miércoles, 22 de abril de 2015

"Sefarad": "pero no eres una sola persona y no tienes una sola historia"


 
Puerta de la judería medieval en la muralla de Burgos.
 
 
Comenzamos una nueva aventura lectora colectiva: "Sefarad" de Antonio Muñoz Molina. ¡Cuántas vueltas a mi cabeza pensando en la manera de abordar el comentario de un libro tan complejo! ¡Pero ya lo tengo!
 
Recordáis que, en diciembre de 2013, leímos y comentamos un ensayo del mismo autor:  "Todo lo que era sólido". Repasando viejas entradas, he recordado a Gracia Castro y a Justina, dos personajes que me inventé entonces para expresar una visión juvenil  sobre los temas que planteaba aquel libro. Eran dos amigas, jóvenes universitarias de diferente extracción social. Las soñé como descendientes de unos personajes galdosianos, del episodio nacional "La estafeta romántica". Y las hice burgalesas y me sirvieron como contrapunto a los comentarios de María Tirgo y Juan Teresa Idiáquez, dos viejas damas de Burgos de toda la vida.
 
Gracia entra en una cafetería del Espolón con la novela "Sefarad" en las manos. Ha quedado allí con su amiga Justina, para redactar, entre las dos, un trabajo para la clase de literatura.
 

 

-¡Eh! Justina, siéntate aquí, que la tita María se ha ido y ha dejado el sitio libre. Esto está siempre hasta los topes, llenos de viejitas parlanchinas y de mamás con sus bebés.
-Sí, las he  visto salir. doña María y doña Juana Teresa han debido quedarse sequitas de tanto darle a la húmeda. ¿Has traído el libro? Porque yo he tenido que devolverlo a la biblioteca. ¡Menudo tocho nos manda el de literatura!  Y yo sin poderlo acabar.
-No te preocupes, voy por la 336. El libro es mío y tenemos un mes. Si nos espabilamos no nos pillará el toro. Que luego hay exámenes.
-Vale. Y si no nos da tiempo, que nos ayuden doña María y doña Juana Teresa. ¿Te acuerdas los comentarios que hacían a “Todo lo que era sólido”? Que también era de Muñoz Molina. Nos sirvieron para otro trabajo...

-No, mujer, que las pobres ya no están para hondas lecturas. Ahora el país ha perdido lo sólido y su cabeza...no voy a decir que han perdido lo sólido; pero ya no son lo que eran, menudo bajón. Ahora sólo hablan de la tensión arterial, las medicinas y  las ecuatorianas  que las cuidan , pobres, esas sí tienen su “sefarad”…al otro lado del mar.
-Y de cuando Burgos era una ciudad como Dios manda, con curas y militares. Y aquí, en el tontódromo Espolón, se paseaban los marciales militares de aviación con gorra de plato y uniforme. Y aquel manteo volador que acompañaba a la sotana de don Rufino y los seminaristas en fila, llevándose tras sí las miradas de alguna muchachita soñadora.
-Sí, mucha guasa traes tú. Pues mira, eso que tú dices es el “sefarad” de las tiítas.
-¿Sefarad?
-Sí, para mí, “Sefarad” no es sino el mundo perdido al que no podemos volver, como aquellos sefarditas que guardaron la llave que ya no abría ninguna puerta. Los exilios grandes y los pequeños son el hilo conductor del libro. Y los totalitarismos, el totalitarismo político y también el del tiempo, rueda impasible que nos aparta a cada uno de nuestros particulares “sefarad”.


-¡Qué bien te ha quedado eso Gracia! Escríbelo, que luego se nos olvida. Venga al tajo. Copio:
-"Antonio Muñoz Molina nació en Úbeda, en Jaén, en enero de 1956. "El invierno en Lisboa" (1987) le proporcionó el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica y le descubrió como un narrador de gran hondura y capacidad de fabulación. Su primera novela, "Beatus Ille" (1986) supuso su descubrimiento...en 1991 logró el Premio Planeta por "El jinete polaco"..." Esto es lo que dice la portada de mi libro, que es la edición de 2001, de Alfaguara. Por cierto que no sé quién lo compraría por entonces, en mi casa, tan tradicional. Sería mi abuelo, que tenía mucho respeto a la Real Academia Española, la de la Lengua. Porque Muñoz Molina fue el "académico bebé" en 1995. ¿Sabías? Creo que lo de bebé fue cosa de Camilo José Cela. Casi cuarenta años, un niño, je.


-Mira, aquí tengo un enlace con un autorretrato del autor. También nos puede servir. Y esta de la editorial Alfaguara. Y la Wikipedia como siempre. ¿Y la de este profesor? ¿Te suena "La acequia"?

 -Sí, me suena y me suena muy bien. Ya tenemos datos del autor y su obra. Ahora vamos con Sefarad, una novela. “Una novela de novelas”, así la presenta el propio Antonio Muñoz Molina. Un tejido de historias difícil, no por los relatos en sí; sino porque, mientras leemos y escuchamos la desasosegada voz del narrador, no cesamos en la búsqueda de la conexión, en el sentido global de la obra. No paramos de preguntarnos: ¿Y esto que tiene que ver con esto otro?

Una novela sin diálogos en la que encontramos
“ficción, autobiografía, ensayo, reflexión, la vida y la novela propia, las vidas y las novelas ajenas”. Y todos esos elementos se integran en “una voz narrativa dominante”, que sentimos como muy cercana al autor. Y se transforman en “historia personal” y adquieren un sentido unitario. Creo que vamos entendiendo algo. ¿No? ¡Ay chica, cuántas capas tiene esta novela! Escucha:

"Cada mañana despiertas creyendo ser el mismo que la noche anterior, pero no eres una sola persona y no tienes una sola historia"
-Apunta esto, que es un dato interesante. Podemos distinguir dos bloques: vida propia y vidas ajenas.
“Así, en los capítulos 1, 5, 8, 11, 14, 16 y 17 predominan los elementos autobiográficos, mientras que los capítulos 2, 3, 4, 6, 7, 9, 10, 12, 13 y 15 manifiestan una mayor presencia de eso que hemos dado en llamar vidas leídas u oídas”.

¿El tema de la novela? Su título nos lo dice todo: "Sefarad".
“Sefarad, la patria perdida y nunca olvidada por los judíos expulsados de la España de los Reyes Católicos”. “Uno de los símbolos universales del exilio” que el escritor extiende a todos los exiliados, deportados y perseguidos; con un interés muy especial a las víctimas del nazismo y del estalinismo.

-Porque, antes de leerla, cuando la vi en un escaparate, pensé que se trataba de una novela histórica de dos líneas, una ambientada en 1492 y otra en los años de la segunda guerra mundial, con unos personajes judíos y otros cristianos, los que se convierten y se quedan, más los que optan por marcharse, con el recuerdo de Sefarad que transmitirán  a sus descendientes...algunos de los cuales sufrirán la persecución de los nazis. Algo sencillo y ameno, adobado con algún documento muy misterioso que los sefarditas llevarían consigo y que es la clave para la humanidad, que el día en que se conozca...
-Anda, calla, calla, no me cuentes el código sefardita. Que Muñoz Molina no es un escritor de esos, que aquí no hay templarios ni griales. Escucha esto: "el autor escribe esta novela no solo con el propósito de entretener a un desocupado lector, sino también para recordar nuestra historia y mostrar que los horrores de la II Guerra Mundial, y la posguerra, no son asuntos extraños a nuestra cultura, y por tanto de los que debemos desentendernos".


Sí, porque "Muñoz Molina da prioridad a los testimonios personales, a los libros de memorias, a los relatos que él y otros han escuchado e igualmente incluye su propio testimonio, claramente distinguible de los demás...pero es el lector el que termina la actualización de un relato que en sus diferentes vertientes presenta circunstancias y vidas muy distintas, pero deberían quedarle pocas dudas de la realidad de las persecuciones y las muertes relatadas"

-Los lectores tenemos que implicarnos, no podemos desentendernos. Muñoz Molina busca un compromiso del lector con la dignidad humana. Me gusta este escritor.
Venga, vamos a ponernos con el primer relato. Se titula "Sacristán" y es de los de tinte autobiográfico. "Sefarad " es una historia de exilios y Muñoz Molina comienza con
"exilio de lo próximo". ¿Quién es "Sacristán"?

  -Es el apodo de un hombre de Mágina, ciudad imaginaria creada por Muñoz Molina, como imagen de su Úbeda natal. Lleva mucho tiempo fuera de allí, tiene cuarenta y tantos años,está casado, tiene hijos y es un parado de larga duración. Pero no puede evitar cultivar la nostalgia.


-Sí, la cultiva en las comidas y reuniones de la casa regional. Habla con entusiasmo de los alimentos y los productos de su pueblo: las aceitunas, los hornazos, los borrachuelos, la morcilla...

-Todo muy rico pero llega a un momento en que se cuela el pesimismo, a propósito de los hornazos: "Ahora, la verdad, nos damos cuenta de que su masa aceitosa se nos hace un poco pesada...si empezamos uno lo dejamos sin terminar..."

-Y le da pena desperdiciar comida y recuerda las hambres que pasaba en la mili, cuando recibía con ilusión los paquetes alimenticios de su casa, chorizos, dulces, pimientos...y hornazos. ¡Ay, vuelta  a los hornazos!


 
-Es imposible resucitar el pasado. Ahora, Mágina está más lejos. Porque lo que echa de menos no es la Mágina de ahora sino la de antes: "una lejanía que ya no remedian los viajes tan rápidos ni alivian las llamadas de teléfono que apenas hacemos ni las cartas que dejamos de escribir hace muchos años".

-Una Mágina que quisiera mostrar a su hijos pero ya no existe. Como la Casa Cristina, donde les reunía el amo para ir a la aceituna. ¿Cómo van a entender sus hijos que unos niños de su edad fueran a coger aceituna, pasando frío, en lugar de disfrutar de las vacaciones de Navidad?
 


-El "Sefarad" de Sacristán, el totalitarismo de la rueda implacable del tiempo.

-¡Qué bien te queda eso! Apúntalo y lo dejamos por hoy. Seguiremos con otros exilios. El exilio tiene "múltiples rostros".

-Tómate el café, se te habrá quedado frío.

-¿No tendrán borrachuelos aquí?

Dejo a Gracia y a Justina, mis personajes, pidiendo otro café y algo de comer, que las especialidades de Mágina les han abierto el apetito.
Un abrazo para los que pasáis por aquí de:
María Ángeles Merino

Enlaces utilizados:
La acequia.El reto de escribir Sefarad.
Autorretrato.http://antoniomuñozmolina.es/biografia/

miércoles, 15 de abril de 2015

"El héroe discreto": "Los ojos de Fonchito chispeaban de burla y de alegría...soltó una sonora carcajada".

 
 
Aquí me tenéis, otra vez, entre primaverales dientes de león de los que no muerden. Voy por el Parral, camino de la lectura colectiva. Me acompaña mi amiga Luz de Olmo, la de "El acorde azul", que asiste por primera vez a la reunión lectora y entusiasta que tenemos una vez al mes en la Biblioteca Central de la UBU. Al director de orquesta ya lo conocéis bien.

 
Como veis, vamos acompañadas de  "El héroe discreto" de Vargas Llosa. Luz lleva también "La fuente de los pájaros", su novela, todavía sin publicar, escrita con ilusión; pero ya os hablará ella de su proyecto, algo en lo que ha empleado mucho trabajo y, sobre todo, mucha ilusión. Aparte de su hábil pluma,  forjada en libros de poemas y haikus, ya publicados.
 
 
Pedro Ojeda comienza la lectura con unas orientaciones para la lectura del libro del mes de mayo: el poemario "La gratitud" de Fermín Herrero. Agradecemos al profesor sus precisiones porque...leer poesía no es fácil, al menos no lo es para mí. Con los surcos trazados, podemos adentrarnos en "La gratitud", poco a poco, paladeando palabras que saben a tierra y a amor familiar, las de un poeta "soriano hasta las cejas", en una visión pausada del paisaje y del paisanaje. 
 

 
Pasamos a Vargas Losa y a "El héroe discreto", el primero después del Nobel, el que escribió para desbloquearse. Tras un año de entrevistas y de atender circuitos de ventas, el escritor ha de volver a sus compromisos editoriales. Y escribe un libro que tiene mucho de "las cosas de Vargas Llosa", las buenas...En general, la novela ha gustado, veamos algunas opiniones.
 
Me ha encantado, lo he pasado muy bien, me he reído, me ha gustado el vocabulario, menos eso de "che gua", es un libro muy de la zona hispanoamericana, refleja muy bien sus costumbres, este señor Rigoberto tan culto...
 
Me gusta el vocabulario y también el che guá.
 
Contraposición de temas. Vuelve al pasado.
 
Parece una novela lineal, pero no lo es. Vuelve al pasado. Presente, pasado, presente, pasado, un zig zag.
 
Las relaciones paternofiliales malas, cuando descubre que el hijo no es de su sangre justifica la venganza...algo muy duro.
 
No le falta nada para ser un culebrón, me parece un culebrón...Está bien escrito pero es un culebrón.
 
Tiene puntos muy interesantes, como la historia de ese cura que se refugia en una parroquia pobre, las relaciones con la Iglesia...
 
El racismo, una sociedad mestiza y llena de prejuicios raciales: el blancón, el blanquito, el blanquiñoso, el cholito, la cholita muy presentable...
 
No hay clase media, el policía Lituma es pobre, los maestros que le alquilan habitación son pobres...
 
¿Es una novela policiaca?
 
¿Costumbrismo?
 
¿Se estudia hoy la literatura hispanoamericana en las clases? No, hay un total desconocimiento. Se estudia muy poca literatura en la secundaria y en el bachillerato. Hispanoamericana casi nada. Sólo en la universidad...
 
El punto de vista de una lectora sudamericana, argentina, recién incorporada a nuestro club de lectura presencial. Dice que allá se ve todo de una manera distinta, no son los ojos de un turista.
 
Me gusta como Gertrudis y Armida saben comportarse de manera educada, a pesar de su origen humilde.
 
Lo de la empleada doméstica que se casa con su empleador parece exagerado; pero existe en la realidad, se da hoy en día.
 
Escribe muy bien pero no profundiza en nada.
 
Nos han contado una telenovela, nos lo han contado tan bien que nos lo hemos creído todo.
 
Ha dejado la novela abierta, pensando en otra novela o para que nosotros pensemos.
 
Resumo ahora las precisiones de Pedro Ojeda:
 
Al principio, todos los personajes parecen buenos, luego se van destapando. Felícito, tan bueno, no quiere a su mujer. Lucrecia, la esposa de don Rigoberto, mantiene también una relación lesbiana con la criada...Todo se acaba cayendo.
 
Las novelas de Vargas Llosa ¿son todas de la misma altura? No, esta no es "La fiesta del chivo" ni "La casa verde". Después del Nobel se ha divertido haciendo otra cosa.
 

 
Es su país, el Perú del crecimiento, un país con mucha menos cohesión que España, un lugar donde conviven el primer y tercer mundo, floreciente por un lado pero fallido por otro. Fallido porque no protege, es una sociedad corrupta con mafias y policía corrupta. Es posible enriquecerse, pero hay muchos que lo tienen imposible. Vemos a Lituma visitando su antiguo barrio, sus amigotes ahora van en traje, han prosperado; pero se reconoce lo que fueron. Es un Perú moderno en lo antiguo. Armida pasa de la nada a un palacio en Roma; pero Lituma seguirá siendo pobre. No hay clase media.
 

 
Sudamérica es muy grande pero los mapas nos hacían verla mucho más pequeña de lo que realmente es. Ahora las fotografías de los satélites nos permiten considerarla en su auténtica dimensión. Desconocemos la cultura americana, nos llega muy poco. Sólo lo de las editoriales grandes que sirven de puente. La identidad americana está muy presente en la obra de Vargas Llosa. Pedro Ojeda nos recuerda a Garcia Márquez, con su "Cien años de soledad" que quiso contarnos la historia de América, vista desde allí.
 
 
El propósito teórico es muy claro. Es una obra menor para desbloquear la situación, urgía volver al mercado. Notamos que tira mucho del humor, los policías dan risa...En vez de hacer una gran novela, hace una novela con divertimento. Se lee bien y es fácil.
 
Evita meterse en líos técnicos. Se resuelve todo enseguida, los personajes cambian de golpe...Es una parodia consciente de los culebrones, los mismos personajes lo dicen. Pone en evidencia las carencias de este género.
 

 
Lo que salva a la novela es una denuncia que no apunta a la mafia ni al estado fallido. Denuncia la sociedad del espectáculo en que vivimos, la vida es un espectáculo y es imposible ser un héroe discreto. Hay hambre de intimidades, de reírse, de satirizar a los demás. Al final, coge a sus personajes y los mete en un avión, se escapan del cotilleo, del puro morbo.
 

 
Y, al final, tenemos el susto que le pega Fonchito a su padre Rigoberto, ya subidos en el avión. Edilberto Torres está sentado detrás de ti, le dice. "Los ojos de Fonchito chispeaban de burla y de alegría...soltó una sonora carcajada".
 
Te la creíste, Rigoberto. Y nos la creímos todos. Y Fonchito ríe. Y se ríe Vargas Llosa, se ríe con nosotros...
 

 
Nos vamos a "Sefarad", los mundos perdidos a los que no podemos volver, como aquellos sefarditas que guardaron la llave que ya no abría ninguna puerta. Todos llevamos encima nuestros particulares "sefarad". Muñoz Molina de nuevo, en una novela de novelas.
  
 
Un abrazo para los que pasáis por aquí de :
 
María Ángeles Merino

miércoles, 8 de abril de 2015

"El héroe discreto": "Pobrecita, pobrecita, mi amor"

La niña del perro se fue...
 
La niña del perro se fue y yo apuraba, sentada en un banco, el fin de "El héroe discreto". El sol acariciaba el verde nuevo y el blanco con botoncitos amarillos de las chiribitas. Las últimas líneas, las leí caminando hasta el puente de "San Amaro" y desde allí, otra vez, por la otra orilla, hasta el llamado "Malatos". Justo allí, me sorprendió la presencia de una mujer de rasgos andinos, guapa, rellenita y sonriente.



Así la vi yo y fue un placer escucharla:
 
-¡Señora Josefita! ¡Qué alegría verla de nuevo!
 
-Mi señora lectora, aquí estoy para contarle mi versión del caso del secuestro de mi señora doña Mabel. Porque sabe usted que secuestraron a doña Mabel, la muy amada por el señor Yanaqué. La banda de la arañita había cumplido con sus amenazas, che guá.
 

 
¿Pero qué cojudez digo yo de la banda de la arañita? Cuando don Felicito me lo contó, me costaba creerlo. Que mi jefe era muy feliz fuera de su matrimonio, yo lo sabía; que doña Gertrudis era buena esposa, buena cristiana y hacendosa donde las haya, pero no muy cálida. Que había construido en torno a la señora Mabel un pequeño paraíso semanal, su recinto de felicidad. Pudo comprobar, che guá, que el paraíso es un imposible, que siempre está en la otra esquina, como en el juego de los niños. Que la felicidad se nos escurre justo en el momento en que creemos haberla atrapado, nomás.
 

  
Me lo contó mi admirador, el capitán Silva. Les habían avisado; habían soltado a doña Mabel y fueron a su casa, el paraíso de don Felícito, nomás. Lituma y él se preguntaban, hombres al fin, si la habrían paleteado o violado. Que , con lo buena moza que era, cómo no iban a aprovecharse. Me contuve para no espetarle que un caballero de verdad no se aprovecha, che guá.

Dejémoslo, nomás, que allí esperaba mi don Felícito con los brazos abiertos, dispuesto a palmear efusivamente a Silva y a Lituma. Los cachacos lo veían tan emocionado que lo juzgaron como "templado de ella hasta los tuétanos". No, no la habían pegado ni vejado; en cuanto saliera de la ducha les daría detalles.

Por fin salió, con su batita floreada, y los dio, che gua. Que la maltrataron, nomás, que la tuvieron en el suelo con los ojos vendados y las manos amarradas, que le dolerían los huesos toda su vida. Don Felícito le pasaba la mano por la cara con dulzura, como a una perrita engreída. 



A doña Mabel le temblaba la voz y asomaba a sus ojos un miedo profundo que hacía esfuerzos por dominar, bien lo observó el comisario. Aseguraba que no pudo ver la cara a sus secuestradores, sólo vio a uno de ellos, y apenitas. Le echaron una frazada encima y ya no vio nada más.

El capitán Silva la consolaba, la pedía un esfuercito. Ella se sobrepuso, seguía con un relato que al sargento Lituma le pareció coherente y fluido, al sargento que no al capitán. A ratos, Mabel temblaba, palidecía, le chocaban los dientes. El secuestro tuvo lugar hacía siete días, después de asistir a un concierto en la iglesia de San Francisco, con su amiga Florita, su compañera para ir de tiendas y tomar lonche.


Como el concierto de ese viernes resultó ser religioso y con muchos latines, se aburrían y se despidieron.

 Mabel regresó a su casa caminando ya que estaba tan cerquita. Perros callejeros, churres metiendo vicio, gente tomando el fresco a la puerta, radiolas a todo volumen, todo normal.




La callecita de su casa estaba desierta. ¿Luna? No se acordaba si había luna. Una silueta masculina medio recostada en la ponciana.


Cuando metió la llave, sintió unas siluetas, no tuvo tiempo de reaccionar. Le echaron una manta por la cabeza, la cogían varios brazos, no sabía cuántos, la cargaron en peso, le taparon la boca, daba patadas, movía los brazos, la tumbaron en un vehículo, la inmovilizaron, quieta y calladita si quería seguir viva, algo frío por la cara, un cuchillo, tal vez un revólver, el vehículo arrancó, "voy a morir", ni ánimos para rezar, no se resistió, la vendaron los ojos, le pusieron una capucha, le amarraron las manos, todo a oscuras, no les vio las caras, vueltas y vueltas, perdió la noción del tiempo, la tendieron en un suelo muy duro, sentía insectos, en la casa una radio tocaba música criolla, temblaba en la oscuridad...Pudo rezar, a la Virgen, a Santa Rosa de Lima y al Señor Cautivo de Ayabaca.
 


En siete días no le quitaron la venda de los ojos, había un balde para sus necesidades, dos veces al día alguien le traía un plato de arroz con menestras y una sopa, con una gaseosa medio caliente o una botellita de agua mineral. Le quitaban la capucha y le soltaban las manos, nunca pudo bañarse, qué deseos de meterse en la ducha, botaría la ropa que llevaba puesta, haría un paquete para los pobres de San Juan de Dios. ¡Qué generosa doña Mabel!

Y, cuando la liberaron, otra vez lo mismo, pero al revés. Un secuestro de película:
"Cuenta hasta cien antes de quitarte la venda. Si te la quitas antes, te tumbará un balazo".

Mi don Felícito, mientras Mabel contaba su odisea, venga a pasarle la mano por la frente. La miraba con unción religiosa: "pobrecita, pobrecita, mi amor". "Templado hasta las cachas el vejete" comentaba el sargento Lituma que no alcanzaba a comprender por qué el comisario quería saber si oyó a los gallos o a las gallinas, a los gatos, a los perros...O si los secuestradores hablaban como limeños, piuranos, serranos o charapas. El capitán seguía con el interrogatorio, más educado de lo que era habitual en él, pidiéndola esfuercitos.



 Mabel se mostró sorprendida, aseguraba no saber nada de rescates. Felícito le explicó que le querían obligarle a pagar un cupo por Transportes Narihualá. Que la soltaron porque les hizo creer que aceptaba el chantaje. Pero que no pagaría ni muerto. Mabel susurró entonces que los iban a matar a los dos. Sollozaba. Silva le aseguró protección las veinticuatro horas del día, no tenía por qué preocuparse. Y que juraba que esos forajidos tenían los días contados.

Lo podía jurar porque...no había tales forajidos. La forajida...era Mabel, fingidora de su pretendido secuestro. Y Lituma, mal policía y peor psicólogo, se creyó el cuento. Un cojudo a la vela.

El comisario capitán Silva lo tenía clarísimo y así se lo explicó : "que no hizo más que contradecirse y contarnos un cuento del carajo". Que doña Mabel "del potito triste" nunca estuvo secuestrada, que era "cómplice de los chantajistas y se prestó a la farsa del secuestro para ablandar al pobre don Felícito, al que también ella querrá desplumar". Su subordinado lo calificó de "genio", el capitán no tenía abuela y él mismo estaba de acuerdo, se jactaba de dominar la psicología de la gente. Sólo faltaba echar el guante a esos zamarros, lo cual sería muy prontito. Y ese día...a la señora Josefita de su alma...qué vergüenza Dios mío. Vea usted la página 190. ¡Este hombre es una fiera!

¡Qué sagaz el comisario capitán Silva! A la interrogada se lo puso de tal manera que hubo de abandonar su farsa y terminar confesando quién era el cerebro del chantaje y falso secuestro, además de habernos quemado la oficina, che guá.  Que yo todavía recuerdo cuando tuve que trabajar sobre un tonel y a la vista de todo el mundo. Todo se resolvió en una visita no oficial, una visita de amigos, sin grabadora, ni siquiera papel y lápiz, confidencial.

Le hizo una propuesta para evitar la cárcel, ocho a diez años, muchos, sobre todo si los había de pasar en la de mujeres de Sullana: hacinadas, dos o tres en cada camastro, muchas con los churres, sin agua ni electricidad la mayor parte del tiempo, oliendo a caca y a orines porque los baños están casi siempre malogrados, haciendo sus necesidades en baldes o bolsas de plástico, botar el pis y la caca una vez al día... Silva conocía esa cárcel como la palma de su mano, no la aguantaría una mujercita como Mabel, acostumbrada a otra vida.



"Si tu colaboras de manera leal y tu ayuda nos permite meter en chirona a los delincuentes que te metieron en este merengue, quedas libre de cárcel y hasta de ser enjuiciada. Y con mucha razón, porque tú también eres víctima de estos bandidos..."

Después de leer el capítulo XIII, ya tenemos muy claro quién es el que la metió en el merengue: "un muchacho blancón, atlético, bien parecido y bien vestido", el "que le lanzaba miraditas insinuantes y sonrisas coquetas". Sabemos por qué al bueno de don Felícito Yanaqué le dio un patatús, yo diría el disgusto de su vida. Que como hijo lo crió, tan blanquito, y...bueno, me callo.

La colaboración de Mabel sería útil, no solo para pescar al "blancón", que ya estaba requetejodido, sino para tenderle una trampa y dar con los cómplices, punto que la policía no tenía nada claro.
 
"Me jodí. Me jodí. Te jodiste Mabel". Ese sería el pensamiento de la falsa secuestrada, che guá. Tomaría una decisión. Y don Felícito tomaría otra, la propia de un caballero, es muy grande mi jefe. Y no le cuento más, que yo deseo que los que pasen por aquí lean al premio Nobel, señor don Mario Vargas Llosa. Y no a usted, nomás. Con todos los respetos, mi señora lectora, lisensiada doña María Ángeles Merino.

 


Me despido de doña Josefita, no sin antes aconsejarla que no se deje avasallar por el capitán Silva, que sea su voluntad y su gusto los que lleven la batuta. Y que tenga paciencia con su jefe don Felícito, que ahora lo va a pasar muy mal. Tal vez usted esté, como la secretaria de la canción, "un poquito enamorada". ¿No?


 
La próxima semana, tendremos lectura colectiva presencial.

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino
 


miércoles, 1 de abril de 2015

"El héroe discreto": "¿Tú te llevas bien con Fonchito?"

 
Lectura de las últimas páginas, sentada en un banco frente al río. Una niña pensativa, con su perro, junto al agua. El sol acariciaba el verde nuevo y el blanco con botoncito de oro de las chiribitas.


Recordáis que la semana pasada, a la vuelta de un paseo lector, paralelo al río que peina con raya en medio a mi ciudad; se colaron en mi pensamiento dos personajes secundarios de "El héroe discreto": la señora Josefita y Fonchito.

 
No pararon de hablar durante todo el camino hacia mi casa. Yo los oía con claridad y los veía con nitidez. No, no se trataba de alucinaciones sino de un saludable ejercicio de la imaginación, encendida por la lectura de un buen libro. Era ella, la fiel y laboriosa secretaria de Felícito Yanaqué. A su lado, Fonchito, el inteligente y sensible niño de don Rigoberto, el que ve lo que otros no ven.

Recordáis que Josefita, muy en su papel de secretaria, "la que escucha, escribe y calla",  acaparó la entrada, dándonos su versión de lo sucedido a Felícito con las famosas cartas extorsionadoras, firmadas con el dibujo de una araña. Por fin, cedió el turno a Fonchito, tras dejar en el aire el interrogante principal: "¿Quién está detrás de la arañita?"

El muchachito, de unos catorce o quince años, tomó la palabra y nos contó la otra historia, la del dueño de una aseguradora limeña; el que urdió una venganza contra sus dos hijos.
 
Ahora es mi turno, lectora mía, señora María Ángeles. Escuche usted también, señora Josefita, que la de don Ismael limeño se cruzará con la de su don Felícito piurano  y esto tendrá fin de culebrón televisivo. A ambas, les comentaré el caso de don Ismael Carrera, el jefe de mi padre, don Rigoberto, sí, el de los cuadernos, bueno, ése es otro libro, ahora estamos con "El héroe discreto". Aquí hay dos héroes, por lo menos, y vamos al principio.
 


Tal vez mi padre le contó a don Ismael lo mío, mi tontería, lo de ese señor con el que me suelo encontrar y que no es ninguna aparición; que don Edilberto Torres es real, que no es el diablo, aunque así lo llame mi madrastra doña Lucrecia, sí la del "Elogio..."...

 Verán, es que don Ismael pidió a mi padre que le acompañara a comer a un buen restaurante en el distrito de Miraflores, el elegante "La Rosa Náutica", situado sobre el mismo mar. Deseaba desahogarse con alguien de total confianza. Y tal vez le apetecía hacerlo con olor a mar y chillidos de gaviotas.


Lo de comer era lo de menos, por muy sabrosas que estuvieran las conchitas a la parmesana y la corvina a la parrilla...Hummm. 



Lo de contarle lo mío venía a cuento porque el problema del jefe era con sus dos hijos mellizos, Miki y Escobita, las "hienas". Y supongo que hablando de hijos, don Ismael le preguntaría qué tal te llevas tú con tu hijo, etc.



Creo que no contaría lo de Edilberto; porque en mi casa ya no celebraban mi "imaginación fosforescente" sino que andaban dando vueltas a la idea de buscarme un psicólogo o un padre espiritual. Y mi padre, no contento con eso, buscaba información luciferina en el "Doctor Faustus" de Thomas Mann. Él tan agnóstico y admitiendo la posibilidad  de la existencia del Maligno.


Y eso que soy "un buen chico", estudioso y dócil; aunque a don Rigoberto  le gustaría verme "más amiguero, que saliera, que enamorara chicas".

Mi padre iba a adelantar tres años su retiro, soñaba con "una vejez larga, culta y feliz". Sus buenos libros, sus grabados, su música y un viajecito a Europa. Ya lo tenía bien calculado, con la pensión y los ahorros podía permitírselo, y mi futuro estaría asegurado. Pensaba que don Ismael iba a pedirle que no se jubilara. Pero no, no era eso. Estaba inquieto y sin apetito. Quería pedirle un favor, que fuera testigo de su boda. ¿Qué? ¿Iba a casarse? ¿A sus casi ochenta años? ¿Se había vuelto loco?

Era una decisión tomada a sabiendas de lo que se le venía encima, los mellizos le declararían incapacitado, le meterían en el manicomio, cualquier cosa para anular su matrimonio. Y mi padre tendría también problemas por ser testigo.

http://www.marca.com/blogs/zapping/2013/02/08/tv3-compara-a-los-jugadores-del-madrid.html

 
¿La novia? La novia era su empleada doméstica, Armida. ¡Cómo en las telenovelas! ¡Y en algunas películas! ¡Los chismosos tendrían diversión para rato! Abogados, notarios, jueces, periodistas...todos hurgando en su vida privada. Y le costaría un dineral. ¿Valía la pena?


 
Sí, valía la pena. Fue cuando le dio el infarto, en septiembre, y estuvo al borde de la muerte. Entonces, entonces nomás, decidió casarse con Armida. Porque, en el hospital, oyó a sus hijos, entusiasmados porque el viejo estiraba la pata esa misma noche y ellos eran herederos forzosos. Y ya no podría joderlos. Así hablaban y a don Ismael le entraron unas ganas enormes de vivir y privarles del gusto. Ellos le salvaron de la muerte. Pensó que si se recuperaba, se casaría con Armida, "una cholita bastante presentable". Morenita, no muy baja, de ojos vivos y...con cuarenta años menos que él.

Miki y Escobita eran unas buenas piezas, muy capaces de tener aquella siniestra conversación, al pie de la cama de un padre moribundo. Aunque no habían aprobado ni el primer año de universidad, se habían graduado en fechorías, con buena nota. Tal vez Clotilde e Ismael los habían engreído demasiado, quizás les faltó autoridad. Les perdonaron las gracias: choques por conducir borrachos o drogados, deudas a nombre de su padre, vaciar el dinero de la oficina de la compañía...Ismael les echó y prefirió pasarles una pensión.

Don Ismael pidió a mi padre que no saliera de su boca la intención de la boda. Que ni siquiera a Lucrecia...Y resultó que mi querida madrastra conocía otra versión...la de Justiniana, nuestra empleada de hogar, amiga íntima de Armida, muy íntima.

Ya sé que no debería escuchar conversaciones ajenas, pero aquel día Justiniana estaba contando a mi madrastra la estrategia de Armida para cazar al viudo Ismael, incluso antes de que enviudara. Que cuando la pobre Clotilde llegó a la etapa final de su enfermedad, Armida comenzó a arreglarse más y a mover seductoramente brazos, pechos y potito. Y a atenderle con cariño, y consolarle cuando se derrumbaba el inconsolable viudo...¿Armas de mujer?

Por cierto, que a mi bella madrastra le debió gustar mucho lo de la seducción calculada de Armida, porque oí como se lo repetía a mi padre, salpicado de muchas risas, tras la puerta del dormitorio. Me sentí un poco celoso, lo reconozco. ¡Cómo disfrutan esos dos! ¡Y qué complicidad la suya!


 
 Aquel día me lo contaron cuando volví del colegio. Ismael y Armida se habían casado, en una ceremonia civil cortísima, con el alcalde leyendo a trompicones. Después de los abrazos y apretones, todo frío y como fingido, el novio anunció que, a continuación, iba a tener lugar la ceremonia religiosa en la iglesia del Carmen de Barrios Altos. Aquello parecía una mojiganga. Veinte minutos empleó el cura y, tras ellos, anunciaron que se iban al aeropuerto, rumbo a Europa. 



Mis padres no podían disimular la preocupación. ¿Cómo iban a reaccionar Miki y Escobita cuando supieran lo de la boda? ¿Tomarían represalias contra los testigos?

Por último, voy a hablarles de mí mismo, de Fonchito. Me llevaron a la doctora Céspedes, la mejor psicóloga de Lima, y me sometí a todas sus pruebas e interrogatorios. Y la doctora opinó, afortunadamente, que yo era el niño más normal del mundo. Le parecí encantador, cada sesión le había parecido una delicia, me llevaría a su casa.



Porque soy inteligente, sensible y, precisamente por eso, me siento algo distante de sus compañeros. Que Edilberto Torres no es una fantasía, sino una persona de carne y hueso. Que yo no he mentido, tal vez coloreé algo las cosas, dada mi imaginación. Que yo nunca relacioné al caballero Edilberto con apariciones celestiales o diabólicas, qué tontería. Y, a continuación, la doctora remató:

"Son ustedes los que se han inventado todo eso...los que necesitan un psicólogo. ¿Les hago una cita? No sólo atiendo a los niños, también a los adultos que de pronto se ponen a creer que el diablo existe..."

La doctora siguió bromeando y, al despedirse, le pidió a papá Rigoberto que algún día le mostrara su colección de grabados eróticos, pues yo había dicho que era formidable.



Rigoberto y Lucrecia salieron hundidos y confusos. Rigoberto recordaba a Lucrecia:

"Te dije que recurrir a un psicólogo era peligrosísimo...más que el mismo diablo, lo supe desde que leí a Freud".
 

¿Qué harían ahora si ese sujeto existía? No hicieron nada, yo seguí mi vida normal, en el colegio, con mis tareas y mi amigo el Chato Pezzuolo. Aunque a regañadientes, salía a veces con otros chicos, empujado por don Rigoberto y doña Lucrecia. Ahora decían que ya no era el mismo de antes, que se me veía "más lacónico y reconcentrado, mucho más parco para responder a las preguntas...".

Un día me desafió Lucrecia. Me dijo que ya sabía lo que me pasaba, que me había enamorado. Le contesté, grave, que no tenía tiempo para eso. De pronto, se me ocurrió una respuesta pícara y maliciosa, como de tiempos pasados:

"Además, tú sabes que la única mujer que me gusta en el mundo eres tú, madrastra".



Lucrecia aplaudía, me pedía que dejara que me diera un beso. Me llamaba chiquitín. Entonces, acudió mi padre, manifestaba que hablar del diablo le encendía la imaginación y otras cosas. Así que papá y mamá gozaron un rato, se acariciaban felices, pensando que lo del diablo y Fonchito había pasado, pero no, no había pasado.

Y, aquella mañana grisácea se presentaron Miki y Escobita puntualísimos, a las once en punto de la mañana. La guerra había comenzado.

Lo dejamos aquí, señora lectora María Ángeles. Siga con su lectura y sus comentarios. Y nosotros, no, no somos reales, somos entes de ficción. No vaya usted a terminar en la consulta de la doctora Augusta Delmira Céspedes.

Desaparecieron. Tal vez vuelvan, en cuanto mi imaginación les convoque. No he querido que siguieran adelante, no deseo destripar las historias de Felícito e Ismael. Ni la de Armida, personaje clave de ambas.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino