vamos con la novela. La narradora Lisarda, abre el fuego con una presentación que da una cal y otra de arena, a "damas y nobles caballeros". Me imagino a unas y otros sonriendo con intermitencias, al escuchar:

"...veréis cómo para ser una mujer desdichada, cuando su estrella la inclina a serlo, no bastan exemplos ni escarmientos; si bien serviría el oírla de aviso para que no se arrojen al mar de sus desenfrenados deseos, fiadas en la barquilla de su flaqueza, temiendo que en él se aneguen, no sólo las flacas fuerzas de las mujeres, sino los claros y heroicos entendimientos de los hombres, cuyos engaños es razón que se teman, como se verá en mi maravilla..."


-Como decíamos en la entrada anterior, Austri y yo, ascendimos, no sin dificultad, "por entre las ásperas peñas de Monserrate". Subir a una montaña es siempre un reto. La nuestra era una expedición literaria, y un tanto feminista, en busca del personaje de Jacinta, vestida de zagal; la que se aventura por amor una y otra vez y siempre pierde...mas no la firmeza, a pesar de "la barquilla de su flaqueza". 

-Pobre barquilla mía,
y entre las olas sola:...

-Austri, ya sé que te gusta mucho ese poema de Lope de Vega...seguramente a doña María también. Era muy de Lope. El Fénix de los Ingenios  le dedicó la Silva VIII, en su Laurel de Apolo:

¡Oh dulces Hipocrénides hermosas!
Los espinos Pangeos
aprisa desnudad, y de las rosas
tejed ricas guirnaldas y trofeos
a la inmortal María de Zayas,
...

Dejamos para luego a las Hipocrénides y a los Pangeos, que ya te veo con el de la RAE y la Wikipedia. A lo nuestro, vamos a recorrer el mismo camino del personaje Fabio,  el"virtuoso" caballero madrileño que, tras su visita de negocios a Barcelona, busca sustento  espiritual en el entorno de Monserrat, donde visita "devotas celdas y penitentes monjes". ¿Recuerdas? 

-Una situación convencional a la que la escritora da la vuelta: Fabio escucha el canto de un zagal que resulta ser una mujer "desdichada" que narra su larga y complicada historia sentimental. Hoy la calificaríamos de culebrón. La de los monjes sería leve penitencia, tan santos ellos que los paxarillos vienen a sus manos a comer migajas de pan. ¡Qué ternura tan edificante!



-Como Fabio, Austri y yo, después de visitar el templo donde se venera a la Moreneta, nos holgábamos paseando entre riscos, con "animoso brío", a pesar del calor. Exhaustas de subir y bajar por estrechas sendas, nos sentamos “a la margen de un cristalino y pequeño arroyuelo” que "descolgándose con sosegado rumor de una hermosa fuente”, derramaba “sus perlas entre menudas hierbecillas”. Una vez recobrado "el perdido aliento", nuestros sentidos se recreaban en aquel "locus amoenus". Sólo nos faltaba el pastor...o la pastora. 



-Escucha, María Ángeles, alguien canta con voz "tan baxa como triste". ¡Debe ser nuestra Jacinta!
...
Cuando de tus sinrazones
pudiera, Celio, quexarme,
quiere amor que no te olvide
quiere amor que más te ame.
...

-Siguiendo la margen del río, dimos con un "hermoso mozo", recostado "en verdes romeros y graciosos tomillos". Disfrazado con calzón, abarcas, montera y cayado. Un pastor de "blancas manos" y rostro respetado por el sol, acompañado de "una manada de blancas ovejas más por dar motivo a su traje, que por el cuidado que mostraba tener con ellas". El decorado de una égloga de Garcilaso de la Vega, a la que la Zayas da la vuelta, en clave femenina.



Y en la edad pasaba de muchacho y en las pocas señales de su barba no mostraba ser hombre. Nos acercamos pero estaba tan ausente que no se dio cuenta de nuestra presencia. ¡Sí, era la Jacinta que buscábamos! Al oír nuestro saludo, volvió en sí "con un ¡ay! tan lastimoso, que parecía ser el último de su vida". Al ver que éramos mujeres, cesó su temor. Nos preguntaba si conocíamos a un cristiano caballero madrileño llamado Fabio, el cual estimó con respeto su belleza y fue confidente de sus "lástimas y pasiones", "tantas y venidas por tan varios caminos". 

-No lo conocemos en persona, mi señora doña Jacinta; nuestra fuente fue este libro titulado Novelas amorosas amorosas y ejemplares de doña María de Zayas.

-¿Una mujer escribió mi desdichada historia?

-Así es, y con gran éxito: doña María de Zayas y Sotomayor, poetisa y novelista, que escribe en la edición de 1638:

"...si unos la desestimaron, cientos la aplaudieron y todas las buscaron y las buscan, y han gozado de tres impresiones, dos naturales y una hurtada". 



-Mira lo que dice aquí: 


-Jacinta, natural de Baeza, permíteme que te tutee, tal es la costumbre en nuestro siglo. Te presentas con toda la carga misógina de la honra y la deshonra, mas no todo es culpa de la mujer y así lo manifiestas. Educadas para ser débiles y sufrir engaños, mejor nacer ciegas y no enterarse de nada. Murió pronto tu madre y te faltó la vigilancia, tan importante para conservar tu honestidad. Tu padre se descuidó en darte estado, "yerro notable". ¡No falta ironía en la Zayas!

-¿Un refuerzo de las posturas tradicionales o un anuncio de posturas que sólo siglos más tarde serían replanteadas? Pienso que doña María tiene muy claro el derecho de la mujer a elegir marido o a no elegir ninguno...como parece fue su caso. Enamorada, tal vez sí. Hay quien se extraña de un conocimiento de la pasión que sólo puede nacer de una experiencia directa, trágica, infeliz y dolorosa. La llaman "la escritora sin rostro" y algunos suponen que era poco agraciada, dado que no hay loas a su belleza. Ese retrato que circula por ahí es feíto, efectivamente. 



-Vayamos contigo, Jacinta. Tenías dieciséis años cuando soñaste con un hombre muy galán, con el rostro cubierto. Deseosa de ver el rostro, le quitaste el rebozo. Él contestó a tu atrevimiento, sacó una daga y te dio un golpe tan cruel en el corazón que te obligó a dar voces. Despertaste con el retrato estampado en tu memoria. Deseabas "hallar para dueño" un hombre así y hallaste enamorada sin saber de qué. 

-¿Dueño? ¿Quién puede desear tener dueño por muy gallardo y dulce que se muestre?

-Perdona, Jacinta, te parecerá impío pero esto que cuentas me recuerda al ángel con el dardo de la transverberación de Santa Teresa. Disculpa la digresión.



-Acepto la disculpa, mi señora, y no me parece impío el símil sino muy hermoso. ¡Y acertado! "Llegó a tanto mi amor..."

-Que hiciste a tu adorada sombra unos versos. Pides benevolencia, dices que una mujer carece de arte y estudios y sólo se vale de su natural. ¡Y a los poetas machos no les pasas ni una, que ellos conocen el arte! 

-Estudios...Algo que reivindica repetidamente doña María es la educación femenina. Fuerzas, entendimiento, defensa y libros. Ella fue privilegiada, perteneció a la nobleza ilustrada, viajó mucho por los destinos de su padre y a la vista está que tuvo acceso a la cultura. 

"...y así, por tenernos sujetas desde que nacimos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas."


Santa Catalina de Alejandría (Museo del Retablo de San Esteban, Burgos)

-A juzgar por lo que leo aquí, pronto la sombra será de carne y hueso. Y mira tú qué casualidad, que la sombra era de nobilísimo linaje y que, después de tres años de valerosos hechos en la guerra de Flandes, llegó a Baeza al tiempo que tú ocupabas un balcón y reconocías en él al dueño de tu sueño y aún de tu alma. Era don Félix, mira qué casualidad, el hermano de tu amiga Isabel. No lo conocías ni él te conocía a ti, eras muy niña cuando se fue a la guerra. Esto está muy trillado, Jacinta.

Miró don Félix el balcón, tus ojos "hacían fiesta" y amor executó "el golpe de su dorada saeta." Así de paso te dixo: "Tal joya será mía, o yo perderé la vida." Te hubiera gustado decir "ya lo soy", amor tenía dispuesto tu perdición, te iba poniendo lazos y hoyos. 

¿Qué iba a hacer yo? ¡Lo que más deseaba! "¿Qué mujer despreció jamás la ocasión de casarse, y más del mismo que ama...? "



-Perdona, Jacinta, pero no entiendo las ganas locas que teníais por casaros. Tanta que lo considerabais como una oportunidad que no se podía desaprovechar. Como decía Sancho Panza: "Cuando te den la vaquilla, corre con la soguilla". Te digo como Laura, otro personaje femenino de María de Zayas: 

"¿Quién es la necia que desea casarse, viendo tantos y tan lastimosos ejemplos?" 

-"Y sacando la mano por la rexa", tomaste la que te ofrecía tu "dueño". ¡Y dale con el dueño! ¡Cómo te gusta ser propiedad! Se lo dices bien claro, nada de disimulos. Lo quieres y no desde el día que lo viste sino antes. Y para que entienda, le dices lo de tu sueño a tu dueño. Se sentirá muy halagado tu don Félix ante tamañas novedades. 


-¡Ay, Jacinta, Jacinta, que todavía en mis años de juventud, los setenta del siglo XX, nos desaconsejaban dar tan pronto el  "te quiero"!  Eso...mucho después y primero que lo diga él. Mira, niña, que la mujer tiene las de perder. Te precipitaste, el "te quiero" podía y debía esperar. Te aventuraste, Jacintita. 

-Así que don Félix, agradecido, cómo no, no hacía sino besarte la mano. Os despedís "con mil ternezas", con el propósito de veros "todas las noches en la misma parte". Al criado  vencerás con oro, ay qué peligro, y habrás de pasar delante de tu padre y hermano, para salir de tu aposento. Doña Isabel dará gusto a su hermano y servirá  "de fiel tercera". 

No contabas, Jacinta, con la llegada de Adriana, la hermosa y rica prima de don Félix que se enamora de él y enferma gravemente al ser rechazada. Persuadido por su tía, mi niña está muy malita, don Félix le da palabra de matrimonio a Adriana para que se ponga buena. Él te asegura que romperá su compromiso con Adriana y tú te arrojas al mar de los deseos y te entregas "en cuerpo y alma".

-¿En cuerpo y alma? Sí, soy una mujer desdichada, no me bastan "exemplos ni escarmientos". Mas no soy como la Beatriz de El prevenido engañado que intenta reanimar a su esclavo negro para que la sacíe y éste la rechaza porque se está muriendo extenuado. Y no digo nada de la que se esconde en un humilladero donde reposan los restos de los ajusticiados y la que pare a escondidas con toda facilidad y abandona a la criatura...Doña María las vitupera pero las defiende, son mujeres y desdichadas.

-Seguimos con la prima de don Félix. Jesús, qué culebrón. A Adriana le receta el médico un jarabe acerado por el mal de la opilación, enfermedad de las damas que comían barro para mantener su palidez. Ante el desamor de su primo, se suicida añadiendo solimán al medicamento; pero antes le escribe a vuestro padre diciéndole que vele por su honor. Don Félix y tú sois sorprendidos y os refugiáis en un convento. Don Félix sale del convento, mata a tu hermano en defensa propia y sale para Flandes. Sigue, amiga, que no puedo más con esta historia. ¡Qué agotamiento!

-Tu padre se apodera de las cartas de don Félix y te notifica falsamente que tu amante ha muerto. Los hombres engañan, incluso los padres...Tomas el hábito de religiosa y estás tan ricamente en el convento hasta que, al cabo de seis años, regresa don Félix a España y se oculta contigo en el convento. Envía un criado a Roma para obtener un Breve del Papa. El Papa ordena a don Félix que se presente ante él y allá vas tú, Jacinta, a acompañarlo en el viaje. El Papa os casa con la penitencia de no juntaros en un año. La cancioncilla de los pelegrinitos, mamita, aunque no sois primos, mamita...

-Regresáis a España pero don Félix parte de nuevo para cumplir la penitencia. Muere en el extranjero, como en tu famoso sueño, Jacinta. Termina tú, anda, que es tu historia.



-Me enamoré de otro galán llamado Celio y le seguí cuando él se marchó para Salamanca. El guía me dejó abandonada después de robarme. En lugar de Salamanca, llegué a Barcelona. Me disfracé de pastor y entré a servir a los monjes de Monserrat, cuidando el ganado, tal y como me encontró Fabio. Aquí estoy, sin hacer caso a las ovejas. Soy Salicia y Nemorosa a la vez. Tuve que hacer frente a la muerte de don Félix, como Nemoroso la de Elisa. Ahora lloro el abandono de Celio, como Salicio se queja de la infidelidad de Galatea.

-Caballero como Félix o estudiante como Celio, el resultado es el mismo. No hay disputa entre Elena y María. La Zayas se atreve a jugar con la materia literaria tradicional para afirmar que...

-...la firmeza amatoria sólo está en la mujer. Yo le diría que la confianza no está en los hombres, ni en las mujeres, que está en el tronco de los laureles. Así dice una canción...

-Fabio, que resulta conocer bien a Celio, otra casualidad, te ayudará como hermano y te acompañará al convento. Tan comprensivo con las pasiones femeninas que te dice:

"Y si no puedes vivir sin Celio, yo haré que Celio te visite, trocando el amor imperfecto en amor de hermanos".

-Amigas que, en este monte de Monserrate me visitáis, os repito mi decisión, la que manifesté a Fabio:

"La entrada en el Monasterio aceto; sólo en lo que no podré obedecerte, será en tomar uno, ni otro estado, si no se muda mi voluntad, porque para admitir esposo, me lo estorba mi amor, y para ser de Dios, ser de Celio, porque aunque es la ganancia diferente, para dar la voluntad a tan divino Esposo es justo que esté muy libre y desocupada. Bien sé lo que gano por lo que pierdo, que es el cielo, o el infierno, que tal es el de mis pasiones; mas no fuera verdadero mi amor, si no me costara tanto. Hacienda tengo; bien podré estarme en el estado que poseo, sin mudarme dél. 



-Un hombre bueno es Fabio. Podías intentarlo Jacinta.

-No, escuchénme bien, señoras mías:

"Soy Fénix de amor, quise a don Félix hasta que me le quitó la muerte, quiero y querré a Celio hasta que ella triunfe de mi vida. Hice elección de amar y con ella acabaré. Y si tú haces que Celio me vea, con eso estoy contenta, porque como yo vea a Celio, eso me basta, aunque sé que ni me ha de agradecer ni premiar esta fineza, esta voluntad, ni este amor; mas aventuraréme perdiendo, no porque crea que he de ganar, que ni él dexará de ser tan ingrato, como yo firme, ni yo tan desdichada como he sido, mas por lo menos comerá el alma el gusto de su vista, a pesar de sus despegos y deslealtades."

-Eso de ver al antiguo amante en el convento, no debió gustar a la Santa Inquisición. Se empieza con la vista y luego van detrás los demás sentidos. 

-Ya la bella Lisarda probó "en su maravilla la firmeza de las mujeres cifrada en las desdichas de Jacinta". 

-La firmeza en un amor no correspondido, aunque se hayan aventurado y hayan perdido. 

María de Zayas merece un mayor espacio y una letra más grande, aunque sólo sea por defender la igualdad de la mujer, su libertad y su derecho a la educación. 

Un abrazo de María Ángeles Merino
Y Austri.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Las "Doroteas": la de Cervantes, la de María Zayas y tantas que van por el mundo. ¡Y la de Rioseras!

Rioseras (Marceliano Santa María)

Comentario nostálgico en recuerdo de aquella inolvidable lectura del Quijote que vivimos en La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda. 

Pequeña introducción a la novela corta "Aventurarse perdiendo" que forma parte de las Novelas amorosas y ejemplares de María de Zayas Sotomayor.

Para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

Un tarde de agosto, había quedado con mi amiga Austri, en el Arco de Santa María. Había leído mi entrada sobre la exposición "Marceliano Santa María. Un paseo por la provincia" y, picada de la curiosidad, me pidió que la acompañase. Subimos las antipáticas escaleras y nos detuvimos delante del cuadro "Rioseras". Nos miraba una muchachita descalza, con delantal y pañuelo muy blanco, junto al puente de un río espejeante y patoso. Posiblemente no era la mejor obra, pero fue la que guió caprichosamente el albur de nuestros pensamientos: 

-Mira, Austri. ¡Una Dorotea en Rioseras! 

-¿Cómo sabes el nombre de la chica del cuadro?


-No lo sé, en Rioseras, un pueblecito del Alfoz de Burgos, la conocen. Era de una familia de allí  y murió hace años. 

-¿La bella Dorotea? ¿La de Cervantes? ¿Qué tiene que ver con esa jovencita que pintó Marceliano Santa María? Aquí no hay intrincadas y lejanas sierras para huir, solo un río a un paso de su casa. 

-Ya sabes que, en verano, vuelvo a  a leer parte del Quijote, al mismo tiempo que repaso, en La Acequia, las explicaciones de Pedro Ojeda en cada capítulo y algunos comentarios de los lectores y blogueros. El paso del tiempo enriquece la lectura colectiva, le da distinta perspectiva. 

-Y, como sueles decir, siempre encontramos algo nuevo en el Quijote. 



-Siempre encontramos algo nuevo y ya no somos los mismos."El Quijote no se termina nunca", lo decía mi abuela y me lo acaba de recordar mi madre. 

-El año pasado ibas por ahí leyéndolo con el móvil, dejándote la vista, chocando con los árboles o las farolas  y algunos pensaban que ibas a la caza de "pokemons", como una cría.

-La lectura callejera  ha sido ahora mucho más cómoda, he entrado en la nueva era lectora con mi libro electrónico. 

-Pero tú dices siempre que eres de papel.

-Y sigo siéndolo; pero aprecio las ventajas del invento, para el Quijote, especialmente. Siempre es un tomo grueso y pesado, incómodo para llevar por ahí. Esto, ves, no pesa, abulta poco más que un móvil y se pasa página con un toquecito del dedo. Puedes poner la letra del tamaño que quieras e incluso leer con la luz apagada. ¡Pero sigo siendo de papel! 


-
Chocolate sin azúcar y libro sin papel

Vamos con Dorotea. Mira, aquí, en el capítulo 2.28  "que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y al barbero sucedió en la misma sierra". 

-¿Era esa la sierra donde don Quijote se retiró a hacer penitencia? 

-Sí. Allí estaba don Quijote y Sancho con el cura, el barbero y el loco Cardenio que penaba por su Luscinda. Oyeron una voz "con tristes acentos" que decía:

"¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo? Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no me miente. ¡Ay, desdichada, y cuán más agradable compañía harán estos riscos y malezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique mi desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los males!"

-¡Era la bella Dorotea, con sus cuitas y "vestidita de varón"!

-Espera: "detrás de un peñasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por entonces."



-¡Ahora entiendo lo de la Dorotea de Rioseras! Mira aquí pintó el Arlanzón y esas manchas de color en la orilla eran lavanderas, una imagen habitual en aquellos años, sin agua corriente en las casas. 



Pero a esta chica, la pinta con todo detalle. Se nos muestra descalza, sentada junto a un arroyo, más sorprendida que desdichada. Vamos a fantasear un poco. ¿Qué hace la del pañolón blanco? 

-Se apoya sobre un codo y se gira para mirar al espectador. No hay ropa ni tabla de lavar, el sol le da en la cara y acaricia sus pies descalzos. ¿Los metió en el agua? ¿Huía del trajín de la cocina o de la era? No había tenido tiempo de quitarse el delantal; mas la blusa rosa de puños blancos era la de los domingos. ¿Esperaba encontrarse con alguien bien conocido? 

-Don Marceliano iría cargado con su maletín y su caballete. Buscaría un paisaje castellano: un trigal o un cebadal, un cuadro de alfalfa, un barbecho pardo, una hoz al aire, seres humanos encorvados. 



Como no llevaba suficiente amarillo, cambió el esquema: cerros en la lejanía, Rioseras, los chopos, el arroyo, agua y luz bajo el puente,  unos patos...¡Y una hermosa adolescente de pies rosados! 

-Estás fantaseando con un viejecito Marceliano Santa María suspenso ante la belleza de unos jóvenes pies. Como el cura, el barbero y el loco Cardenio, en la sierra penitencial de don Quijote: 

"Y ellos llegaron con tanto silencio que dél no fueron sentidos, ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido. Suspendióles la blancura y belleza de los pies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño..."

Y, ya puestos, ahora imagina a la chavalita rubia de Rioseras desprendiéndose del recatado y blanquísimo pañuelo de cabeza, como Dorotea con la varonil montera:

"... y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del sol tenerles envidia...Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía: tales y tantos eran."

-¡Tan largos que la cubrían por completo! No sino unas apretadas trenzas o un práctico moño que me parecen más propios de una chica de pueblo de los años cincuenta del siglo XX. ¡Y ese arrebato tipo Gilda! ¡No, mujer! Eran tiempos muy recatados, era la posguerra. La de Rioseras no era la Venus de Botticelli, ni la que inspiró a Garcilaso, cuyo cabello "el viento mueve, esparce y desordena".



¡Ni la modelo de un anuncio de champú! Bueno, quédate con lo de los pies descalzos, fuera del agua ¿eh? Como dice Pedro Ojeda: "el simbolismo sexual de sus pies en el arroyo"En cuanto a lo de la larga melena, y centrándonos en el personaje cervantino, mira lo que nos dejó escrito nuestro amigo bloguero, el periodista Fernando Portillo Hombre, en los comentarios de La Acequia, a próposito del capítulo 2.28 del Quijote:

"Cervantes vuelve una vez más a abrirnos las mentes y en este caso los gustos de los hombres de su época en materia de féminas para darnos cuenta de que son universales y propios de todos los tiempos. Así, mientras las mujeres, siglo tras siglo, se afanan en cortarse, rizarse, moldearse, cardarse, freírse y teñirse el pelo; en maquillarse y pintarse las uñas de los dedos de los pies y en seguir modas en las ropas interiores y exteriores tan extravagantes y cambiantes que no pocas veces se dan la mano con la ortopedia, los caballeros del siglo XVI ya se veían seducidos como Humbert-Humbert en el XX por una melena rubia que se desploma sobre los hombros de una muchacha..."

-Los afanes femeninos y la seducción...genial Fernando Portillo. Recuerdo su participación en la lectura del Quijote, con sus cultos y jugosos comentarios, y  su autorretrato quijotesco. 


-No dejes de leer el comentario completo, el que comienza por: "Más que requetesobada, como queda la atribulada Dorotea por el pícaro Fernando, es la morcilla o “historia dentro de la historia” que nos mete Cervantes en el capítulo XXVIII. Trátase de una historia de marcado corte erótico para inspiración de caballeros en la más estricta intimidad..."


-Doroteas, mujeres que huyen por amor. ¡Tantas que van por el mundo! Hemos comenzado con la niña de Rioseras que, posiblemente, no huía de nada grave. ¿O sí? 

-No podemos saberlo. Mira, acabo de empezar la lectura de las "Novelas ejemplares y amorosas" de María de Zayas. ¡Y me he encontrado con otra "Dorotea"! 

-¿En el libro que vais, vamos, a leer en septiembre? 



-Sí, en una novela  que se titula "Aventurarse perdiendo". La "Dorotea" se llama Jacinta y se refugia "por entre las ásperas peñas de Monserrate". Un "virtuoso mancebo", el discreto Fabio, oye las quejas de amor de un "hermoso zagal" que resulta ser, cómo no, una mujer enamorada.

-¿Enamorada de quién?

-Te leo un poco: 

"¿Quién vio, Fabio, amar una sombra, pues, aunque se cuenta de muchos que han amado cosas increíbles y monstruosas, por lo menos tenían forma a quien querer. Disculpa tiene conmigo Pigmaleón que adoró la imagen que después Júpiter le animó; y el mancebo de Atenas, y los que amaron el árbol y el delfín; mas yo que no amaba sino una sombra y fantasía ¿qué sentirá de mí el mundo? ¿quién duda que no creerá lo que digo, y si lo cree me llamará loca?"

-No sé si he entendido bien. ¿Amar a una sombra? 

-El hombre que conoció en un sueño, un amor "onírico". ¡ A Freud le hubiera gustado! ¡Erótico y onírico!

-Una "Dorotea" un tanto extraña, nos ponemos manos a la obra, digo a la lectura. Viajamos al áspero Monserrate. No sé si mañana es buen día: primero de octubre.

-Hasta la semana que viene, Austri. Seguiremos hablando de la mujer que se aventura perdiendo. 

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

¡Perdonadme la superentrada! ¡Un beso a todos!

miércoles, 6 de septiembre de 2017

"Nos sentimos en Burgos presa de una dulce emoción que no podemos definir...¿Será porque ya gravita sobre nosotros la Catedral antes de haber traspuesto sus umbrales?"


Catedral de Burgos al atardecer (foto de Agustín Merino)

San Lesmes, el río Arlanzón, el pintor burgalés Marceliano Santa, el Cid Campeador y ahora, cómo no en un libro titulado La cabeza de Castilla, vamos a ver qué escribe Azorín de la Catedral...de Burgos. Recuerdo que una amiga me comentó lo poco que el de Monóvar había pateado Burgos: llegó, quería visitar la Catedral y la encontró cerrada, pasó a  la Llana, se fijó en unos granos de trigo entre las piedras, vio un poquito la Catedral y se acabó. ¿Se merecía un homenaje por parte de los burgaleses? 

Cuando Pedro Ojeda nos leyó el capítulo XI del, para mí desconocido, libro La cabeza de Castilla, junto a las ruinas de San Francisco, me dije: "parece que sí lo merece":

"Nos sentimos en Burgos presa de una dulce emoción que no podemos definir...¿Será porque ya gravita sobre nosotros la Catedral antes de haber traspuesto sus umbrales?" (1946)



Al día siguiente, lo saqué de la biblioteca y tuve que llegar al "Epilogo en Burgos", en el capítulo XXV, para dar con lo de la Llana y los granos de trigo. Azorín realizó, al parecer, un viaje relámpago en automóvil que incluía paradas en Briviesca y en Burgos, con sensaciones de "déjà vu": 

 "Sí; iba corriendo el automóvil, y yo me regodeaba por adelantado con las sensaciones que iba a experimentar en Briviesca. La fuente que yo había imaginado no la vi. Todo lo demás estaba en la ciudad, tal como yo lo había intuido...

Treinta minutos después me hallaba en Burgos. A las dos y media fui a ver la Catedral. Estaba cerrada. No la abrían hasta las tres. Por una calle que corre al costado de la Catedral pasé a un vasto ámbito...Leí instintivamente la placa que rotula la plaza...Hay en Burgos una calle de la Llana de adentro y otra de la Llana de afuera...Indudablemente me encontraba yo, al estar en esa plaza, en la llana de adentro...Ahora veo que entre los guijos del empedrado se veían granos esparcidos...

Las sensaciones de mi viaje, de mis minutos en Briviesca, de mi hora en Burgos, ahora las percibo en toda su profundidad. El epílogo de Burgos llega a producirme angustia. No había yo estado nunca en aquella plaza y, sin embargo, la había visto con claridad antes..."(1935)

¡Unos minutos en Briviesca, una hora en Burgos y sensaciones anticipadas! ¡Y, en vez de admirar las "grises torres de aire y plata de la catedral" que nutrieron a García Lorca, todo su interés se concentra en la campesina placita de la Llana de adentro, con su placa y sus granos de trigo! 


En descargo de Azorín, fijémonos en la fecha. Es un artículo de 1935 y en 1946, en el capítulo XI que nos leyó Pedro Ojeda, leemos:

"La Catedral nos está esperando. ¿Y por qué puertas entraremos en la Catedral? Dudamos si entraremos por la puerta de la Coronería o por la del Sarmental; las dos nos son simpáticas; las dos tienen nuestras preferencias."

Por la de Coronería no, maestro Azorín, que está cerrada desde 1786 y cuentan que fue Napoleón, en 1808, el último en pasar por ella y bajar la Escalera Dorada. Sólo en alguna obra de ficción hubo quien pasó por ahí, buscando la puerta...del Purgatorio. La del Sarmental puede ser, también la de Santa María que es la principal. Jamás por la de Pellejería. ¿Se fijó usted en los tormentos de los condenados, tras la pesa de almas que hace el arcángel? ¿Y en los evangelistas en sus pupitres, como escolares aplicados, a las órdenes de Cristo en Majestad?


Puerta de la Coronería

Entremos, maestro Azorín.  En el capítulo VIII, titulado "Pasado y futuro", fechado en 1945, escribe usted:

"Pero no podemos detenernos: hemos traspuesto los umbrales de cualquiera de las puertas de esta Catedral y van sonando nuestros pasos en el vasto ámbito, es ésta una hora en que la Catedral está desierta."


Puerta del Sarmental

"Toda catedral es una enciclopedia; toda catedral es un compendio de historia de las artes. Y con las artes está el espíritu de España; artífices que han trabajado en las catedrales no eran españoles; hemos de confesarlo; pero el ambiente de España los captó. Su arte se convirtió en genuino arte español."

Alejandro descubre la Catedral

Ahora no es fácil el silencio. Las horas de visita suelen ir acompañadas de la algarabía de los turistas, atiborrados de la información que les ofrecen los guías y las audioguías. El Martinillo pone orden y todos a abrir la boca más que el Papamoscas. De niña, sí, yo oía mis pasos en la Catedral, tan accesible entonces. Entraba y salía como Pedro por su casa. Bueno...era la casa de enfrente, en la calle de la Paloma. La enciclopedia estaba siempre abierta. Ya, ya sabemos que es nuestra vieja gabacha, comprendo que en 1945 había que hablar de "genuino arte español". 

Aitana descubre la Catedral

"Los catedrales tienen su luz, que va variando con la progresión de día y con su decrecimiento; cuentan con sus ruidos especiales; el olfato, último sentido llegado al arte, tiene aquí también en qué satisfacerse: el pabilo y el incienso dejan su efluvio en las anchas naves y en las recónditas capillas. Llega un momento, en estas horas de soledad catedralicia, en que perdemos toda noción del tiempo. ¿Dónde está el concepto de camino, representativo camino, que habíamos imaginado? ¿Soñamos o estamos en vigilia? La Catedral nos ha hechizado dulcemente...de pronto, suena a lo lejos el chirrido de una verja; despertamos de nuestro ensueño..."(1946)

El mosaico de colorines que el rosetón pintaba en el suelo. La luz cenital que se filtraba sobre las esculturas del cimborrio. ¡Mirabilia! ¡Qué sencilla la losa del Cid, ahí abajo! Sonaba el llavero del sacristán. Olía a velas espabiladas y a incienso agitado. Una mujer de negro bisbiseaba rosarios y soledades. Un cura soñaba en el confesionario. Un peregrino andrajoso contaba que venía de muy lejos. De pronto, chirriaba la verja y los niños salíamos corriendo. No se juega al escondite, ni a pillar, en la catedral. Tan negra y churretosa, amenazaba ruina y, aún así, hechizaba. Tuvo que caer San Lorenzo...¡Qué sorpresa cuando nos la lavaron la cara! 


Cimborrio (Catedral de Burgos). Foto cortesía de Begoña Sánchez Manero.

Volvemos al capítulo XI, después de elegir la puerta:

"Y, al fin, por una u otra, penetramos en el vasto ámbito. Y en el vasto ámbito vamos recorriéndolo despacio. Llegamos a donde queríamos ir: a la capilla de la Purificación o del Condestable. Y de la capilla pasamos a la sacristía. En la sacristía nos detenemos extáticos, ante la Magdalena, maravillosa, de un pintor a lo Vinci. El cuadro es atribuido a Giovanni Pietro Ricci, llamado Giovanni Pedrini. Burckhardt dice que este pintor pintaba "medias figuras de expresión dolorosa". Esa expresión nos parece que tiene esta Magdalena: una expresión de apacibilidad inefablemente melancólica. Toledo está, estéticamente, bajo el influjo de El entierro greciano; Burgos lo está bajo la figura leonardesca de este cuadro."

Sería una herejía recorrer deprisa el "vasto ámbito", aunque la capilla del Condestable sea algo grandioso. Una pequeña catedral adosada a una gran catedral, no se conformaba con menos doña Mencía de Mendoza y Figueroa, esposa de don Pedro Fernández de Velasco, para su última morada. Él y ella, yacentes, en mármol de Carrara, magníficamente vestidos y enjoyados. Él con espada, ella con rosario y perrillo fiel , un libro hubiera estado bien en la hija del marqués de Santillana. A los niños que nos colábamos en la capilla, entre los turistas, nos hubiera gustado pasar el dedo por la piedra, solo un momentito.


Sepulcro de los Condestables (Catedral de Burgos). Foto cortesía de Begoña Sánchez Manero.

Mas, usted maestro Azorín, no dedica ni una palabra al imponente sepulcro, ni a los magníficos retablos, ni a la bóveda estrellada. Va derecho a la sacristía donde se guardaba antaño la Magdalena atribuida a Giampietrino, un pintor que pintaba "a lo Vinci", tal vez colaborador de Leonardo. ¡Y nos coloca a Burgos bajo la influencia estética de esa "figura leonardesca" con su "expresión de apacibilidad inefablemente melancólica"! No sé, con todos los respetos, señor Azorín, no creo que ese cuadro sea tan importante para Burgos, tanto como "El entierro del Conde de Orgaz" para Toledo. Me acuerdo bien, eso sí, cuando nos aseguraban que era tan de Leonardo como la mismísima Gioconda. 


Magdalena de Giampietrino (actualmente en la Capilla de los Condestables, Catedral de Burgos)

En el capítulo XVI, titulado "Variantes en Burgos", vuelve a la capilla del Condestable, para llamar nuestra atención sobre la enorme piedra de jaspe preparada para sepulcro del hijo de doña Mencía y don Pedro; pero Iñigo Fernández de Velasco, IV Condestable de Castilla, sería sepultado en Medina de Pomar.

"¿Qué concepto merece a los burgaleses la piedra de la capilla del Condestable, en la Catedral? Esa piedra es una de las curiosidades de Burgos. Por ser una curiosidad, nadie repara en ella. Pesa dos mil novecientas cincuenta y seis arrobas, y tiene de longitud once pies y cinco pulgadas; de latitud, cinco y cinco; de espesor, uno y cuatro y medio. Cuando se labró el sepulcro de los fundadores, se colocó-como está ahora-en el centro de la capilla, junto al sepulcro: el de algún descendiente de los condestables. No ha llegado todavía el caso; la piedra, como es piedra, puede esperar."


Sepulcro de los Condestables y piedra de jaspe rojo vacía a su lado (Catedral de Burgos). Foto cortesía de Begoña Sánchez Manero.

Supo de las arrobas y las pulgadas, pero no le contaron la historia del buey Garrudo. Verá.
Garrudo era el guía de la boyada encargada de transportar, sobre rodillos, la mole de jaspe, a través de una rampa preparada en el Sarmental. El peso venció a los demás bueyes, sólo Garrudo consiguió, clavando las rodillas en tierra, que la losa no se deslizase sobre la pendiente. El animal sangraba por el hocico, debido al enorme esfuerzo. El Condestable dio la orden : "desuncidle y desde hoy determino que no trabaje más y que paste a su albedrío sin ser molestado por naide". 

Con razón decimos en Burgos "termino como el buey de la Catedral". Ahora he sido yo la que le ha contado una "curiosidad de Burgos". Aquí lo dejamos y doy por finalizada esta serie de entradas, escritas para homenajearlo, en el quincuagésimo aniversario de su muerte. ¡Y para desmentir que estuvo muy poco, o casi nada, en Burgos! ¡Y que echó mano de alguna guía!

Un recuerdo para mi maestra, doña Felicidad Portillo, lectora de Azorín, que me hizo llorar su muerte. A mí y a mis cuarenta compañeras de clase, aquel lejano día de 1967.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de María Ángeles Merino.

Textos en rojo tomados de: La cabeza de Castilla, Azorín, editorial Espasa Calpe, colección Austral, segunda edición, 1967.

lunes, 14 de agosto de 2017

"...en el Cid la leyenda contrabalancea la Historia; al estar en Burgos, nos sentimos zarandeados entre lo ficticio y lo real..."


Aquella tarde de junio me sorprendió la lluvia en la plaza de Santo Domingo y me refugié en la puerta de una de esas tiendas textiles grandonas que uniforman las ciudades: C&A, H&M, es igual. Mientras el agua asaeteaba las baldosas rojas, una niña pequeñita, a mi lado, señalaba divertida : mira, mamá, hace pompitas, el Cid se está duchando con jabón.

Sonreí ante la imaginación de la cría y abrí el libro viejillo que llevaba en el bolso: La cabeza de Castilla. 

Azorín escribía en 1948:

"Burgos erige una estatua al Cid; Burgos se dispone a festejar al Cid..."



Trasteando, en la Burgospedia, descubrí que Burgos se tomó su tiempo para festejarlo:

"Ya en el año 1904 se constituye una comisión al efecto para su realización. Alfonso XIII coloca la primera piedra el año 29 de Agosto de 1905 con motivo de su presencia en la ciudad para observar el eclipse solar. Pese a todo ello la obra se demora hasta el año 1947 en que se vuelve a crear otra nueva comisión para, con motivo del milenario de Castilla, levantar por fin la deseada figura en bronce...La obra fue inaugurada por...Franco, un 23 de Julio de 1955..."

En 1948, todavía no estaba levantada la estatua y Azorín aconsejaba unas lecturas básicas previas:

"Si quisiéramos esculpir al Cid, tendríamos que hacer varias cosas. Comenzaríamos por leer-volver a leer- La España del Cid de don Ramón Menéndez Pidal, ahora en su cuarta edición, corregida y aumentada. Volveríamos a leer el Poema; lo consideraríamos cosa fundamental. Daríamos un repaso ligero a los poetas franceses que han cantado al Cid...".



Comenzaríamos por entrar "pasito" en los sentimientos del héroe castellano:

"Gracias a don Ramón Menéndez Pidal podemos formar idea exacta del Poema del Cid. No deploremos la pérdida, en el único códice, de la primera hoja: entramos de este modo en la obra insólitamente. Sucede como sí, al penetrar pasito en una casa, escucháramos allá dentro llantos lastimeros. El Poema del Cid comienza con lloros; estos lloros son la equivalencia del monólogo de Rodrigo, monólogo hamletiano, en la otra de las dos grandes creaciones poéticas en que el Cid es protagonista: la tragedia de Pierre Corneille."

"Vemos ahora, al salir de Vivar, llorar al Cid, torna la cabeza de cuando en cuando, conforme se aleja, y contempla su casa desguarnecida."

Nos recibe el llanto y el dolor:

"De los sus ojos tan  fuertemente llorando" en el Poema del Cid. "Percé jusques au fond du cœur", "Herido hasta en el fondo del corazón" en Le Cid de Corneille. 



Primer folio del manuscrito del Cantar de mio Cid conservado en la Biblioteca Nacional de España.
https://es.wikipedia.org/wiki/Cantar_de_mio_Cid#/media/File:Cantar_de_mio_Cid_f._1r_(rep).jpg

No será esa actitud la de la estatua ecuestre de Juan Cristóbal González Quesada. Lo esculpirá sobre Babieca, con un ademán firme de partida hacia el destierro:"¡En marcha!". Hay mucho camino por delante, los ojos están secos, ya no se mira hacia atrás. 

A Azorín le gusta también el joven Rodrigo de Corneille, tanto que justifica su "infidencia a Burgos"trocar la "glera" junto al Arlanzón por el arenal de Sevilla:

"El Cid es Burgos: no podemos pensar en el Cid sin pensar en Burgos. No podemos desarraigar el Cid de Burgos...y, sin embargo, un poeta, no español, un gran poeta, lo ha desenraizado. El Cid no mora en Burgos sino en Sevilla...Los poetas crean: Corneille, en su Cid, ha creado..."


No sólo Corneille, también considera a otros poetas franceses que cantaron al Cid y crearon momentos cidianos:

"Nos descubrimos reverentes en la plaza, cuando el Cid ya está a caballo-como en el poema de Ducrocq- y el Cid levanta la mano y nos dice: "Cubríos amigos". Una poderosa energía, cual la del Cid, se desenvuelve con gestos extremosos, con placido continente."

Burgalés o no, todo el que sepa algo del Cid tiene sus imágenes favoritas. Tal vez la del desterrado a quien nadie osa abrir la puerta, salvo "la niña de nuef años"El Cid de la ternura y la compasión mutua, el que se despide de su mujer y sus hijas "commo la uña de la carne"; pero también el que engaña a Raquel y Vidas, prestamistas judíos, con dos cofres llenos de arena en vez de monedas. 


El Cid y doña Jimena en "Figuras de romance". Óleo de Marceliano Santa María. Medalla de honor de la Exposición Nacional de Bellas Artes, 1934. (Sala de Poridad, Arco de Santa María)

Lo leía en la escuela y no me cuadraba tamaña trapacería; aunque, en la Catedral, se  mostrara, y se muestra, el "Cofre del Cid" , del cual tenían mucho éxito, entre los turistas, unas pequeñas reproducciones. ¡Incluso, en confiterías, con monedas de chocolate! ¡O piedras de río de caramelo! ¡Una travesura la del Rodrigo Díaz de Vivar ! Recuerdo que, en una ocasión, fui testigo de como la madera revelaba, en el interior, su origen :"Sardinas Albo". El artesano reciclaba bien, sin duda.


Cofre del Cid en miniatura, todavía a la venta en las tiendas de "souvenirs"(15 euros)

Ahora recuerdo que, ya en el instituto, me dolía el guerrero cruzado que arengaba a sus mesnadas con un "feridlos, caballeros, por amor del Criador". 


Oscurecía y el Campeador campeaba en la contigua plaza de Mio Cid, entre luces rojas, verdes y amarillas. Ahora, la pequeña preguntaba: ¿El Cid es de verdad? La madre contestaba que si historia, que si leyenda, que si las dos cosas. 

Los niños buscan respuestas contundentes y el gesto de extrañeza de la burgalesita me llevó a mis recuerdos infantiles. En mi colegio, el Cid era tan de verdad como el triángulo divino con el ojo en medio, el "Caudillo" o los Reyes Católicos; sin embargo, oía a mi abuela cordobesa manifestar sus dudas acerca de la existencia real del Cid. Muy por el contrario, mi abuela de Riocerezo, consideraba, no sé si en serio, la posibilidad que fuera nuestro antepasado, dado que Rodrigo era uno de sus apellidos. 



En la puerta del H y M , algunos refugiados del aguacero, optaron por resolver, cada uno a su manera, las dudas de la niña. ¿Quién no sabe del Cid en Burgos?

Uno que en  la Catedral están sus huesos y los de doña Jimena, bajo la hermosísima estrella del cimborrio, el mejor dosel. 


Desde la tumba del Cid

Otro que, a partir de 1808, tras el saqueo de los franceses, se dispersaron los restos por Francia, Alemania, República Checa, Polonia y hasta Rusia.

Sí, añadía otro, y en la Sala de Poridad del Arco de Santa María se muestra el hueso radio. 


Hueso radio del Cid (Arco de Santa María)

Muchos coincidían en  un escéptico "vete tú a saber".

Otro que dejémonos de huesos: es un personaje histórico pero no coincide con el Cid mítico y legendario, ni con el del Cantar de Mío Cid, el mayor de los cantares de gesta españoles. 

Alguien dio la noticia de que, en el llamado Solar del Cid, los arqueólogos han encontrado lo que podría ser su casa. ¿Cómo no va  a ser real? 


A la búsqueda de la casa del Cid

La niña se quedó hecha una lío. Menos mal que dejó de llover y su madre le prometió que, en casa, le explicaría despacio todo eso. 


Los refugiados de la lluvia se marcharon, algunos discutían acaloradamente entre sí. Me quedé sola, abrí La cabeza de Castilla por una página cualquiera y allí Azorín nos daba la clave: 

"El Cid da pábulo a la leyenda; en el Cid la leyenda contrabalancea la Historia; al estar en Burgos, nos sentimos zarandeados entre lo ficticio y lo real, llevados y traídos de la leyenda a la Historia."

Y de la historia a la leyenda. Azorín estaba releyendo "la admirable obra de don Ramón Menéndez Pidal La España del Cid" cuando surgieron en su espíritu , y de ahí viajaron a su pluma, dos leyendas cidianas antiguas y populares, relatos llenos de fantasía de "Dos viejecitos", mendigos de ropa negra y cara blanca: "de ébano y de márfil". La primera, la de la viejecita, se publicó en 1849: Recuerdos de un viaje por España. La segunda, la del viejecito, la contó Víctor Balaguer en su libro En Burgos, en 1895. 

"Una de estas viejecitas de ébano y marfil está a la puerta de Santa Gadea, o Águeda, en Burgos; todos los días se pone allí; no importuna a los fieles con gemidos ni ayes lastimeros; se contenta con mirarles de cierto modo; con mirarles de un modo humilde y cariñoso. Y si el visitante o fiel se muestran liberales, caritativos, la viejecita les cuenta un secreto que ella sabe. Secreto terrible, secreto que, si lo supiera un novelista, podría sacar de él mucho dinero, y no digamos nada de un dramaturgo, éstos sí que saben sacar dinero de todo."

Iglesia de Santa Águeda en Burgos

"¡Felices mortales! Pero sigamos con la viejecita de Burgos; os voy a revelar un secreto, y si podéis sacar de él unas pesetas, mejor que mejor. En Santa Gadea tomó juramento el Cid al rey don Alfonso VI; quiso el Cid que este rey jurara que no había intervenido en el asesinato de su hermano don Sancho. En los viejos romances se habla repetidamente del cerrojo de Santa Gadea; sobre este cerrojo tomó el Cid uno de los juramentos al monarca en entredicho."

Cerrojo actual de la iglesia de Santa Águeda en Burgos
...

"En esta hora plácida de la mañana, en el profundo silencio de la ciudad, la vieja castellana, tan limpia, cuenta al visitante de la iglesia la temerosa historia. Allí, en la misma puerta, está el famoso cerrojo; desde hace siglos, ese cerrojo abre y cierra la puerta. La viejecita baja la voz y echa una mirada alrededor; todas las noches, en la bóveda del templo, se escucha un ruido espantoso; parece como si arrastraran cadenas y si dieran voces coléricas. Se pueden oír esos ruidos extraños, terribles; pero mejor es estar lejos. Además, algunas veces, el propio Cid, el Cid y don Alonso, aparecen junto a la puerta. Sí, son ellos, no cabe dudarlo; son el Cid y Alonso VI, que repiten la escena de las formidables juras; el Cid hace que el rey ponga la mano sobre el cerrojo, y el monarca está tan enfurecido, que sus ojos parece que echan lumbre. Y la viejecita, revelado su secreto, calla y contempla la cara del visitante..."

De la iglesia de Santa Gadea que pudo conocer el Cid no queda nada. La que podéis visitar es del siglo XIV la parte más antigua y tampoco el cerrojo es el del tiempo del legendario juramento: "la antigua pieza se retiró en el año 1500 y, actualmente, recuerda la tradición otro cerrojo de reciente factura, realizado por Ángel Cuevas." Sin embargo, leemos en una una inscripción: "En esta iglesia de Santa Gadea prestó el rey Alfonso VI ante el Cid Campeador su famoso juramento" (Patronato Nacional del Turismo 1933). Estamos en Burgos, tal vez alguien ha oído, en Santa Águeda, espantosos ruidos de cadenas que se arrastran. Y, tal vez, "allá por donde estaba el convento de Fres de Val" , Rodrigo Díaz de Vivar campee la noche de Difuntos con su larga barba:

"Ahora vamos con otro viejecito. Éste, acabo de decirlo, es varón. Cerca de Burgos, allá por donde estaba el convento de Fres de Val, se levanta una colina, a la que se asciende por una suave cuesta. Se llama de los Grillos está subida. Arriba se extiende una meseta anchurosa; es como un paseo desde el cual se divisa un esplendido panorama. Por un lado, Burgos, la noble ciudad; la Cartuja con sus pináculos funerarios, a modo de blandones; las Huelgas entre la fronda del arbolado; por otra parte, los pueblos de Quintanilla, Vivar del Cid, Cercedilla, Villaverde. En la cuesta de los Grillos ocurre todos los años una cosa de maravilla y de espanto; no vayáis a verlo; os asustaríais; sentiríais el escalofrío de la muerte. Lo que pasa en esa cuesta es que la noche del día de Difuntos sube por el declive un caballero montado en su bridón. Lleva una larga barba y brilla a la luz de las estrellas su coraza. Cuando llega a lo alto se pasea por la ancha meseta y se detiene para contemplar la ciudad de Burgos; aunque es de noche, él atisba con claridad la ciudad lejana. Y mira también al pueblecito de Vivar. Allí en Vivar, es donde él ha visto la luz primera. Y ya con esto quedáis enterados de que el caballero es nada menos que Rodrigo Díaz de Vivar, casado con Jimena Gómez."


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"Se va ensanchando Castilla", cuadro de Marceliano Santa María (Escalera del Ayuntamiento de Burgos)


Azorín confía en la pervivencia de las leyendas: "hoy, seguramente, a los dos viejos de antaño han sucedido otros: uno en la puerta de Santa Gadea y otro en la cuesta de los Grillos. Y en los dos se perpetúa la memoria santa y heroica del Cid. En los dos, que son representación del pueblo, se guarda la venerable memoria..."

¿Viven hoy en día las leyendas? ¿Hay quien las recoge? Creo que existen todavía pacientes recopiladores. Me parece que conozco a alguno...o alguna. Azorín diría que representan "la aristocracia del espíritu".

Zarandeada entre lo ficticio y lo real, la presente entrada me ha llevado más tiempo de lo acostumbrado. Con la ayuda de Azorín, he ido sacando vetas a la figura del Cid. 

Un abrazo de María Ángeles Merino

Textos en rojo tomados de: La cabeza de Castilla, Azorín, editorial Espasa Calpe, colección Austral, segunda edición, 1967.