miércoles, 17 de septiembre de 2014

Cuenta el sabio Alisolán como volvió don Quijote a sus desvanecimientos de caballero andante.






 ¿Alisolán?  ¿Dónde está el cronista Cide Hamete?¡A mí los personajes quijotescos y cervantinos! ¡Ya! ¡Que acuda alguno en mi ayuda como lo hicieron en el pasado!



Mi ordenador es mágico y está aleccionado. En la pantalla surge una ventana y, en ella, un hombre vestido a la usanza mora. Me saluda y dialogo con él,  lo cual no me produce sobresalto alguno, me parece natural. Tal vez don Quijote no sea aquí el único loco, o el único que comete la locura de hacerse el loco.


¿Alisolán en la pantalla?

-Salam Aleikum, mi señora.

-Aleikum Salam, disculpe mi quijotesca curiosidad ¿Su merced es acaso Cide Hamete Benengeli, el cronista morisco que recogió la verdadera historia de don Quijote de la Mancha, escrita por don Miguel de Cervantes?

-No, mi señora. Mi creador llamome Alisolán. Y soy sabio, moderno y verdadero. Al menos, eso escribió un día, péndola en mano y tintero en ristre, el que firmó Alonso Fernández de Avellaneda. 

-Ya, Alonso y avellanado, como don Quijote. ¿Y quién fue tan osado escritor? ¿Me revelaría su mercé uno de los mayores misterios de la literatura española? Cuente, cuente, abro mis oídos más que un oidor.



-No, siento desilusionarla. No me está permitido el acceso a la nube del recuerdo do habitan los escritores de las obras principales. Solo soy un personaje, ni siquiera alcanzo tal categoría, me citan como fuente y no sirvo para nada más. 

Solo oso adentrarme en la nube del recuerdo do habitan los personajes del Quijote que llaman apócrifo. Porque si me acerco a la nube cervantina, me llueven terribles insultos. En cierta ocasión, atacome el gigante Caraculiambro, qué bruto, el de la ínsula Malindrania. 



Algunos personajes compañeros me comentaron que, en un rincón del limbo de los escritores, el destinado a Fernández de Avellaneda, habitaba un escritor de primera línea y se podía oír su voz. No se ponían de acuerdo: Quevedo, Tirso de Molina, Ruiz de Alarcón, Cristóbal Suárez de Figueroa, el mismo Cervantes, disparates...Incluso había quien aseguraba que no se oía una voz sino varias. Y que sobresalía la del gran Lope de Vega, como si  dirigiera una jocosa tertulia. Al parecer, se oían grandes risotadas. 




-¿Risas en el limbo de los escritores principales? ¿No se reirían, los malandrines, de don Miguel de Cervantes?

-No, bueno sí...Esto...no he dicho nada. Habladurías, rumores, lenguas viperinas, nada, nada.

-Dejémoslo. No se vaya, ya que está aquí, cuénteme el primer capítulo. Lo leí pero me gustaría oírlo de su boca. Resumidito y así puede servir a los estudiantes. 






La pantalla parpadea y se oye una voz de trueno que clama:

-¿Argemesilla? ¡Tales son las palabras del mentecato de mi mesma nación! El escritor Cervantes non quiso acordarse del lugar de la Mancha donde vivía don Alonso, lo saben incluso los que jamás leyeron el libro. ¡Argemesilla! Non conozco tal lugar, Argamasilla tal vez.

¿Justas en Zaragoza? Sansón Carrasco le aconsejó comenzar la jornada yendo al reino de Aragón y a las  solemnes justas de San Jorge en Zaragoza. Mas el caballero andante non había de  pisar la susodicha ciudad, que siguió un extraño itinerario, pardiez. Su aldea, el Toboso, el Ebro y, por último, Barcelona, do fue derrotado. Yo seguía fiables  fuentes, para que don Miguel insuflara vida a mis concisas palabras de cronista. 




-¿Sabe voacé quién habla, señor Alisolán?

-Disculpe a Cide Hamete Benengeli, cronista arábigo, autor del documento que don Miguel de Cervantes encontró entre los papelotes que vendía, a peso, un sedero, en el Alcaná de Toledo, del cual se sirvió para trazar su historia. ¡Ya ve voacé las fuentes! Benengeli no ceja en su empeño de contradecirme y porfiar que mi relato es apócrifo. Y proclama que la tercera salida es más falsa que Judas y fruto de los ávidos deseos de Avellaneda de robar la gloria al siñor Cervantes. Me persigue y me corrige en voz alta, mas no osa dar la cara. Sigo dando cuenta del capítulo a vuesa merced. Confío en que me lo permita el Cide Berenjena.

Comienzo con don Quijote cuando fue llevado a su lugar en una jaula, por el cura Pedro y el barbero Nicolás  y la hermosa Dorotea.





-¿La hermosa Dorotea? La hermosa habíase despedido en la venta y no hubo de acompañarlo.

-¿Otra vez Hamete? ¿No puede hacer algo su merced para callarlo? Porque nos darán las uvas si sigue con sus objeciones.

-Puedo forzar este ingenio donde escribo, el ordenador, para que no se oiga cosa alguna. Mas vuesa merced habrá de escribírmelo aquí. 

Le entrego unos folios, pasa la mano por el papel, le agrada su textura. 

Le muestro como funciona el bolígrafo, no hay que mojar en un tintero, se queda asombrado.

Fuérzolo, digo, apago el volumen. Escriba su mercé, en castellano, que no en arabigo.

Así lo hizo y el moro Alisolán escribió lo que sigue:

-Don Quijote "fue metido en un aposento con una muy gruesa y pesada cadena al pie, adonde, no con pequeño regalo de pistos y cosas conservativas y sustanciales, le volvieron poco a poco a su natural juicio".

Leo las dos últimas líneas escritas y le digo que no recuerdo lo de la cadena y que lo de los pistos y cosas conservativas le fueron administrados por el ama y la sobrina.

El sabio Alisolan muestra su enfado y me pide que no sea yo la que malmete, ahora que Cide Hamete permanece callado. Le prometo guardar silencio. Se sosiega y toma de nuevo la pluma:


Pasados unos días, con la firme intención de no volver a los desvanecimientos caballerescos, pidió a su sobrina Madalena que le buscase algún libro en que poder entretener los setecientos años que él pensaba estar en aquel encantamiento. El cura y el barbero aconsejaron le diera un "Flos santorum", vidas de santos, y otros libros de piedad. Así lo fizo y, olvidado de las quimeras de los caballeros andantes, fue reducido a su antiguo juicio. 

-Lo de los setecientos años debería haberles dado una pista de su verdadero estado. ¿No le parece cide Alisolán?


-Tal vez, mi señora, le ruego por Alá tenga a bien no interrumpirme, pese a su femenina condición.

-Me muerdo la lengua y le permito que prosiga.

Ya todos los vecinos del lugar pensaban que estaba sano, tanta atención ponía en la misa. Ya no le llamaban don Quijote, sino señor Martin Quijada. Aunque, en su ausencia, se regocijaban con el recuerdo de algunas de sus aventuras de la primera parte de su historia, en especial lo de liberar a los galeotes o lo de la penitencia en Sierra Morena.

Sucedió que la sobrina murió de una calentura. El hidalgo quedó solo y desconsolado, "pero el cura le dio una harto devota vieja y buena cristiana" para las labores de casa y para que diese aviso de todo lo que don Quijote hacía, por ver si volvía a sus desvanecimientos caballerescos.




No puedo más y expreso mi sorpresa. 

¿Madalena? ¡Antonia Quijana! ¿Muerta? Viva y bien viva, que acompañó a su tío en sus últimos días. 

¿Esa devota espía, vieja y buena cristiana era el ama? ¿Qué pasó con la antigua ama, la del primer capítulo, la que pasaba de los cuarenta y abrasó los libros? Pido perdón y cierro la boca, ante el gesto de desagrado del sabio cronista Alisolán que sigue escribiendo.

Sucedió que un día de mucho calor, a la hora de la siesta, recibió el señor Quijada la visita de Sancho Panza; el cual, al verlo leyendo el Flos Sanctorum, preguntó si era un libro de caballerías, como aquellas que anduvieron “tan neciamente el otro año”. El escudero no olvidaba lo del hurto de su rucio y lo del cargo prometido. Al final, no fue ni “ni rey ni roque”, un trabajo en vano.

Don Quijote le dijo que no leía libro de caballerías, puesto que no tenía ninguno. Y le mostró el “Flos sanctorum”, al que calificó como muy bueno. Preguntó Sancho si ese Flas era algún gigante de los que se tornaban molinos. Su amo le explicó que trataba de vida de santos, como San Lorenzo asado vivo, San Bartolomé desollado o Santa Catalina pasada por la rueda de las navajas. Le pidíó que se sentara, que iba a leerle la vida del santo del día, San Bernardo.

Santa Catalina de Alejandría y su rueda

Sancho no se dejaría quitar de buena gana el pellejo ni asar en parrilla y preguntó si vivo asaron a San Lorenzo y despellejaron a San Bartolomé. Como don Quijote le respondiera que así era, Sancho se dolió de los escozores y manifestó vivamente su escasa vocación de santo; aceptaría lo de rezar de rodillas y ayunar, eso sí, acompañado de tres comidas diarias.

San Lorenzo con su parrilla.

Don Quijote le dijo que los santos lo sufrían todo valerosamente para ganar el reino de los cielos. Sancho Panza recordó, en ese momento, lo sufrido “para ganar el reino micónico”. Pidió a su amo que le leyera la vida de San Bernardo, resignado a volverse santo andante. 

Al llegar aquí se me escapa: ¡Este Avellaneda era algo beaturrón! La mirada torva de Alisolán me para en seco. Sigue:

Acabando don Quijote de leerla, le pidió opinión. Contestó: “a fé…que era santo de chapa”. Le parecía muy bien que su amo imitara al santo; pero había de pedirle algo muy terrenal: que le ayudara si le viera en algún peligro, como aquella vez que lo mantearon.


Sancho Panza manteado en versión infantil y escolar

Sancho Panza no deseaba hablar más de santos y le contó lo que el hijo de un tal Pedro Alonso, les leyó de un libro “lindo a las mil maravillas”, durante dos horas:



“...un hombre armado en su caballo con una espada más ancha que esta mano, desenvainada, y da en una peña un golpe tal, que la parte por medio de un terrible porrazo, y por la cortadura sale una serpiente, y él le corta la cabeza”.


Cuadro de la quijotesca pintora Ana Queral. 

¿Cómo se llama? preguntó don Quijote. Mas no hubo que responderle, que adivinó con presteza que trataba del valerosísimo  "Don Florisbián de Candaria" y de otros no menos valientes, de sonoros nombres que el viejo hidalgo recordaba y pronunciaba con entusiasmo: Almiral, Blastrodas, Maleorte...Al parecer, el muchacho se la hurtó el año pasado, Sancho se ofreció para recuperarla, que aunque no sabía leer, se regocijaba con tamaños porrazos y cuchilladas. Se la había de traer, "que no lo sepa el cura ni otra persona".


"Fuese Sancho, y quedó el buen hidalgo levantada la mollera con el nuevo refresco que Sancho le trajo a la memoria de las desvanecidas caballerías", Cerró el libro, comenzó a pasearse por el aposento, con la mente ocupada en "terribles quimeras".



Cuadro quijotesco de la quijotesca Ana Queral.

Al llegar aquí, Alisolán se emociona y se metamorfosea en don Quijote ¿Y quién más quijotesco que Alisolán, digo...Alonso Fernández de Avellaneda? Porque este moro parece también de chapa y pintura.

Aquella tarde, después de oír las vísperas, se juntó en un corrillo de la plaza, formado por los alcaldes, el cura y la demás gente de cuenta del lugar. "En este punto vieron entrar por la calle principal en la plaza cuatro hombres principales a caballo, con sus criados y pajes, y doce lacayos que traían doce caballos de diestro ricamente enjaezados".

Las palabras del cura sometieron a don Quijote a otra vuelta de tuerca:

"... si esta gente viniera por aquí hoy hace seis meses que a vuesa merced le pareciera una de las más estrañas y peligrosas aventuras que en sus libros de caballerías había jamás oído ni visto; y que imaginara vuesa merced que estos caballeros llevarían alguna princesa de alta guisa forzada; y que aquellos que ahora se apean eran cuatro descomunales gigantes, señores del castillo de Bramiforán el encantador".



Don Quijote le aseguró que todo eso era ya agua pasada; mas debían llegarse a ellos a saber quiénes eran, que su traje mostraba ser gente principal, tal vez fueran a la Corte, a importantes negocios. 

Todos le hicieron la debida cortesía y el cura tomó la palabra para disculparse por no disponer el pueblo de mesón ni posada; aunque procurarían les diesen el mejor recado que se pudiere. El que parecía más principal agradeció la buena voluntad mostrada. Eran caballeros granadinos que iban a Zaragoza a unas justas, para alcanzar en ellas "alguna honra". Venían fatigados y pasarían la noche en el pueblo, aunque hubieran de dormir sobre los poyos de la iglesia, con licencia del señor cura.

Uno de los alcaldes, hombre rústico que no sabía de razones cortesanas, les dijo que estaban acostumbrados a dar hospedaje a soldados fanfarrones, no tan bien hablados ni tan agradecidos. Y añadió que gastaban en ello noventa maravedís cada año.

El cura no quiso que el alcalde siguiera hablando y atajó. Repartió el alojamiento entre él mismo, los dos alcaldes y don Quijote; el cual manifestó que era muy dichoso de servir en su casa al caballero adjudicado. El aludido se tenía por afortunado en recibir merced de quien tan buenas palabras gastaba, que las obras serían también buenas.

El viejo hidalgo se fue a casa con su huésped, mandó a su vieja ama que aderezase algunas aves para cenar, ya sabe voacé que no faltaban palominos en su mesa...Asimismo, hizo llamar a Sancho Panza para que ayudase y el escudero acudió de muy buen grado.

Don Quijote y el caballero esperaban la cena paseando por el patio. Le preguntó don Alonso la causa que le habían movido a venir de tantas leguas a aquellas justas y como se llamaba. A lo cual respondió el caballero que se llamaba don Álvaro Tarfe y descendía del antiguo linaje de los moros Tarfes de Granada. La causa de tan largo viaje era "el mandado de un serafín en hábito de mujer".  La reina de su voluntad le había mandado que partiese para las justas de Zaragoza y le trajese "algunas de las ricas joyas y preseas" que allí se darían en premio a los vencedores. 



Don Quijote le suplicó le diera cuenta de la dama: edad, hermosura, nombre suyo y de sus padres. Así lo hizo, salvo lo del nombre que no había de pronunciar por respeto. Dieciséis años, tan hermosa que no había en toda Andalucia criatura más bella. Blanca como el sol, mejillas de rosas, dientes de marfil, labios de coral, cuello de alabastro, manos de leche...Todas las gracias de las muy hermosas, "si bien es verdad que es algo pequeña de cuerpo".

-¡Todos los tópicos! Disculpe, sabio Alisolán. 

Don Quijote dio su parecer. Era esa una pequeña imperfección. Don Álvaro, por el contrario, hallaba la pequeñez del cuerpo "como una muy grande perfección". Porque "no hay piedra preciosa que no sea pequeña; y los ojos de nuestros cuerpos son las partes más pequeñas que hay en él, y son las más bellas y más hermosas".
¡Este hombre habla como un enamorado de libro! Concluye que su "serafín es un milagro de la naturaleza", de acuerdo con lo que dijo Cicerón, "que la hermosura es una una conveniente disposición de los miembros, que con deleite mueve los ojos de los otros a mirar aquel cuerpo".

Pareciole a don Quijote que don Álvaro había satisfecho "con muy sutiles razones" la "objección" que hizo contra la pequeñez del cuerpo de "su reina".


 Y , como la cena por ser poca estaría aparejada a la dama chica de don Álvaro, suplicó a su invitado que entrasen a cenar. 
El viejo hidalgo tenía un negocio importante para tratar "con una persona que tan bien sabe tratar en todas materias". El espíritu caballeresco se le había despertado. Volvía a sus "desvanecimientos" de caballero andante.
Así me habló el sabio Alisolán, mientras Cide Hamete permanecía en silencio forzado. ¡Los improperios que soltaría tras la pantalla! No quiero ni pensar lo que habrá salido de esa boca  cuando haya oído el nombre de Álvaro Tarfe, cuyo nombre tan bien conoce.

-Grrrrrrrrr ¡Non fuyades Álvaro Tarfe! 

Alisolán desaparece, espero que no se encuentre con Cide Hamete allá dentro.

Seguiremos, hemos de ver a dónde va este don Quijote desvanecido. Analicemos la causa del desvanecimiento. ¿Las palabras del quijotizado Sancho Panza? ¿La novela de caballerías hurtada por Pedrito? ¿O don Álvaro Tarfe el granadino con sus justas y su dama? Entre todos despertaron lo que don Quijote no había abandonado, pese al cura y al barbero.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino


Alisolán habla en azul.
Cide Hamete habla en verde.
María Ángeles habla en negro.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Cruz de prólogos por un hidalgo manchego. Y otro más que me inventé.

Quijote avellanado



Llegó septiembre, los blogs van desperezándose y en "La acequia"comenzamos una  aventura lectora muy especial.  Porque, acostumbrados a leer obras con aureola de santidad, nos disponemos  a comentar una novela largamente denostada: el Quijote apócrifo, el firmado por Alonso Fernández de Avellaneda. ¡El Avellaneda! 

El Quijote malo frente al bueno, el auténtico, el legítimo, el de Cervantes. Un copión, un usurpador, un ladrón que bebió de fuente ajena, así lo aprendimos en las aulas. 

Una imagen negativa que aún persiste y lo compruebo. Porque pregunto a una quijotesca y jubilada catedrática de Literatura. "¿Cómo? ¿Que si he leído el Quijote apócrifo? ¡No, por cierto!  Ni en la carrera, ni en la oposición, ni mucho menos en mis clases del instituto...¡El Avellaneda! ¡A quién se le ocurre! ¿En una lectura colectiva? ¿En la UBU?". ¡Tamaña traición a Cervantes! Lo último lo digo yo. 

¡Cielo santo! ¿Cómo empezamos la traición, digo la lectura? Eso no admite dudas, por el prólogo, no nos lo saltemos, como es costumbre... Y, como una buena lectura del Quijote apócrifo no puede perder de vista al cervantino, podríamos empezar echando un vistazo a los tres prólogos. 

¿Tres? ¿Dónde están los tres?  Sí. Tenemos el de la primera parte del Quijote de Cervantes, el prólogo del de Avellaneda y el de la segunda parte del cervantino. Aquí los tenéis y podéis pinchar el enlace para leerlos en su totalidad.

"Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse..."

"Como casi es comedia toda la historia de don Quijote de la Mancha, no puede ni debe ir sin prólogo; y así, sale al principio desta segunda parte de sus hazañas éste, menos cacareado y agresor de sus letores que el que a su primera parte puso Miguel de Cervantes Saavedra, y más humilde que el que segundó en sus Novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas..."

¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! ...

Sin duda, los tres constituyen un duelo literario que desciende a lo personal. Una cruz de prólogos por el hidalgo manchego más universal, el que quiso ser caballero andante. Alonso Fernández de Avellaneda, aunque vete a saber cuál era su verdadero nombre o nombres, apunta y da donde más duele a don Miguel de Cervantes. 

¿Viejo? Un privilegio reservado a muy pocos en aquel tiempo. 

¿Manco? Como si hubiera sido en una pelea de taberna en lugar de servir en la mayor ocasión que vieron los siglos, Lepanto, el Turco...su momento de gloria.

Mas llamarle "agresor de sus letores"? ¿Cómo se atreve el deslenguado malandrín? Non fuyades, cobarde y vil criatura, que un solo escritor es el que os acomete.

Cervantes escribe que el lector ilustre no hallará en su prólogo "riñas y vituperios"; mas los sentimientos se abren paso y la pluma se desliza con energía sobre el papel. Ay, que el papel corre el riesgo de romperse. Y la péndola tampoco está para muchos trotes.


Y, por si fueran pocos tres, inventé otro a manera de respuesta. Fue cuando, en la lectura quijotesca de "La acequia", llegó el momento de  comentar el prólogo a la segunda parte del Quijote. Imaginé como don Miguel de Cervantes mostraría vivamente sus sentimientos ante la edición de la avellanada segunda parte del Quijote, tan ajena a su pluma. Tan barroco, tan contrarreformista, tan hiperbólico, tan escatológico, tan lopista, tan, tan...

Y  cometí la travesura de escribir lo que Alonso Fernández de Avellaneda contestaría a Cervantes, algo semejante a esto:

"¡Válame Dios con este Cervantes! Dice que en el prólogo no ha de hallar el lector vituperios. Y diciendo que no lo dice, lo cierto es que me llama “asno, mentecato y atrevido”. Si se llega a decidir a reñirme y vituperarme…

La verdad es que no pude resistir la tentación y coger la pluma. Mi amigo Lope me animó a sacar a don Quijote de su aldea, mira qué aburrido está el buen hidalgo, todo el día contemplando como trajinan el ama y a la sobrina, mientras su lanza se cubre de orín. Sácale de allí y obtendrás más fama que el viejo Cervantes. ¿No niega él mismo su autoría? ¿No dice que fue ese Cide Hamete quien escribió el Quijote desde el capítulo IX en adelante?

Dice que con mi pan me lo coma, con pan candeal y alguna tajada de corderito lechal y con frutas de sartén ¡Faltaría más!

Se me fue la mano llamándole viejo, algo que no está en nuestra mano detener. Tiene razón, los años suelen mejorar el entendimiento, siempre que no se cumplan demasiados…y ya se está acercando a los setenta. Es afortunado, un viejo soldado que no ha visto su vida segada por el morbo gálico, las cuartanas o unas calenturas pestilentes.

Y, en cuanto a lo de manco, qué orgullo el motivado por sus heridas o por su gloriosa manquedad, originada en “en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”. ¡Para lo que sirvió la batalla de Lepanto! Sólo tres años después, en 1574, Túnez y la Goleta cayeron en poder de los turcos.

Lo califiqué de envidioso y él confiesa poseer sólo envidia santa; mas seguidamente dice de cierto sacerdote, del cual no sólo admira el ingenio y las obras sino también “la ocupación continua y virtuosa”. Como todos saben que del “Fénix de los Ingenios” se trata, todos entienden la burla, que mi buen amigo Lope pecador es, y muy conocidos sus pecados, y calificarlo de virtuoso…




¿Tenía Cervantes pelusa?

Le manifesté mi opinión acerca de sus novelas, más satíricas que ejemplares, a mi juicio. Son buenas pero censuran sin servir de ejemplo…Y él, apuntándose una alabanza, volvió el sentido de la palabra “satíricas”, yendo a su significado primero de “variadas”. Y, en cuanto, a lo de ejemplares, él sabrá lo que quiso decir con ese título.

¡Y dice que se contiene!¡Y que debo tener una gran aflición pues escondo mi nombre y mi patria. Afligido no me hallo, mas tuve mis razones para mentir; ni Alonso, ni Avellaneda ni tordesillano…traidor jamás. Todos conocemos a nuestro Alonso tan seco y avellanado.

¡Tentación! La puerta se quedó abierta, el libro terminaba "con esperanza de la tercera salida de don Quijote". Cuando tuve ante mis ojos ese verso extraído del “Orlando furioso”, el que dice: "Quizá otro cantará con mejor plectro”, pensé que me señalaba a mí. ¡Fama y dinero!

¿Qué me quiere decir con los cuentecitos de perros y locos? ¿Mi labor sólo ha sido hinchar una obra ya escrita? ¿He dejado caer una losa sobre su libro? ¿Me está amenazando?

En cuanto a las ganancias, si hay para los dos, miel sobre hojuelas. Me place que el teatro y la perendenga saquen de la pobreza a Cervantes, junto con el de la triste Figura. Y los dos príncipes que, por su bondad le favorecen, el conde de Lemos y el ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas. ¡Sin adulación y sin aplauso! ¡Favorecido por los altos y nobles espíritus!

Veamos la dedicatoria que escribe para el de Lemos. A juzgar por sus palabras, se ha visto obligado a encaminar, a toda prisa, a su don Quijote, para aliviarse de las nauseas que mi don Quijote le ha producido. ¡A mí me causa hámago leer el cuento ése del emperador de la China! Lo confiesa, está enfermo y “muy sin dineros”; aunque el conde lo sustente y lo ampare. No lo dudo, no, amigo Cervantes, que ciertamente conoces mi nombre…

En cuatro meses tendrá lo de Persiles y Segismunda, y besa las manos, los pies , lo que haya que besar. Criado de Vuestra Excelencia, así concluyes la dedicatoria, Miguel. Dices bien…

Firmado por ése que tú conoces tan bien, amigo de ése que tanto envidias.

Tomado del blog "La arañita campeña", del día 5 de junio de 2009, de la entrada titulada "Avellaneda dijo que Cervantes tenía pelusa de Lope", entrada que a su vez es :

Comentario al prólogo y dedicatoria de la segunda parte del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "A golpes de indignación y mecenazgo (Prólogo y Dedicatoria de la Segunda parte)", correspondiente al día 4 de junio de 2009.

La semana que viene me prepararé para el camino de Zaragoza con un don Quijote y un Sancho distintos. Será en su pueblo de Argamasilla, Avellaneda sí quiso acordarse. 

Chirría un poco la lectura, cuesta...Aunque las comparaciones sean odiosas...Pedro Ojeda nos dará las claves para un largo camino. Primero hacia Zaragoza. Luego hacia la corte de Madrid, pasando por la inevitable venta de Alcalá de Henares.

Un abrazo de María Ángeles Merino Moya

Mis comentarios al Quijote de Cervantes, en orden y capítulo por capítulo, podéis encontrarlos en un blog que los está recopilando, en orden: "Leemos el Quijote". Voy por el 2.38. En breve, estarán todos, también los prólogos, por supuesto.

http://leemoselquijote.blogspot.com.es/2014/06/avellaneda-dijo-que-cervantes-tenia.html

lunes, 8 de septiembre de 2014

"El río que nos lleva": "Me dijeron que era un niño pero yo no lo vi nunca"




Viene de la entrada anterior:

Aquel día, en La Esperanza, Shannon, el irlandés, me buscaba. El pobre Royo había perdido la esperanza conmigo, otro se le había adelantao, qué buen nombre le dieron los gancheros.

Me encontró río abajo, chapoteando con los pies en el agua. Me senté en la peña, la falda negra me tapaba todo, sólo asomaban mis dedos blancos, un poco rojos por el agua tan fría. Suficiente.

Roy se quejaba de que yo le huía, que era difícil hablarme, Y lo decía triste, triste. Las mujeres solemos elegir mal, dicen que muchas veces buscamos los caminos más difíciles, caminos entre piedras.



Le digo que nos vemos tos los días, sonrío. No es eso y bien lo sé yo. Me contesta que al menos esta vez llega a tiempo. ¿Qué quiere decir?

¡Acabáramos! Me compró algo en Trillo. Habla y habla, está nervioso. No sabe si me gustarán, las gasto tanto por estas breñas. ¿De qué habla? Abro el paquete, aparecen unas alpargatas y unas medias negras de grueso algodón. Mis pobrecitas medias remendadas lucían sobre una  roca. Me hacían mucha falta pero yo que todavía se podían arreglar.

Royo corta. Parece mentira que le diga eso, a él que no pide nada. Y es verdad. En mi cara se dibuja un puchero, casi lloro. Pero enseguida río y extiendo las medias, las acaricio, como una niña. Confieso lo que me molestaban ya los remiendos, que pensé en ir sin nada, no podía, hacía frío todavía. Le miré con cariño y le agradecí el detalle, piensa en todo, en lo que no piensa ningún hombre, en que las medias se rompen. Y hay que zurcirlas, hasta que ya no caben más puntadas. Y molestan.


Sus palabras están bañadas de tristeza:
"Sí, ya lo sé. Yo soy el hombre que piensa en todo. Eso es lo malo en la vida: pensar."

¿Por qué no me las dio antes? No quería delante de los demás. Creerían. ¿Por qué habían de creer cosas malas? Royo buscaba un momento para estar conmigo, para hablar, sólo pedía unas palabras a cambio, bien poca cosa. Se hizo la ilusión, yo le diría muchas cosas, él me quitaría las penas. Pero Paula ya no era la de la ermita, la que le trajo hasta el río y la maderada. Me confesó: "yo vine por seguirte, por cuidarte, como por el destino. Estoy aquí por ti". 

No pudo seguir. Me miraba y yo...silenciosa, sumisa, cerrada como una piedra. "Y nadie se cierra así más que sobre un secreto". ¿Cuál era mi secreto? ¿Cuál era mi herida? Yo era una piedra, él pensaba y pensaba. ¿Era un tonto? No, era un hombre bueno. Se lo tenía que decir, no podía más. Si callaba, parecería un engaño. Y vería lo mala que era, y ya no me buscaría.



¿Mala Paula? Sí, mala, mala, o desgraciá. Y le conté, y se lo cuento a ustedes.

"Soy de Peñalén y bajé a servir a Cuenca". La historia de tantas. Perdí la cabeza por uno...Cuando supo que iba a tener un hijo suyo no quiso saber nada. Vi cómo era de verdad, nunca daría a un hijo un padre así, ni aunque hubiera querido volver. Viví en casa de una tía, en Cuenca, hasta que nació el niño. 

Me ahogaba al contarlo, callé. Apretaba el brazo de aquel hombre tan bueno, tan distinto al mal nacido que me dejó preñá. Por fin:

"El niño, o la niña. Me dijeron que era un niño, pero yo no lo vi nunca. Mi tía...mi tía lo mató". 

Me costaba tanto sacar fuera aquello, era un parto de palabras. Royo quería hablar, iba a consolarme, no...Seguí:

"-Sí, estoy segura...Yo, al tenerlo, medio perdí el sentido, pero su llanto me revivió. No, no fue ilusión...aún le volví a oír bien despierta, y aún otra vez más. Y ya nunca, ya nunca"

"El recién nacido". La Tour

Mi madre y mi tía entraron en mi cuarto, muy blancas, temblaban. Pedí a mi hijo y mi tía me dijo que había nacido muerto. Mi madre callaba y no me miraba. Yo sabía que era mentira. ¡Cómo lloraba el pobrecito!  Hasta que ya no pudo llorar más.

No querían que volviera al pueblo deshonrá, tenían ya uno con quien arreglarme allí. Me escapé de mi casa. Fue cosa de mi tía que en la parte de atrás de su casa criaba cerdos, Y era allí donde lloraba mi hijo. Le hubiera querido, le hubiera lavado, le hubiera vestido, como toas las madres. Como toas no, como la mía no, la mía no me defendió. "¡Cómo lloraba!". 

Silencio. Shannon, ya me salió el nombre, con cara de dolor, miraba al cielo, donde solo podía ver peñascos y nubes blancas. 


Parque Natural del alto Tajo

Acabo.  Fui a parar a la maderada. 

Un poco de aire, un poco de río, un poco de tiempo. Roy me preguntó qué iba a hacer, no hubo tiempo para responder. Como caído de un peñasco, apareció el Dámaso con su gancho.

No sé a dónde iré; pero nunca volveré a mi casa. Ahora ya saben por qué huyo y de qué huyo.  Y por qué me sentó tan mal la broma del Cacholo. 

Seguí hasta Aranjuez, allí...




Se despide:

Paula

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

Aunque "El río que nos lleva" es un libro muy denso y daría para muchas más entradas, doy por concluida la serie que he dedicado a Paula y me despido de un gran libro, de un gran escritor: José Luis Sampedro.
El río nos lleva.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

"El río que nos lleva": "Bueno, señoras, esto se ha terminado. No pienso acostarme con ese tío, conque vámonos."



Las hermanas Ruiz, Jesusa y Cándida (imagen de la película tomada de You Tube)


Comentario de algunas páginas de la  novela "El río que nos lleva" de José Luis Sampedro (Cátedra). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. Todas giran en torno al personaje de Paula.

¡Hola! Aquí estoy de nuevo y les cuento.

Aquellas dos brujas, Jesusa y Cándida, las hermanas del cacique Benigno, me tenían preparada una sorpresa. Allí estaba, tras una puerta nueva. La abrieron y me empujaron suavemente hacia la parte de la casa oculta, pegada a las faldas del monte.

-"¿Ves muchacha? Aquí estarías como una reina si te colocaras en la casa. Duerme esta noche y piénsatelo."


La luna del armario, la cama enorme, los felpudillos, los lacitos de la lámpara, ¡uf! Me cegaba la luz estrellada sobre la colcha de seda roja. Qué asco tanto primor, aquel perfume dulzón...¿Pensarán que soy tonta? Sé donde se montan alcobas así...



Se fue la Paula modosita. Me revolví, fui de nuevo la Paula que saca las uñas:

"Bueno, señoras, esto se ha terminado. No pienso acostarme con ese tío, conque vámonos."

Hacían aspavientos, decían que "la pobre moza" se había vuelto loca de vivir en el monte. Y me cerraban la salida. Pedí paso y, no hubo más remedio, eché la mano al escote y saqué la navaja. Iban a salir, me iban a dejar encerrada. 



Fue todo de repente, una sombra cayó desde la tapia. Era el Encontrao que apareció en la puerta,  las hermanitas se hicieron a un lado, asustadas. Vino hacia mí y me preguntó si me habían "dañao". Ellas aprovecharon para salir y echar la llave, qué rapidez, las muy zorras. Por la ventana, Jesusa, qué valiente, nos gritaba:

-"Ahora veremos esas calumnias y ese allanar las casas honradas saltando tapias. Ahora darás cuenta a las autoridades, tú y tu amigo, ¡desagradecida!"

Corrió a llamar a su hermano, mientras Cándida nos animaba a  aprovechar la alcoba mientras venían a llevarnos a la cárcel, qué simpática. 


Pero yo ya no tenía miedo, sólo asco. Miraba a mi hombre, le preguntaba cómo llegó tan a tiempo. Se le atravesó don Benigno, "ese verraco" y sus atenciones, hasta arriba de "miel envenená". Me vio entrar y se quedó junto a la casa, esperaba algo y no sabía qué. Sintió hablar a dos mozas:

"La nueva ya está cayendo", decía una. "¡Cómo se les iba a escapar a las viejas!..."

Arrebatao, buscó una entrá por la parte datrás de la casa. Cayó mismamente por el patio. Yo sentía haberle metido en un lío de los gordos pero él no le daba importancia, alguien tenía que hacer frente a gente tan mala. Señalaba la habitación y decía: "¡Mira que esto!". 

Teníamos que salir, desde los barrotes insultaba a la Cándida que nos arrojaba sus palabras burlonas:


"Ahora, ahora abriré, ladroncillo de patios. A ti y a tu palomita. Ahora, en cuanto vengan con la red."



Y el Antonio que no es hombre tu hermano pa querer cogerme. Y ella que más hombre que tú, galán, ya lo verás. 

Se abrió la puerta que daba al patio. El Encontrao se echaba patrás, mudó la color. Eran los civiles, no llevaba papeles y era buscado.



De pronto recordé, ¡yo tenía papeles!, en la faltriquera, entre la falda y las enaguas. Se los di a Antonio que me preguntaba, con cara asombrá, de qué los tenía. Luego se lo diría. 

¿Os acordáis de aquel ganchero herido en el pie? Aquel que acompañé, camino de su pueblo, montado en el burro "Canalejas". Sí, fue el día en que conocí a Royo, el irlandés. No me acordé de devolverle los papeles cuando lo dejé con el carretero, camino de Villanueva. 

Cédulas


Golpeaban la puerta. Mientras las viejas abrían, el Encontrao echó un vistazo a los papeles:

"Había una resobada cédula personal a nombre de Miguel Cofrentes Agudo, jornalero, de veintiocho años, nacido en Checa. Y también un papel del Sindicato como ganchero."

Los guardó, la puerta se abría, los civiles nos mandaban salir. "Estaban en el patio las dos  hermanas, el Benigno y una pareja de la Guardia Civil". 

Ns cachearon. el Encontrao no llevaba armas, sólo una navaja de las que se usan en la tierra, una herramienta pa trabajar, no un arma. El Benigno insistía: "los papeles, guardia, los papeles". El guardía los leyó bien leídos mientras el otro civil miraba los míos; pero no le daba miedo el cacique. Preguntó qué había pasado, Jesusa saltó que si "ese ladrón" que entró por la tapia, les amenazó y "estaría en combinación" con una "mala pécora" que era yo.

Grité que era mentira y el guardia me mandó callar. La vieja desafiaba: "que hable". No sé qué decía de calumnias y gente honrada que ofreció ...techo, pan. Sí,  para una esclava de alcoba. Yo señalaba a los civiles: "¡Ahí, ése era el techo...Pasen, pasen todos  ver la cama de una criada en esta casa". 

Y pasaron y trataron de poner orden entre las acusaciones de uno y otro lado. Pero, ante mi sorpresa, no se llevaron preso a Antonio. Porque "cierto que había saltado la cerca", pero fue porque yo había pedido socorro. Solo le ordenaron que no abandonara la maderada por si volvían a interrogarle. Los del tricornio habían visto el brillo de la colcha, la alcoba tan bien dispuesta. No, no lo prohíbe la ley pero da que pensar.

El Benigno atacaba, mezclando la invasión de su casa con la muerte del perro y el discurso del Negro incitando a la violencia del pueblo. Yo no sabía nada de eso, los gancheros me lo contaron más tarde.


El perro de Benigno muerto en la plaza de toros (foto sacada a You Tube)

El Encontrao  y yo tomamos el camino del río. Cuando pasamos, había un perro destripao en mitad la plaza. Y  gente que rumiaba algo que había pasado. Y un muchacho que había contestado al Negro, como voz del pueblo. El Benigno estaría furioso, no olvidaría todo aquello, bien lo supe después...


El Negro y el muchacho que le sigue como "voz del pueblo"(foto sacada a You Tube)


De la mano de Antonio, caminaba olvidada de todo. Sólo cuando recordaba "aquella alcoba, con su perfume barato para tapar el sudor", me venía a la boca una bocanada, asco, mucho asco. En el cruce, el Encontrao pensó en esperar a los civiles, para darles las gracias. A mí me dio miedo, él me tranquilizó: que no pasara cuidado, que habían sido buena gente y, además, así verían que no les huía.

Cuando Antonio habló con los guardias, el primera contestó con una pregunta: "¿Usted cree que en el puesto no sabemos quiénes son los Ruices?". Me miró y añadió en voz baja: "Yo tengo una hermana, allá en mi pueblo. Tan guapa como esta moza". 

El primera sonrió cuando el Encontrao le dijo: "hemos tenido suerte con usté". Contestó: "Por ahora sí...Pero tenemos que dar parte. No se te ocurra dejar la maderada sin decir bien dónde vas".

Nos despedimos de la pareja de los fusiles y seguimos hacia el río, dando vueltas a las palabras del primera.

Seguiré contando. Solo me falta contarles por qué la broma del Cacholo me hizo tanto daño. Y así sabrán por qué huyo y de qué huyo. El secreto de Paula, la mujer en sombra.


Me despido de ustedes:

Paula

Un abrazo de María Ángeles Merino

Seguiremos con Paula. Y dejaremos las orillas del río que nos lleva en busca de un Quijote avellanado.

martes, 19 de agosto de 2014

"El río que nos lleva": "Eso, eso, como una paloma, como lo que es la moza"

Eulalia Ramón es  Paula en la película "El río que nos lleva", basada en la novela del mismo título (tomada de You Tube)

Comentario de algunas páginas de la  novela "El río que nos lleva" de José Luis Sampedro (Cátedra). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. Todas giran en torno al personaje de Paula.

Les saludo de nuevo, soy Paula, la mujer que va con los gancheros. Como les prometí, sigo contándoles lo que me pasó en Sotondo. 


La botarga salió a recibirnos. Me daba miedo su cara de diablo. Me contaron que, bajo el sayal y la máscara, se escondía un mozo del pueblo, el  menos vergonzoso de todos. "El más jaque" dicen por estas tierras. Se nos puso por delante y agitaba los cascabeles cosidos a su ropa, mientras le daba y le daba a la carraca. Los chiquillos le rodeaban y le ladraban los perros. ¡Qué saltos los suyos! No nos dejó en paz hasta que el Americano pronunció la frase de costumbre: "En paz venimos y en paz estamos...A traer el cordero y a matar el toro vamos". 


El mozo enmascarado nos saludó con una reverencia y nos acompañó hasta la entrada del pueblo. Los del río conocían a algunos labradores pero no se juntaban con ellos, iban juntos pero no revueltos. Parecían soldados con los ganchos como armas. Algunos se fueron derechitos a la taberna, yo me fui con los que se dirigían a la plaza.



En la plaza, muchas boinas y un sombrero. Chaleco, cadena y sortijón de oro. Conocí al cacique del pueblo, Benigno Ruiz, que no me quitaba la vista de encima.  No se aguantaba sin tirar de la lengua al Americano:

"¡Cómo habéis adelantao! Nunca había visto a los gancheros llevando moza".


Benigno Ruiz, el cacique de Sotondo (imagen de la película tomada con el móvil, de You Tube)

Francisco, para cortar en seco , dejó caer una mentira piadosa: yo era hija de unos amigos y me acompañaban  hasta Trillo. En mi vida conocí hombre más prudente. 

Benigno contestó que si fuera yo su hija no la dejaría, que los de la cuadrilla eran "demasiado granujas" y yo estaba "demasiado bien". Palabras dañinas, peor  la mirada. Camino de la plaza, no dejó de comerme con sus ojos ansiosos.



El alguacil tocó la trompeta y redobló el tamboril. En la plaza vacía, asomó de nuevo la botarga, asustando a los chiquillos con sus saltos. 

Tras un gran silencio, el que hacía de toro saltó a la plaza. Era un mozo joven tapado con una manta parda y una cuerda deshilachada como si fuera el rabo. Corría agachado y sujetaba un cabezón de madera con dos grandes cuernos. La gente se burlaba o le gastaba bromas brutales. Las mozas eran las que más reían las gracias.


El "toro"de Sotondo (imagen de la película tomada de You Tube)

Aquel odioso Benigno tenía ganas de pegar la hebra conmigo, empezó con que  si me gustaba el bicho. Se puso de pie y llamó a voces al toro, ordenándole que se acercase. Y el "bicho" obedeció mansamente, cómo no podía ser de otra manera. Y le preguntaba si le molestaban los cuernos, que bien grandes se los habían puesto. Al final, lo despacha con un "vete a saltar por ahí, desgraciao". 

Por si no nos habíamos dado cuenta, una de sus hermanas, más seca que la salmuera, me explicaba que su hermanito hacía lo que quería con todos. El Ruiz movía la cabezota, así era: todos le debían dinero. Y pagaban, ya lo creo que pagaban.

Sacó un puro y me preguntó si me estorbaba el humo, con maneras de señorito fino que le hacían todavía más grosero, si eso era posible.

Comenzó el paseíllo, con la cuadrilla de gancheros: a la cabeza iba el Coleta que había sido torero maletilla, detrás los peones, el Negro, el Seco...los chapeos como montera. 

El "Coleta" (imagen de la película tomada de You Tube)


La gente iba a marcharse, la lidia no era hasta la tarde. Pero, de repente, entró en la plaza un hombre con aire desesperado, pidiendo un médico para su mujer.

"¡Favor! ¡Favor!...¿No hay un médico pa un caso de apuro? ¡Que se me muere, que se me muere, mi prenda de mi alma!"

Muchos se olieron la broma. Otros se apiadaban del hombre. El alguacil le dijo que no había médico; pero, al verle la cara de guasa, se puso serio y preguntó qué le pasaba. 

"Mi mujer que está al parir y acaba de darle el dolor de madre. ¡Ay mujercita mía! ¡Ay mi cordera!"


Todos reían , yo no podía reír. Seguía la comedia. Dos ganchos y una manta servían como camilla donde traían tendido al Cacholo que se retorcía. Vestía una blusa ancha como si fuera una mujer preñada. Gritaba:

"¡Ay madre!...¡Ay Virgen del Cuarto de Hora! ¡Si me ayudas te ofrezco una vela como los cuernos del toro de Sotondo!"

El Benigno reía groseramente. Llamó a un borracho llamado Leocadio para hacer de médico. El Cacholo seguía lamentándose con sus lamentos de parturienta: bien se lo decía su madre, los estropicios de los hombres, "si ellos tuvieran los hijos, pronto se acabaría el mundo". 



Pidió agua, un viejo le lanzó una bota, echó un trago largo y siguió con su marido: "Mírenlo, buenas señoras, y qué tranquilo anda...". El Leocadio con su nariz colorada era el partero. Aquello no me hacía maldita la gracia y no digamos cuando sacaron un cabritillo de debajo de la blusa del Cacholo que lo tomó en brazos y exclamó: "¡Eres igual que tu padre!". Y se puso a hacer como si le diera de mamar. 

Yo apretaba los puños, los nudillos se me ponían blancos de tanto apretar. Quieta, quieta, con los ojos llenos de agua. Benigno me decía que no hiciera duelo, que eso lo pasaban toas "sin más allá". Y me dijo bajito algo de los hombres que tienen mundo y "se hace lo que se quiere y no pasa na". ¿Qué sabrá el Ruiz de los dolores de una mujer? Tal vez piensa que me da miedo el parto o la preñez. No, don Benigno, es peor parir y...

Era la hora de comer, a gusto hubiera comido con los gancheros pero fui invitada  a comer con las hermanas Ruiz, en su casa. Yo quise negarme pero el Benigno dijo que "no iba  a estar...sola entre todos los hombres". 

En aquella comida, todo era hablar del poder de su querido hermano. "Puede hacer lo que le da la gana" decía Jesusa, la mayor. Y añadía: "pero en sabiendo pedirle como Dios manda, es un pedazo de pan". Cándida, la pequeña, estaba de acuerdo: "tiene que defenderse y estar en su sitio...porque si no la gentuza nos robaría como en despoblado, pero también es generoso como el oro. Y si se le entra por el ojito derecho, ¡uy!, es todo mieles. 


Las hermanas Ruiz  (imagen de la película tomada de You Tube)

¿Pedazo de pan? ¿Todo mieles? Será pan duro y miel harto amarga. Se pasaban el nombre de Benigno de la una a la otra y fui entendiendo... buscaban colocarme...en la alcoba de su hermano. Que "aunque tuviera sus cosas, como cualquier hombre, también era verdad que todas habían quedado tan contentas y dando gracias a quien les había sacado de la miseria".


¿Miseria? ¿Había mayor miseria que la que me proponía la señorita Ruiz? 

Querían sonsacarme: si tenía parientes para acompañarme, pobrecilla sola y desamparada, ni casa ni nada..."¡cuán dura tenía que ser la jornada con los gancheros!". Dios, qué me estaban insinuando...

¿Por qué no me quedo en su casa?A Jesusa le parece, a Cándida también.  Que su favorecedor hermano les había dicho que ya estaban ya con años para "el desempeño y atender a la enferma". Un poco después, conocería a Felisa, la mujer de Benigno, "la enferma"

Mejor colocación no podía tener, con gente temerosa de Dios y mirada con los sirvientes, ellas se lo decían todo. Nada, nada, no podía decir que no. Debía pensarlo, tiempo había. "Como que aquella noche al menos dormiría en la casa, en vez de hacerlo por el monte, como las zorras, que aún hay compasión en el mundo". Cándida se había ido de la lengua y Jesusa le hizo rectificar. No como las zorras sino como una paloma, como "un animalillo del Señor".


Brotó una voz doliente de una alcoba que comunicaba con el comedor: "Eso, eso, como una paloma, como lo que es la moza". Era Felisa, quería verme. Entré en aquel dormitorio triste, me acerqué, me cogió la mano, me la acarició y, enseguida, se aferró a mi brazo desesperadamente. 



Hablaba como si pensara en voz alta: "como yo entonces...Te dirán que te quedes...¿Qué vas a contestarles?"

Cándida le dijo, de malos modos, que me dejara en paz. La enferma aseguraba que a ella le daba lo mismo pero...me cogen del brazo y me sacan fuera de allí. Apenas me dio tiempo a desearle que se mejorara, lo que se suele decir. Lo último que  oí es que le costaba trabajo morirse. 

Pregunté si estaba muy enferma, para Jesusa y Cándida "todo son nervios" y "ahí tumbada se da la gran vida, sin hacer nada". Todo eran reproches y desprecio para la pobre enferma que ni hijos supo darle, "a un hombre tan hombre". Y alabanzas para "el pobre Benigno", al cielo tenía que ir. Vamos, un santo. 

Sonó la corneta del alguacil y nos asomamos al balcón, comenzaba la corrida. A ver si ahora me dejaban en paz. Desfilaba la cuadrilla, surgió el toro y allá que iba el Coleta...No contaré lo de la plaza..."tan pronto como las navajas centellearon al sol, las dos hermanas cerraron el balcón, metiéndose dentro...". Aquello no era pa señoritas que leen el periódico y la hoja parroquial.  Era pa salvajes, como decían. Bien saben ellas lo que es un salvaje...

Yo me mostraba buena y modosa. Desde la broma del Cacholo, dando a luz un cabritillo, yo no atendía a nada ni nadie. Como si flotara. No contestaba, hasta que oí algo de dormir. ¿Dormir? ¡No!, allí ni hablar.

Me entretuvieron enseñándome la casa: la sala, la cocina, la despensa, los graneros, las cuadras y un patio trasero que cruzamos...Y allí estaba la sorpresa, tras una puerta nueva. La abrieron y me empujaron suavemente hacia la parte más escondida de la casa, pegada a las faldas del monte:

-"¿Ves muchacha? Aquí estarías como una reina si te colocaras en la casa. Duerme esta noche y piénsatelo."

Seguiré contándoles lo que tenían pa estar como una reina. Y por qué la broma del parto me hizo tanto daño. Sabrán por qué huyo y de qué huyo.

Me despido de ustedes:

Paula

Un abrazo de María Ángeles Merino

Seguiremos con Paula.