martes, 26 de julio de 2016

río


Foto Agustín Merino (Sauces y río Arlanzón)

Recuerdo el río que nos lleva y mi hermano Agustín me envía :


Naces del más puro blanco frío.
Desciendes rápido,
aún sin saber hablar 
llevas melodía.

Tu frente se va serenando,
para unirte humilde al trabajo del hombre.

Te hundes en la negra tierra
para renacer como primavera
de verdor alado.

En el estío pagas tributo
a los alambiques del cielo.

Libre de barro hojarasca 
vuelves a vestirte de blanco.

Mides mi tiempo en fulgores
que brillan, cantan y se alejan,
soñando con ser sal
que encienda la sed
de tus dulces aguas.

Dame tu boca de río,
yo te daré mi vientre
de inmenso mar fecundo.

(Agustín Merino)



lunes, 25 de julio de 2016

Recuerdo de cuando un río nos llevaba (12 de julio de 2014).


"Los hombres contemplaban satisfechos su obra final. El último adobo en la última presa: la del molino de Aranjuez, al pie mismo del jardín real de la Isla…"

Palacio de Aranjuez y río Tajo (Wikipedia)

"... el ángulo blanco y rosa del palacio real, con su graciosa cúpula emplomada"


"Sí, desde aquel momento conducir la maderada era un jugoso paseo por la orilla del río,  a la sombra de los árboles frondosos..."


"Parece que allí florecen todavía los discretos galanes y los placeres del Real Sitio".


"Hay como un aire más denso y vivo a la vez, de pasión y de picardía..."


"...llegó el maestre con todos los cuadrilleros a ejecutar la última y tradicional ceremonia del viaje"


"Aquí olía a fresco..."


"el agua susurraba por todas partes en lugar de los secos aletazos del aire"


"Y después de recibir las felicitaciones  de todos..."


"Por encima de las frondas seguía la furia del fuego, la garra del verano..."


He aprovechado las palabras del capítulo "Real Sitio", el último de "El río que nos lleva", para confeccionar un pequeño reportaje "collage"de la última lectura colectiva de este curso, la que disfrutamos en Aranjuez, el pasado sabado, 12 de julio. 

Era "la última y tradicional ceremonia". El agua susurraba y las altas frondas nos protegían de la garra del verano. Y Pedro Ojeda nos cautivó con sus palabras, a la sombra del dios Apolo. Los lectores terminamos de tejer nuestra visión de "El río que nos lleva", de José Luis Sampedro. Los árboles de Aranjuez nos prestaron hilo verde para rematar una satisfactoria labor. Porque la novela nos había gustado a todos. Y todos aprendimos de todos, por eso es una lectura colectiva.

Gracias a todos los que lo hicieron posible.

María Ángeles Merino

Enlace interesante: este pequeño vídeo publicado en la página de la AAAAUBU. Comprobad con qué ímpetu hablo del palio que compró el cura de Viana. 

martes, 19 de julio de 2016

Lágrimas de la redonda llena.



Foto Agustín Merino

Dicen los canteros que la piedra llora.
Son gotas de luna atrapadas,
buscando las manos de un dios
que un día le dieron forma
apuntando al cielo.
Fijando un rumbo a las estrellas
de donde una vez llegamos.
Las manos de dios, las lágrimas de luna,
el rezar de olvidadas letanías de piedra.
Nos elevan a un inmerecido cielo.
Salmodias pétreas.
Mudas alabanzas
Sólo las manos de los canteros son reales.
Sólo filigrana vacía son los rezos.

(Agustín Merino)


Foto Agustín Merino

miércoles, 13 de julio de 2016

Pequeña crónica de nuestra reunión en torno a El doncel de Don Enrique el Doliente.


Pedro Ojeda y una risueña lectora.

Pequeña crónica de nuestra reunión en torno a El doncel de Don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra. Para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

Ayer, a las seis de la tarde, nos reunimos los lectores del Club de Lectura presencial, dirigido por Pedro Ojeda. En esta ocasión, lo hicimos al aire libre, en un lugar céntrico pero muy tranquilo: la terraza del Vara Café, junto al Parque del Doctor Vara. Entre tejos, acacias, castaños, chopos, perales silvestres… y mirlos que salen por lo verde y nos hacen la vida suficiente.
Parque del Doctor Vara. Un pequeño jardín botánico.
La idea original era leer algún libro de trovadores y viajar a la tierra trovadoresca por excelencia: Provenza, en el sur de Francia. No fue posible dada la coincidencia de las fechas elegidas con el Tour de Francia y se presentó, como modesta alternativa,  ir a  Sigüenza y conocer a su famoso doncel. No tuvo éxito la propuesta y  aquí estamos, frente a los jardines de la desaparecida Clínica Vara, un oasis en el casco histórico de Burgos.  Nos disponemos a comentar la novela de Mariano José de Larra: El doncel de Don Enrique el Doliente.


María Ángeles toma notas. Foto cortesía de Carmen Ugarte.

Recojo, en mi libro de notas, el diálogo entre los lectores y Pedro Ojeda. Fue más o menos así:
-Comencé a leer y no enlazaba. Llega un momento en que Larra reconoce que es una escritura desordenada, que no lo tenía suficientemente trabajado. Me animé, a partir de ahí.

-Ten en cuenta que lo escribió en dos meses. Me puse a leer el libro y no podía entender por qué me costaba tanto entrar en él. Menudo repaso a la Historia el del primer capítulo, seguido de un canto ecológico a las espesuras arbóreas del Madrid medieval, con osos entre los madroños, en contraste con el yermo espantoso que conocía en 1834. Asisto a una cacería y empiezo a conocer a unos personajes enmarañados como los bosques aquellos. Entre todos destaca Elvira, lectora y enamorada. El mundo de las mujeres me recuerda a los tebeos de hadas y princesas de mi niñez. Aparece el trovador y vamos sabiendo de qué va la historia. El ritmo es lento, todo está muy liado y llega a aburrirme. Es una Edad Media de cartón piedra, me parece el XIX más que el XV. Me gusta que haya guiños al Quijote en una página sí y en otra también. El rapto de doña María, la acusación de Elvira al malvado Villena, se va a celebrar un “juicio de Dios”...La historia va cogiendo ritmo, van a asaltar la fortaleza que tantos secretos esconde. Todo toma un aire de Capitán Trueno, haz que gane el bueno, con forzudo y perro incluido. Disfraces de fraile, qué tontos los malos, porrazos, espada va, espada viene, el ritmo se hace trepidante. Se lee mucho mejor la segunda mitad del libro. ¿Las historias románticas terminan bien o terminan mal?
-Lo dilata mucho. No lo he terminado.

-No me ha dado tiempo, pero me está encantando. Está escrito genial.

-Lo encontraba divertido, me ha gustado no me ha parecido del siglo XIX, me ha enganchado. Me ha parecido del XV.
-Lo he leído y releído. Hay cosas que me han llamado mucho la atención. Larra se anticipa al cine, al movimiento de la cámara, algo que ya había visto en Galdós, con la diferencia de que este conoció el cine en sus principios. Me gusta que haya refranes, un libro con refranes me gana. También el dominio del lenguaje de Larra. No me gusta el amor obsesivo y su lenguaje, el “me tienes que querer”. Me parece machista. Los artículos los he leído, siempre se vuelve a ellos, merecen la pena.

-El problema de Larra es que, centrado en los artículos de costumbres, la dimensión de la novela le ha sobrepasado. Ha mezclado mucho de su biografía, Elvira es Dolores Armijo, la amante de Larra. Un batiburrillo. En los artículos de costumbres es brillantísimo, te lleva a una época difusa y confusa. El primer capítulo es algo que a muchos lectores les sobra. El libro está bien, pero resulta folletinesco, una faceta más de Larra.

-Un coñazo. El primer capítulo, el de Historia, el mejor. La historia no se tiene, el lenguaje es muy lento y los relatos largos.

-En los artículos costumbristas habla como un viejo y eso sorprende sabiendo que no llegó a cumplir los veintiocho años. ¿Por qué?

-Pedro responde: En los artículos costumbristas es así, habla con la voz de unos personajes que ha construido. Se esperaba la voz de la experiencia…
-Es un desahogo a su problema. Por eso inventa la novela.



 

-Hay pasajes maravillosos como el de la lectora. El último es el mejor.

-Y, sin embargo, hay quien afirma que sobra el último capítulo. (G. Bellini)

-El libro no va sobre el doncel.

-Es muy posesivo, un romanticismo exaltado.

-Demasiado rosa, folletinesco.

-El amor que mata, es verdad en algunos casos. Lo sé porque lo he visto en una persona cercana. Si no mata, puede causar un grave deterioro físico.

-Íbamos a Francia, a hablar de los trovadores. Macías es el trovador por excelencia.


-Novela que ha tenido mucho éxito. Fue el regalo de Letizia a Felipe.


-Larra lo escribe a los veinticuatro años, es un crío, lo escribe muy deprisa. El había escrito "Macías" que iba a ser el primer drama histórico estrenado en Madrid. Se lo censuraron por motivos políticos. Esperaba a que "palmara" Fernando VII. Martínez de la Rosa se le adelantó y consiguió estrenar el primer drama histórico. Era presidente del Gobierno...

Larra había escrito el drama "Macías" con las tres unidades, de tiempo, de acción...Como se la censuran, escribe la novela . Va a la novela histórica que estaba de moda, la de Walter Scott. Después, no vuelve a escribir novelas. Si bien es verdad que vivió poco tiempo, tampoco hay constancia de que dejara borrador alguno.

Es hijo de un afrancesado que marcha muy niño de España y cuando vuelve tiene que volver a aprender español, con una capacidad autodidacta extraordinaria. Conoce más las novelas extranjeras que las españolas. Lo que le interesa es el tema del poder pero le puede el tema del amor.  Están de moda unas novelas en que las mujeres burguesas jóvenes empiezan a tener un conflicto defendiendo la libertad de amar. Hoy en día, diríamos lo de "chica divórciate y vete con él", pero en 1834 eso era imposible. El conflicto de la libertad de amar era un tema candente en esta época, surge la mujer insatisfecha.

Elvira lee el Amadís de Gaula y se describe muy bien su insatisfacción. Surgirán las novelas de adulterio, las Madame Bovary. Larra anticipa a un personaje que luego va a tener mucho éxito. Elvira no es una chica que haya sido obligada a casarse, ella se casó por amor. En dos líneas, nos cuenta todo: la lectura le ha hecho evolucionar, la ha cambiado, ha abierto su vida, mientras el marido seguía igual. Se encuentra con que ya no ama a esa persona, se ha abierto su campo de visión gracias a la lectura. Construye un personaje que sigue siendo actual, retrato de la mujer insatisfecha. Lo hace con veinticuatro años. Toda la novela es un relato de las consecuencias individuales y sociales que puede tener.




Mujer romántica
-Aparece un chico guapo, guapísimo, que tiene todo lo que le falta a su marido, se enamora y la sociedad lo impide. Ella es el verdadero personaje. Al final, que no contaremos porque algunos no han terminado la lectura, sufre brutalmente. Anticipamos que él muere. Ella sufre la tragedia: el conflicto entre la voluntad y el deber. 

-Todo eso ya está en Cervantes: la lectura abre horizontes. La novela, en frío, es un coñazo. Como lector  me pregunto qué me ha dicho.

-Esta novela busca un público de la época, el cual pide que le cuenten algo sobre sí mismo, sobre las pasiones, los sentimientos. Las mujeres que leían a escondidas, con la sensación de no estar cumpliendo con su papel tradicional. Larra está descubriendo el público al que iba destinado. Recuerdo a mi madre leyendo...



-Yo recuerdo a mi abuela que guardaba el libro en el cesto de la plancha.
-El personaje más plano es el doncel. Macías el trovador existió y fue conceptuado como "el enamorado". En su caso, el final fue distinto: el marido se enteró, lo encerró y, a través de las tejas, lo mató con una lanza. Era normal que Larra se fijara en un personaje como Macías, estaba a punto de explotar...Enrique de Villena es el poder, deja todo por el poder.

Larra usa recursos de la literatura popular que arrastra a un público determinado. El primer capítulo es una exigencia de la gente que le pide Historia.

-Con ayuda de una persona más documentada que yo, pillé la fuente que siguió Larra para hablarnos de los hechos del pasado: la Historia de España del Padre Mariana. ¡Que estaba escrita en el siglo XVII! 

-¿Por qué íbamos a visitar Provenza? El Languedoc, era la única zona donde la mujer medieval pudo tener independencia como individuo. Los trovadores del norte de la Península Ibérica escribían al principio en provenzal, después lo hicieron en catalán y en gallego. Los poetas castellanos escribieron también en gallego, como Alfonso X el Sabio que utilizó el gallego como lengua poética.

Larra explica la situación del XIX, a través del XV. El pasado para el presente.

-Terminamos la lectura, hablando de futuras lecturas: Unamuno, Novelas Ejemplares, Cartas Marruecas de Cadalso, Lobato...Y algún viajecillo. Hace un poco de frío, nos despedimos deseándonos un buen verano. 

Un abrazo de María Ángeles Merino



¡Feliz verano!

martes, 5 de julio de 2016

El doncel de Don Enrique el Doliente: "un amor que destruye y anonada como el rayo el corazón en donde cae"



Un trozo de cielo que es más cielo, el que ve tu ventana (cuadro de Agustín Merino)


Comentario en torno al "amor que mata", en la novela El doncel de Don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra. Para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

"¡Ay! Tú lo ignoras, Elvira. Hay un amor tirano; hay un amor que mata; un amor que destruye y anonada como el rayo el corazón en donde cae, que rompe y aniquila la existencia, y que es tan fácil de encerrar, en fin, en lo profundo del pecho, como es fácil encerrar en una vasija esos rayos del sol que nos alumbra."


(Tomado del capítulo XXVII de la novela El doncel de Don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra)
Portada de El doncel de Don Enrique el Doliente de Larra

Hay un amor que mata, decía Macías, el personaje de Larra. Pero el poema de mi marcapáginas contiene un poema de Victoriano Crémer donde leemos:


Amor

¿Serás amor?
Extenso mar, o renovado velo;
cuna del sueño,
en la que el ser madura;
alondra vertical ganando altura
en la flotante música del vuelo.

Si látigo, te ciñes con anhelo.
Si beso, resplandece tu blancura
y la tierra redime su clausura
en la pradera extática del cielo.

De la raíz de hombre te alimentas,
de sus juegos más nobles,
y le dejas
como una negra tierra fecundada.

¡Mírame ciego, Amor, buscando a
tientas,
en un mundo de adioses 
y de rejas,
la salvadora luz de tu mirada!

(Victoriano Crémer)

Extenso mar acunado en olas de deseo (Cuadro de Agustín Merino)

Mi hermano Agustín lo lee y escribe su respuesta, en el wasap: 

Extenso mar acunado en olas de deseo.

Respirares profundos agitando aguas.
Dándose la vuelta al cielo en vertical mirada.
De ave fénix que en ti nace se expande y resucita.
De las raíces del hombre de la tierra fecunda del acto de amor de tu mirada.
Cautivo, derrotado, ajado, desgastado por besos.
Aún vivo.
Aún enamorado.

Extenso mar siempre, escribo yo. Y pregunto: ¿el amor mata o el amor salva?
Agustín escribe:

El amor que no mata no es amor, es ausencia.

Es silencio, es infinita noche que respira.
El amor que no mata muere en olvidada playa en forma de ola altiva.
El amor sólo es amor si te aniquila.
Quedando sólo un nosotros bañado en luna de plata.

¿Mató el amor a Larra? ¿Salvó el amor a Larra? Sólo se puede afirmar una cosa: el amor fue su compañero de viaje a las estrellas.

Un abrazo de María Ángeles Merino

Como veis, la entrada de esta semana ha sido muy diferente, mucho más poética, gracias a Larra, a Victoriano Crémer y a mi hermano Agustín Merino.

miércoles, 29 de junio de 2016

El doncel de Don Enrique el Doliente: "se había formado en su cabeza un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su exaltación"



Comentario al séptimo capítulo de la novela El doncel de Don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra. Para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

¡Hola amigos que pasáis por aquí! Recordáis que la entrada de la semana pasada comenzaba así:


-Me presento ante vos. Soy doña Elvira, camarera mayor de doña María de Albornoz, esposa de don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo. Vivo en la Corte de Enrique III, mi señor, llamado por algunos el Doliente. 

 Mi señora me refirió cuanto con el conde le acababa de pasar y fueron inútiles mis consuelos. Se refugiaría en sus villas, se acogería al amparo del Rey, danzaban en su cabeza mil ideas encontradas. Ella se había casado enamorada de Villena y de ninguna manera consentiría el divorcio que el conde proponía, a pesar del trato y la mala vida que le daba.

Es como vos afirmáis, señor escritor, mi señora la condesa no gozó de “una larga y tranquila posesión”, “habiendo vivido siempre don Enrique apartado de ella después de su infausta boda”. Aunque vivió con él lo suficiente para ser maltratada y sentir, además, el aguijón de los celos, tantas veces lo sorprendió. Incluso yo podría contar…mi señora confía en mí. Aseguráis que “todos sabemos que la frialdad y el despego suelen ser incentivos vivísimos del amor…”. ¿Del amor? ¡Malditos incentivos! ¡Muertos que no vivos! ¡Ay, don Mariano José!

Muy pronto supe que ahora no era el amor adúltero sino la ambición quien movía a don Enrique a “tan descortés procedimiento”. Mi señora estaba en la creencia de que el conde sólo deseaba “entregarse más a su salvo a alguna nueva intriga amorosa”.


Foto tomada en el Museo de Burgos. Cortesía de Mercedes González.
Bulto funerario en nogal de una iglesia desaparecida de Villasandino (Burgos)

Logré persuadirla a que pusiera un paréntesis a su pesar en el sueño. Yo di las disposiciones para que no faltasen a su lado las dueñas y me puse a leer junto al fuego. Era un manuscrito voluminoso, uno de los muy raros que tenía mi señor, el Amadís de Gaula, libro que dicen escribió el trovador portugués Vasco de Lobeira, que corría con mucha fama. Yo simpatizaba no poco con las ideas de amor, constancia eterna y demás virtudes caballerescas. Yo hubiera dado la mitad de mi existencia por hallarme en el caso de la bella Oriana y…no me faltaba mi propio Amadís.


[Part of a medieval manuscript of Amadís de Gaula, now at The Bancroft Library at the University of California at Berkeley and displayed at the Columbia University Libraries Digital Scriptorium.]

¿Mi Amadís? Un “mancebo generoso” de la corte a quien conocí desgraciadamente después que a mi esposo Fernán Pérez de Vadillo. Me casé, “ciegamente apasionada del hidalgo”, pero él seguía siendo el mismo mientras yo creaba dentro de mí “un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su exaltación”. Me complacía en personificar tan bello ideal en un joven cortesano y uno entre todos avasalló mi albedrío. Sin darme cuenta, iba tomando sobre mi corazón “demasiado imperio un amor ilícito y peligroso”. Mi virtud era mi mayor enemigo, confiaba en que nunca me faltarían fuerzas para resistir y me entregaba sin miedo, complacientemente, a “mil ideas vagas que cada día iban ganando más terreno” en mi imaginación.



Mi señor, don Mariano José de Larra, no califiquéis de criminal mi complacencia. Sigamos.

Como vos decís, encontrábame “en aquel estado en que se halla una mujer cuando sólo necesita una ocasión para conocer ella misma y dar a conocer acaso a su propio amante la ventaja que sobre ella ha adquirido”. “Como un incendio que ha crecido oculto e ignorado en la armazón de una casa vieja”, entrará un poco de aire y estallará de repente.

No era la lectura del Amadís la que mejor pudiera convenirme; mas yo no disponía de muchos libros para llenar las horas ociosas. Llevaba poco tiempo entreteniéndome con él, cuando se presentó en el salón el pajecillo Jaime, mi primo, con su aire travieso. ¿Qué buscaría aquí, cerca de las diez de la noche? Tal vez le enviaba el conde, para anunciarnos “nuevos pesares”. 

Me llamaba "hermosa prima mía"y me decía que depusiera el enojo, tanto se me notaba...Me decía ingenuamente que había tenido miedo de las hechicerías de don Enrique, tantas cosas se hablaban. Le había suplicado que le permitiese volver al lado de su amada prima, se acordaba tanto de mí.
Se me escapaba una lágrima, oyendo al “medroso pajecillo”. Le regañé por hablar con poco respeto de su señor, el conde. Me tomó la mano y llamaba mi atención con un hermoso brillante que relumbraba en su dedo. Le pregunté, sorprendida, qué anillo era ése y él escondía la mano, como jugando: “¡Ah! esto no se ve… ¡Esto no se ve!”.


Al final, me serví de la superioridad que me daban mis fuerzas y se lo quité. El anillo no me parecía natural en un pajecillo y esperaba encontrar alguna señal por donde conocer su procedencia. Me sonrojé como la grana, no había duda:

“…una letra pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... l; brillante, b; rubí, r; amatista, a. Y luego... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.”

Jaime no se asombró poco al oír la explicación que di a la sortija y quedó confundido por no haber sido sino el juguete del doncel que se había valido de él para manifestarme “aquel su amor, de que el malicioso paje tenía ya no pocas sospechas”.

Al llegar aquí, el escritor cree preciso explicar que “Nada más común en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y ese lenguaje amoroso de jeroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas". 

Un platero, tienen fama los de Burgos, había engarzado en un anillo las seis piedras y mi corazón me había llevado a la más precisa traducción. Perdí el significado de una piedra, no me hallo muy adelantada en el arte del lapidario; pero entendí la equivocación del platero. La v por la b de brillante, tiene gracia el señor Larra cuando añade, de su cosecha que , en mi tiempo, ni los amantes ni los plateros entendían de ortografía.

Todavía me quedaba alguna duda, no era yo la única Elvira en Castilla y no poseía noticia cierta de quién era el que usaba conmigo semejante galantería. Deseaba saberlo, temía oír un nombre diferente. Macías, mi Amadís. Elvira, su Oriana.


El mundo cesa.  Sólo tú lo habitas.
Cuadro de Agustín Merino

Propuse a Jaime cambiar el anillo por otro mejor que yo le diera. De sus palabras saqué que se trataba de un caballero y “de los mejores y más valientes de la Corte”. Le pedí señas, ya que no me quisiera dar el nombre. Caí en mi propio lazo cuando le pregunte cuándo y dónde le dio el anillo, pues yo no podía saber la llegada del doncel. Cuando me contestó “hoy y en el alcázar”, exclamé desilusionada que entonces no podía ser, dejé caer los brazos, como un arco que se afloja. Jaime jugaba conmigo como si fuera un acertijo:

-¡Ah!, ¡ah!, que no lo acierta…escuchadme, señora adivina: es un caballero joven.

"Cuando se trata de coger sortijas, ensarta con su lanza tantas como corazones con su hermosa presencia. Si monta a caballo, es el más fogoso el suyo y lo domeña como un cordero; si se trata de correr cañas nadie le aventaja; y en un torneo sólo don Pero Niño..."

No podía ser más que uno y Jaime asentía, se divertía “como el gato con el ratón”. Le pregunte si había venido, recordaba que por la mañana un caballero…El pajecillo fingía no entender, le grité furiosa que se marchara y no volviera, al fin:

-"Bien, primita, lo diré: ése es...

-El doncel de..."

Trató de reparar su imprudencia, había ido demasiado lejos. Quiso despistarme:

-“No me habéis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir más. Ni una palabra más.”


Estatua de Don Enrique el Doliente en el Espolón de Burgos. Libro a pie de estatua.


Lo decía en tono resuelto, no sacaría más. Pude recabar de él que me dejase el anillo y acabó la contienda entre primos. 

 Ya en mi lecho, revolvía una y mil veces las ideas y procuraba atarlas y coordinarlas. Pero todas se reunían y las amasaba en mi mente: mi señora doña María de Albornoz, la violencia de mi señor don Enrique de Villena y sus solicitudes, la ausencia de mi esposo, la lectura de Amadís, la indiscreta conversación con mi primo el pajecillo, mis dudas acerca del dueño del anillo.

En medio del silencio y la oscuridad de la noche, se me representaba “un cuadro fantástico, lleno de objetos incoherentes”. Cuando por fin me dormí, todas esas imágenes confusas tomaban en mi cerebro contornos informes y poblaron mi sueño de escenas parecidas a las que había pasado en el día. Y de la mezcla de todas, materia de las peores pesadillas, Así soy yo, Elvira, una mujer del siglo XIV, enamorada y lectora de Amadis de Gaula. Una rareza.

"Se había formado en su cabeza un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su exaltación y se complacía en personificar este bello ideal en tal o cual joven cortesano que sobre el vulgo de los Caballeros de la corte de Enrique III se distinguían”. Así leemos a Elvira, una mujer lectora y romántica, un don Quijote femenino. 

"Uno entre todos había avasallado ya su albedrío bajo esta personificación..."

¡Macías el trovador, el doncel de don Enrique el Doliente!


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Un abrazo

María Ángeles Merino
y Austri

Fotos del Museo Provincial de Burgos realizadas por una alumna del CEPA Victoriano Crémer. Gracias Mercedes González.

viernes, 24 de junio de 2016

Caballeros del Honor

Exilio (Óleo y espátula, Agustín Merino)

Caballeros del Honor

Entre la locura y la derrota 
ya convertido en sombra de su armadura.
Descabalgado camina, masculinamente serio.
Ungiéndose de honor y plata de luna.
Con el mar derramándose en sus ojos, sin humillar la cabeza  El horizonte hace gigantes, cuando respira un hombre libre
Vestido de esperanza, como arma de futuro, queda la palabra  


Caballeros de la República
Caballeros del Honor

(Agustín Merino)

A León Felipe, Caballero de la República del Honor. autor de Vencidos