sábado, 19 de julio de 2014

"Echo al fuego los restos del naufragio", Pedro Ojeda Escudero.



Pedro Ojeda presentó el jueves su nuevo libro"Echo al fuego los restos del naufragio", en el Museo del Libro de Burgos. Hubo admiración, amistad, cariño, emoción, respeto, música e incluso calor, algo no tan fácil en la cabeza de Castilla. 


Pedro leyó y compartimos emociones. Y estoy segura de que no había nadie allí que, de paso, no repasara mentalmente sus propios naufragios. ¡Y su hermosas palabras nos servían! 

Desde aquel 13 de mayo en que los leí por primera vez, no me abandonaban estos versos:

"No hay almas en las cosas
pero llevan al fuego raspaduras,
trozos de piel que en ellas permanecen
como huellas de vida. Van, ahora,
a las llamas cumpliendo su destino,
una tras otra,
con lentitud
de rescoldo y ceniza."

(Página 6, "Echo al fuego los restos del naufragio", P. Ojeda)


Voy al estante donde reposa una vieja agenda, llena de "raspaduras", "huellas de vida", que viven atrapadas en su interior. 

¿Por qué no me decido? Si sus anotaciones me causan dolor...¿Por qué no la arrojo al fuego? Aquel naufragio acabó y sus restos me salvaron...


¿Así? ¡No! 

Alguna vez será la última vez que abra la agenda 07-08. ¿La última? 

¿Qué lámina
de agua
es
la última
que podemos retirar
para que el mar
deje de serlo?

(Página 16, "Echo al fuego los restos del naufragio", P. Ojeda)


¿Dónde el mar deja de ser el mar? 

Un abrazo, Pedro. Y felicidades por tu éxito :

María Ángeles Merino que lleva tantos años acompañándote en tantos proyectos. 

jueves, 17 de julio de 2014

"El río que nos lleva": "...llegó el maestre con todos los cuadrilleros a ejecutar la última y tradicional ceremonia del viaje"



"Los hombres contemplaban satisfechos su obra final. El último adobo en la última presa: la del molino de Aranjuez, al pie mismo del jardín real de la Isla…"

Palacio de Aranjuez y río Tajo (Wikipedia)

"... el ángulo blanco y rosa del palacio real, con su graciosa cúpula emplomada"


"Sí, desde aquel momento conducir la maderada era un jugoso paseo por la orilla del río,  a la sombra de los árboles frondosos..."


"Parece que allí florecen todavía los discretos galanes y los placeres del Real Sitio".


"Hay como un aire más denso y vivo a la vez, de pasión y de picardía..."


"...llegó el maestre con todos los cuadrilleros a ejecutar la última y tradicional ceremonia del viaje"



"Aquí olía a fresco..."


"el agua susurraba por todas partes en lugar de los secos aletazos del aire"


"Y después de recibir las felicitaciones  de todos..."


"Por encima de las frondas seguía la furia del fuego, la garra del verano..."


He aprovechado las palabras del capítulo "Real Sitio", el último de "El río que nos lleva", para confeccionar un pequeño reportaje "collage"de la última lectura colectiva de este curso, la que disfrutamos en Aranjuez, el pasado sabado, 12 de julio. 

Era "la última y tradicional ceremonia". El agua susurraba y las altas frondas nos protegían de la garra del verano. Y Pedro Ojeda nos cautivó con sus palabras, a la sombra del dios Apolo. Los lectores terminamos de tejer nuestra visión de "El río que nos lleva", de José Luis Sampedro. Los árboles de Aranjuez nos prestaron hilo verde para rematar una satisfactoria labor. Porque la novela nos había gustado a todos. Y todos aprendimos de todos, por eso es una lectura colectiva.

Gracias a todos los que lo hicieron posible.

María Ángeles Merino

Prometí dar la voz a Paula y así lo haré en una próxima entrada. El verano es largo...

Enlace interesante: este pequeño vídeo publicado en la página de la AAAAUBU. Comprobad con qué ímpetu hablo del palio que compró el cura de Viana. 

miércoles, 9 de julio de 2014

"El río que nos lleva": "Porque la realidad de Dios se lo llevaría todo como un río..." y "la piedra es siempre más verdad que el papel".




Comentario a las páginas 192-214, de la  novela "El río que nos lleva" de José Luis Sampedro (Cátedra). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Me presento a ustedes, soy el que llaman "el Americano", capataz en la maderada. Me pusieron el sobrenombre porque, hace ya unos años, emigré a las Américas donde conocí la Revolución; aunque pronto quedé desencantado, tal era la rapacidad de algunos revolucionarios.

Tengo fama de  poseer dotes de mando, además de equilibrio y sentido de la equidad. Lo del mando y la equidad, pueden consultarlo a mis hombres. En cuanto al equilibrio, mi experiencia en México me enseñó a andar con tiento, sé muy bien que, en las dictaduras, la rebeldía se aplaca con sangre; y que en un régimen dictatorial vivo. Y, como persona un poquito reflexiva e instruida, la compañía del irlandés Shannon me es muy grata; aunque nada admiro más que la dignidad de mis gancheros analfabetos.



Últimamente siento el tirón de la vida retirada, pero...me espera un puesto de excepción al final del libro. El río que me lleva, irremediablemente, como un tronco más...

Me han pedido que les comenté el capítulo titulado "Oterón", topónimo que no encontrarán en mapa alguno. Conocerán conmigo al cura de Oterón. ¿El de Viana? De ese también habría mucho que hablar, nada que ver, el agua y el vino.

Aquella semana había sido larga y dificultosa, empujando troncos entre los vados de la Parrilla y las Estacas y la Presa de las Juntas, donde confluyen el Tajo y el afluente Hoz Seca. Y aquel día, estábamos entre la del río Ablanquejo, otro afluente del padre Tajo, y las salinas de la Inesperada. Vimos aparecer un extraño cortejo en medio de la sierra. Bajaban por la senda, hombres, mujeres y niños; a pie o en caballería, solemnes, con vestidos negros de domingo.


Lo comentaba con el que llamamos el Seco: no eran pastores ni cazadores. El viejo que precedía la caravana, montado en una mula, nos dio los buenos días y nos preguntó cómo estaba el vado. Le contesté que bien, que ni para mojarse los zancajos.

Le pregunté que a dónde iban y me contestó que a la procesión de Oterón. El Seco cayó en la cuenta de que estábamos en Viernes Santo. Hasta la muerte del Señor se nos pasaba por estos yermos... No al piadoso "Cuatrodedos", que no había olvidado sus rezos y penitencias y así lo proclamaba.

Los demás oyeron la noticia regocijados. El Viernes Santo era día de holganza obligada. Podíamos ir a la Procesión. ¿Así? Nos mirábamos los unos a los otros: barbas hirsutas, ropas desgarradas y alborgas por todo calzado. Necesitábamos, al menos, una chaqueta y un afeitado.


Alborgas

En Oterón, el barbero nos hizo la caridad, pagando por adelantado. Aún así, en la taberna, la tabernera se negó a despacharnos porque había muerto el Señor. ¿Cómo íbamos a comer aquel bacalao que llevábamos en las alforjas? 

"En aquel momento cruzó la plaza el párroco del pueblo". Me dirigí a él, le expliqué lo que sucedía. Por él no había inconveniente, pero eso era cosa del Ayuntamiento. La mujer dijo testaruda que no abría, aunque se lo mandara el alcalde, insistía: "se ha muerto el Señor".



El cura nos guió hasta su casa y nos instaló bajo la parra de un huertecillo primorosamente trabajado. Pidió a Eugenia, al ama, que nos llenara su bota con "blanquillo del bueno". Podía encontrarnos pan, aceite u otra cosa; mandaría a la mujer a por ello; que al ama del cura no le negarían nada.

"¿Es que el Señor no se ha muerto pa usté?", insinuó malignamente el Dámaso, entre el desagrado de los demás. Sí, el Señor también había muerto para él, le contestó mirándole fijamente; pero, tal vez, nos aclaró, la tabernera aprovechó para no despachar porque los gancheros no tienen buena fama. Y dejó caer lo de las gallinas desaparecidas hace un par de años. Llegaron a pensar en un fantasma, le pidieron que lo espantara con agua bendita...él por si acaso cargó la escopeta. El Cacholo parecía saber algo, aseguró que el fantasma no volvería. Si él lo dice...



Después de la advertencia, guardó silencio, como para pasar la esponja sobre lo dicho. Y volvió a ser la persona amable de antes: " No. Perdónenme. les traje aquí para que comieran aquí más a gusto y con un trago de vino...". Él tenía que ir a meditar su sermón, no podía acompañarnos.

Se retiró y el Galera insinuó algo del buen pollito de fiesta que el cura se iba a zampar, mientras nosotros la emprendíamos con las resecas tiras de bacalao. Mas yo estaba seguro de que el cura, hoy, no comería absolutamente nada, así lo expresé y asintió Eugenia que me había oído. Me preguntó dulcemente que cómo lo sabía, le contesté: "Sé conocer a la gente". Según la mujer, él también me había conocido a mí: "me ha encargado que haga cuanto usted diga. Ahora sé por qué está bien sacado el vino". Supe que el cura se llamaba Ángel Ponce y que llevaba diecinueve años en el pueblo y que Eugenia tuvo un hijo que se metió cura por él, y el hijo murió...y "estoy con este santo pagándole la felicidad y la buena muerte de mi hijo".



Comimos y bebimos a la salud de "aquel extraño cura". De pronto, "un gran estruendo de tablazón" nos atrajo a la iglesia. "Era una carraca gigante colocada en la torre". "Como hormigas en hilera desembocaban las gentes ante el templo". Los gancheros también entramos y nos agrupamos lejos del altar, dejando un espacio entre la gente del pueblo y nosotros. Shannon se nos incorporó después de dejar a Paula entre las mujeres.

Apareció el sacerdote , rezó unos instantes y se dirigió al público. "Cuando se oyó la voz, produjo una respuesta casi sobrecogedora":

"Hermanos...todos sabéis lo que voy a decir, todos lo estáis repitiendo desde ayer. Todos decir: "Silencio, el Señor ha muerto", "No cantéis, el Señor ha muerto". Pero, una vez dicho-creció su tono- todos seguimos lo mismo, y, sin embargo, no hay palabras más tremendas. ¡Dios ha muerto! ¿Qué cabe decir más? Todo sobra. Yo debería gritar solemnemente: "¡Dios ha muerto! dejar flotando esas palabras finales y luego hundirme yo mismo en el silencio."




Noté a Shannon atrapado por un sermón sin latines, de corazón a corazón. Hemos desgastado las palabras y ya no sirven. Nos dicen que alguien ha muerto y no lo sentimos en nuestra carne. "¡Pero la muerte de Dios tiene que herirnos!" Don Ángel quería afilar las palabras para que nos hiriera bien algo tan tremendo: "Dios ha muerto"

 El irlandés escuchaba con avidez, como yo, porque no oíamos a un libro sino a un hombre hablando solo en un descampado. Y casi lo estaba. Se notaba el desconcierto de la gente, la extrañeza ante un sermón de soledad, sin ayes y madres amantísimas, con puñales en el corazón. 



Podéis ver y escuchar aquí a Fernando Fernán Gómez en su papel de don Ángel.

Don Ángel seguía explicando como la palabra Dios, "es la más gastada de todas por nuestra ligereza". Y de la ligereza de la palabra viene la ligereza hacia Dios...Y "si al pronunciar la palabra Dios la pensáramos bien hondo...como imaginamos el agua cuando estamos sedientos sintiéndola en la boca, entonces no podríamos pensar en nada más : ni en hambre, ni en amores, ni en orgullo. Porque la realidad de Dios se lo llevaría todo como un río..."


Cobardía, impotencia, "cómo esperar vida eterna de un Dios que ha muerto"...La voz de don Ángel hablando en su propia soledad descendía a abismos personales. Hubo un largo silencio, se oían cada vez más los susurros y algunas dispersiones llegaron hasta él. Se dio cuenta de lo que se esperaba en un sermón de Viernes Santo y dio un brusco giro a sus palabras. Engoló la voz y cambió el registro:

"-Y si este misterio, amadísimos hermanos...es doloroso e incomprensible para nosotros, ¡figuraos lo que sería para la Santísima Virgen, que en aquel indecible atardecer de la Historia se vio privada a la vez de su Dios y de su Hijo! Por eso su soledad es la soledad más honda de todos los tiempos, por eso..."



Santísimo remedio. Se oyó un suspiro general, era el alivio de los fieles al reinstalarse en la comodidad mental. Asentían, se llevaban los pañuelos a los ojos...el Cuatrodedos sollozaba histéricamente, con los brazos en cruz. Don Ángel se irritaba pero comprendía que debía respetar aquello. 

Se acercó al altar, rezó unas oraciones y acudió la comitiva del ritual del Santo Entierro. Descolgarían al Cristo, lo llevarían a la ermita, lo velarían toda la noche y el Sábado volverían a traerlo. El Cristo era "de tamaño natural, labrado de manera tosca, pero impresionante", con un realismo exagerado: articulado, con cabello humano sobre la cara...Uno de esos Cristos, como el de Burgos o el de Orense, "que aterran fascinadoramente". No era el "Amoroso Predicador del Evangelio" sino un invocador de "poderes misteriosos y secretos".


Los gancheros se uníeron al cortejo, yo me quedé solo en la iglesia vacía. Estuve un rato contemplando el abandonado madero de la cruz, con polvo acumulado donde la figura del Cristo no permitía el acceso al plumero. Y, ante aquel símbolo, me asombraba de "la fuerza del español para lo religioso". Del santo y del pecador, qué bárbaros aquellos imagineros con sus gubias, "empujadas no sólo por  fe violenta, sino también por violenta carne y sangre". 

Salí al atrio donde unos cuantos viejos baldados se habían quedado contemplando el avance de la procesión por el cerro. Distinguía perfectamente, uno por uno, a los que iban en la procesión. La cazadora blanca de Shannon destacaba entre los trajes negros. Yo sé que el irlandés usaba su razón y encontraba fisuras; pero su cuerpo seguía  adelante, "sumiso a la lenta cuerda de los galeotes humanos". El efímero sol había vuelto a ser vencido por las nubes sombrías. "Se daba así como una armonía cósmica en lo invernal y en lo muerto". 





Los gancheros volvieron al campamento, yo no. El cura me encontró en la sacristía. Me preguntó si le buscaba, si quería algo. Contesté que le buscaba pero no quería nada, o no sabía si quería algo. Me pidió que le acompañara a su casa. No contesté pero me fui con él.

Don Ángel comprendía mi necesidad de hablar con alguien. Me invitó a cenar y acepté, hacía dos años que sentía ese deseo de comunicación. 

Le pregunté por qué cambió de pronto su sermón. Me contestó que el segundo sermón era lo que se esperaba de él. Le confesé que "yo me bebía el primero". Él también lo prefería, pero los del pueblo no, mis hombres tampoco...El irlandés era distinto.

Yo le preguntaba. ¿Por qué dar a la gente siempre lo que espera? ¿No tenía un cura la obligación de empujarles, de no dejarles dormir en sus costumbres? Don Ángel no estaba seguro, tuvo tentaciones...también se les empujaba dándoles lo que esperaban, aunque no se dieran cuenta. Hoy no era ocasión de sorprenderles, el rito no es momento de novedades. El rito ha de apuntalar las incertidumbres. 

Se oía un griterío enorme, estaban quemando al Judas, un pelele al que ahorcan en la plaza, simbolizando al apóstol traidor.  Como allá en América, comenté.

Me comí su comida en un convite singular. El anfitrión no probó bocado, era su costumbre en viernes santo; no había comido y no iba a cenar. Se le iban los ojos detrás de la humilde ensaladilla que me sirvió con mimo Eugenia: patatas, cebolla, aceitunas, bacalao, ajo...tomates no, porque el huerto todavía no había dado "claveles". El cura y el ama los llamaban así...y "rosas" a las coles. 

Hablamos. Don Ángel me recordaba a un hombre que me salvó la vida en Yucatán. Le pregunté por qué se quedó en Oterón.

Me contestó que por la gente, alguien tenía que estar con ellos, lo necesitaban más. No era sacrificio, nadie responde mejor, con ellos siente más paz interior. Él era soriano, de la Tierra de la Recompensa, siempre había pensado en una parroquia rural pero el director del seminario venció su resistencia y lo llevó al Secretariado de Propaganda. Mantas, comida, compra de medicinas, becas e incluso, en ciertas épocas, listas electorales. Todo le parecía puro materialismo, aquello era batirse en el terreno del enemigo: comida y bienestar. No podía seguir allí. Eligió vivir en contacto con lo mejor de este país: el pueblo. 

No es que fuera de ideas idílicas o rousseaunianas, pero el pueblo siempre tendría más disculpas que las gentes cultivadas. "Sus odios y sus creencias huelen todavía a sudor y a sangre; sus rutinas y convenciones brotan de la Naturaleza o de la Humanidad". Son más de verdad.

Las llamaradas del Judas iban decreciendo, los reflejos rojizos sobre su cara se fueron suavizando, y vi su " mirada fija en la oscuridad del huerto". 



Le comprendía muy bien y así se lo manifesté. "Yo también, a mi manera, he renunciado y me he retirado a mis raíces, a mis gentes, aquí en la maderada". Pero le advertí: se hacía algunas ilusiones. Porque allí, en América, vi al pueblo en lo más alto de la revolución, un pueblo más elemental que este y...no resultó, la verdad. "La mayoría de aquellos jefes no querían más que lo que condenaban: dinero, amigas y poder".



Le conté.  Yo fui más cómodo y más cobarde, pensé en mí y me aseguré el porvenir. Hice dinero, "y  cuando me aburrí de hacerlo, me encontré entre la gente que usted dijo; ésa sin pulso, de buenas formas egoístas y cobardes". Me asqueaba ser uno de ellos, yo había sido otra cosa, me fui despegando. Y buscaba la felicidad en lo más sencillo: un paseo, el ruido de una fuente o unas palabras con un amigo.

Me faltaba algo: "el acento de mi gente, sus giros, sus maneras". Me entró nostalgia , o neurosis como decían los médicos, me vine y aquí estoy, "tirando de la vida".

Guardamos silencio, habló el sacerdote: "Puede que tenga usted razón, puede que tampoco el pueblo...¿Qué nos depara la Providencia? Yo creo, sin embargo, ...que el pueblo es más verdadero." Le contesté: "Seguramente. la piedra es siempre más verdad que el papel". 

Seguimos hablando, ya en la noche oscura. Éramos dos vidas retiradas a su invierno. Al despedirme, le dije que iba a mandarle a una muchacha, para que hablara con él. Pensaba en Paula, le haría bien una conversación con este cura tan extraño y tan sabio.

Cuando llegué al campamento, Paula estaba despierta, creía que me había pasado algo. Le dije que sí me había pasado y que mañana le podía pasar a ella. Le aconsejé que fuera a ver al cura de mi parte y hablara con él. Que lo hiciera "como cuando te hablas tú sola". Inclinó la cabeza y me dio las gracias. Los dos tardamos en dormirnos, cada uno con lo nuestro.

Aquí doy por finalizado mi relato. La próxima vez, Paula tendrá la palabra.

Les saluda: Francisco, el Americano.

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino


miércoles, 2 de julio de 2014

"El río que nos lleva": "No era sólo que la primavera se acercase, sino que ellos corrían a recibirla..."



Pero, aquella mañana, había algo más que acompañaba al amanecer. Desperté sorprendido. Amanecía.

A la vista no se notaba, era lo de siempre: cantiles, troncos, espumarajos de agua y revoltijos de nubes turbias.

Olía “como si hubiera estallado en el aire un pomo inmenso de perfume silvestre”. Sentía, y no sé qué sentido me lo comunicaba, acaso eran todos a la vez, como si una inverosímil  granada “estuviera a punto ya de reventar, de derramar por el mundo entero sus gotas de rubí como fuegos artificiales”. 



 Percibía “gotas invisibles y densas” que descendían por el aire, búrbujas subterráneas a punto de asomar. 



¿Primavera? ¿Bajo aquel cielo sombrío? ¿En los imperturbables pinos que no se dignan en cambiar de color?


“No, no era la primavera a la vista, pero eran sus esfuerzos por vencer el parche de tambor que es la dura piel de la tierra”.

Una fuerza invisible chascaba ramitas, el agua se estremecía sin motivo y se suicidaban cantos de la roca. Nuestra perrilla, la de los gancheros, “se lanzaba a un loco galope entre las matas y volvía...toda temblorosa, jadeante, con la lengua fuera.” 



Un ganchero, el Tuerto, "hijo fiel de la tierra", lo venteaba también: No eran ilusiones mías:

-"¿No sentís?...¡Si parece que va a brotar to!"

Era el empujón de  la savia y la sangre, el líquido vital de plantas, animales y seres humanos, Y la de la piedra, que también vive, "con la vida de todo el universo", "la que va por sus venas y secretos...tan lenta".



Ese mismo día, "El primer grillo del año empezó a latir de repente, como el corazón del crepúsculo"Y, en aquel atardecer, Paula volvía de coger agua en la fuente del arroyuelo, barranco abajo, con el cántaro tambaleante sobre su cabeza. 



Yo estaba hablando con el Americano en el campamento y me sobresaltó su llegada, seguida de un hombre. La vi acercarse, irritada de ira o de miedo, no lo sé, a la hoguera. Se puso a sus faenas pero no no dejaba de mirar y volver a mirar al desconocido. "Éste explicaba al cuadrillero que había pedido trabajo al maestre de río y le había mandado a la cuadrilla de punta, un poco escasa de hombres. No, no era ganchero, pero era un buen trabajador...". Al Americano le dio pena de aquel hombre que, rendido por la fatiga, se acurrucó entre unas peñas y se quedó dormido. Pidió al niño Galerilla que le echara encima siquiera la manta del burro "Canalejas"; pero, para mi sorpresa, fue Paula quien "extendió cuidadosamente sobre su cuerpo aquel humilde amparo, caliente aún del vaho del animal". Se incorporó a la cuadrilla de gancheros que le apodaron "el Encontrao", él dijo llamarse Antonio. Paula había sentido el empujón de la sangre...eran los esfuerzos de la primavera. 



Y la primavera se precipitaba también para los gancheros. Aquel día en que Paula se cayó al río:
"Acudieron corriendo, pero ya estaba ella en pie, con el agua a medio muslo. La ayudaron a salir...desapareció tras unas peñas, mientras los hombres volvían al corro como si nada...Pero aguardaban ansiosos hasta que al fin surgió Paula envuelta en la manta...Los hombres seguían ávidos la nueva y fascinante silueta."

El Rubio quisiera ser manta, el Seco quisiera metamorfosearse en lagartija para colarse patas arriba...El Americano preparó una fogata para Paula, cerca de unas peñas y los hombres no perdían detalle, desde el campamento. Después, nuestro capataz volvía con la peor de las noticias: Paula se marchaba. 

Hubo un hondo silencio. El Cuatrodedos, un meapilas como dicen por aquí, es el único que no ve mal la marcha. Sentencia: "es el pecado". 

"¿Y por qué? -saltó el Cacholo- ¿Por qué se había de ir la pobre? ¿Porque dos o tres seáis unos rijosos? ¡Pues no era bonito tenerla con nosotros! Para mí, como tener una hija...¡Animales! ¡No merecíais ni tener madre!"

Callaban. El Galerilla hablaba angustiado, con su sinceridad infantil: "¡Y la va usté a dejar marchar, jefe?"

El Seco se irguió y se dirigió hacia Paula, y todos detrás: "Yo seré un burro ...pero te juro que puedes seguir aquí como si fueras mi hija. No te vayas y no hagas caso de este hato de bestias que somos".


El actor Mario Pardo, caracterizado como el Seco.

Y Paula: "Sí, tenéis razón, Seco; sí yo estorbo. Siempre echo leña al fuego...Los hombres sois así, no hay na que hacer."

El Seco repuso que los hombres y  las mujeres también. Pero que ella ahora marcaba un raya y el que se propase le abriría la cabeza, aunque se llamara Seco.

Paula sonrió. El Cacholo que dónde ibas tú a ir, muchacha, que te queremos bien...Ella hizo un gesto vago, su boca de niña se suavizó. Contestó que bueno, ya vería...El Galerilla, quédate. Y el Americano, puedes quedarte. Y la ninfa de los gancheros nos dijo que éramos todos muy buenos, pero que ahora la dejáramos sola.



Todos la corean, el Seco dice algo que deja inquieta a Paula...y a mí: "Que lo sepáis bien. Si le haces cara a alguno, a uno solo que se la hagas, donde esté un hombre  está primero el Seco. Pa to...¿Así?"

Todo un don Quijote...Se fueron a sus faenas y yo expresé mi inquietud al Americano, camino del "adobo". El jefe sonrió, por ahora le parecía resuelto, pensaba que era fácil manejar al Seco, "mucha sangre, pero muy noble. Lo que ha dicho lo defenderá". Añadió que pasado mañana pensaría en otra cosa, con el toro de Sotondo y su fiesta. Y acabó por sentirse nostálgico: "¡Ah la primavera. Recuerdo, allá en tierras calientes, lo sabroso que era tumbarse con el calor, a la sombra...Y si un compadre cogía una guitarra o una chulita cantaba, entonces... 

"Sí, la primavera se precipitaba para los gancheros más que para los labradores, porque al avance normal del calendario se acumulaba el descenso tierra abajo. No era sólo que la primavera se acercase, sino que ellos corrían a recibirla..."



Sí,  desasosegaba a los "hombres de palo y adobe", aún rendidos de fatiga. A mí también. Había algo en la noche que excitaba y a la vez oprimía. No podía soportarlo, eché a un lado la manta y vagué hasta el río. Me alejé de la orilla, me desvié por aquellos campos...

"Era increíble: hasta la tierra se estremecía. Literalmente, saltaba". "Pequeñas motas de tierra, como gotas cuando el agua hierve, como golpes repetidos en el silencio nocturno".

Me acerqué. ¡No era tierra, eran ranas!. Decenas de ranas saltando a mi alrededor. "Sí, también las ranas, como los hombres, dejaban atrás el invierno hacia la nueva vida... Desde dentro del fango habían captado la vibración del agua con los nuevos juncos, con los nuevos zapateros movedizos, con las nuevas libélulas a ras de onda". Quizás las cosquillas de las raíces o los empujones de la tierra tirante. ¡Fuera todas!

Y asomaban flacas y pálidas al mundo renacido. "Dilataban la grotesca boca; respiraban el aire a bocanadas; removían los ojos saltones...recordaban los certeros lengüetazos...y los músculos resorte...emprendían la peregrinación...al nuevo universo".

Las acompañé y llegué con ellas hasta el regolfo de la presa y allí las vi "detenerse en éxtasis, fascinadas por las pajuelas de plata derramadas por la delgada hoz de la luna". Se zambullían o esperaban saboreando el momento: tenían alimento y humedad, "la felicidad del estío".



Entonces observé "que una rana se acercaba a otra, lanzando un croar suave, casi dulce, prolongado en apasionada vibración, y que ambas iniciaban giros en danza graciosa, casi grotesca. Otras parejas hicieron lo mismo y aquella orilla se convirtió en corte de trovadores, campo de amor, lecho de abrazos". 

Imaginé que al cabo de unos días aparecerían , en las orillas, innumerables paquetes de huevecillos. Descenderían al fondo y nacerían seres monstruosos,  mitad pez mitad cuadrúpedo, que devorarían larvas e insectos, para alimentar metamorfosis. "Y así hasta el fin del ardor y retorno al fango y al letargo, en el ciclo eterno de las estaciones".


Renacuajo

Olía a fecunda putrefacción y contemplé la curva de la luna. Estuve a punto de rezarle como a una diosa madre "en acto de gracias por las fuerzas vitales que se perpetúan en el amor"

No era necesario, ya lo hacían por mí. "Las gargantas anfibias palpitaban rítmicas. Y el clamor de las ranas renacidas, vibrantes aún de juegos amorosos, repitió el eterno rito de gracias ofrecido a los dioses por las lagunas primigenias". "Roncas, monótonas, destempladas, pero exactas, obsesionantes hasta el vértigo, eran la más auténtica voz para quebrar el letargo invernal del planeta".

"Sí, era el fin del invierno". Avanzábamos por un río menos torturado, el agua había vencido sobre la roca de la sierra. Contemplamos dos cumbres gemelas, me dijeron que eran de la Alcarria. Los gancheros sintieron la emoción de la tierra prometida. Llegamos a la barca entre Morillejo y Carrascosa. Sabrán ustedes de mí. Les saluda:

Roy Shannon, el irlandés.

La que escribe no pudo resistir el hechizo del magnífico concierto batracio que José Luis Sampedro nos ofrece al final del capítulo "Ocentejo". ¡Soberbio! 

No tiene nada que ver, pero recordé este otro, el que acompaña a la canción “We All Stand Together” de Paul McCartney.



Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

miércoles, 25 de junio de 2014

"El río que nos lleva": "Y la luz crepuscular, con su seda violeta, creaba un ambiente de patética melancolía y de renunciación"

Los misterios del sueño me habían conducido hasta allí. "Una ensenada oro y azul", en una isla mediterránea con sus pinos y sus columnas truncadas. Dormí en paz, al fin había llegado a mi Ítaca prometida, donde aguardaba la mujer vestida de niebla, "pura y fantasmal"Paula, se llama Paula, anoche pude oír su nombre.


La luz dorada se tornó grisácea, ¿Dónde estaba mi ninfa? Un frío escarchado me había despertado y mis ojos, incrédulos, contemplaban a un hombre que andaba sobre el río, una visión de resonancias bíblicas. 

“Sí, tranquilamente...avanzando entre los últimos jirones de niebla, creí que todavía soñaba.  Al punto comprendí, el hombre pisaba sobre los troncos flotantes”. 

El río era una enorme tarima y él cruzaba de una orilla a otra, apoyándose en una vara terminada en gancho. Era un ganchero, en el alto Tajo.



Me volví al oír una voz que me decía "¿Se ha dormido, eh? Allí estaba Paula, la cara casi de niña tímida y las manos con rasponazos. Preparó para mí unas humeantes sopas de leche y pan, en un puchero arrimado a un rescoldo; decía que "el americano" le había dicho "de" atenderme. Cuando le contesté que no merecía la pena "de" ocuparse de mí, me recordó  lo que ayer hice por ella. En un impulso contesté: "Pero...Usted es otra cosa".  ¿Se quedaría pensando por qué ella era otra cosa?

Tenía que despedirme, me conmovió su extrañeza tan sincera, tan extraña en una mujer:
 -"¿Quiere irse? ¿Ahora?"

Mostré  mis dudas: 
-"No sé. Quisiera saber lo que tengo que hacer"
-"¿Y no lo sabe?
-Hace meses que nunca lo sé, de verdad.

Me miró, incrédula, casi burlona, me daba un poco de miedo. Me preguntó si estaba enfermo. "Puede", le contesté. Y eso dulcificó su gesto. Me invitó a ver trabajar a los gancheros. Supe que Paula era tan extraña al grupo como yo  y que se alegraban mucho de que hubiera vuelto.

Los gancheros faenaban mandados por el Americano, a a luz del atardecer, junto a una hoz angosta. 

"Su tono era cordial, pero las miradas de los hombres resultaban inquisitivas, bajo aparente indiferencia. Con las cerradas barbas, los pañuelos anudados a la cabeza bajo el sombrero, los ganchos como lanzas y los pantalones atados al tobillo, parecían, a primera vista, jinetes a punto de montar a caballo para una aventura siniestra".  La faena estaba resultando especialmente penosa, el paso de los troncos por "La Escaleruela" era muy difícil. "¡Moler con ella!", como decía el Seco.


Habían construido un castillete de troncos en rampa, sin clavos ni cuerdas. Era fácil acabar en el agua. Y eran pocos, notaban la falta del ganchero que se accidentó en un pie. Y yo me atreví, me ofrecí a echar una mano, ya había probado los ríos...los de Italia, con nieve incluso. El Americano dudaba, me entregó el gancho. Lo demás le animaban, que me ganara las migas, sobraban mirones...Me convertí en un ganchero más, incluso recibí el bautismo en el Jordán...me caí al río. Y tuve que mantener a raya al malicioso Dámaso...


Migas

En cuanto a Paula, los gancheros eran hombres solos y se respiraba la tensión que provocaba una mujer joven y atractiva. El "recadero de amores", con sus ardorosos recados de parte de novias y esposas, la aumentó. Existía un equilibrio inestable, la respetaban, el Americano imponía disciplina pero...decidí ofrecer mi ayuda, la veía tan sola, tan desamparada...como yo:

"Usted arrastra una pena. No sé cuál será, ni quiero saberla si no quiere decírmela. Pero si necesitara algo...Si, por ejemplo, tuviera usted que irse de aquí, y quisiera ir bien acompañada...Sólo busco poder servir alguna vez para salvar a alguien. La acompañaría como un hermano, créame".

La respuesta cortante de ella fue: "No te desvíes de tu camino. Yo no soy mujer para un hombre bueno, para un hombre como tú".

Anhelaba repetir un encuentro como aquel entre la niebla. Fue aquel día, en Huertahernando. Paula había ido con Santiago, el Chepa, a comprar víveres, en la miserable tienda de ultramarinos del pueblo. El Chepa salió a ahuyentar a unos chicos del pueblo que se entretenían en varear al burro Canalejas en las ancas...los angelitos querían comprobar si era un asno gitano.



 La muchacha se quedó sola con un tendero tan sucio como su grasienta tienducha. Cuando fue a pagar, se insinuó groseramente: 

"¡Ay, paloma, y para qué necesitas tú el dinero! ¡Si nos podemos entender muy bien! Ya verás yo...
No te hagas la moza, que una hembra de gancheros bien probada estará"

No tuvo que usar aquellas tijeras que había cogido como arma, Santiago acudió y salvó la situación. Y ni siquiera pagó, todo un hombre el Chepa. Haber cogido el dinero antes...



Después del desagradable incidente, Paula vio una ermita y sintió necesidad de consuelo religioso. Entró sola por el senderillo, la seguían mis ojos imantados por la gracia de sus andares. Oculto entre las sabinas, veía sus facciones contraídas y angustiadas. Cayó de rodillas ante la puerta y pegó la cara a la reja del ventanillo. Me sentía "casi avergonzado de interferir en aquella íntima soledad".


"El sol llegaba a su ocaso y todo el cielo se ponía violeta"



Se sentó en el soportal y me decidí a hacerme visible, al ver su desfallecimiento. Puse como excusa que yo también iba a rezar. Paula consideraba que yo no necesitaba rezar, que yo era muy bueno, que rezar hace falta a los que no tenían remedio, como ella, tan marcada como el Dámaso, el peor de los gancheros. Tuve la osadía de decir:

"Digo que eres muy desgraciada y que no quieres confiarte a a quien te serviría de descanso"

Ella se desentendía de mis palabras, se acariciaba el talón del pie. Se le había roto la alpargata y tenía que arreglársela, ahora que tenía la aguja y los hilos de la tienducha. Quise besar aquellas manos, me lo impidió: "no puede ser".

"El aire estaba de pronto increíblemente inmóvil, como si no existiera.Tampoco el frío. Y la luz crepuscular, con su seda violeta, creaba un ambiente de patética melancolía y de renunciación. Algo parecía en suspenso; algo estaba también a punto. Cualquier milagro podía suceder, como en las historias de la leyenda dorada". 


Leyenda dorada

Y el aire me inspiró palabras extrañas y místicas, no sé por qué las dije:

"Ya sé que no puede ser. Mejor dicho: no es que no pueda ser, es que no es"

No sucedió nada, me dijo que no entendía. El silencio se materializó en una lechuza guardiana de la ermita, el ave de la sabiduría. Expresé mis deseos imposibles: 

"¡Si fuera posible no movernos de aquí, no levantarnos, permanecer por toda la eternidad!

En aquel aire cualquier milagro hubiera podido cuajar, pero no sucedió nada. Emprendimos la marcha monte abajo. Se acercaban las sombras y el frío, apareció una "inmensa luna sangrienta".

Yo me preguntaba si sería ese el milagro: no había sucedido nada. Titiaba una colorilla y Paula recordaba la copla del prisionero al que mataron la avecilla que le cantaba al albor. 



Y yo recordé el de la infanta de Francia que iba sola por el campo con un caballero y él era demasiado formal. Cuando llegaron al palacio del rey, ella se burlaba y decía: "Ríome del caballero y de su gran cobardía: ¡Tener la niña ne le campo y catarle cortesía!"

Ella guardó silencio y me miraba con ojos dolidos. Me arrepentí de mi torpeza y rectifiqué: "Hay otros romances más dulces y que te van mejor". Me contestó con firmeza: "Y a ti también. Tú no eres el Seco". 

Era verdad, eso era lo malo. Le conté lo que me pasó en Italia, en la guerra, con una mujer hambrienta que se vendía a cambio de comida para su hijita. Yo tenía una lata de carne, se la puse en las manos y me marché. Ella me alcanzó y me dijo: "santo, santo". Me dio un fetiche de coral, me decía que daba suerte. Le pregunté qué suerte le había dado a ella, me señaló a la niña y exclamó: "¡está viva!". No consintió que le devolviera el amuleto, lo llevo siempre conmigo.

Ya estábamos junto al río y la luna rielaba sobre los troncos. Recordé como un amigo mío daba la vuelta a la historia: ella quería pan para la niña, hombre para ella y encima sentirse víctima inocente. Yo no lo veía así, pedí opinión a Paula que me dijo:

"Yo nunca buscaría así a un hombre, Royo, estáte seguro".

Se alejó para dar un rodeo y no llegar juntos al campamento. Pensaba si en el cerro habría ocurrido algo todavía no revelado. 

¡Ay, si ella pudiera quererme! 

Roy Shannon, el irlandés ganchero y ex combatiente.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino