jueves, 21 de mayo de 2015

"Sefarad", una novela de novelas. ¿Una?

 
Pedro Ojeda al comenzar la lectura colectiva presencial del 19-5-2015.
 
 
Comenzamos la sesión de nuestra lectura colectiva presencial, en la Biblioteca Central de la UBU. Pedro Ojeda da paso a los lectores de "Sefarad":
 

 
Demasiado espesorro, demasiado duro.
 
Un tocho imposible. Hay que tomárselo por la mañana.
 
Es un libro para tener mucho tiempo, no tengo la cabeza tan despejada, de "Olympia" pasaba a otros y a otros.
 
Es un libro muy difícil de leer pero muy difícil de olvidar.
 
Lo que dice  y como lo dice. Me dije a mí misma: lo voy a acabar porque me gusta.
 
¿Es una novela? ¿Es un ensayo? ¿Es una colección de relatos?
 
¿Dónde está el vínculo que los une? ¿El enlace? ¿La clave?
 
Lo que más me gusta es la música, la musicalidad. Lo he leído con interrupciones...
 
Al principio, relatos diferentes. Te preguntas: esto...¿qué es?
 
¿Por qué tantos trenes? ¿Por qué tantos viajes?
 
"Eres" me gusta especialmente.
 
La mujer que mira a su hijo y sabe que no lo va a ver más.
 
El soldado que espera escondido que lleguen y lo maten.
 
La mujer que espera y espera que vengan a detenerla, sabe que vendrán y cuando llegan es una liberación...
 
La enferma terminal espera la muerte.
 
El borracho de Chueca, el hombre del balcón que lo mira todo.
 
El oficial nazi tan sensible para la música de Brahms y tan odioso en su ideología.
 
Escenas angustiosas, la puerta no se puede abrir, la niña rompe el cristal arrojando una palangana para que entre aire y su madre pueda respirar...
 
"América" enlaza con el último capítulo. ¿Es la monja la bibliotecaria de la "Hispanic Society off America"?
 
Ideologías totalitarias que una vez que se imponen...ya no hay marcha atrás.
 
Encantada de pertenecer a este club de lectura. Me gustaba lo que estaba leyendo, aquí me explicas por qué. Me recuerda a cuando mi madre iba a misa a San Lorenzo y volvía diciendo: qué bien ha predicado el padre..., cómo habla, no lo he entendido, pero me ha gustado.
 
Paloma Fernández Villa, el alma de la lectura colectiva presencial. Buena lectora.

 
Mi propia opinión: muestro a Pedro lo que escribí en la portada, en abril de 2001. Donde dice "Una novela de novelas", yo añadí, tal vez contrariada: "¡demasiadas!
 
Quizás no estaba preparada para una novela así, tan poco convencional. Quizás me faltaban referencias, entonces no existía Internet...al menos para mí. Sólo disfruté con el último capítulo, admirada de que existiera un museo hispánico, en Nueva York, soñado por un millonario admirador de la cultura española.
 
 
Y, sin embargo, ahora hubiera puesto: "demasiado pocas". Porque una vez que le cogí el hilo al libro, me daba pena que se me acabara, quería más relatos. La diferencia está, lo creo sinceramente, en mis lecturas colectivas de "La acequia" desde 2008 hasta ahora. Sí, ahora puedo con un libro así.
 

 
Voy a rectificar, ahora voy a escribir: ¡demasiado pocas!
 
 Y, una vez hecho esto, vayamos al  momento en que el profesor Pedro Ojeda resuelve nuestras dudas y nos da una visión insospechada de "Sefarad".
 
No es un libro de relatos. El profesor llama nuestra atención en torno a la portada. Dice: "Una novela de novelas". ¿Por qué una?
 
La clave está en "Olympia", es el relato que abre los ojos al lector. El narrador es cada vez más protagonista, es la historia de Antonio Muñoz Molina, autor que ya había escrito varios relatos de contenido autobiográfico.
 
El autor había comenzado a construir su voz personal en "Beatus ille", "El invierno de Lisboa" y "Beltenebros", esta última llevada al cine. Asoma en sus artículos en la prensa y en "Ardor guerrero" donde cuenta su servicio militar. Gana el premio Planeta con "El jinete polaco", también de contenido autobiográfico. Y, en un cuento titulado "El dueño del secreto", nos muestra su abandono postmoderno de la izquierda ortodoxa marxista. Llegamos al momento en que escribe "Sefarad".
 
 
Ya está casado con Elvira Lindo y su vida ha cambiado. Eso está aquí: la transformación de su vida. Quiere contarnos y reflexionar acerca de lo que ha cambiado su propia vida. En "Olympia" nos damos cuenta.
 
 
Cuadra con su biografía: ha dejado la provincia, tiene un nuevo amor, ha empezado a viajar. No se cree lo que le ha pasado, está sorprendido: "Pero lo que ahora tengo  delante de mi...es una de las postales que compramos en la tienda de la Hispanic Society, el retrato de esa niña morena...que me mira ahora como aquel mediodía, cuando fuimos a mirarla por última vez antes de marcharnos...". Habla en plural: él y su compañera. Al final, ha encontrado a Elvira Lindo: "...y las otras vidas que viví y los hombres que fui antes de llegar a ser quien soy contigo quizás perduran en la memoria de otros...".
 
 
 Está documentándose, está escribiendo una novela sobre la crisis humanitaria del siglo XX: guerra civil española, guerra mundial, Hitler, Stalin, campos de concentración. Ha encontrado a las víctimas de las grandes ideologías: capitalismo, nazismo, estalinismo, franquismo. Se empapa de lo más duro. Toma conciencia de la primera postmodernidad, las ideologías han destruido al mundo, las odia, siempre las ha odiado. Habla con unos y con otros, recoge testimonios auténticos de víctimas con cara y apellidos.
 
 
Es su novela, la de un exiliado de sí mismo, la de su transformación. Y le da una trascendencia llamándola "Sefarad", en un momento en que se revitaliza el tema: 1492-1992, acuerdo con Israel de conceder la nacionalidad judía a los sefarditas.
 
Exilios masivos, destierros, asesinatos masivos, el viaje, los trenes, el desterrado. La vida como viaje, trenes nocturnos que llevaban judíos, soledad de los personajes, estar en la lista, alguien lo ha decidido, van  a venir a por ti en cualquier momento, el proceso de Kafka...
 
Es una novela de novelas, las de las víctimas del siglo XX, con una ideología postmoderna: las ideologías nos han destruido y hay que reconstruir al ser humano desde la libertad del individuo, frente al poder del estado.
 
 
Concilio Vaticano II, Teología de la Liberación, hippies, Kennedy...son postmodernidad. No al pensamiento único, importancia del individuo por encima de la sociedad. Las estructuras que se hacen poder anulan al individuo.
 
Muñoz Molina nos ofrece historias reales y documentadas que nos van a tocar dentro, de forma intelectual o emocional. Construye con pequeños detalles, ruidos, sonidos, gestos, el niño que bebe del botijo...
 
 El contexto en que se escribe "Sefarad" es el del aniversario de la expulsión de los sefarditas (1492-1992). Muñoz Molina ha empezado a viajar, pasa tiempo en USA; es cuando deja la temática española, este es un libro con proyección internacional. Consigue el premio Jerusalén y dentro de unos años, apunta Pedro Ojeda, será Premio Nobel. El cambio se produce aquí, en un libro español con mirada internacional.
 
A finales de los noventa, hay una polémica sobre el fin de la novela. ¿Ha terminado la novela? Es un momento en que también se habla del fin de la Historia. Como consecuencia, aparecen novelas nuevas como "Soldados de Salamina" de Javier Cercas o "La fiesta del Chivo" de Vargas Llosa.
 
 
 La respuesta de Muñoz Molina es "Sefarad", algo a caballo entre el relato, el documento, la crónica periodística, con una estructura que sorprende.
 
Una estructura que sorprende para una novela que sorprende. Ahora ya pasó ese sarpullido del fin de la novela y del fin de la Historia, pero ahí sigue una novela tan difícil de leer como difícil de olvidar, tal y como apuntó una de nuestras compañeras lectoras. El exilio de Muñoz Molina, todos los exilios del ser humano. Con todos mis deseos de haber sido fiel a la lectura colectiva del 19 de mayo de 2015.
 
Un abrazo de María Ángeles Merino para mis compañeros de la lectura colectiva presencial  y para los que me visitáis aquí.
 
Mis dos lecturas de "Sefarad"

 
 

jueves, 14 de mayo de 2015

"Sefarad": "fue volcado como por un golpe seco de mar "

Lectura frente al "Parque Doctor Vara"(Burgos), en un día caluroso de mayo.
 
 
Aquí tenemos de nuevo a las jóvenes Gracia y Justina, con su trabajo comentario en torno a "Sefarad". Hoy han elegido uno de los parques más tranquilos de la ciudad de Burgos. Allí, el mirlo "enloquece de amor entre lo verde" y es una bella  buena música de fondo cuando se habla de literatura y de sentimientos.
 
-¡Hola Gracia! Ha sido una buena idea quedar aquí, en esta terraza, en un lugar tan recogido y fresquito. Hoy, el café con hielo, con mucho hielo. ¡Qué calor para Burgos en mayo! ¿Con qué nos ponemos hoy?

-Podríamos rematar con lo del zapatero y la monja, del relato "América". ¿Qué te parece, amiga, si hacemos picadillo feminista con el tal Mateo? Machista, egoísta, rancio, facha, meapilas y cobarde, muy cobarde.

-Todo eso. Y un aplauso para la valiente Sor María del Gólgota. Y enlazaríamos con el último capítulo, el que se titula "Sefarad" como la novela. Porque hay conexión y una duda en el aire que me encanta: ¿el "ritornelo" de la monjita?

-Lo primero que tenemos que hacer es corregir lo del muchacho que coincide con el zapatero en sus recorridos nocturnos por el pueblo. No era Sacristán, que por entonces era el niño que bebió el agua del botijo con "sabor a fiebre", el mismo en que había bebido la monjita desmayada. Era Godino, el futuro secretario de la casa regional en Madrid , el que revive y hace  revivir con entusiasmo a sus paisanos las costumbres y la gastronomía de ese pueblo de Jaén...Mágina o Úbeda, ya sabes, el de Muñoz Molina. ¡Darle al actualizar y arreglado!


-Sí, y fue Godino, el hombre calvo y jovial, muy formalito él con su traje como de abogado, con su virgencita en  el alfiler de la corbata, el que contó en la barra de un bar los amores del zapatero Mateo con la monja Sor María del Gólgota, tal y como se lo contó el protagonista. O eso aseguraba.

-Como preámbulo, recitó aquello tan poético de "la morcilla gran señora digna de veneración". Se comió a la gran señora, la regó con cerveza y, entre cañas, fritangas, voces de camareros y  "musiquillas robóticas", bajó la voz para proclamar solemnemente:

"Imaginaos esa plaza de Santa María, tan vasta, abriendo las manos y los brazos, satisfecho de haber elegido ese adjetivo...una plaza muy ancha y rodeada espectralmente de iglesias y palacios, muy lejos de aquí, en otro mundo y otro tiempo, hace muchos años."



-Y, al mismo tiempo, nos cuenta su aventurilla. Que su novia le había advertido que no saliera a tiempo ni se dejara ver; pero él, ya sabes, como "la tranca de una puerta" o "la mano de un almirez". Que yo no sabía que el almirez era eso que sirve para machacar ajos y perejil, que yo soy más de minipímer.
 

Almirez con su mano
 
A lo que vamos, el Godino jovencito no aguantaba más, descorrió el cerrojo, raaaas. Y bajaba embozado por los callejones, pegadito a las paredes, pensando que era el único despierto  a esas horas.
 
-Deja ya las digresiones, que nos darán las mil y quinientas. No era el único porque, al otro lado de la plaza, había alguien que también esperaba las campanadas de las doce. ¡El zapatero que iba a la faena!
 

 
Mateo lo cuenta ahora que se le borran tantos recuerdos; pero no así las voces, éstas le vuelven muy precisas, mezcladas con las de sus paseos de sonámbulo sin rumbo, "huésped de un cuerpo viejo y lento que no podía ser el suyo". Sentía que le llamaban "voces poderosas", "impulsos antiguos". Nuestro cerebro que nos toma el pelo.
 
-Dicen que la vejez hace que uno se sienta exiliado de su propio cuerpo. ¡Un decreto de expulsión que obliga a hospedarse en un organismo oxidado y renqueante! Bueno, nos queda mucho todavía, gocemos de la juventud. Sigue con Mateo.
 

 
- Como si estuviera en su viejo taller, oía las dos voces, las de la monja joven y las de la monja vieja, tras un tintineo de los cristales. "Limpia y nítida" la una, "ronca y bronquítica" la otra."Una súplica amable" y una "malhumorada exigencia", así de distintas se mostraban las dos, tan iguales en "sus ropones pardos y tocados negros". Pedían una limosna para los pobres, tras el "Ave María Purísima". Él se mostraba siempre algo irritado pero respetuoso, se quitaba la colilla de la boca, aunque el "sin pecado concebida" sonara con un tono algo burlesco de resignación.
 
 


 -El zapatero llamaba la atención por su gran porte y "no se privaba de hacer bromas con las parroquianas que le llevaban a remendar sus zapatos". Bromas de doble sentido que muchas veces pasaban a mayores; pero él tenía  suficiente astucia y discreción para que nada llegara a saberse. Sabía nadar y guardar la ropa, sobre todo teniendo en cuenta su clientela de gente de orden.
 

 
Formaba parte de la Directiva de la Cofradía, no faltaba con su vela a la procesión, pero nos asombraría saber, dice su cronista, " a cuantas damas de buen ver y comunión diaria se pasó por la piedra".  Se confesaba y hacía penitencias tremendas, claro, luego su confesor le decía que hacía falta propósito de la enmienda y le chafaba el plan. Es que Mateo, en el fondo de su alma, no creía que el sexto mandamiento fuera tan serio como los otros nueve. Sobre todo si se hacía con discreción y amplio disfrute por ambas partes, "sin daño a terceros", con higiene y sin tratos degradantes. Y nada de ir de putas, que él no concebía tener relaciones con una mujer pagada. Lo de la monja...
 
-Fue aquel año en que el escultor le retrató en la imagen del apóstol San Mateo, en la Santa Cena. La monja vieja, Sor Barranco, comentaba a la joven: "mírelo...tiene la misma cara que el Apóstol, lo que seguro que no tiene es su santidad".
 

 



El zapatero replicaba que estamos hechos de barro, que no todos podemos dedicarnos al culto divino, que si Cristo en casa de Marta y María, que si Santa Teresa y los pucheros. Y la monja vieja que "más obras de caridad y menos palabras, remendón...", para luego arremeter contra los carteles de toros, cosa pagana.
 
-Sor María del Gólgota no decía nada, se le quedaba mirando. Y el zapatero empezó a fijarse más en ella, a sorprender algunos de sus gestos poco monjiles: se frotaba las manos, se mordía el labio o se impacientaba, Ya no la veía como una subordinada dócil, percibía una hostilidad oculta que se revelaba en "fogonazos rápidos de ira en las pupilas", en el fastidio de seguir a una persona anciana y achacosa, en el gesto de erguir la cabeza "como vengándose de la vieja encorvada".
 
-Sí, y ahora se daba cuenta de que "tenía los ojos grandes y rasgados, y las manos largas y muy delicadas". Se parecía un poco a Imperio Argentina y , "a pesar de los ropones lúgubres" adivinaba alguna de sus formas "cuando subía por la calle y el viento le daba de frente".

Él decía que se buscaba mujeres que no fueran muy guapas, porque las guapas "no le ponen ni de lejos la misma fe que la que es un poco fea y tiene que compensarlo haciendo méritos". Pero esta sí era muy guapa y le gustaba. Le gustaba tanto que empezó a tener miedo de cometer alguna tontería.


Ella parecía querer decirle algo, señalaba a la vieja; no, no estaba seguro de haber visto eso, imaginaciones, "delirios de estar tantas horas solo", rodeado de zapatos viejos, la cosa más triste del mundo, como los zapatos de los muertos, los que vio en una película, los de aquellos campos que había en Alemania. Mira, Justina, aquí hay un ritornelo al dolor  de aquellos campos siniestros, un tema dominante en esta novela sinfónica llamada "Sefarad".



-Volvemos con Sor María, a aquel día en que pidió agua, "por el amor de Dios". Él la guio hasta el corredor en penumbra donde estaba la repisa del botijo, "uno de esos botijos antiguos en forma de gallo".


Buscó un vaso limpio. "Se fijó con disimulo en sus manos...temblaban ahora visiblemente, y cuando él quiso sujetar el vaso a punto de caer apretaron con fuerza las suyas...una temperatura de fiebre. Cómo apretaban...qué cerca sentía él...el peso y la carnalidad de su cuerpo".  Perdió el juicio: "la abracé por la cintura con las dos manos y la apreté contra mí, le busqué los muslos y el culo por debajo del hábito y la besé en la boca...". Pensó que iba a gritar, se iba a armar un escándalo; pero no, se abandonaba en sus brazos mientras él palpaba buscando lo que había imaginado tantas veces. Cerraba los ojos, se estaba desmayando, cayó al suelo sin que él pudiera sujetarla.

´No recordaba si llamó a gritos a la otra monja o si ella acudió por el retraso o el ruido. Cuando lograron reanimarla estaba más pálida que nunca y, si él le decía algo, ella le miraba como si no se acordara de nada. Tenía la certeza de haber besado y acariciado a una monja, pero esa expresión ajena con que ella le sonreía...era exasperante.

 
- Y pasaron los días sin que ninguna de las dos monjas volviera a aparecer. Mateo merodeaba cerca del convento, estaría enferma, la tendrían encerrada, muerta no, dirían las campanas...Y él seguía con sus obligaciones como zapatero...y tampoco desatendía a la mujer del subteniente de Intendencia. Pero se había empicado tanto con la monja guapa que la subtenienta le notaba más frío que otras veces y le preguntaba si no había otra...Se había vuelto melindroso, ahora la de Intendencia le parecía gorda y mayor, "con lo caliente que era y lo agradecida...". Que le ponía café con leche y tostadas con mantequilla después de...Y, cuando ya se iba, le daba media docenita de huevos o un bote de leche condensada, para que cogiera fuerzas.

Una noche, después de haberle hecho a la subtenienta "una faena de aliño", no podía dormir, se levantó y se vistió. Salió a la calle como un sonámbulo, entre la niebla. Envuelto e su capa, anduvo por los callejones como si se escondiera. "Entreveía los grandes bultos oscuros...la fachada hosca y masiva del convento de Santa Clara".

"...una luz se encendía en la ventana más alta de la torre. La niebla ya clareaba...distinguió con un golpe de miedo una silueta inmóvil que le pareció fija en él. A esa distancia...no habría podido reconocer una cara, y sin embargo estaba seguro de que veía a la monja joven...y apagaba y encendía aquella luz..."

-¡Una escena digna de una leyenda de Bécquer! ¿Verdad, Gracia?


A la mañana siguiente, sentía "una mezcla confusa de fantasmagoría y certidumbre". Había visto una luz y una silueta con tocas de monja, pero no podía estar seguro de haber visto a Sor María del Gólgota. Rozaba el delirio, la había visto con todos sus rasgos, incluso llevaba los labios pintados. Levantó la cabeza de su trabajo y allí estaba la misma figura que le ocupaba la imaginación y los sueños.

Ahora era "una mujer de verdad, no una monja, con una mirada y una voz de mujer, una voz casi ronca, sin la melosidad clerical de otras veces." Sus ojos tenían una franqueza a la que no estaba acostumbrado en su trato con mujeres. Le dijo algo, rápidamente, antes de que llegara Sor Barranco: "justo después de las doce...tres veces la luz...empuja la puerta, sube tres pisos...en el tercer rellano...una puerta a la derecha, empuja con cuidado la puerta y yo estaré esperándote".


-¡Y allí le esperaba! ¡Es una mujer que toma la iniciativa! El zapatero no contaba con algo como esto:

"...una mano rápida y certera le agarró por el faldón de la capa y tiró de él hacia dentro...fue tendido en un jergón estrecho y áspero, fue palpado, auscultado, despojado en aspavientos torpes de su ropa, guiado...lamido y mordido, manejado, aplastado por un cuerpo carnoso y desnudo que se enredaba al suyo...sacudido como un guiñapo, aplastado contra una pared, amordazado por una mano sudorosa, fue volcado como por un golpe seco de mar y sujetado cuando se caía al suelo, y cuando al fin se le concedió una tregua y él mismo quedó exhausto y aliviado...tocó la sustancia líquida que le mojaba el vientre...llegó a la conclusión de que por primera vez en su vida acababa de desvirgar a una mujer..."



Y Sor María del Gólgota murmura un "Ave María Purísima" "con un suspiro largo y plácido". Y Mateo, algo inquieto por la irreverencia, le replica al oído: "sin pecado concebida".

-¡Bravo por la monjita! ¡Hasta se fumó un cigarro, el primero de su vida! Él no la reconocía sin toca, tenía el pelo castaño y rizado. Pero oigamos al zapatero, que ahora pone pegas.

"La pega de las mujeres, si te digo la verdad, es que cuando la cosa ha terminado y el hombre quiere dormirse o marcharse a su casa a ellas les entra un deseo enorme de conversación, de comunicación, como se dice ahora."

Le hablaba en voz muy baja, que se había pintado con una barra de labios robada en un descuido de la dependienta de la perfumería, que Sor Barranco no se fiaba  de ella, que se estaba quedando cegata y merecido lo tenía por víbora. A él le disgustaba este lenguaje tan impropio de una monja. Tanto como el deleite que ella ponía en fumar. Y ahora Sor María del Gólgota, Francisca o Fanny, le contaba su vida.

- Sí, su padre quería que hablara inglés, hiciera deporte, condujera un automóvil y estudiara una carrera seria como Medicina o Química, nada de Filosofía y Letras o Magisterio, tonterías para señoritas ociosas. Su madre pensaba, por el contrario, que todo eso iba a convertirla en un marimacho; era una "retrógrada", contraria al avance de las de su propio sexo.

Siguieron "noches oscuras" y "lujuria a ciegas en la celda helada". El zapatero "tenía una idea entre higiénica y grosera de las relaciones sexuales". Nunca se le había pasado por la cabeza enamorarse. La aventura le causaba  incertidumbre y confusión interior, irritaba su sentido masculino de la comodidad, la simpleza de espíritu en que había vivido. Le gustaba mucho, "estaba más buena que cien panes y cien quesos", pero le daba miedo, mucho miedo. "Sentía una mezcla muy rara de deleite y contrición al pensar en los muchos pecados de los que la monja y él venían siendo cómplices".


 
Ella quería su ayuda para escapar del convento, se irían juntos a América, donde las mujeres eran libres. Su padre había muerto, ejecutado por sus ideas liberales. Su madre había sido encerrada en un psiquiátrico. Una tía enlutada y venenosa les recogió, a ella y a su hermano, "cuando se escapaban a Francia escondidos en un vagón de mercancías". Trenes, siempre trenes en "Sefarad", el ritornelo de los trenes que van hacia la libertad o hacia la muerte.

-Fanny había sido encerrada en el convento, en contra de su voluntad, para salvar la vida, le dijo la tía enlutada. El zapatero Mateo fue un cobarde, no quiso ayudarla, fue incapaz de unirse a tamaña aventura.



Pasan los años, el negocio de arreglar zapatos tiene cada vez menos porvenir. Va a necesitar una mujer que le cuide. Y encuentra a la "mujer perfecta", una maestra soltera y de buen ver, discreta de modales, con paga y trienios, un piso en Madrid y una plaza en propiedad en Móstoles. Se casa con ella y vuelve al pueblo al cabo de unos meses, para la fiesta de San Miguel.

En el suelo de su taller encuentra papeles viejos y cartas atrasadas. "Entre ellas había una postal en colores muy fuertes, en la que se veía la estatua de la Libertad, la bandera americana, el perfil de los rascacielos de Nueva York." Ni nombre, ni firma, sólo unas palabras con una letra cuidada y cursi, como de colegio de monjas. Decía: "Recuerdos de América".



-¿Sor María del Gólgota consiguió la libertad? ¿Es ahora Fanny? El zapatero será el viejo de sombrero tirolés de Chueca, el de la sonrisa complaciente...¿Os acordáis?

-¿Será Fanny la bibliotecaria desaliñada y fumadora de la Hispanic Society off America? En el último capítulo, "Sefarad", leemos:

"El tabaco me hace daño en los bronquios y la gente me mira mal...los cigarrillos me gustan mucho...Y además, cuando era joven, yo quería escaparme de España y venir a América porque aquí las mujeres podían fumar y llevar pantalones y conducir automóviles como se veía en las películas de antes de la guerra".



Una mujer que siente la extrañeza de vivir muy lejos de España pero rodeada de cosas españolas. ¡Cómo mira esa niña que pintó Velázquez!



El sueño de un millonario americano que quiso ofrecer una muestra amplia de España: la primera edición del Quijote, una niña retratada por Velázquez, la reina María Luisa pintada por Goya, unos enormes y folklóricos Sorolla...hasta el lebrillo de Mágina, el pueblo del visitante que tanto se parece a Antonio Muñoz Molina. La bibliotecaria dijo:

"A mí también me trae recuerdos ese lebrillo"



-¡Ay Justinita! Que nos hemos extendido mucho con esta monja y este zapatero.

-Es que Sor María del Gólgota nos cautivó. Mira el hielo se ha derretido. Pedimos otro café con muchísimo hielo. ¡Qué calor!



Me despido de Gracia y Justina, no sé si volverán por aquí. La semana que viene tenemos lectura colectiva presencial. Un abrazo de:

María Ángeles Merino




miércoles, 6 de mayo de 2015

"Sefarad": "Así vivía en un exilio inmóvil, en una lejanía que casi nunca se aliviaba..."


El viernes pasado  me fijé en este hombre del sombrero con plumas.
Pensé en Mateo Zapatón, con todos los respetos.
 
 
Aquí tenemos de nuevo a las jóvenes Gracia y Justina, con su trabajo comentario en torno a "Sefarad". Como otras veces, han quedado en una céntrica cafetería, bajo los plátanos, para poner en común sus reflexiones. Gracia espera, acompañada de doña María Tirgo, a la que también conocéis. Confía en que la vieja "tíita" ahueque pronto, no había mesas, qué remedio sentarse con ella. Porque cuando tocan temas de los suyos se pone muy pesada.
 

-¡Eh! ¡Justina! ¡Estoy aquí!

-¡Hola! No te veía entre tanta gente. Veo que estás bien acompañada. ¿Qué tal está doña María?

-Muy bien, hija. Dale recuerdos a tu madre.

-Se los daré de su parte. Gracias.

-Podéis hacer vuestro trabajo, enseguida vendrá Jocelyn, la ecuatoriana ya sabes, que la he mandado a la farmacia. Me va a llevar al Casino, a jugar un poco a las cartas, con Juana Teresa y otras amigas.



El Casino de Burgos, un buen lugar para los exiliados de otros tiempos, como nuestra María Tirgo.

-Bueno, tita. Echa un vistazo al “Hola” mientras tanto. Venga, Justi, al tajo. ¿Ya te has leído toda la novela?

-Sí, la tuve que devolver a la biblioteca de San Juan, pero tenían otra en la  Gonzalo de Berceo, cerca de mi casa. Me la he leído enterita y me daba pena que se acabase, con lo liosa que me parecía al principio.

-¿Liosa?

-Liosa, liosa. Recuerdas que la primera voz era la de "Sacristán", un hombre de Mágina, ya sabes la ciudad imaginaria creada por Muñoz Molina, como imagen de su Úbeda natal. Exiliado en la gran ciudad, parado de larga duración, no podía evitar cultivar la nostalgia y nos conducía desde un museo local hasta el "sefarad" perdido del mundo de su infancia. Entre otros, resucitaba  al zapatero Mateo y a Utrera el escultor moroso, acosado por el sastre irascible con la factura del último traje. El mismo que tallaba la Santa Cena de la procesión y se vengö del irascible retratándole en la cara verdosa y "semítica" del Judas.

 

Y, en el siguiente capítulo, identifico la voz del mismo escritor, viajero adolescente, en el primer tren hacia Madrid, con su abuelo y los recuerdos de guerra que comparte con otro viajero. Y como un viaje lleva a otro viaje y a otro, y a otro...Zas, de repente vivo en aquella Europa de persecuciones  implacables y vagones siniestros. Hitler o Stalin qué más da, con Kafka Milena Jesenská, Heinz Neumann y  Margaret Buber Neumann, Willi Munzenberg y Babette Gross y muchos más. Doy caña a la Wikipedia que está que echa humo.


Y, a partir del tercero, una voz que ya es universal me pregunta: "y tú qué harías". Poco después de Josef K. y su kafkiano proceso, aparece la palabra esperada "juden" y ya le hemos cogido el punto al libro. Ya no me extraña que detrás de una historia brote otra y otra. Porque "no eres una sola persona y no tienes una sola historia". 

El soldado escondido que espera la muerte, la enferma terminal de "Ademuz", la voz que clama "Oh tú que lo sabías"...Ahora disfruto con el libro, ya no me molesta la colmena de personajes ficticios o reales, deportados desde su particular mundo perdido. La infancia, la juventud, la patria chica, la patria grande, la persecución racial o política, la salud, la pérdida de los recuerdos, la marginación, el desengaño amoroso, las contradicciones...tanta variedad de exilios como variada es la vida humana.

La patria perdida de la infancia
 
¡Ah se me olvidaba! No es menos duro el "exilio inmóvil" de una vida vivida como inauténtica, como un trampantojo:

"Así vivía en un exilio inmóvil, en una lejanía que casi nunca se aliviaba y que, sin embargo era tan falsa como una perspectiva de campo abierto pintada en un muro..."

 
-Justina, me dejas con la boca abierta. Escribe todo eso, antes de que se te olvide. Algo parecida a la tuya ha sido mi lectura de "Sefarad". Y también he quedado enganchada. Ese capítulo ambientado en el barrio de Chueca es buenísimo. Y también me sorprendió "Sherezade", el de la mujer rusa y española, de los que fueron a la Unión Soviética cuando la guerra.


-(Aquí mete baza doña María Tirgo) Sí, Gracita, así era. Que los rojos separaron  a los niños de sus padres, menudo frío pasarían en Moscú las criaturitas y malos tratos, y de todo, eran el demonio.


-Con rabos y cuernos, tíita, que ya nadie dice rojos, sólo tú. ¿No estabas con el “Hola”?

-Sí, cariño, pero como has nombrado las checas y los rusos. Así te ayudo para que te ponga buena nota el profesor.

-Checas, no, Chueca, un barrio de Madrid. Lo que te decía, Justina. La niña española se quedó en Rusia y allí se volvió estalinista hasta las cachas, menudo culto a la personalidad se gastaba el tal Stalin. 

 
Ya de viejecita, se viene aquí a vivir, a España, con una pensión corta pero mejor que la de Rusia. ¡Y su apartamento tiene calefacción! Un lujo que no se lo puede ni creer. Y ahora va y confiesa que siempre tuvo contradicciones de burguesa, desde niña. Que le hubiera gustado hacer la comunión con vestido blanco y misal con tapas de nácar. ¡La burguesa estalinista!


A la rusa española le hubiera gustado hacer la comunión con estas cositas que venden en "A la villa de Madrid"


En realidad, lo que siempre deseó es vivir tranquila, algo que nunca tuvo. Ahora se despierta en su pisito madrileño y siente remordimientos de tener agua caliente y televisor y todo lo que sus padres y hermanos no disfrutaron. ¿Dónde estará aquella cajita de música que le trajo su padre, aquella en la que sonaba "Sherezade". Ni la Internacional, ni el coro de Aida, nada como Sherezade.

-Pobre  mujer, condenada a vivir siempre fuera de su "sefarad", ya sea en Moscú o en Madrid, con sus contradicciones imposibles de resolver.


-(Otra vez doña María) ¡Ya está! Niñas, ya sé de lo que habláis. Chueca, el barrio ese de los guais, no de los gays, como decís ahora. ¿Qué cuenta Muñoz de ese barrio?

- Pues verás, tita...Aquí lo tengo apuntado, Justina. El capítulo se titula "Doquiera que el hombre va" y ahí tenemos una vivísima  pintura de la plaza Vázquez de Mella, en los ochenta, cuando el escritor se instaló allí en la "casa nueva, recién ocupada" con su pareja, su hijo pequeño y un perrito. Lo del perro es importante, que no hay nada que promocione las relaciones sociales mejor que  un cachorrillo.

Una ciudad que, en estas calles, se vuelve "menestral y recóndita, desastrada, popular, confusa de gentes raras y diversas, de tres o cuatro sexos, tonos de piel y rasgos faciales llegados de muy lejos, idiomas escuchados al pasar que traen un sonido de suburbios asiáticos, de alcazabas musulmanas y mercados tropicales de África, de aldeas andinas".

Plaza de Vázquez de Mella, en el barrio de Chueca, con su lazo rojo, monumento a las víctimas del SIDA. De aquí.

-¡Sí el barrio de Chueca, doña María! Cada uno cargaba con su mundo perdido en aquel hormiguero: los "hombres mujeres", las señoras con bata de felpa, los afilados camellos, los chinos de pisos oscuros, las indias diminutas, la vieja arreglada y pintada que convertía un cubo de basura en su mesa comedor, el borracho que se fabricaba con cartones sus cabañas de náufrago en el hueco de un portal, los yonquis que se pinchaban mientras los niños jugaban  a la pelota o a la comba, la prostituta que fingía ser una secretaria cada vez más desastrada y abrazada a  su eterna carpeta, el hombre en pijama que ve pasar la vida desde el balcón, la de la droguería, la del estanco...
 
 


-Y la voz del escritor que se pregunta: "Quién eres en la conciencia de quien te ve como un desconocido y para quien te vas volviendo poco a poco familiar, aunque no hayáis cruzado nunca una palabra"

-Mira, Gracia, como no podemos contarlo todo, nos darían las uvas, vamos a seguir el rastro a algún personaje que aparezca en más de un capítulo. Alguno de los del “ritornello”, una palabra muy bonita del mundo de la música, como dice aquí, mira este enlace que he pillado en el ordenador. Como si fuera una composición musical, la novela está “elaborada a partir de la repetición de temas, personajes, imágenes e incluso frases que aparecen una y otra vez, a modo de leitmotivs o ritornelos”.

-Pues…avanti con el ritornello. ¡Ya está! Nos ponemos con el zapatero maginés Mateo Zapatón. Lo conocemos en la página diecinueve, cuando Godino, el secretario de la casa regional de Mágina en Madrid, lo recuerda como "el insigne Mateo Zapatón, ahora retirado en la Villa y Corte". En la treinta, tenemos su instante de gloria pública, cuando el escultor Utrera lo ´retrata en el San Mateo del paso de Semana Santa, al lado del Judas sastre. "Recio de cuerpo y colorado de carrillos", con el gesto tan suyo de mirar de lado y hacia arriba, como desde el taburete en el que pasaba la vida.



-De ahí pasamos a la "erudición charlatana" del zapatero, siempre rodeado de contertulios, con la tachuela o el cigarro en los labios. Narrador incansable de faenas taurinas, se le quebraba la voz y los ojos se le llenaban de lágrimas cuando rememoraba la tarde en que vio al toro embestir a Manolete.

-(Aquí interviene doña María, hemos dado con algo de su mundo). Sí, el toro Islero, en la plaza de Linares, aunque dicen que no le mató el toro sino el suero que le dio el médico. Muy grande era Manolete, aquellas eran corridas y no las de ahora.


-Sí, doña María, muy interesante. Bueno,  a lo que vamos. Sacristán nos relata su encuentro con Mateo en la plaza de Chueca. Ya era mucho más viejo y no se parecía al de la Última Cena. Se puso a recordarle lo de la zapatería, que su madre fue siempre parroquiana, que su padre participaba en las tertulias taurinas de su portal, en las suyas o en las de la barbería contigua. Pero a Mateo le costaba recordar:

"Inclinaba la cabeza y sonreía, aunque también me pareció advertir en su cara una expresión de recelo o de alarma, o de incredulidad, quizás temía que yo quisiera timarlo o atracarlo..."

 
- "Sacristán" tenía que irse y Mateo Zapatón seguía sujetando su mano "con distraída cordialidad", le sonreía con la boca entreabierta y un "brillo de saliva en la comisura de los labios". "¿No se acuerda maestro...Usted me llamaba siempre sacristán".

-No, Mateo no recordaba. Aunque decía: "Claro que sí hombre, cómo no". Y guiñaba sus ojos. Repetía sacristán sacristán, le agarraba con su mano. Ahora Sacristán quería desprenderse, atrapado y angustiado por irse. Se apartó y siguió quieto y con la mano levantada, "solo como un ciego en mitad de la plaza".

-Aquí tenemos otro sefarad, la pérdida de la memoria, qué tremendo. El deterioro cognitivo, tal vez el Alzheimer, ya no eres tú, qué pena.

El mismo señor del sombrero con plumas.


-(Ahora doña María sí que se ve implicada y protesta). ¡Niñas, que yo no tengo Alzheimer! Sólo me van las ideas, de vez en cuando.

-Que no tía, que no hablamos de ti. Venga, vamos a acabar por hoy con Mateo Zapatón.

-Mira, nos lo volvemos a encontrar precisamente en el capítulo "Doquiera que el hombre va", otra vez en Chueca. El  ritornelo de Mateo. Ahora es el hombre con el sombrero de plumita. Escucha, en medio del hormiguero de Vázquez de Mella:

"Había otro testigo permanente de todo, ahora me acuerdo, un viejo grande, de sonrisa ancha y mofletes colorados...Paseaba siempre por las calles del barrio...agrandado por un abrigo de corte rancio y opulento, con la cabeza singularmente pequeña cubierta por un sombrero tirolés, pluma verde incluida. Me fijaba en su sombrero y en sus zapatos de gigante, pero sobre todo en la perfecta complacencia de su actitud hacia el mundo, en el modo en que parecía recrearse con ecuánime objetividad en todo lo que veía a su alrededor..."

No hay duda,  hay ecos de Mateo Zapatón en este hombre que sonríe a todo y a todos. ¿Es acaso el mismo del capítulo "Sacristán"?

-Muñoz Molina nos ofrece todavía otra aventura del zapatero, en el capítulo "América".  Un muchacho espera a que suenen las campanadas de las doce, en la iglesia del Salvador, para ir al encuentro de su amada. Son los años oscuros de la posguerra...

 
Ella le había dicho: "Por lo que más quieras...no salgas antes de tiempo, no te dejes ver". Y él, con el vigor de la juventud, se moría de ganas y se le había puesto como "la tranca de una puerta" o "la mano de un almirez".

-¿El zapatero?

-No, era el muchacho que bajaba por los callejones y veía otra figura solitaria que se ocultaba. Y ese sí era el zapatero...  ¿A dónde iba? Al encuentro de una mujer sin duda, mucha cofradía pero " a cuantas damas de buen ver y comunión diaria se pasó por la piedra".

-Iba en busca ¡de una monja!, pero vamos a dejarlo para otro día. ¡Vaya con Mateo Zapatón!  ¡Me dejó con la boca abierta su historia!

-Sí, y nos acordaremos de la monja cuando conozcamos a  la guía de la Hispanic Society de Nueva York, la que aparece en el último capítulo: "Sefarad". Todo por un lebrillo. Y no digo más.

-No sabía que existía un museo así, en la ciudad de los rascacielos. La primera edición del Quijote, un Velázquez, unos enormes y folklóricos Sorolla...y un lebrillo. Ese museo, y esta novela, es una caja de sorpresas.


-Vamos a descansar un poco. A ver si vienen a buscar a la tíita. ¿Pedimos otro café?

-Y algo sólido.

Me despido de Gracia y de Justina, y de María Tirgo.

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino