jueves, 17 de marzo de 2016

Andarás perdido por el mundo: "Lolo Galerón, el poeta de La Florida".


La estación de tren de Oña abandonada, foto de 2007. 
Visita a la villa oniense en compañía de mi amiga Luz del Olmo.

Comentario del relato La Florida, del libro Andarás perdido por el mundo de  Óscar Esquivias. Para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

Recordáis a mi amiga Austri que me acompañó durante mi paseo por Gamonal, con el libro Andarás perdido por el mundo, en la mano y en la boca. En la entrada anterior, tenéis nuestros comentarios. Ahora la conocéis un poco, pudisteis comprobar que los relatos la atraparon, a pesar de ser tan suya en lo que toca a las lecturas. ¡Se los leyó todos de un día para otro! ¡Y sólo iba a leerse el del catequista! 

Dejo, para más adelante, las fotos que hicimos por el pueblo de Gamonal y algunos de sus colegios, para casarlas con otro relato escolar y gamonalense. 



 Ahora estamos en mi casa, Austri está muy interesada en lo que voy a escribir esta semana y quiere darme ideas. Hablamos, comienza ella. 

-¿Qué te parece si seguimos con Gamonal? Podemos ponernos con El misterio de la Encarnación. Me es muy familiar ese niño extrañado ante la lámina del libro de Ciencias Naturales: "el óvulo flotaba como un planeta gigante en mitad del cosmos y los espermatozoides cruzaban el espacio como una lluvia de cometas". El chaval es de Gamonal y de los tiempos de la EGB, que tú recordarás, que en los nuestros sólo se reproducían los paramecios.



-Y los pólipos. A mi también me gusta mucho, pero no te adelantes tanto. Si te parece nos vamos a Oña. Seguro que has oído alguna vez eso de "a este paso voy a terminar en Oña". En Burgos, era sinónimo de volverse loco. De la misma manera, en Guipúzcoa acababan en "Santa Águeda" y en Madrid era Leganés, "Santa Isabel". A pesar de la protección de los santos, los manicomios daban miedo, mucho miedo.


-De acuerdo. Vamos a Oña, pero no al manicomio, que esa palabra ya no se puede decir. 

- Vamos al Hospital Psiquiátrico de San Salvador de Oña, a visitar a un residente, Bartolomé Galerón Fuentes, el tío Lolo, un personaje más de pueblo que las amapolas, muy antiguo y algo bruto, pero entrañable.  Miguel Delibes no hubiera dudado en adoptarlo. Vamos de la mano de su sobrino, un narrador que recupera la mirada del niño que fue, en unas visitas que le llevaron del rechazo y  la extrañeza a la sintonía. 

He hablado con familiares y enfermeras. Coinciden en que Óscar Esquivias da una pintura muy precisa de "La Florida". 

"El psiquiátrico daba la impresión de ser el palacio de unos emperadores o un lujosísimo hotel con su fachada de piedra llena de columnas, enormes blasones de los cuatro reinos españoles y estatuas de héroes. Además, tenía unos vastos jardines con fuentes, albercas llenas de peces, árboles frutales, pérgolas y un paisaje montañoso de fondo que parecía el decorado de una obra de teatro"
Monasterio de San Salvador de Oña

-Sí, mira aquí al final. Leemos en la Nota del Autor: "Se lo dedico a mi tío José Luis Galerón, quien vivió largos años en La Florida y, a su modo, alcanzó la eterna juventud: la de vivir siempre con veinte años". Seguro que el personaje de Lolo tiene mucho de José Luis y el narrador mucho del mismo Óscar Esquivias. 

-Pero, ya te lo decía el otro día, no tienen por qué coincidir. Que estabas dispuesta a preguntar en la iglesia de Gamonal  por el catequista Ismael Bejarano. 

Comenzamos con el relato, podemos situarnos a finales de los setenta y principios de los ochenta. Oímos una voz que habla en pasado: "Mi madre aparcaba siempre frente a la fachada del psiquiátrico". Era un niño que llegaba a Oña, acompañado de sus padres y un hermano David. Cumplían con la visita habitual al tío Lolo, internado allí. Nos narra una visita pero son muchas las visitas, es la rutina  marcada por los verbos en imperfecto: aparcaba, giraba, dedicaba, respondíamos, parecía, pasaba, daba, giraba otra vez...

"Ya durante el viaje nos íbamos electrificando, como animales ante la cercanía de una tormenta..."

-Los niños llegaban nerviosísimos. Siempre era así, con  la regañina materna habitual y el permiso para descargar en los columpios la tensión acumulada. Pero, cuando entraban al hospital, volvían a la pendencia con empujones, codazos y cabezazos. Tal vez se contagiaban de la tensión reprimida de los padres, especialmente de la madre, hermana de Lolo: 

"Mi padre solía encender un cigarrillo y mi madre cerraba los ojos y apretaba la frente contra el volante. Parecía meditar o rezar durante unos segundos". 

- Viajaban a Oña cada tres meses, más o menos. El narrador se detiene en "una ocasión en la que los columpios chirriaban horriblemente en cada balanceo". Al padre le parecían "las cadenas del infierno", a los niños les encantó la idea de apostar a ver quien llegaba "más cerca del infierno" y a la madre se le escapó la palabra prohibida: "Dejad  de columpiaros a lo loco". Su hijo David replicó al instante: "Has dicho loco". El tío Lolo no estaba loco, estaba "enfermo". Estaba ingresado en el Hospital de San Salvador, mejor omitir psiquiátrico, "Manicomio" estaba prohibidísimo. La madre imponía "reglas estrictas con el lenguaje".

-¿Hospital? Aquello no respondía a la idea que un niño tiene de un hospital, no se parecía en nada al ambulatorio de Gamonal, un lugar en el que uno volvía a su casa para curarse con jarabes o pastillas. "En Oña, sin embargo, no parecía curarse nadie: uno entraba y se quedaba ya para siempre".



Al fondo, el ambulatorio de Gamonal

- Después de los columpios, les seguimos a través de corredores y patios, hasta llegar al edificio anejo donde vivía el tío Lolo: "La Florida". Se iban cruzando con los "internos" que sesteaban, saludaban o les dedicaban muecas. Algunos les salían al paso, les daban ceremoniosamente la mano y les pedían tabaco, la moneda de más valor allí. La madre llevaba cigarrillos sueltos que entregaba si no había ningún celador cerca porque estaba prohibido dar de fumar a los "residentes". "Residentes", otra palabra que nos indicaba que uno entraba allí para mucho tiempo. 

-La monja friolera de la chaquetilla de punto, la que estaba a cargo de "La Florida", ya les conocía y les llamaba "la familia Trapp". Vete a saber por qué, quizá ella se veía como Julie Andrews. Ordenaba, besaba y voceaba: "¡Galerón tienes visita! ¡Está aquí tu adorable familia!" Besos y más besos fríos.  Pongamos que la monja mandona, besucona y redicha se llamaba Sor María. 



-Por fin, bajaba lentamente el tío Lolo y la "adorable monja" le agarraba por la barbilla para obligarle a sonreír. Mamá se adelantaba y le daba un par de besos, papá otros tantos. A los niños les dedicaba una mirada desconfiada. La monja, campechana e inflexible, le ordenaba que se agachara para que le besaran los niños, que no fuera "sieso". Lolo se plegaba con fastidio, los niños le daban un solo beso rápido y se apartaban como si temieran un calambrazo. 

Luego se repetía el mismo diálogo. "Vamos a sacar a mi hermano a dar un paseo por el pueblo...Si Lolo está tranquilo y le apetece, igual comemos con él fuera, en algún restaurancito". Y la monja claro, claro, qué bien lo vas a pasar, ya aviso a la portería para que te dejen salir. Pero lo de comer juntos nunca se cumplía porque Lolo se negaba en redondo, él quería comer "en casa". Le preguntaban cuál era su casa, con la esperanza de que acertara con el nombre del pueblo donde nació, Villandiego. Insistían y, al final, arrugaba la frente y respondía: La Florida. 



-Otra rutina era la entrega del bolsón de ropa usada, para vestir a Lolo. Era ropa del padre "casi nueva", la monja la recogía con indiferencia. La verían en otros internos, al tío le vestían con ropas viejas y desconocidas. Siempre sin botones gruesos, ni cordones, ni cinturones ni tirantes. Se podían hacer daño si se los apretaba mucho. ¿Y por qué? "Porque a veces les pesa la vida y se les va la mano.". El niño no entendía, las cosas pesaban, "pero ¿la vida?"

-Cuando salían, lo primero que hacían era acercarse al coche. Se le iluminaba la cara al entrar en el "auto", como decía él. Disfrutaba sentándose en el puesto del piloto, giraba el volante, tocaba el claxon y se enfadaba cuando su hermana le negaba las llaves. A continuación, lo que tocaba era proponerle ir de excursión a algún pueblo de los alrededores. ¿Tal vez un restaurancito en Trespaderne? Siempre se negaba. ¿Era porque conducía una mujer? ¿No se fiaba? La madre explicaba a sus hijos: "Cuando enfermó, las mujeres no hacían ciertas cosas". 

"Cuando enfermó" era un tiempo lejanísimo para los niños, inimaginable. Las mujeres no conducían, no llevaban pantalones y no hacían mil cosas que estaban mal vistas o no eran costumbre.


Citores del Páramo. Una mujer de antes.

Cuando Lolo enfermó, su hermana pequeña era una niña y sus recuerdos eran muy difusos. Ella siempre le había conocido "así". "Así" significaba ingresado en un psiquiátrico. 

¿Cómo enfermó? Lo que le contaron sus padres. A los quince o dieciséis años comenzó a hacer cosas raras: subirse al campanario desnudo, comer tierra, matar a todos los gatos del pueblo, incluido Calixto, al que la abuela quería tanto. Estuvo de pastor pero le devolvieron pronto a casa por raro. Luego le tocó hacer el servicio militar en el aeródromo de Villanubla y su cabeza no aguantó más. Ingresó en el Hospital Militar de Valladolid, después lo mandaron a Mondragón y terminó en Oña. 


Oña, una vía muerta.


-¿Qué tenía? No había palabra. Bueno, sí, esquizofrenia. Pero su hermana no se fiaba. No era como ahora, llamaban a todo esquizofrenia y lo trataban de cualquier manera, hoy se habría curado. 

Cuando Lolo se cansaba del coche, daban un paseo. Iban a la estación, le encantaba ver pasar los trenes. Le invitaban a tomar un vaso de vino, su hermana era incapaz de negárselo, a pesar de tenerlo prohibido. Le entregaban pastillas de chocolate y un par de cajetillas de tabaco, lo único que parecía agradecer de verdad. Las guardaba con un gesto pícaro, que no las viera Sor María. 


-Bartolomé Galerón era un personaje varado en otro tiempo, aquel en que enfermó. Si su hermana encendía un cigarrillo, era capaz de arrancárselo de los labios de un manotazo. ¿Dónde se había visto que las mujeres fumaran? A la misma mujer que le regañaba por recoger colillas del suelo, que le trataba como a un niño. A los sobrinos les daba risa su forma de hablar, la de "entonces":

"Mi tío decía "tuso", "orinar" y otras palabras que sonaban como antiguas, como "leñe", "diantre", "auto", "chisquero" y cosas así"

-Lo de "leñe" ya era de tebeo en mi infancia de ciudad.


-El tío Lolo recordaba el nombre de su padre, se callaba el de su madre y de su hermana decía que era la Tula, una niña del pueblo "fea y escrofulosa".  Un mundo antiguo con enfermedades antiguas.


-En verano se celebraban las fiestas del "complejo" y la Diputación invitaba a los familiares a un día de "convivencia". Se podían visitar las instalaciones y había misa de campaña, pic nic multitudinario, actuaciones de artistas, proclamación del  rey y la reina de las fiestas, cohetes y orquestilla. Pero los dos hermanos se aburrían mucho con estas fiestas, todas se confunden en la memoria del narrador, con excepción de la de 1980. 

Aquel año todo se desarrollaba como de costumbre. Estaban con Lolo en una explanada, viendo las actuaciones de la tarde, rodeados de gente. El niño narrador se aburría como una ostra y se moría de sed. Soñaba con un refresco o con el agua de una fuente. 



Iba a decírselo a su madre cuando se dio cuenta de que no estaba a su lado. Miró alrededor, no vio ni a sus padres ni a su hermano David. Preguntó al tío Lolo que miraba al escenario y movía torpemente las piernas. Ni caso. Estaba rodeado de gente que bailaba, charlaba o iba de acá para allá con un vaso de vino o cerveza. Sus padres no podían estar lejos, lo más sensato era quedarse quieto.

-Justo entonces, el tío Lolo echó a andar y no hacía caso alguno al niño que iba detrás. ¿Dónde iba? Consiguió agarrarlo pero era más fuerte y le arrastró fuera del gentío. "¡Tenemos que volver tío!" El tío Lolo replicó: "¡Que me orino, hostias!" Fue con él, agarrado de su mano, hasta un rincón solitario, junto a unos rosales. "¡Ayuda, cojones, ayuda!" clamaba el tío que no conseguía abrir la cremallera de la bragueta. El sobrino se la bajó de un tirón, cayeron los calzoncillos y los pantalones y le apartó con un "¡Tuso, tuso!"

-Como a un perro, eso de tuso se le dice a los perros para que se aparten. En los pueblos lo he oído yo.

Manneken Pis (foto Julio Plaza)

-Cuando acabó, se subió los pantalones pero se dejó la cremallera bajada. El niño se la subió deprisa, temiendo que alguien le viera. A lo lejos se oía el ruido de la fiesta y "el tío Lolo volvía a estar silencioso y como ausente".

Tío y sobrino paseaban junto al estanque de las truchas. Lolo sacó dos cigarrillos arrugados y ofreció uno al niño que fue instantáneamente rechazado. A continuación, se metió los dos en la boca, los prendió y los empezó a fumar a la vez. 

-El chico tiraba piedras a las ranas y a los peces, le divertía como nadaban espantados. A Lolo le gustó aquello y exclamó un "hostias" muy festivo. El sobrino repetía con placer las  palabras prohibidas : hostias hostias, cojones cojones. Y fue el comienzo de una gran amistad. 


A continuación, vieron un gato que sesteaba al sol y dijo al oído del niño: "Mátalo y nos lo merendamos". El chico no tenía intención de comer gato pero la idea de usarlo como diana le excitaba. Acertó con una piedra en toda la panza y le hizo huir. 

-Ya se sabe como murió el gato Calixto. Me acuerdo ahora del gato Sebastián, que fue comido en la novela "Inquietud en el Paraíso", y de su última  triste tajada. Eran años de hambre. Miauuuu. En tiempos de Lolo, más que hambre era gamberrada.


Pero sigamos. Alguien se acercaba dando voces. Era un celador con gorrito de fiesta que buscaba a Bartolomé Galerón. Le estaban llamando por los altavoces, tenía que leer su poema. Cuando llegamos, el psiquiatra director del centro que hacía de locutor, ataviado con un collar hawaiano, anunció: 

"Saludemos con un fuerte aplauso a Su Majestad el Rey de San Salvador, que viene acompañado por un adorable pajecillo"

-Les subieron a los dos al escenario. Les colocaron gorritos y collares. El celador llevaba en una bandeja una cinta con los colores nacionales y el lema REY DE LAS FIESTAS 1980. 

La familia se llevó una sorpresa, nadie les había avisado, ni sabían que Lolo iba a recitar en público. El niño tenía sus dudas. Si casi no hablaba, sólo tuso y cojones y vamos a comernos al gato. Sor María le preguntaba dónde tenía el poema y le rebuscaba en los bolsillos. Por fin encontró un papel doblado, entre colillas, chapas, algún cigarrillo y el recorte de una actriz desnuda con enormes pechos.



-Tras el enérgico "lee Galerón" de Sor María, Lolo se puso a leer con una vocecita ininteligible y el público gritaba que no se oía. El sobrino estaba agarrado a la mano del tío que le apretaba y le hacía daño, pero no se quejaba. "Lolo carraspeó y dijo a grandes voces, como un pregonero:

-"A un pájaro"
¡Oh ser nacido del huevo!
Suave plumaje es tu piel,
te pareces a los ángeles,
puedes volar o ir a pie.

-Se oyeron aplausos y los abucheos de un interno muy malencarado. Lolo le sacó la lengua y le increpó con un :"me cago en" que se empezó a oír por la megafonía, antes de que Sor María le apartara. Le colocaron en la presidencia del escenario, junto al sobrino pajecillo y la reina de las fiestas, "una interna gordita y estrábica". "Los tres solemnes como una familia real improvisada que estuviera a punto de presidir un desfile". El director anunció que iba a intervenir el presidente de la Diputación y después cantarían todos juntos el himno a Burgos. 

El niño se sentía muy importante, rodeado de gente principalísima: "el presidente de la Diputación, el Comandante de la Guardia Civil de Oña (con su brillante tricornio y la pechera llena de medallas, aquel hombre seguro que era un héroe), el alcalde del pueblo, el párroco, los psiquiatras, Sor María"

-Hubo un discurso embrolladísimo del Presidente de la Diputación, tan largo que la reina de las fiestas le arrebató el micrófono y le pidió permiso para cantar una jota, que se había acordado de la letra y, si no la cantaba ya, se le iba a olvidar. El Presidente accedió con una sonrisa y el público clamaba que cante, que cante. Y la cantó: "que viva San Juan el Mozo...". 

El Presidente, aquel que conocimos tantos años, acabó el discurso y se cantó el Himno a Burgos. Aquí la reina de la fiesta también gritaba lo suyo y se inventaba la letra cuando le fallaba la memoria: "sus piedras sagradas que son mortadela". Mortadela por fortaleza, qué más daba. Se notaba que  había sido cantante lírica en la Scala, en Viena, en Buenos Aires y...en Valdorros, su pueblo.




-Acabó el acto, tiraron cohetes y las autoridades se fueron despidiendo. El Presidente dio la mano a Lolo y acarició la cabeza al niño, interesándose:  

"¿Es familiar tuyo?...El poema es muy original. ¿Lo ha escrito él o se lo has escrito tú? Dime la verdad-me preguntó guiñándome un ojo"

El muchacho tuvo la tentación de apropiarse de los versos y recibir los halagos de aquel señor tan importante. Iba a decir: "Sí, son míos, pero es un secreto". Pero, para su sorpresa, lo que pronunció fue: "El poema lo ha escrito mi tío, lo ha hecho el solo. Es poeta. Se llama Lolo. Lolo Galerón". El Presidente le sonrió, le dio la mano y la enhorabuena, podía estar orgulloso.

-Y a todos los que venían a saludarle les informaba: " El poema lo ha escrito mi tío Bartolome Galerón Fuentes"

Al final, el niño narrador recupera el papel donde estaba escrito el poema y descubre que está ante una fotocopia de un poema de Gloria Fuertes,  Siente desilusión, frío, siente que la vida es injusta, debería haberlo escrito su tío. Rompe el papel en trocitos minúsculos y  no se lo dice a nadie.

"Lolo Galerón, el poeta de La Florida".

-El protagonista del cuento tiene su hora de la verdad, la de un  gesto que le hace crecer. Es el momento estelar de Lolo Galerón, pero también el de su sobrino. Como dije al principio, pasó de la extrañeza y el rechazo a la sintonía. 

Seguiremos con Andarás perdido por el mundo. 

Un abrazo de María Ángeles Merino para todos los que pasáis por aquí.


15 comentarios:

Óscar Esquivias dijo...

Pues sí, yo tuve un tío en Oña, que vivía en el pabellón de La Florida, así que conocí muy bien ese ambiente (aunque no se trata de un cuento autobiográfico y el narrador no soy yo). Era muy impresionante entrar en San Salvador y ver aquel exmonasterio poblado por personas con la mente nublada. Por lo demás, qué hermosura de pueblo y de paisaje. Mil gracias por tu detallado paseo por el cuento.

María del Carmen Ugarte García dijo...

Sin lugar a dudas el niño del otro cuento era de la época de la EGB, porque en nuestra época, efectivamente, solo se reproducían las amebas. Yo también me he imaginado al tío Lolo muy bien interpretado por Paco Rabal, solo que aquí en vez de una milana, anda algo perdido y lleva papelillos arrugados con versos de otros.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Te va a contratar el editor de Óscar Esquivias para la documntación de sus libros, ya verás.
Qué buen paseo de la mano de tu amiga, vaya dos. Si no la rescatas en otras lecturas, echaremos de menos a Austri.
Me gusta tu forma de ponerte en los sentimientos de este niño.

Myriam dijo...

¡Qué bien lo has dicho "pasó de la extrañeza a la sintonía"!

Ha sido un gustazo volver a pasear contigo por este cuento y por Oña.

Besos

pancho dijo...

A ver, a ver que contamos ahora del cuento si ya lo has desmenuzado hasta dejarlo pulverizado. Magno resumen comentado con el añadido del conocimiento propio del terreno y las ilustraciones tan bien elegidas, que se corresponden con la realidad.
Se ve que este cuento os gusta a los de Burgos, será por eso del paisanaje, pero la realidad es que está muy bien. No desmerece de ninguno de los demás.
Es curioso cómo cambian las voces usadas para llamar a los animales. Por aquí he oído: cuso, cuso. En el pueblo propio se les dice tuba, tuba...Cas, cas.
Un abrazo y descansa un poco en vacaciones, je, je.

María Luz Evangelio dijo...

Es interesante que documentes con fotografías los lugares que aparecen en este cuento. Se nota que sientes cariño por el niño y la mirada extraña con la que se asoma a la locura. Creo que era Celaya el que hablaba de ganar el uso de razón y perder el uso del misterio. Quizá los niños se asoman al misterio con más naturalidad.
http://www.cancioneros.com/nc/9089/0/el-nino-que-ya-no-soy-gabriel-celaya-victor-manuel-san-jose

Ele Bergón dijo...

Bien recuerdo nuestro paseo por Oña de hace unos años en aquel verano con un día de sol esplendido, contemplando los paisajes de las montañas que rodean a este pueblo con edificios tan interesantes. Entonces nos hablaste de tu profesor don Pedro y yo le hice un poema, este profesor bien podría ser el tío Lolo.

Interesante y exhaustiva entrada. Se nota lo bien que lo has trabajado

Besos

Abejita de la Vega dijo...

Don Pedro Ureña que bien podía ser un tío Lolo catedrático. Recordarás al residente que fumaba en la puerta ante el cartel que recordaba la prohibición de fumar. Disfrutaba del tabaco y de transgredir la norma. No visitamos La Florida, ahora la conocemos de mano de Óscar Esquivias.
Busco el poema.
Besos, hablamos.

Abejita de la Vega dijo...

Celaya tenía razón, perdemos el uso del misterio. Gracias por llevarme hasta el poeta. Lo vi un día hace años con un tambor de oro, viejo, muy viejo, casi infantil.
Besos, María Luz.

Abejita de la Vega dijo...

No fue mi intención pulverizarlo, lo siento si lo he apurado demasiado. Me extendí porque todo me gustaba. En realidad, sólo estuve dos veces en Oña, en visita turística. En la parte psiquiátrica, no pasé del vestíbulo. Se lo comento a Luz, ahí abajo, estaba conmigo aquel día de 2007.
Besos, Pancho.

Abejita de la Vega dijo...

Me encantó esa sintonía de hostias hostias, entre el niño y el tío. Merece la pena ver Oña, la parte artística e histórica. Y también el paisaje. A la parte psiquiátrica no nos dejarían. ¿O sí?
Besos, Myriam.

Abejita de la Vega dijo...


Austri me ayudó a dar un buen paseo por La Florida, es una lectora convencional pero tiene su corazoncito. Me acompañará...
Un abrazo, Pedro.

Abejita de la Vega dijo...

Las amebas tan castas ellas. Delibes no hubiera hecho ascos a Lolo. Un poemilla de Gloria Fuertes en vez de milana bonita, genial. Besos, Carmen.

Abejita de la Vega dijo...

Ya se lo dije a Austri que es muy cabezona. que no, Austri,que no es autobiográfico...Unas visitas inolvidables que te han guiado para escribir un cuento que tus lectores no olvidarán. Mil gracias a ti, faltaría más. Todos a Oña.
Un abrazo, Óscar.

Abejita de la Vega dijo...

Aquí tengo tu poema "El caos". Yo te había hablado de mi antiguo profesor que nos hablaba del caos de sensaciones que nos vienen del exterior. Yo estaba en un momento caótico, iba a empezar una nueva etapa. No imaginaba el caos que se me venía encima.
http://enunacordeazul.blogspot.com.es/2007/08/el-caos.html
Aquí tengo tu poema "El caos". Yo te había hablado de mi antiguo profesor que nos hablaba del caos de sensaciones que nos vienen del exterior. Yo estaba en un momento caótico, iba a empezar una nueva etapa. No imaginaba el caos que se me venía encima.
http://enunacordeazul.blogspot.com.es/2007/08/el-caos.html