miércoles, 20 de noviembre de 2019

Las confesiones de una cernedora de recuerdos (3). "Las cosas tienen vida propia...".


La cernedora de recuerdos (3)
"Las cosas tienen vida propia".

El pasado domingo, 10 de noviembre de 2019, es bien conocido que se celebraron elecciones generales y, cómo no, cumplí con el deber ciudadano que, por circunstancias que no vienen a cuento, lleva camino de convertirse en rutina. Acudí al colegio electoral que me corresponde, el CEIP Río Arlanzón, el antes llamado Generalísimo Franco, mi viejo cole de la infancia, casualidad que me permite votar y recordar. Y, aunque lo haya visitado muchas veces después de mi último curso allí, no dejo de sentir extrañeza: qué pequeñito es todo, qué grande me parecía de niña.



Ya lo sabéis: me declaro “cernedora de recuerdos” y me gusta tamizar pequeñas porciones de vida, luces en la niebla de la memoria que aprisiono en el papel para que no se pierdan; porque vivo esa edad en que los flashes del pasado me sorprenden. Y, además, acabo de leer y releer Las confesiones de un pequeño filósofo, donde Azorín rememora y nos abre el apetito de rememorar.



El escritor no pudo resistir el deseo de visitar el colegio de su niñez, aunque una voz interior se lo desaconsejase:

«No entres en esos claustros…vas a destruirte una ilusión consoladora. Los sitios en que se deslizaron nuestros primeros años no se deben volver a ver; así conservamos engrandecidos los recuerdos de cosas que en la realidad son insignificantes».

Pero no atendió “esta instigación interna” e “insensiblemente” se encontró en la puerta del colegio y subió “lentamente las viejas escaleras”. Todo estaba en silencio, se oía “el coro monótono, plañidero, de la escuela de los niños”. Después oyó una campana, vio cruzar “una larga fila de colegiales” y se estremeció porque tuvo un instante la percepción de que “todo es uno y lo mismo” y era él “en persona que tornaba a vivir en estos claustros”.

No, el domingo entré en el mi antiguo colegio, ya sin riesgo de destruir ilusiones ni de empequeñecer recuerdos porque, aunque salí de allí a los once años, hube de volver a los diecinueve, en 1976, cuando todavía era Generalísimo, para realizar mis prácticas de los estudios de Magisterio. Recuerdo mi sorpresa ante el amplio vestíbulo, encogido como por arte de magia, y ante un espejismo similar al del “pequeño filósofo”: que era yo que volvía a la fila de colegialas de bata blanca.



Una vez dentro, lo de siempre: coger la papeleta blanca y la de color salmón, los sobres correspondientes, el DNI y a la mesa. En el vestíbulo montaban guardia los interventores con sus tarjetones, ya iba a ponerme a la cola cuando oí mi nombre.

-¡María Ángeles Merino!

-¿Quién eres?

-¿No te acuerdas de mí? Soy Mari Carmen P…, de tu clase, aquí en el Grupo.

-¡Sí! ¡Cuánto tiempo! Desde cuando estábamos con la señorita Felicidad.

-¿Qué te parece si subimos por la escalera y fisgamos un poco? ¿No te hace ilusión?

-Pero, Mari Carmen, nos van a echar el alto.

-Venga, no seas miedica, el de seguridad no mira ahora.



Dicho y hecho, me vi de la mano de Mari Carmen en un aula del primer piso. Nada que ver con la clase de la señorita Felicidad: colores vivos, personajes de dibujos animados, palabras en inglés, pupitres movibles, pizarra electrónica, estanterías y botes desbordados, ordenadores “zapaterines”, lo normal en una clase de ahora. De pronto, Mari Carmen descubrió algo que le llamó la atención, era una puerta gris con un calendario de 1967. Muy decidida, me empuja y exclama:

-¡El túnel del tiempo!  ¡Mira, esta sí es una clase de las nuestras!



La clase comenzaba siempre con rezos, el crucifijo en medio y los retratos de Franco y de José Antonio a los lados, como si de santos se tratara. Y la mesa de la maestra encima de la tarima, el puesto de vigía. Los pupitres dobles e inamovibles, mal lo teníamos si nos enfadábamos con la "compa". A final de curso, lijábamos y encerábamos su madera vieja y nos parecía divertido. 

-Como decía el gitano Melquíades, en Macondo: “Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”. Vamos a dar vida a objetos escolares desconocidos para niños de enormes mochilas y deportivas fluorescentes. Mira, las niñas han dejado aquí sus batas con las chalinas y los cuellos postizos. 

 Las batas blancas, el esfuerzo de nuestras madres, sin lavadoras ni tambores de Colón. No todo era blancura, te acordarás de Milagritos que se ponía guarrísima y, en su casa, la castigaron  con una coletilla en la carta a los Reyes Magos que leyeron en Radio Castilla: “Milagritos lleva la bata hecha un asquito”. Entonces nada nos creaba traumas, no nos mandaban al psicólogo.



-Yo me acuerdo de Belén que todos los días se levantaba la bata para que la viéramos bien el modelito que llevaba debajo, era una chula, decíamos. Había niñas que, por el contrario, procuraban ocultar vestidos viejos y recosidos. Recuerdo que algunas no tenían abrigo.

¿Y las chalinas azules de lunares blancos? Acababan mal paradas después alguna batalla en el patio y nos reñían por conducta "poco femenina”. A mí me llamabais chicazo porque llevaba el pelo corto.

-Y a mí porque llevaba unos pantalones que mi madre encargó a la sastra "para no coger frío". A las maestras tampoco les hacía gracia, las mujeres con faldas, por Dios. Otra cosa que no toleraban era el  pelo suelto, yo eso sí, muy femenina, con cola de caballo y lazo. ¿Y el horroroso cuello de plástico rígido? Agobiaba pero estábamos acostumbradas, hoy dirían tortura infantil.

-Vamos a sentarnos en nuestros pupitres. Nos colocaban aritméticamente, por puestos, según las notas, en tres filas: la de las listas, la de las medianas y la de las tontas. Para coger un complejo y no soltarlo en toda la vida. Yo estaba aquí y tú ahí, me acuerdo. Eras más aplicada que yo y en tu casa te ayudaban más. No me quejo, peor lo tenían las últimas de la tercera fila, se portaban mal y recibían tortas a diario.



-Sí, como Teresina que no atendía a  nada, se aburría y claro “hacía el tonto”. Teresina, al pasillo o al rincón. Ahora recibiría atención psicopedagógica y  clases de apoyo, tal vez la diagnosticarían como TDH y a pastillazo limpio. El niño que no seguía la clase era tonto o vago o desobediente, ya sabes el tratamiento.

-Vamos a abrir nuestras carteras. Mira, mi enciclopedia escolar, el libro que lo traía todo: el ojo de Dios en un triángulo, los Reyes Católicos, Franco, la bola del mundo, el análisis morfológico y sintáctico, los cuerpos geométricos, las cuatro reglas, el sistema métrico decimal, los seres vivos regalo de Dios, la higiene sin ducharse mucho y como ser una niña bien educada. Los dibujos eran muy simplones pero fáciles de copiar.


-El ojo de Dios miraba y la señorita Felicidad no nos hablaba mucho de yugos y flechas, ella era más de Quijote, Azorín y Platero, bendita sea. Teníamos un cuaderno apaisado, mira aquí el mío, donde reflejábamos las festividades patrióticas y religiosas, con dibujos y  frases pomposas. Eran para la exposición de fin de curso: muchas banderas, cruces y santos con aureola.


Platero y yo

Mi estuche de cremallera, mira qué nueva la pintura negra y qué corta la roja y la amarilla. Y, un rinconcito, junto a la escuadra, un estuchito con el rosario de cuentas azules.

-Y mi plumier, con los lápices mordidos y las pinturas enanas. Cuando rezábamos el rosario, contaba con los dedos. El lujo era el estuche de cremallera de dos pisos y el bolígrafo de diez colores, gordísimo. Los Reyes Magos iban a su aire.



-Aquí está mi catecismo de segundo grado, con preguntas y respuestas: “¿Eres cristiano? Soy cristiano por la gracia de Dios.” Yo tenía buena memoria y me libraba de copiar no sé cuántas veces.



-Rezábamos, estudiábamos el catecismo y eso que no íbamos a las monjas. Mira, aquí está algo que odiabas: el costurero con el “tú y yo”. Me acuerdo que no acertabas a enhebrar la aguja, que siempre te salían “trampas” en el punto de cruz y la señorita Rita te mandaba deshacerlo todo.

-Con lo cual, ya no cosía, todo era tirar del hilo y esperar a que volviera Felicidad y nos pusiera, qué felicidad, con el dictado o la lectura. El delantal de labor, creía que lo tenía en mi casa.


"Tú y yo" a punto de cruz.

-En el mío he encontrado chapas de los botellines de la leche. Cuando me aburría, las aplastaba y me hacía pulseras y collares. No me faltaba imaginación.

-Los botellines vinieron después de la llamada “leche americana”. Cuando éramos parvulitas, la conserje Begoña la preparaba  en el servicio, echaba la leche en polvo a un enorme perol con agua del grifo y la calentaba en un infiernillo. Cada una llevábamos nuestra taza, la mía era de plástico y me parecía de juguete. No me hacía mucha gracia beber aquel líquido tibio llena de grumos, pero había que tomarlo o fingirlo. Supimos su procedencia mucho después, se decía que era un regalo a cambio de las bases militares.



- A mí me gustaba, le echaba un poco de Cola Cao a escondidas. Era americana, pero procedía de una ayuda de la UNICEF. Todo era obligatorio en el cole.

-¿Y qué es esto? ¡La bolsa con los bombachos de la gimnasia! Los ridículos “pololos” que nos poníamos debajo de la ropa, de tela azul mahón, con unas gomas ajustadas a la pierna, para que no se nos vieran las bragas. El bombacho y las zapatillas de lona blancas era todo el equipo, no conocíamos el chándal ni las deportivas.



-Y si te daba miedo saltar el potro, te aguantabas. Todavía me acuerdo de la cara de susto que ponías. Sólo tenían un poco de consideración con las que habían tenido “la polio” y llevaban unos armazones de hierro en las piernas. En nuestra clase había una y se gastaba mucha mala leche, pero nos aguantábamos porque estaba “malita”.

-Todavía había niños con poliomielitis, parálisis infantil, en los años sesenta. A nosotras nos vacunaron en el colegio, la vacuna era una gota  milagrosa en un terrón de azúcar. Parece que estoy viendo la gotita aquella y su color rojo brillante, toda una novedad que no nos pinchasen. ¿Qué más cosas hay por ahí?



-Por aquí están los “tesoros”. La goma y la soga de saltar, los cromos Maga Color, la pelota verde de los zapatos “Gorila”, los hilos plásticos para trenzar llaveros, los cuentos troquelados, los cuentos “pulga”, los tebeos de hadas para niñas y los del Capitán Trueno para niños, los recortables, las calcamonías, las postales con rosas perfumadas para el día de la madre, los chicles “Bazooka” siempre en la boca. Y al patio, a jugar al corro con la “chata Berenguela” que “se pinta los colores con gasolina” o con la “jardinera” que entró "en el jardín del amor” o “el patio de mi casa” que “es particular” y “cuando llueve se moja como los demás”.



-Y al escondite, y a pillar, y a la tanga. La campana del recreo era la mejor música. Mira por aquí alguien ha dejado un monedero: duros, pesetas, dos reales, céntimos y perras gordas. Vamos a echarlas al  negrito del Domund, por la ranura que tiene en la cabeza, o al chinito de la señorita Marina. Había que echar una monedita para que se salvaran del infierno.

-Y si Dios era tan bueno ¿cómo iba a mandar a niños inocentes al infierno?



-Eso también me lo preguntaba yo, Mari Carmen. ¡Eh! ¡Mari Carmen!, ¿dónde te has metido? De pronto, ya no estoy en la clase de la señorita Felicidad, estoy en el vestíbulo con la gente que va a votar. Y a mi lado, un guardia de seguridad me pregunta: “señora ¿qué le pasa?”. Eso me pregunto yo.



Cumplí mi obligación del voto y busqué a Mari Carmen. Me fui a casa pensativa. Leí un poco más a Azorín, el pequeño filósofo:

«Casi todos los colegiales teníamos nuestras arquillas. ¿Qué encerraba yo en la mía? Ya no lo recuerdo; acaso un álbum de calcomanías, un lápiz rojo, un espejico de bolsillo, un membrillo, que yo voy partiendo poco a poco y comiéndomelo; un libro pequeño con las tapas pajizas, que yo leo a escondidas con avidez...Las arquillas eran unas cajas de madera, cerradas, con un asidero en la tapa…»

Me puse a escribir: “Las cosas tienen vida propia”.

María Ángeles Merino (ejercicio de escritura)


Ver también http://aranitacampena.blogspot.com/2012/11/el-placer-de-la-lectura-primeras.html

(Palabras en rojo tomadas directamente de  Las confesiones de un pequeño filósofo, Azorín, Narrativa Austral, edición de José María Martínez Cachero, 2014.) 

jueves, 7 de noviembre de 2019

Las confesiones de una cernedora de recuerdos (2)

Luisa García Solano, mi abuela cordobesa (1920)

Las confesiones de una cernedora de recuerdos (2). 
(De la lectura de Azorín a mis recuerdos)

-La magia de la letra impresa  me lleva contigo, niño Azorín, metidos en un ancho cuarto de tu casa. Venga, hazme sitio, nos sentamos aquí, calladitos, "sobre un arcaz de pino", mirando como tu madre va colocando con delicadeza  la ropa blanca, guiada por los precisos carteles de la estantería. Esperamos el momento de quedarnos solos y jugar a los disfraces.

No lo dude, le venía de madre, escritor Azorín. El afán de limpieza, el recato y la aplicación de doña Luisa llegó a trascender a su prosa. Ante el orden de sábanas, almohadas y cubiertas, el exquisito esmero en  las palabras fue la impronta educativa materna, la de una minuciosa mujer que “llevaba en varios cuadernitos la apuntación de todo lo notable que pasaba en la familia. Alegrías, tristezas, viajes, compras, comidas extraordinarias; todo lo iba escribiendo mi madre con su letra grande y fina”. Sí, doña Luisa Ruiz, madre de nueve hijos, escribía y, tal vez, encerrada en su redil doméstico, tuvo el sueño imposible de ser escritora.



Mira, “silbantillo”, tu madre remueve los rimeros y espanta las polillas, saca del arca su mantilla nupcial y  “una vaga tristeza” vela “sus hermosos ojos anchos y azules”. Guardarás, dentro de ti,  la estela de esa “vieja tristeza” que borra la sonrisa luminosa de tu madre. Los niños no olvidamos las sombras que acompañan a los que nos quieren, nos las quedamos, son nuestras. 


Confesiones de un pequeño filósofo de Azorín. 

Ahora, acompáñame a otro tiempo, cuando eras un enjuto anciano que sólo salía para iral cine. ¿Sabes? Mi abuela se llamaba Luisa, como tu madre, yo la recuerdo algo gruesa y con el pelo blanco, la cara lavada y el encanto de su sonrisa.


Mi abuela Luisa García Solano como yo la conocí, en los años setenta.

Suena la antigua sintonía de Radio Nacional, en una radio con aguja que navega por  las ciudades del mundo. Yo me veo, de niña que empieza a ser adulta, sentada frente a una mesa de cocina con hule de colores desvaídos, calladita, mirando como mi abuela va vertiendo  el  gota a gota del aceite de oliva sobre yemas de huevo, en un mortero  amarillo. La cucharita primero cicatera, después generosa, va obrando la magia de la mahonesa. Y me va contando, también gota a gota, la melancolía por su lejana Córdoba, mientras las eses me acarician: “aseite”, ”asúcar”, “corasón”.  Siento el mucho calor ante las casas tan blancas, me refresco en los patios cuajados de flores, luego la Mezquita, el Potro, las Tendillas, los Faroles…yo la recorría en mi misma ciudad castellana, la de la Catedral y el mucho frío.


Mezquita de Córdoba

-¿Y cuándo eras pequeña lo pasabas bien?

-Mis padres tenían una tienda de telas, muy grande. Iba con mis hermanas al colegio de doña Pura, era la primera de la clase y lo pasaba muy bien; pero mi madre se murió de una hemorragia cuando acababa de dar a luz. Yo tenía solo siete años y me crié sin madre, la Juana nos cuidaba y, para la recién nacida, buscaron una chiva.

-¿Por qué no estudiaste una carrera con lo que te gustan los libros?

-Mi padre no me dejó, decía que era rica y no necesitaba estudiar. Ya ves tú, las pobres tampoco. Me tenía preparado un marido ingeniero.

-¿Y cómo conociste al abuelo Antonio?

-Tu abuelo escribía en una revista que publicaban en Córdoba. Yo no lo conocía pero me enamoré de sus escritos. Lo conocí después, en una fiesta. Entonces no había tanto jaleo de chicos y chicas, no salíamos solas nunca. Las fiestas eran nuestra oportunidad. Con lo guapo que era y lo que me gustaba leerle…me enamoré y hasta ahora. Fuimos novios cinco años, mi padre no quería que me casara con él porque era pobre, huérfano de militar, maestro...y no le caía bien. Nos hablábamos por el balcón, me empeñé en casarme con él y mi padre me desheredó. Sólo me dejó hacerme un buen ajuar y la “legítima” de mi madre.


Luisa se enamoró de Antonio y esta fue su nueva familia (1920).

Me fui con tu abuelo, fueron naciendo mis ocho hijos. El sueldo de maestro era muy poco  y mi dinero sirvió para que aprobara unas oposiciones  mejor pagadas; pero cambiábamos de destino, todos con todo al tren  y a buscar casa: Córdoba, Huelva, Torre del Mar, Ciudad Real, León, Granada, Algeciras, Antequera… Salimos adelante, cuando salía de la oficina todavía tenía muchas clases particulares que dar, en casa. Cuando podía, yo también escuchaba las clases, en silencio, con alguna labor en la mano.

-¿Y leías?

-Sí, y guardaba el libro en el cesto de la plancha. Me hubiera gustado ser escritora como la Pardo Bazán, la de sus primeros libros que luego se volvió una vieja verde.

-¿Ocho hijos?

-Sí, ya sabes que se me murieron dos niñas: Luisita la mayor y Luisita la pequeña. Entonces se morían muchos niños, yo me enfadaba mucho cuando oía eso de “angelitos al cielo”. No hay dolor comparable.


Luisita la mayor

-¿Y la guerra?

-Veinte días antes de comenzar la guerra, salimos de Antequera. Un día o dos antes de que nos fuéramos, nos visitó el hermano de tu abuelo, Francisco Moya Escribano, que era militar y que, muy poco después, sería fusilado por los nacionales, en Málaga. Recuerdo sus palabras: "Antonio, si te vas a marchar, vete mañana mejor que pasado, porque se va a armar una muy gorda, no me preguntes más". Nos fuimos a Alcalá de Henares y allí pasamos la guerra, tu abuelo tenía su trabajo en la Universidad y vivíamos en el mismo edificio.

Teníamos bombardeos a todas horas, cuando les daba la gana, claro. Es muy duro, todo lo que se diga es poco. En los refugios, los niños se impacientaban. Tu tía Carmela chillaba y Diego quería salir. Pepe solía portarse bien. Antonio, el mayor, cuidaba de todos. María Ángeles, tu madre, se aburría y se marchaba sin que yo me diera cuenta. Aurora era chiquitita y se hinchaba a dormir en mis brazos, mamaba y no lloraba. Nos acostumbrábamos, qué remedio.


Mi madre señala donde pasó la guerra civil

-¿Pasasteis hambre?

 Había muy poca comida, la que daban para el mes en la cartilla, donde iban quitando días de un cartón o lo tachaban. Teníamos que hacer muchas colas. Tu abuelo daba clases de Bachillerato a los de una finca que tenían vacas, corderos, verdura y de todo. Le pagaban con alimentos, la mejor paga entonces. Tu tío Antonio preparó un palomar en una torreta del patio principal y criaba palomas con trigo que respigaba. Yo criaba gallinas en otro patio. Comíamos poco pero comíamos.

-¿Y cuándo acabó la guerra?

-La posguerra fue peor, ahí sí que pasamos hambre. De Alcalá de Henares pasamos a Palencia y después a Burgos. Nunca volví a Andalucía, a mi Córdoba. Ahora tengo nietos burgaleses, palentinos y vascos, todos están en mi “corasón”.  Acaba de nacer el pequeñito, en Bilbao.

-Mi abuela murió pronto, creo que yo andaba por los catorce o quince años. Nunca volvió a su querida tierra, está enterrada, junto a mi abuelo, en el gélido cementerio de Burgos. Los niños no olvidamos las sombras que acompañan a los que nos quieren, nos las quedamos, las hacemos nuestras. Un día, más de cuarenta años después, en la estación de tren de Córdoba, al bajar del AVE, ese tren tan cómodo que mi abuela no conoció, lloré por las viejas tristezas de Luisa García Solano, las que nublaban su luminosa sonrisa.

Abuela, ayer nació Olivia, tu tataranieta, en Andalucía.



Olivia, andaluza, mi sobrina nieta más pequeñita.

La lectura de Las confesiones de un pequeño filósofo de José Martínez Ruiz, Azorín, me han ayudado a escribir esto que hacía tanto tiempo que deseaba escribir. Gracias, “silbantillo”.

María Ángeles Merino Moya

(Palabras en rojo tomadas directamente de  Las confesiones de un pequeño filósofo, Azorín, Narrativa Austral, edición de José María Martínez Cachero, 2014.) 


domingo, 27 de octubre de 2019

Dearest Nancy



Comentario en torno a la lectura de La tesis de Nancy de Ramón J. Sender, para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda Escudero. 


Dearest Nancy:

¿Qué tal estás? Espero que bien, después de una larga vida en los papeles impresos. ¿Gozas de buena salud? Se puede decir que buena, pues son muchos años desde 1962 y el libro que cuenta tu historia sigue editándose  y se utiliza, por su valor filológico y didáctico, en clases avanzadas de español para extranjeros. 

Sin embargo, voy a ser sincera contigo. Se comenta que muestras síntomas de vejez, tanto ha cambiado la España que fue el objeto de tu tesis doctoral. Hay quien va más lejos y opina que naciste ya un poco vieja, que el exiliado Ramón J. Sender tenía cristalizada en mente la España de los años treinta, ya en trance de desaparición en los sesenta. Y te llevó a ti, "chica americana, semejante a cientos de miles de chicas americanas", "formal estudiante de lenguas románicas", hasta Alcalá de Guadaira, muy cerquita de Sevilla, en la Andalucía más profunda y machista. 

¡Pero no de la Edad de Bronce! Chica, deja a Tartessos en paz, aunque te tengas tan bien estudiado a don Adolfo Schulten, un arqueólogo un tanto "friki". Ten cuidado, que la erudición mal asimilada produce monstruos.



Ramón J. Sender se sirvió de las entusiastas cartas que escribiste a tu prima Betsy, sus papeles del Alcaná de Toledo. ¡No pongas esa carita!  Disculpa, no he dicho nada, olvidaba que la metáfora no es tu fuerte y que tampoco estás muy puesta en el Quijote. Serían unas cartas americanas, como Montesquieu escribió sus Cartas persas o Cadalso sus Cartas marruecas. Eso es, una novela epistolar con tema exótico, ése es el género; pero Cadalso era un intelectual que quería reformar el país. La tuya es una novela más cotidiana. 

Así que con veinticuatro años viniste a estudiar a la universidad de Sevilla y escribiste la ínclita tesis, ahora vas y lo buscas, fruto de tu concienzuda investigación sobre "la gente española": mujeres "afeminadas" y hombres amables pero incomprensibles, todos pasados por el tamiz de una mentalidad calvinista que entiende todo al pie de la letra. Yo te veo, además, un poco soberbia y prepotentemente americana. No te cabe en la cabeza que tus estudios de Antropología y Literatura española, nada menos que en la universidad de Pensilvania, no den soluciones a tus dudas; así que tú las fuerzas y estalla el humor. No te enteras de nada, vives inmersa en una cultura que no entiendes, pero que tú crees entender...de la forma más chusca. 

Nancy cariño, habría que explicarte tantas cosas: lo de canelita en rama no va por el color de tu pelo, cuando a una mujer le dicen que está buena no hablan de su salud, no confundas los gorilas con las guerrillas, el barrio de Santa Cruz no imita el estilo californiano sino al revés, si el marqués te soba la pierna no te está dando masaje terapéutico, una tía no es siempre de la familia, las cajas de caudales no llevan una mosca para soltarla...¡Uf! Y por favor, no andes preguntando por el subjuntivo, que la gramática no es popular aquí. Seguro que lo sabes, cuentas con admiradores incondicionales, pero también hay quien no te aguanta y se cansa pronto de tanto chiste y tanto tópico. 


Pedro Ojeda con Ramón J. Sender


Un buen estudiante de lenguas lleva siempre un diccionario consigo, o varios como la gran Mrs. Dawson; pero tú te añadiste uno vivito y coleando, sí como un pez: Curro, tu novio andaluz y gitano, un baúl de modismos y frases hechas. Tu sentido utilitario americano, Nancy, me parece un poco "monstruosillo", mantienes la farsa del noviazgo para confeccionar la mejor tesis, a toda costa. Luego resulta que eres tan antigua como las españolas: tu novio americano te envía una carta y un anillo, recoges la tesis y sales volando para Estados Unidos. Richard estará muy entretenido y feliz durante la luna de miel, copiándola a máquina. Total, solo son doscientas fichas. Bajo la influencia del "erotismo tarteso de Curro", tan posesivo, estabas afeminándote un poco, no importa, tu tesis habrá valido la experiencia. 



Bueno, amiga, para tu creador, Ramón J. Sender, la novela era un divertimento, no estaba tratando de hacer la gran novela. Como decía Cervantes “hacer reír es tarea de discretos” y muchas veces hay que reír para no llorar; pero en La tesis de Nancy "hay un poco de todo: antropología, folklore, historia, y…mala sombra". 

Gracias, Nancy, por hacernos participar de tu "experiencia tartesa-turdetana-bética-flamenca". Y perdona la bronca. 

Un abrazo de:

María Ángeles Merino



¡Y ahora que comience el curso 2019-2020 en el Club de Lectura de La Acequia!

jueves, 24 de octubre de 2019

Las confesiones de una cazadora de historias



La cazadora de historias (con ayuda de Azorín)

Es la tarde de un jueves que cierra una semana de calamidades domésticas. Son cerca de las siete y descubro una E burlona, junto a los mandos del lavavajillas. Ni agua ni detergente y muestra con descaro los platos secos y sucios. Ahí te quedas, majo, que  yo me voy. Decido que es un buen momento para apresar historias urbanas burgalesas, con bolígrafo y libreta. Si no las hay, o no se dejan,  al menos habré andado los diez mil pasos y las nosecuantas calorías. Un libro por si me aburro, venga a la bolsa, zapatillas y en marcha. Salgo, en busca del hilo tejedor.

Es la calle Ana María Lopidana. La larga cola junto al Auditorio, la vecina me dice que es para un concierto de música militar, pues pasado mañana es 12 de octubre. El  anciano del sombrerito tirolés tararea bajito: “como el vino de Jerez y el vinillo de Rioja”.  Las señoras del pelo cardado ríen divertidas.

 Es la Plaza de España. El hombre de gorrita ridícula de franjas rojas y verdes, no sé qué pinta junto a los niños y los papás del centro de inglés.  La mujer del enorme floripondio en el pelo espera el autobús, junto al hombre con cara de pocos amigos. Las tres mujeres sentadas bajo la marquesina, las de los lados obvian a la de en medio que mastica  su  misterio doloroso: “yo tenía nueve años cuando se murió mi madre”.

Es la calle Santander. Leo “Defendamos el Centro Social Recuperado”. Los que sujetan la pancarta corean “Así, ni un paso atrás, contra el desalojo, lucha popular”. Y los destinatarios invisibles, un foro de banqueros y empresarios, están reunidos en las profundidades del palacio donde Felipe el Hermoso perdió la última jugada contra su taimado y católico suegro. Uno pregunta de qué va esto, otro encoge los hombros. El del altavoz informa de maniobras especulativas, operaciones de blanqueo, directivos corruptos y tarjetas black. Acostumbrados a esa lluvia de palabras, muy pocos se paran a escuchar. La gente entra, busca entre los trapos y sale parapetada por bolsas de papel. 


Calle Santander (Burgos), el 10 de octubre poco después de las siete de la tarde.

De vez en cuando alguien deja caer una moneda en el plato de la oronda perra Luna que duerme plácidamente y el mendigo rumano sonríe. Una señora me cuenta que la perrita se comió unas hierbas del río y se puso muy malita y hubo que operarla y la operación costó trescientos euros y la gente colaboró para pagar al veterinario, figúrese usted trescientos euros para quien se gana la vida pidiendo limosna.


Junto a esta tienda podéis ver habitualmente a la perra Luna.

Al llegar a los Portales de Antón, ya no veo ni escucho. La varita mágica del hada Creativa podría concederme la gracia del hilo conductor, pero me ha abandonado. En su lugar, el hada Prosaica no cesa con su aguijón: para qué pierdes el tiempo en embriones de historias inconexas, no escribas disparates que solo son fruto de tu imaginación, vamos que ya eres mayorcita. Yo la replico: sí, hada Prosaica, figúrate que “va el hombre de la gorrita roja y verde y dice a los de la pancarta que la perra Luna mordió a un banquero porque quiso darle una limosna pagando con su tarjeta black”. ¿No quería usted un disparate? ¡En fin! Guardo el bolígrafo y la libreta en la bolsa, concluyo que la única conexión clara de mis apuntes es: “cada uno va a su bola”. Sigo mi paseo y cruzo hacia el Espolón. 

Han instalado una caseta amarilla, al principio del paseo. Una voluntaria de Amycos me vende unapapeleta  de tres euros para la carrera solidaria de patitos de goma, en el río Arlanzón.  La recaudación es para mantener el comedor social San Vicente de Paúl. La mujer que me la vende me habla con entusiasmo de de la Casa de Acogida,  el único sitio abierto por las mañanas para los que duermen en los cajeros automáticos, allí les dan calor y cartas y televisión y  talleres. Le cuento que cuando daba clases en el centro de adultos tenía alumnos que pasaban demasiadas horas en la biblioteca y se marchaban de clase disparados cuando llegaba la hora de la cena de Cáritas. La voluntaria me anima a ser voluntaria, le advierto que  no soy una persona religiosa y ella me dice: “bueno, nosotros lo hacemos por algo”.  Me despido de ella y sigo andando Espolón arriba.


Mis apuntes y el patito 3190.

 No quiero andar más, el libro que llevo en mi bolsa me está pidiendo una relectura. Entro en la cafetería Ibáñez, está libre el rinconcito del fondo, tomaré un café o un té con leche. Abro Confesiones de un pequeño filósofo de Azorín, ajena a la marea de conversaciones que sube de tono a medida que sirven los chocolates y los churros. Leo en “Yecla”:

"Y esta tristeza, a través de siglos y siglos, en un pueblo pobre, en que los inviernos son crueles, en que apenas se come, en que las casas son desabrigadas, ha ido formando como un sedimento milenario, como un recio ambiente de dolor, de resignación, de mudo e impasible renunciamiento a las luchas vibrantes de la vida. "

Entro en la casa del bisabuelo de Azorín. Las viejas con rosario y los vecinos pobres, que deben ser casi todos, entran sin avisar, para calentarse en la cocina. Entro en la del tío Antonio, donde una vieja “arrugada y pajiza”, se asoma a la entrada y reza “por todos los difuntos de la casa”, a cambio de “una limosnica, por el amor de Dios”. Nadie sale y la pobre vieja se queda sola con sus “Ay, Señor” y los “Cu-cú” del “pequeño monstruo” del reloj.

La frontera entre los ricos y de los pobres la marca el calor y el alimento, entonces y ahora. Tristeza de siglos, sí, maestro Azorín. Resignación también.

"Cuando ya sentados en la mesa, llegaba el momento en que sacaban el cocido, yo veía que esta era la más íntima e intensa satisfacción de mi tío Antonio… Y luego, su sensualidad consistía (además de oír la música  de Rossini) en devorar beatamente los garbanzos, la carne grasa, las patatas redonduelas y nuevas. Y yo lo veo, con su cara redonda y su papada, cómo rosiga y sorbe los huesos, como los golpea contra el plato para que suelten la blanda médula.”



El servilletero contiene un mensaje: Mi playa ideal está llena de palmeras de ¡¡chocolate!!”.  Y voy yo y cedo a la tentación, ni café ni té, un chocolate. Unos churros serían demasiado, un croissant será suficiente. "¡Qué bien vas a merendar!" me dice sonriente la camarera.



El chocolate me saca del comedor del tío Antonio. Adriana, una niña de unos siete años, con un  lazo enorme, va a celebrar desganada su cumpleaños. La mamá busca sitio, juntan dos mesas y me dejan cercada por su conversación. Va a venir el abuelo. Mira, una muñequita con alas de mariposa dentro de una burbujita, la luz cambia de color. Trae el bolso de la abuelita, mi vida, saca eso y ábrelo, es un puzzle muy  bonito. La camarera ve la cara de disgusto de la niña y colabora: "felicidades mi chiquitina, luego te voy a dar algo". Llega el abuelo. Cinco chocolates, seis churros por ración. Adriana no lo prueba y, aburrida, pulsa una y otra vez  el botón de la luz del juguete. "Se ha muerto el padre de Charo, un amigo nuestro del pueblo". Mira qué bonito, tiene siete colores.



La camarera me señala divertida: "tienes una mancha aquí". El chocolate ha dejado su huella delatora. Miro el reloj,  se acabó el cazar historias por hoy. Me quedo sin saber qué le pasa a Adriana. Estoy tentada de contarle que al niño Azorín, en su colegio, lo levantaban a las cinco de la mañana y si tardaba un poco se quedaba sin chocolate. Después, “poníamos la cabeza bajo la espita y nos corría la helada agua por la tibia epidermis con una agridulce sensación de bienestar y desagrado”.

Ando lo desandado pero ya no hay ni rastro de mis historias cazadas. El papel es paciente, el ordenador también, y tal vez la varita mágica del hada Creativa me ayude, en otra ocasión, a tejer más hilos conductores.

 Me espera la E, de error, del lavavajillas. Ya no me importa. La literatura ayuda a vivir.

María Ángeles Merino Moya

(Historias reales atrapadas el día 10 de octubre, de siete a nueve de la tarde, en Burgos)

(Palabras en rojo tomadas directamente de  "Las confesiones de un pequeño filósofo", Azorín, Narrativa Austral, edición de José María Martínez Cachero, 2014.) 

Pinchad aquí.



miércoles, 9 de octubre de 2019

Las confesiones de una cernedora de recuerdos (1)



"Lector: yo soy un pequeño filósofo; yo tengo una cajita de plata de fino y oloroso tabaco, un sombrero grande de copa y un paraguas de seda con recia armadura de ballena.

No voy a contar mi vida de muchacho y de adolescencia punto por punto, tilde por tilde...

Yo no quiero ser dogmático y hierático; y para lograr que caiga sobre el papel, y el lector la reciba, una sensación ondulante, flexible, ingenua de mi vida pasada, yo tomaré entre mis recuerdos algunas notas vivaces e inconexas-como lo es la realidad-, y con ellas saldré del grave aprieto en que me han colocado mis amigos, y pintaré mejor mi carácter, que no con una seca y odiosa ringla de fechas y de títulos...

...¿Cómo iba yo a la escuela? ¿Por dónde iba? ¿Qué emociones experimentaba al entrar?

¿Cuándo jugaba yo? ¿Qué juegos eran los míos?..."

(Tomado de  "Las confesiones de un pequeño filósofo", Azorín, Narrativa Austral, edición de José María Martínez Cachero, 2014.) Pinchad aquí.

Leo los primeros capítulos de Las confesiones de un pequeño filósofo de Azorín y siento la necesidad de hacer caer estas palabras.

Lector: yo soy una cernidora de recuerdos; tengo una bata blanca, una chalina azul de lunares y un cuello de plástico. Y, a la manera del Azorín “pequeño filósofo”, cerniré un puñadito de harina de mi vida, a través del  tamiz de la memoria.

Porque vivo esa edad en la que nos sorprenden flashes del pasado que han tomado, con el tiempo,  los matices más insospechados. Y, aunque mis palabras sean jirones, pinceladas sueltas, luces fugaces en la niebla, siento la necesidad de hacerlas caer al papel.

Lector: yo tecleo estas notas a medianoche, mientras sueño despierta con “estrellas fulgurantes”, y  un coro de grillos “suave y melódico”.  Busco mi paisaje tras los geranios y las farolas son teloneras de una avenida del Cid desangelada. Pasados  tilos y pilongos, arriba en el cerro, una luz deslumbra a los pinos somnolientos. Recuerdo.

3 marzo 1967. Me llamo María Ángeles, tengo casi diez años y vivo en Burgos, en Paloma 29, una calle escoltada por mi catedral de piedras grises y churretosas, seguida de soportales, miradores y un guardia desesperado. Los portales  tenebrosos huelen a pared húmeda, a pis y a puchero.Mi casa no tiene portal, entro desde la tienda de mis padres a una vivienda vieja, con  buhardilla habitada por “el hombre del saco”; pero sobra espacio para la escuela de mis muñecas.


Como cada mañana del invierno,  la muda calentita espera cerca  de la chapa. Mamá  recita “bendita sea la luz del día”, mientras me visto. Antes de salir, la bufanda con vueltas e imperdible.

Mi colegio es el Generalísimo Franco, lo inauguró el general superlativo  y cumple con la pedagogía franquista. No recuerdo sensaciones hórridas, las maestras  no exageran los castigos. Severas, distantes, encorsetadas, nos inculcan que es por nuestro bien.  Los maestros de los chicos sí son” hórridos” de verdad.  A las niñas nos llega el ruido explosivo de las bofetadas.
Voy al colegio con algunas compañeras y a veces contamos chistes. Hoy toca el de “qué le dijo el wáter a Franco”.  Nos reímos bajito.




Tomado del blog de mi querida tocaya Gelu que ya no está con nosotros.

En  el balcón del Ayuntamiento pa papapapapapá, trompetas que llaman al pueblo. Hay que esperar a mayo para los danzantes y los gigantones. No hay que entretenerse en los escaparates de Moliner ni en Chapero: mira la muñeca que le crece el pelo y el Scalextric. Pasa don Rufino con su manteo, tan amadísimo en el Señor.

En la Calle Carnicerías, evito ver los  corderos sangrantes colgados boca abajo  Por la Diputación, pasan las ciegas del cupón, la gorda reguñona y la delgadita sumisa. Agarradas del brazo, hablan como si estuvieran solas. La una: me duele la tripa, me ha bajado el periodo. La otra: da muchas gracias a Dios. No entiendo nada.

Llegamos al semáforo: peatones pasen, peatones esperen. Coincidimos  con el matrimonio Frübeck que abre su óptica, con puntualidad germánica. Ya en la calle Vitoria, nos saluda el gato de la fachada del cine Avenida y una niña quiere contarnos la película, no sé si de Walt Disney o de Cantinflas. El Bazar Médico muestra unas enormes jeringas que ni mirarlas. Hay un guardia civil en una garita y nos preguntamos si será el padre de Pilarín, una niña que  siempre nos amenaza con chivarse a su papá.  Los grises al otro lado de la calle Vitoria, no nos dan miedo…todavía. En la tienda de periódicos, leo las letras más gordas…



El río Vena baja muy sucio. Nos hemos entretenido, daos prisa.  Ya llegamos a  la fila, subimos. Felicidad me gusta porque leemos más y hacemos menos divisiones kilométricas. La señorita Marina me reñía cuando los números se me desparramaban. A esta le gusta lo que a mí   valora mi trabajo. ¡Felicidad! Ahora leemos Platero y yo y el burrito se bebió un cubo de agua con estrellas. Lo malo fue que, a continuación, tocaban labores con la doña Rita que me pidió el trapito y me arreó con el dedal.

¡Qué bien! En el recreo jugaremos a “dubles” con mi soga nueva: “para bailar el twist se necesita un pantalón vaquero y una blusita”. Ya estamos un poco cansadas de la chata Berenguela, tan fina que se pinta los colores con gasolina, trico, trico, tri. Galletas con mantequilla, qué ricas.


Colegio Público Río Arlanzón de Burgos, antes Generalísimo Franco.

3 de marzo de 1967, la señorita Felicidad leía el ABC y lloraba.

“Con Azorín, muere del todo el 98”

Las niñas también.

María Ángeles Merino Moya, 8 octubre 2019.

609 palabras que podían haber sido muchas más (se trataba de un ejercicio para un taller de escritura). Con posterioridad, he recuperado algunas que eliminé, son las de la letra pequeña.