miércoles, 1 de octubre de 2014

"De las razones que pasaron entre don Álvaro Tarfe y don Quijote sobre cena" (2)


Hablando del Quijote, maguer apócrifo, ahí va la viñeta de Forges del domingo 28 de septiembre de 2014. Me viene de molde o ¿es aprovechar que el Ebro pasa por Zaragoza?


Comentario  a la segunda mitad del segundo capítulo del Quijote de Avellaneda, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. 

-Aquí está otra vez, lo mismo que la semana pasada y la anterior.




-Salúdole de nuevo, mi señor Alisolán. Colijo, jopé qué verbo, que el motivo de su visita no es otro que proseguir con el segundo capítulo del Quijote de don Alonso Fernández de Avellaneda, tan denostado como rico en valores literarios. 

-Alá sea clemente y misericordioso con vuesa merced, por su benevolencia con el libro del que me precio ser su humilde cronista, que no autor. Sea como voacé desea y prosigamos. Hoy opto porque seáis vos la introductora. Señora María Ángeles, ese dibujo que coloca usted en la cabecera nos viene de molde porque mi don Quijote se decide ahora a emprender un camino dificultoso. Estábamos con las cartas.

-Sea ansí. ¡Jopé, qué cartas!

Estábamos en si tenía o no tenía razón don Quijote de quejarse de inaudita y tamaña ingratitud. El granadino lo ha de colegir tras la lectura de la carta. 



-Por ahí hablan de quejas. ¡Aquellas " quejas santas" de mi señor don Quijote en Sierra Morena! Versos escritos en la corteza de los árboles y en la arena "todos acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea".  






Otra vez la señora del ingenio denominado ordenador , dialogando con el mentecato de Alisolán. ¿De qué carta hablan ? Óigolo y mantengo la boca cerrada, será mejor estrategia. Desta manera no hablarán en voz baja ni manipularán la máquina.

-Perdone, sabio Alisolán, vuesa mercé me dirá si he entendido bien la alambicada carta a la infanta Dulcinea del Toboso, “una de las más altas fembras que entre las reinas de alta guisa fallar se puede”, la “bella ingrata”, la “dulce enemiga”. Una de cal y otra de arena porque el caballero no ha de ensañarse, ni tomar venganza contra una dama sandía que responde a sus cuitas con un enojoso reproche. ¿Considera, acaso, Dulcinea que no se esfuerza lo suficiente en “desfacer tuertos”?

Maguer envuelto en sangre de jayanes, que en las batallas se pone uno perdido, cede “el pensamiento sin polilla está además ledo y tiene remebranza que está preso por…”. 

Me pongo con la traducción, dice algo así como que somete su pensamiento, alegre y no agujereado por la polilla destructora, al recordar que está preso por una de las más altas fembras…Señor, señor. Empero, lo que ahora le pide es el perdón, si ha incurrido en desmesuranza, que errores por amar son muy dignos de perdonar. Y se lo ruega de rodillas ante “vuestro imperial acatamiento”. ¡De infanta a reina y de reina a emperadora!



Una bella emperadora. La emperatriz Isabel, pintada por Tiziano.




-Vuestra versión es verdadera, señora mía. Sigamos con el capítulo. ¿Hay alguien ahí?

- ¡Valiente carta! Mi don Quijote nunca hubiera escrito una carta desa guisa, ridícula, retorcida, incomprensible. El lector non podrá sino comparar con aquella que escribió en su libro de memoria, desde Sierra Morena:

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto; que, con acaba mi vida, habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.

Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura.

Un don Quijote " ferido de punta de ausencia" y "llagado de las telas del corazón" frente a otro "envuelto en sangre de jayanes", con el "pensamiento sin polilla", qué vulgaridad. No son el mismo personaje, proclamo. Siguen dialogando, abro mis oídos: 

-Me había parecido oír la voz de Hamete, mas no. Sigamos con don Álvaro que reíase y burlábase y comparaba maliciosamente la misiva con la que el rey Sancho de León escribiría, una suposición, a Jimena, la mujer del Mío Cid, en ausencia del marido. Espantábanle, además, los vocablos por antiguos, considerábalos como caídos en desuso, si no era en comedias.

Don Quijote protestó, si imitaba a los antiguos en la fortaleza, también los quería imitar en palabras. Acaso le disguste la alusión a la infidelidad.


Fortaleza de los antiguos

Don Álvaro vio contradictorio que don Quijote deseara fortaleza y, al mismo tiempo, firmase como Caballero de la Triste Figura. Sancho se adelantó, el nombre fue por consejo suyo y era la cosa más verdadera. 

Don Quijote precisó que la ausencia de Dulcinea le causaba tanta tristeza que non podía alegrarse, a imitación de otros caballeros andantes…no era por lo que decía el necio del escudero.



Don Tarfe no daba tregua a su curiosidad. ¿Y lo de llamarse don Quijote? 

El hidalgo diole la explicación, fue porque se llamaba Quijada y de ahí extrajo lo de don Quijote.

-En eso dice verdad, que quiso ponerse nombre y se vino a llamar don Quijote, de donde "tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir".

-Otra vez me ha parecido oír la voz de mi hermano en Alá, Cide Hamete...

-...Y a Martín Quijada iba dirigida la carta respuesta que le envió Dulcinea, “aquella enemiga de su libertad”. Suplicaba al granadino que la oyese. 

-¿Martín? Don Alonso Quijano el Bueno.

-Lea la misiva, mi señora, que no precisa traducción:

-Léola: “El portador desta había de ser un hermano mío para darle la respuesta en las costillas con un gentil garrote. ¿No sabe lo que le digo, señor Quijada? Que por el siglo de mi madre, que si otra vez me escribe de emperatriz o reina, poniéndome nombres burlescos, como es «A la infanta manchega Dulcinea del Toboso», y otros semejantes que me suele escribir, que tengo de hacer que se le acuerde. Mi nombre proprio es Aldonza Lorenzo o Nogales, por mar y por tierra."



¡Qué mujer más brava! El señor Quijada por esta vez se libra de un garrotazo atizado por un hermano de la del Toboso. Pero que no vuelva a llamarla reina ni emperatriz, que se acordará...Y don Quijote se preguntaba si habrá caballero andante “que pueda sin morir tolerar semejantes razones”.

-Sancho Panza interrumpió y dijo…


-Perdone que le interrumpa yo, sabio Alisolán. Pero lo que viene a continuación, lo que dice Sancho que haría con Dulcinea, no es gracioso sino brutal. Como resultado de la fuerza aplicada, la había de "her peer por ingeño", o sea que Aldonza no podría evitar soltar pedos. Y no se escaparía, a pesar de su condición de moza forzuda.  

Opinaba que su amo se mostraba como muy blando y lo que debería hacer era enviarle "media docena de coces dentro una carta, para que se la depositasen en la barriga". Constituiría el mejor remedio para una mujer "repostona", es decir "respondona".  Episodio de maltrato que no es grato de leer, aunque sea de otra época y mentalidad. ¿Era habitual cocear a una mujer por responder? El escritor esconde un punto de misógino y abusa de la escatología, demasiada caca en este libro.

-Ya me explicará voacé, en otro momento, qué cosa es un misógino; aunque pienso que es lícito castigar a la hembra lenguaraz. Y de qué trata la ciencia que vos llamáis escatología. En cuanto a los excrementos y ventosidades, acuda a usted a novelas desas que llaman picarescas.

-Oígo alguna cosa de novelas picarescas y su afición a asuntos escatológicos. No, sino en mi Quijote, el del gran Miguel de Cervantes. Nadie supo narrar una defecación con más elegancia. Sancho se asustó por el ruido de los batanes y...:



"En esto parece ser, o que el frío de la mañana que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese una cosa natural (que es lo que más se debe creer) a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no podía hacer...Tras esto alzó la camisa lo mejor que pudo, y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto (que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terible aprieto y angustia) le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció, que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero con todas estas diligencias fué tan desdichado, que al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo Don Quijote, y dijo: ¿Qué rumor es ése, Sancho?"

A Don Álvaro le placía el entretenimiento, lo juzgaba digno del rey de España; mas era prudente acostarse, que al día siguiente madrugaría más que el sol.



Mientras don Quijote salía por unas peras en conserva y algo de vino, para regalar a su huésped; Sancho Panza descalzaba las botas al huésped . Y , mientras tiraba, entretenía a don Álvaro con sus gracias: que si su padre tenía don porque era zapatero remendón y que murió de sabañones...porque cada uno se muere de lo que le place morirse. 

-Este Sancho es un gracioso muy rudo, el de Cervantes es más irónico y sabio, a su manera.

- Para gustos, no hay disputas, señora mía. El noble granadino no comerá las peras porque era fiel al aforismo de Avicena o Galeno que decía que "lo crudo sobre lo indigesto engendra enfermedad". Sancho comentaría, glotón, que "aunque ese Azucena o Galena,... me dijese más latines que tiene todo el a, b, c, así dejase yo de comer, habiéndolo a mano, como de escupir". 


Consiguió que don Álvaro le ofreciese una de las frutas. Y añadió con picardía: "estas cosas dulces, siendo pocas, me hacen mal; aunque es verdad que cuando son en cantidad me hacen grandísimo provecho". Con todo la comió, una sola...



-Este Sancho es todavía más comilón que el de Cervantes. Bueno, ya se van a acostar, suben arriba, no se puede subir abajo; y  ya puestos en una misma cama, don Quijote tiene algo importante que decir a un escudero "redondo como una chueca". Los bostezos menudeaban pero allá iba el discurso.




-Un discurso sermón en torno a la ociosidad, "madre y principio de todos los vicios". Que el diablo vence a los ociosos porque es como el cazador que no tira a las aves mientras las ve volando. Y le puso ese ejemplo porque había algunos meses que estaban ociosos y no cumplían con el orden de caballería que don Quijote recibió y Sancho prometió como escudero. Urgía volver a su militar ejercicio, para servir a Dios y al mundo, desterrando jayanes y gigantes que hacían tuertos a caballeros menesterosos y doncellas afligidas. No les fuera a ocurrir como al personaje bíblico que enterró sus talentos...Ganarían honra y fama, adquirirían mil reinos y provincias, serían ricos y enriquecerían a su patria. 

-¡Y no habla de ínsulas! ¡Falso, falso!

Sancho se hacía rogar. Le contestó que no quería, que no le metiera en el caletre esos guerreamientos. Y realizaba balance de las pérdidas en la anterior salida: perdió su rucio y jamás cumplió lo prometido de ver a su mujer almiranta y a sus hijos infantes.

-Y, más adelante, se dice que Sancho no tiene hijos. ¿Cómo van a ser infantes? ¿Dónde para Sanchico? ¿Y Sanchica?

 Que él veía a su Mari Gutiérrez en el mismo estado de hacía un año. 

-¿Mari Gutiérrez Teresa Panza? No digo más, que en esto mi señor don Miguel sí hubo algo de culpa. 

Y , fuera deso, si el cura, el licenciado Pero Pérez, supiera que querían volver a sus caballerías, metería a don Quijote en "Domus Getro", como dicen a la cárcel, encadenado unos seis o siete meses. Lo que pedía era que le dejara dormir.

-La parábola de los talentos y la ironía de la casa de Jetró... Estaba muy puesto en temas bíblicos el señor Avellaneda...¿Era cura o fraile?
-Mi señora, no me corresponde darle la información, juzgue voacé, que es mujer de libros.

Continuemos. Don Quijote le decía que no iba a ser como la otra vez, que le compraría un asno mejor que el que hurtó Ginesillo. Irían con mejor orden, con dineros, provisiones y maleta con ropa; que ya echaron de ver que todo eso era muy necesario, en aquellos malditos castillos encantados.
Sancho se rindió, respondió que, pagándole cada mes su trabajo, iría de muy buena gana.

-En realidad, estaba deseando, pienso yo, se le notaban las ganas ya en el primer capítulo. Y, don Quijote, una vez oída la resolución de Sancho, alegre, volvió a su tema favorito: la inhumana y cruel Dulcinea, contraria a sus deseos. Querría probar a imitar al Caballero del Febo, el cual dejó a Claridana y a otros que buscaron nuevo amor. Buscará un nuevo amor, a ver si halla mejor fe y mayor correspondencia. ¡Esto sí es novedad!
-¿Una mujer que no sea Dulcinea? ¿Un nuevo amor? ¿Qué don Quijote es éste? Alisolán, mentecato...¿qué crónicas son las tuyas?



Y Sancho quería dormir, daba la razón a su amo para que callara; que era muy bien hacer tuertos a los "jayanazos", grandísimos bellacos, que creía cuanto dijere y pensara decir todos los días de su vida.

-Don Quijote, por fin, cedió a dejarle dormir. Él no dormiría mientras no diere fin y cabo a las honradas Justas, ganando las joyas de más importancia que hubiere. Habría de trazar con la imaginación lo que tendría que poner en efecto.

En fin, se le pasó el resto de la noche haciendo quimeras. Ya hablaba con los caballeros, ya con los jueces de las justas, ya saludando
"a una dama hermosísima y ricamente aderezada, a quien presentaba desdel caballo con la punta de la lanza una rica joya". Se quedó adormido con sus desvanecimientos.
-Continuaremos, sabio Alisolán. Hoy no nos ha visitado Cide Hamete.

-¿Está voacé segura? Sospecho que ha optado por el silencio, mas permanece atento a nuestro diálogo.

-Será como vos decís. Hasta la semana próxima.

-Salúdoles. Si...lencio.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino



Alisolán habla en azul.
Cide Hamete habla en verde.
María Ángeles habla en negro.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

"De las razones que pasaron entre don Álvaro Tarfe y don Quijote sobre cena" (1)


Comentario  al segundo capítulo del Quijote de Avellaneda, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. 

Abro una entrada nueva y busco una imagen para el  medieval "amor cortés". Comienzo a escribir y , en la pantalla, me saluda el sabio moderno y verdadero de la semana pasada, vestido a la usanza morisca. 



-Salam Aleikum, mi señora.

-Aleikum Salam, sabio Alisolán.¡ Seáis bienvenidos a este humilde  rincón de los canalículos digitales! Maguer nos interrumpa la presencia airada del cronista cervantino Cide Hamete, ruégole continúe con el capítulo segundo, en extracto, para alborozo de estudiantes rastreadores de comentarios librescos. Y para disfrute y deleite de mis amigos, los visitantes de este blog.

-Sus deseos son órdenes, mi señora, buena amiga de don Quijote, sea cual sea el cronista. Ruégole que su devoción por San Cervantes no le nuble el entendimiento y le impida valorar en sí mismo a este que califican de "apócrifo".




-Así sea, escuchóle y solicitole un respeto hacia mis santos, Avellane...sabio Alisolán.

-En el primer capítulo, el viejo hidalgo presentaba síntomas de desvanecimiento caballeresco. Porque Sancho se ocupó de  refrescarle alguna de sus amadas lecturas y Don Álvaro va y le habla de justas y de amores corteses y de  damas chicas. Avivado el fuego,  ya no se resignará a pasar setecientos años en compañía de piadosos libros.

Ahora don Quijote tiene un negocio importante para tratar con un huésped  hábil "en todas materias". Veamos si lo descubrimos en el segundo capítulo titulado:
Al parecer la cena no fue tan chica como la dama que ocupaba el corazón de Álvaro Tarfe. Don Quijote le dio razonablemente de cenar, no faltarían los palominos y el ama los aderezaría convenientemente. 

-¿Palominos? ¡Son para los domingos! ¡Y pocos! "Algún palomino de añadidura los domingos" escribe don Miguel. ¿Y qué ama los ha de aderezar? ¡En su cocina no entran viejas espías! 


-Ahí está Cide Hamete, cide Alisolán, hablemos en voz muy baja y, tal vez así, no nos interrumpa. Acabo de recibir un mensaje de uno de mis secundarios cervantinos, dice saber de buena tinta que Hamete está bastante sordo.

-Se hará ansí, como vos decís. Digo que levantaron los manteles y el huésped le manifestó su extrañeza. Porque Don Quijote no parecía el mismo que conoció en la plaza del pueblo; absorto, apenas acertaba a dar una respuesta coherente a lo que le planteaba, en la conversación. Preguntole si acaso era casado y respondiole que Rocinante era el mejor caballo cordobés. 

Sin duda, algo atormentaba al hidalgo y el invitado le suplicó se sirviera comunicarle su sentimiento, para aliviarse algún tanto y por si estaba en su mano poderlo remediar.

Don Quijote agradeció la buena voluntad del granadino, mas su imaginación no había quedado suspensa y asaltada por gigantes, princesas encantadas, serpientes, endriagos y demás fauna; aunque fuera fuerza en quienes "profesamos el orden de caballería y nos hemos visto en tanta multitud de peligros". 



Cuadro de la quijotesca pintora Ana Queral

-Nadie le ha dicho nada de imaginaciones suspensas, ni de gigantes, princesas ni bicharracos fantásticos. Todo se lo dice él.

-"Maravillóse mucho don Álvaro Tarfe de tales y comenzó a tenerle por hombre que le faltaba algún poco de juicio". Y, para enterarse, le preguntó por la causa que le afligía.
"El hijo de Venus" tenía herido con su afilada saeta, a don Quijote. Nadie le podía ayudar, la ayuda solo podía darla la  "bella e ingrata Dulcinea". 

-  Y, al final, en la derrota, nos hizo saber que "Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo..." 


-Hable bajo, sabio Alisolán, que el Cide ha oído algo y nos está recordando el origen de Dulcinea. No le irrite su mercé, haya paz...siga.

-Don Quijote deseaba que su huésped entendiera que su camino era el mismo de la caballería andantesca, "imitando en obras y en amores a aquellos valerosos y primitivos caballeros andantes". Que Amadís, Belianís, Esplandián, Palmerín...fueron el espejo en que se miraba.

- "Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar-que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás,barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, yque si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula..."




 -¡Chiss! ¡Que le ha debido oír lo de los espejos en que se miraba don Quijote! 

-Decía, señora mía, que don Álvaro quedó maravillado de tan loca enfermedad y "quiso enterarse cumplidamente della". Admirose y no poco de un hombre enamorado flaco, seco y viejo, que pasaba de los cuarenta y cinco; dado el trabajoso camino  por donde camina el amor: malas noches, aguas y nieves.


Bien lo sabía el Tarfe, que picado de la curiosidad, preguntaba si era de aquí o forastera. Y bien le tiraba de la lengua cuando apuntaba que no  sería menos bella que las bellas de la antigüedad: Diana, Policena, Dido...

Hermosa, llena de gracia, pero más fiera y cruel que Medea. Así la veía el caballero andante, quisiera Dios "que con el tiempo, que todas las cosas muda, trueque su corazón diamantino y, con las nuevas que de mí y mis invencibles fazañas terná, se molifique y sujete a mis no menos importunos que justos ruegos".

-¡Qué Dulcinea más fiera! 

-Fiera y todo, don Quijote de la Mancha la proclamaba como "princesa Dulcinea del Toboso".

Don Álvaro quiso reírse de muy buena gana, pero disimuló, no quería enojarlo. Le dijo, con cautela, que nunca oyó nombrar tal princesa, ni la hay en toda la Mancha, que podría ser un sobrenombre.

Don Quijote replicó, no todos saben todas las cosas, pero él haría que su nombre fuera  conocido en los reinos más distantes. Por ella hizo en su servicio heroicas hazañas, mas ella se mostró como "leona de África" o "tigre de Hircania"; respondiendo a los papeles que le envíaba "con desabrimiento y despego". 



El caballero andante escribió arengas más largas que las de Catilina, poesías más heroicas que Homero y más tiernas que las de Petrarca a Laura, "con más agradables episodios que Lope de Vega a Filis, Celia, Lucinda, ni a las demás que tan divinamente ha celebrado".

-Vuesa merce, señor Avellaneda, no pierde ocasión de alabar a don Lope de Vega. Buen poeta, a quien no le faltaron mujeres que celebrar, por cierto. 


Lope de Vega 

-El admirado Fénix de los Ingenios. Solo soy un humilde admirador y no soy Avellaneda, soy su cronista Alisolán. Que, por cierto, su Cervantes, manifestó admirar también:

Y, para que don Álvaro viera ser verdad lo de los escritos, quiso mostrarle dos cartas: una que escribió y envió con el escudero Sancho y otra con respuesta della. El caballero granadino se hacía cruces de ver la locura del huésped. 

Al ruido de abrir los cajones del escritorio, acudió Sancho Panza, con la barriga harto llena de los relieves de la cena. "Y, como don Quijote se asentó con las dos cartas en la mano, él se puso repantigado tras las espaldas de su silla para gustar un poco de la conversación". Su amo deseaba que estuviese cerca, como testigo del "inhumano rigor" de Dulcinea.



Sancho dio una pintura muy diferente de "Aldonza Lorenzo",  que así se llamaba en verdad, como constaba en la primera parte desta historia. Se lo tenía dicho, se preguntaba si había de andar su señor yendo de caballerías, con penitencias, calabazadas y sin comer por una...No dijo el calificativo y se puso a soltar refranes, uno detrás de otro, hasta que se le mandó callar. 

Mas, con todo, el escudero siguió con su versión. La muy "zurrada" estaba, "la muy puerca", "hinchendo un serón de basura con una pala". Dijole que traía una carta de su señor y respondiole arrojándole una gran palada de estiércol. 


-¿Hinchendo basura? ¿Qué embustes suelta el villano? Ahechando trigo candeal es una imagen más hermosa, aunque sea también falsa. Mas yo no conozco a ese Sancho, tan mal hablado y que maltrata ansí a Aldonza Dulcinea. Zurrada y puerca, mi  don Miguel de Cervantes non podrá sufrir tamaño desatino; cogerá la pluma y, si hay que enmendar capítulos enteros, se enmiendan. Que no había péndola más ágil en todo el reino.

¡Don Álvaro Tarfe! Vos no visteis jamás al verdadero don Quijote de la Mancha, vos...



-He de suprimir la voz del ingenio llamado ordenador, así no oiremos los improperios. Escriba voacé  como fizo el último día. 

-Don Álvaro non ha de espantarse, añade Sancho, a fe que han recibido caballero y escudero, de garrotazos más de cuatro veces, por amor della, en las aventuras o desventuras pasadas.

-¡Álvaro Tarfe! Imploro al verdadero, al cual...

- Escribo que a don Quijote le disgustaba tal comentario y amenazó con molerle las costillas. Así lo hiciera si el Tarfe no le tuviera el brazo y le hiciera sentar. El enamorado caballero abrió la carta, para que su huésped la conociera, junto a la respuesta della. Así razonaría el granadino si tenía razón el viejo hidalgo de quejarse de ingratitud. Había de disimular la risa...

Seguiremos con las cartas, y no hemos terminado el segundo capítulo. Pensaremos en como eludir las interrupciones de Cide Hamete, aunque yo esté más de su parte, ya me conocéis. Nada, no he dicho nada, sabio Alisolán. Que Alá le acompañe, me ha resultado asaz grato su relato. 




Un abrazo de:

María Ángeles Merino
Alisolán habla en azul.
Cide Hamete habla en verde.
María Ángeles habla en negro.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Cuenta el sabio Alisolán como volvió don Quijote a sus desvanecimientos de caballero andante.






 ¿Alisolán?  ¿Dónde está el cronista Cide Hamete?¡A mí los personajes quijotescos y cervantinos! ¡Ya! ¡Que acuda alguno en mi ayuda como lo hicieron en el pasado!



Mi ordenador es mágico y está aleccionado. En la pantalla surge una ventana y, en ella, un hombre vestido a la usanza mora. Me saluda y dialogo con él,  lo cual no me produce sobresalto alguno, me parece natural. Tal vez don Quijote no sea aquí el único loco, o el único que comete la locura de hacerse el loco.


¿Alisolán en la pantalla?

-Salam Aleikum, mi señora.

-Aleikum Salam, disculpe mi quijotesca curiosidad ¿Su merced es acaso Cide Hamete Benengeli, el cronista morisco que recogió la verdadera historia de don Quijote de la Mancha, escrita por don Miguel de Cervantes?

-No, mi señora. Mi creador llamome Alisolán. Y soy sabio, moderno y verdadero. Al menos, eso escribió un día, péndola en mano y tintero en ristre, el que firmó Alonso Fernández de Avellaneda. 

-Ya, Alonso y avellanado, como don Quijote. ¿Y quién fue tan osado escritor? ¿Me revelaría su mercé uno de los mayores misterios de la literatura española? Cuente, cuente, abro mis oídos más que un oidor.



-No, siento desilusionarla. No me está permitido el acceso a la nube del recuerdo do habitan los escritores de las obras principales. Solo soy un personaje, ni siquiera alcanzo tal categoría, me citan como fuente y no sirvo para nada más. 

Solo oso adentrarme en la nube del recuerdo do habitan los personajes del Quijote que llaman apócrifo. Porque si me acerco a la nube cervantina, me llueven terribles insultos. En cierta ocasión, atacome el gigante Caraculiambro, qué bruto, el de la ínsula Malindrania. 



Algunos personajes compañeros me comentaron que, en un rincón del limbo de los escritores, el destinado a Fernández de Avellaneda, habitaba un escritor de primera línea y se podía oír su voz. No se ponían de acuerdo: Quevedo, Tirso de Molina, Ruiz de Alarcón, Cristóbal Suárez de Figueroa, el mismo Cervantes, disparates...Incluso había quien aseguraba que no se oía una voz sino varias. Y que sobresalía la del gran Lope de Vega, como si  dirigiera una jocosa tertulia. Al parecer, se oían grandes risotadas. 




-¿Risas en el limbo de los escritores principales? ¿No se reirían, los malandrines, de don Miguel de Cervantes?

-No, bueno sí...Esto...no he dicho nada. Habladurías, rumores, lenguas viperinas, nada, nada.

-Dejémoslo. No se vaya, ya que está aquí, cuénteme el primer capítulo. Lo leí pero me gustaría oírlo de su boca. Resumidito y así puede servir a los estudiantes. 






La pantalla parpadea y se oye una voz de trueno que clama:

-¿Argemesilla? ¡Tales son las palabras del mentecato de mi mesma nación! El escritor Cervantes non quiso acordarse del lugar de la Mancha donde vivía don Alonso, lo saben incluso los que jamás leyeron el libro. ¡Argemesilla! Non conozco tal lugar, Argamasilla tal vez.

¿Justas en Zaragoza? Sansón Carrasco le aconsejó comenzar la jornada yendo al reino de Aragón y a las  solemnes justas de San Jorge en Zaragoza. Mas el caballero andante non había de  pisar la susodicha ciudad, que siguió un extraño itinerario, pardiez. Su aldea, el Toboso, el Ebro y, por último, Barcelona, do fue derrotado. Yo seguía fiables  fuentes, para que don Miguel insuflara vida a mis concisas palabras de cronista. 




-¿Sabe voacé quién habla, señor Alisolán?

-Disculpe a Cide Hamete Benengeli, cronista arábigo, autor del documento que don Miguel de Cervantes encontró entre los papelotes que vendía, a peso, un sedero, en el Alcaná de Toledo, del cual se sirvió para trazar su historia. ¡Ya ve voacé las fuentes! Benengeli no ceja en su empeño de contradecirme y porfiar que mi relato es apócrifo. Y proclama que la tercera salida es más falsa que Judas y fruto de los ávidos deseos de Avellaneda de robar la gloria al siñor Cervantes. Me persigue y me corrige en voz alta, mas no osa dar la cara. Sigo dando cuenta del capítulo a vuesa merced. Confío en que me lo permita el Cide Berenjena.

Comienzo con don Quijote cuando fue llevado a su lugar en una jaula, por el cura Pedro y el barbero Nicolás  y la hermosa Dorotea.





-¿La hermosa Dorotea? La hermosa habíase despedido en la venta y no hubo de acompañarlo.

-¿Otra vez Hamete? ¿No puede hacer algo su merced para callarlo? Porque nos darán las uvas si sigue con sus objeciones.

-Puedo forzar este ingenio donde escribo, el ordenador, para que no se oiga cosa alguna. Mas vuesa merced habrá de escribírmelo aquí. 

Le entrego unos folios, pasa la mano por el papel, le agrada su textura. 

Le muestro como funciona el bolígrafo, no hay que mojar en un tintero, se queda asombrado.

Fuérzolo, digo, apago el volumen. Escriba su mercé, en castellano, que no en arabigo.

Así lo hizo y el moro Alisolán escribió lo que sigue:

-Don Quijote "fue metido en un aposento con una muy gruesa y pesada cadena al pie, adonde, no con pequeño regalo de pistos y cosas conservativas y sustanciales, le volvieron poco a poco a su natural juicio".

Leo las dos últimas líneas escritas y le digo que no recuerdo lo de la cadena y que lo de los pistos y cosas conservativas le fueron administrados por el ama y la sobrina.

El sabio Alisolan muestra su enfado y me pide que no sea yo la que malmete, ahora que Cide Hamete permanece callado. Le prometo guardar silencio. Se sosiega y toma de nuevo la pluma:


Pasados unos días, con la firme intención de no volver a los desvanecimientos caballerescos, pidió a su sobrina Madalena que le buscase algún libro en que poder entretener los setecientos años que él pensaba estar en aquel encantamiento. El cura y el barbero aconsejaron le diera un "Flos santorum", vidas de santos, y otros libros de piedad. Así lo fizo y, olvidado de las quimeras de los caballeros andantes, fue reducido a su antiguo juicio. 

-Lo de los setecientos años debería haberles dado una pista de su verdadero estado. ¿No le parece cide Alisolán?


-Tal vez, mi señora, le ruego por Alá tenga a bien no interrumpirme, pese a su femenina condición.

-Me muerdo la lengua y le permito que prosiga.

Ya todos los vecinos del lugar pensaban que estaba sano, tanta atención ponía en la misa. Ya no le llamaban don Quijote, sino señor Martin Quijada. Aunque, en su ausencia, se regocijaban con el recuerdo de algunas de sus aventuras de la primera parte de su historia, en especial lo de liberar a los galeotes o lo de la penitencia en Sierra Morena.

Sucedió que la sobrina murió de una calentura. El hidalgo quedó solo y desconsolado, "pero el cura le dio una harto devota vieja y buena cristiana" para las labores de casa y para que diese aviso de todo lo que don Quijote hacía, por ver si volvía a sus desvanecimientos caballerescos.




No puedo más y expreso mi sorpresa. 

¿Madalena? ¡Antonia Quijana! ¿Muerta? Viva y bien viva, que acompañó a su tío en sus últimos días. 

¿Esa devota espía, vieja y buena cristiana era el ama? ¿Qué pasó con la antigua ama, la del primer capítulo, la que pasaba de los cuarenta y abrasó los libros? Pido perdón y cierro la boca, ante el gesto de desagrado del sabio cronista Alisolán que sigue escribiendo.

Sucedió que un día de mucho calor, a la hora de la siesta, recibió el señor Quijada la visita de Sancho Panza; el cual, al verlo leyendo el Flos Sanctorum, preguntó si era un libro de caballerías, como aquellas que anduvieron “tan neciamente el otro año”. El escudero no olvidaba lo del hurto de su rucio y lo del cargo prometido. Al final, no fue ni “ni rey ni roque”, un trabajo en vano.

Don Quijote le dijo que no leía libro de caballerías, puesto que no tenía ninguno. Y le mostró el “Flos sanctorum”, al que calificó como muy bueno. Preguntó Sancho si ese Flas era algún gigante de los que se tornaban molinos. Su amo le explicó que trataba de vida de santos, como San Lorenzo asado vivo, San Bartolomé desollado o Santa Catalina pasada por la rueda de las navajas. Le pidíó que se sentara, que iba a leerle la vida del santo del día, San Bernardo.

Santa Catalina de Alejandría y su rueda

Sancho no se dejaría quitar de buena gana el pellejo ni asar en parrilla y preguntó si vivo asaron a San Lorenzo y despellejaron a San Bartolomé. Como don Quijote le respondiera que así era, Sancho se dolió de los escozores y manifestó vivamente su escasa vocación de santo; aceptaría lo de rezar de rodillas y ayunar, eso sí, acompañado de tres comidas diarias.

San Lorenzo con su parrilla.

Don Quijote le dijo que los santos lo sufrían todo valerosamente para ganar el reino de los cielos. Sancho Panza recordó, en ese momento, lo sufrido “para ganar el reino micónico”. Pidió a su amo que le leyera la vida de San Bernardo, resignado a volverse santo andante. 

Al llegar aquí se me escapa: ¡Este Avellaneda era algo beaturrón! La mirada torva de Alisolán me para en seco. Sigue:

Acabando don Quijote de leerla, le pidió opinión. Contestó: “a fé…que era santo de chapa”. Le parecía muy bien que su amo imitara al santo; pero había de pedirle algo muy terrenal: que le ayudara si le viera en algún peligro, como aquella vez que lo mantearon.


Sancho Panza manteado en versión infantil y escolar

Sancho Panza no deseaba hablar más de santos y le contó lo que el hijo de un tal Pedro Alonso, les leyó de un libro “lindo a las mil maravillas”, durante dos horas:



“...un hombre armado en su caballo con una espada más ancha que esta mano, desenvainada, y da en una peña un golpe tal, que la parte por medio de un terrible porrazo, y por la cortadura sale una serpiente, y él le corta la cabeza”.


Cuadro de la quijotesca pintora Ana Queral. 

¿Cómo se llama? preguntó don Quijote. Mas no hubo que responderle, que adivinó con presteza que trataba del valerosísimo  "Don Florisbián de Candaria" y de otros no menos valientes, de sonoros nombres que el viejo hidalgo recordaba y pronunciaba con entusiasmo: Almiral, Blastrodas, Maleorte...Al parecer, el muchacho se la hurtó el año pasado, Sancho se ofreció para recuperarla, que aunque no sabía leer, se regocijaba con tamaños porrazos y cuchilladas. Se la había de traer, "que no lo sepa el cura ni otra persona".


"Fuese Sancho, y quedó el buen hidalgo levantada la mollera con el nuevo refresco que Sancho le trajo a la memoria de las desvanecidas caballerías", Cerró el libro, comenzó a pasearse por el aposento, con la mente ocupada en "terribles quimeras".



Cuadro quijotesco de la quijotesca Ana Queral.

Al llegar aquí, Alisolán se emociona y se metamorfosea en don Quijote ¿Y quién más quijotesco que Alisolán, digo...Alonso Fernández de Avellaneda? Porque este moro parece también de chapa y pintura.

Aquella tarde, después de oír las vísperas, se juntó en un corrillo de la plaza, formado por los alcaldes, el cura y la demás gente de cuenta del lugar. "En este punto vieron entrar por la calle principal en la plaza cuatro hombres principales a caballo, con sus criados y pajes, y doce lacayos que traían doce caballos de diestro ricamente enjaezados".

Las palabras del cura sometieron a don Quijote a otra vuelta de tuerca:

"... si esta gente viniera por aquí hoy hace seis meses que a vuesa merced le pareciera una de las más estrañas y peligrosas aventuras que en sus libros de caballerías había jamás oído ni visto; y que imaginara vuesa merced que estos caballeros llevarían alguna princesa de alta guisa forzada; y que aquellos que ahora se apean eran cuatro descomunales gigantes, señores del castillo de Bramiforán el encantador".



Don Quijote le aseguró que todo eso era ya agua pasada; mas debían llegarse a ellos a saber quiénes eran, que su traje mostraba ser gente principal, tal vez fueran a la Corte, a importantes negocios. 

Todos le hicieron la debida cortesía y el cura tomó la palabra para disculparse por no disponer el pueblo de mesón ni posada; aunque procurarían les diesen el mejor recado que se pudiere. El que parecía más principal agradeció la buena voluntad mostrada. Eran caballeros granadinos que iban a Zaragoza a unas justas, para alcanzar en ellas "alguna honra". Venían fatigados y pasarían la noche en el pueblo, aunque hubieran de dormir sobre los poyos de la iglesia, con licencia del señor cura.

Uno de los alcaldes, hombre rústico que no sabía de razones cortesanas, les dijo que estaban acostumbrados a dar hospedaje a soldados fanfarrones, no tan bien hablados ni tan agradecidos. Y añadió que gastaban en ello noventa maravedís cada año.

El cura no quiso que el alcalde siguiera hablando y atajó. Repartió el alojamiento entre él mismo, los dos alcaldes y don Quijote; el cual manifestó que era muy dichoso de servir en su casa al caballero adjudicado. El aludido se tenía por afortunado en recibir merced de quien tan buenas palabras gastaba, que las obras serían también buenas.

El viejo hidalgo se fue a casa con su huésped, mandó a su vieja ama que aderezase algunas aves para cenar, ya sabe voacé que no faltaban palominos en su mesa...Asimismo, hizo llamar a Sancho Panza para que ayudase y el escudero acudió de muy buen grado.

Don Quijote y el caballero esperaban la cena paseando por el patio. Le preguntó don Alonso la causa que le habían movido a venir de tantas leguas a aquellas justas y como se llamaba. A lo cual respondió el caballero que se llamaba don Álvaro Tarfe y descendía del antiguo linaje de los moros Tarfes de Granada. La causa de tan largo viaje era "el mandado de un serafín en hábito de mujer".  La reina de su voluntad le había mandado que partiese para las justas de Zaragoza y le trajese "algunas de las ricas joyas y preseas" que allí se darían en premio a los vencedores. 



Don Quijote le suplicó le diera cuenta de la dama: edad, hermosura, nombre suyo y de sus padres. Así lo hizo, salvo lo del nombre que no había de pronunciar por respeto. Dieciséis años, tan hermosa que no había en toda Andalucia criatura más bella. Blanca como el sol, mejillas de rosas, dientes de marfil, labios de coral, cuello de alabastro, manos de leche...Todas las gracias de las muy hermosas, "si bien es verdad que es algo pequeña de cuerpo".

-¡Todos los tópicos! Disculpe, sabio Alisolán. 

Don Quijote dio su parecer. Era esa una pequeña imperfección. Don Álvaro, por el contrario, hallaba la pequeñez del cuerpo "como una muy grande perfección". Porque "no hay piedra preciosa que no sea pequeña; y los ojos de nuestros cuerpos son las partes más pequeñas que hay en él, y son las más bellas y más hermosas".
¡Este hombre habla como un enamorado de libro! Concluye que su "serafín es un milagro de la naturaleza", de acuerdo con lo que dijo Cicerón, "que la hermosura es una una conveniente disposición de los miembros, que con deleite mueve los ojos de los otros a mirar aquel cuerpo".

Pareciole a don Quijote que don Álvaro había satisfecho "con muy sutiles razones" la "objección" que hizo contra la pequeñez del cuerpo de "su reina".


 Y , como la cena por ser poca estaría aparejada a la dama chica de don Álvaro, suplicó a su invitado que entrasen a cenar. 
El viejo hidalgo tenía un negocio importante para tratar "con una persona que tan bien sabe tratar en todas materias". El espíritu caballeresco se le había despertado. Volvía a sus "desvanecimientos" de caballero andante.
Así me habló el sabio Alisolán, mientras Cide Hamete permanecía en silencio forzado. ¡Los improperios que soltaría tras la pantalla! No quiero ni pensar lo que habrá salido de esa boca  cuando haya oído el nombre de Álvaro Tarfe, cuyo nombre tan bien conoce.

-Grrrrrrrrr ¡Non fuyades Álvaro Tarfe! 

Alisolán desaparece, espero que no se encuentre con Cide Hamete allá dentro.

Seguiremos, hemos de ver a dónde va este don Quijote desvanecido. Analicemos la causa del desvanecimiento. ¿Las palabras del quijotizado Sancho Panza? ¿La novela de caballerías hurtada por Pedrito? ¿O don Álvaro Tarfe el granadino con sus justas y su dama? Entre todos despertaron lo que don Quijote no había abandonado, pese al cura y al barbero.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino


Alisolán habla en azul.
Cide Hamete habla en verde.
María Ángeles habla en negro.