miércoles, 17 de diciembre de 2014

"En esos momentos deja que tus pensamientos y tus ensueños vengan sobre mí sobre el brillante puente de las estrellas"


Comentario como introducción a la novela "La sonrisa robada" de José Antonio Abella. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Os saludo de nuevo, compañeros de lectura, los que asomáis por aquí con vuestros comentarios y los que pasáis de puntillas. A todos os agradezco que me acompañéis en mis aventuras lectoras. Echamos la vista atrás y recordamos:

La semana pasada nos despedíamos de Andrea, la protagonista de "Nada" de Carmen Laforet. Escuchábamos "una voz femenina, universitaria, existencialista, desde el lado perdedor, desde Barcelona, desde una intimidad familiar…".  Una novela con visos de realidad, tal vez con un fondo autobiográfico, pero ficticia como suelen ser las de su género. 

Ahora vamos a escuchar la voz de dos personajes reales que vivieron un apasionado amor real, en los ásperos años cuarenta que siguieron a la guerra civil española y a la segunda guerra mundial, sí, el mismo tiempo que vivieron los personajes de "Nada".  En la página web  de la editorial leemos:

"Entre enero de 1949 y diciembre 1953, la joven alemana Edelgard Lambrecht y el poeta español José Fernández Arroyo intercambiaron una intensa correspondencia que marcaría la vida de ambos..." Leer más.

Y de su autor, José Antonio Abella" (Burgos 1956), leemos:

"Literatura, escultura y medicina son los tres ejes de su actividad  profesional. En 1992 se publica su primera novela...". Leer más.

Un joven poeta que escribe su diario, un amor tan solo alimentado por cartas manuscritas y un médico que escribe novelas. La importancia y la fuerza de la escritura puede llegar a sorprendernos en un tiempo de "uasaps" y correos electrónicos, harto cicateros en letras y palabras. Ya, ya sé que no se escribe así.

"La sonrisa robada" no es un libro que se pueda contar. Es una lectura que hay que vivirla, soñarla. Contiene amor, poesía, sentimiento, delicadeza, intenso dolor también. Historia, música, medicina, resistencia a la adversidad, amor a la vida; todos sus ingredientes están sabiamente administrados. Sentís curiosidad, pues...adelante. ¿Que es un poco grueso el tomo? No se os hará larga su lectura. Tal vez, una vez finalizada su lectura, deseéis leer el diario completo del poeta: "Edelgard: diario de un sueño" de José Fernández Arroyo, el otro lado del puente.



A Edelgard y a José  los he soñado bajo una tienda de campaña de amarillentas cuartillas, bien sujeta por dos negras plumas estilográficas. La tinta es el vehículo de sus sentimientos. Tinta que cruza un puente de estrellas, tendido entre tierras alemanas y españolas. Flensburg y Manzanares. Flensburg  y Madrid.

26 de enero de 1949. José, un joven estudiante de Bachillerato que ejerce como practicante en un pueblo manchego,  había enviado su dirección a un club de amigos por correspondencia. 

Escribiría a chicos y chicas europeos, en el "renqueante francés aprendido en el instituto", "el idioma de los librepensadores", para abrirse al mundo; el sueño de muchos adolescentes en "la España en blanco y negro del nacionalcatolicismo", aislada tras "una frontera espiritual reforzada con cerrojos carceleros y cuentas de rosario engarzadas en alambradas de espino".

...una caligrafía ordenada y vertical...

No se conocen en persona, pertenecen a dos mundos diferentes; pero les une un deseo de amar y, al mismo tiempo, de escapar a la realidad cotidiana.

José huye del "hedor a caspa e incienso, a sacristía cerrada", en la España de la posguerra donde, tras diez años, se percibía todavía el diluido olor de la pólvora. 

"Al otro lado estaban la alegría y el color, el aroma de la primavera". Algo de ese aroma le llega en la primera carta que le produce "un impresión muy especial...una caligrafía ordenada y vertical...un cierto tono misterioso, como sugerente, no sé algo que no puedo explicar".

Edelgard huye de su cuerpo maltrecho y debilitado, del tormento de sus recuerdos, de sus sueños perdidos, de su querida Stettin de donde fue arrancada, en una Alemania en ruinas.

"Debería hablarle de mi hermosa tierra del Este alemán, ahora separada; de "mi conocimiento con los rusos y alemanes" (ellos nos expulsaron a mi hermana Sigrid y a mí, en mayo de 1946, de Stettin; perdimos todo; nuestra madre, nuestros hermanos y otros parientes próximos, la patria y los bienes; también nuestra salud sufrió mucho...¿Podría hablarle...de mi nueva "patria" que no será nunca "mi patria"...de mi amor por la música y la naturaleza...de mis secretos proyectos de llegar a ser una escritora (ahora estoy estudiando el arte del estilo). He estudiado Medicina, pero el fin de la guerra acabó con mis estudios..."

José no podía ignorar la carga de dolor que llevaban los entrecomillados: "ma connaisance avec les Russes et les Polonais", "ma patrie"; intuye el horror de la aludida "connaissance".

Julio de 1949. José cumplía el servicio militar en Madrid, como sanitario. La vida cuartelera le resultaba monótona y fea pero encontraba sus minutos de felicidad, tras la cena. "Tendido en la terraza del cuartel, José camina por el puente de las estrellas". Leía las cartas de Edelgard  "con un temblor en las manos y ronroneo en el corazón". Escribía mentalmente, cartas de respuesta que luego, en el papel, ya no le parecerían tan hermosas. Ella le respondía en alemán porque en francés no podía expresar lo inexpresable:

"Ja, lieber José...cuando al atardecer estés en la terraza, contemplando la estrella, debes pensar que yo soy esa clara estrella brillante de que me hablas. En esos momentos deja que tus pensamientos y tus ensueños vengan sobre mí sobre el brillante puente de las estrellas. Yo los esperaré y, cuando ya estén en mí, iré a sentarme al piano y mi música construirá otro puente sutil e invisible y te llevará mis pensamientos"


Estrellas (Wikipedia)

"Llueve sobre Flensburg". Así comienza el libro que tenemos entre las manos, con la lluvia que caía obstinadamente aquel día de  1953. Porque José "viajó a Flensburg para materializar un sueño". El viaje duró dos largas semanas en autoestop por las carreteras de Europa, durmiendo en gasolineras, en parques públicos, en oscuros zaguanes. Y José Antonio Abella viajó muchos años después, "quizá por el mismo sueño", buscando el rastro de Edelgard, dos horas en avión y dos en tren.

"Un talismán de tres sílabas pronunciadas con la fe titubeante de quien necesita tocar la herida para ver la luz". Es el motor que impulsó el viaje del joven poeta. Su amigo, el autor de la novela, comprende muy bien ese amor a la antigua, tal vez un poco cursi. Él también ha caído bajo el embrujo de las cartas de Edelgard. Ambos comparten "los genes de un romanticismo tardío y una adolescencia incurable y errática". Vagarán "por caminos inciertos, en la frontera brumosa y serpeante de lo sublime y lo ridículo".

Vagaremos con ellos por caminos inciertos, en los que no faltara la belleza. Edelgard asomará entre la niebla buscándola siempre con avidez.  En la Naturaleza, en la música, en la literatura, en las cartas del poeta español.  El manzano de su jardín, la anémona nemorosa, la "Träumerei" de Schumann o un poema en su lengua. Porque para Edelgard todo lo bello de este mundo es Dios y, en esta convicción, se acerca a José cuya sólida fe religiosa se desliza hacia un panteísmo poético.


Flor del viento (anémona nemorosa) Wikipedia

Ni la belleza estará ausente, ni el deseo que pronto prende entre las cuartillas:

"Mientras tocaba el piano, un soplo imperceptible hizo vacilar la luz de las velas y me pareció como si tu alma acariciara mis cabellos. Creo que he sentido todos tus pensamientos, toda tu "Sehnsucht", incluso durante mi sueño..."

"Sehnsucht" es una palabra que Edelgard y José repiten con frecuencia, sin traducción. Su significado aproximado sería el de un deseo muy, muy ardiente. Y la "Sehnsucht"que fluye en sus corazones será  el mejor bálsamo contra la memoria de los días en Stettin., de los felices y de los desgraciados.

Seguiremos con "La sonrisa robada". ¿Cómo se roba una sonrisa? 

Mientras tanto, podéis escuchar la música de "La sonrisa robada", interpretada por Isis Pérez Villán.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Andrea: una voz femenina, universitaria, existencialista, desde el lado perdedor, desde Barcelona, desde una intimidad familiar…y sin que el censor pueda usar el lápiz rojo.



Comentario a la novela "Nada", de Carmen Laforet, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. Realizada siguiendo las notas tomadas en la lectura colectiva presencial dirigida por Pedro Ojeda, en la UBU.

¡Hola Andrea!

Aquí estoy otra vez, en la cafetería con vistas a los árboles y cristaleras que dejan pasar la luz del día. O de la noche, como ahora.

Ya sé que no te vas a dejar ver, que como ente de ficción no se te permiten esas expansiones pero aquí tienes mi ordenador, escribe lo que quieras. 

¿Cómo crees que te vemos los lectores? Aquí tienes tu merienda, hoy hay bizcocho de naranja, te gustará.

¡Buenas tardes María Ángeles!

He sabido, a través de su cuaderno de notas, que ha estado reunida con un profesor de Literatura llamado Pedro Ojeda y un grupo de lectores, en la Universidad de Burgos. Y han comentado, con mucho interés, la novela en la que soy protagonista, dueña y señora. Es mi mirada y nada más, es “Nada”. 

Analizo sus notas y le comento. De vez en cuando, doy un sorbo al té y un mordisquito al bizcocho con sabor a naranja. Usted está distraída hablando con alguien, siempre aprovecho sus distracciones, más largas de lo que usted piensa.


En general, la obra ha sido del agrado de los lectores allí reunidos. La España en que viven ustedes, a pesar de la crisis, ya no es como la de 1943, con la guerra recién terminada; pero la obra sigue siendo un clásico. Sí, hay algo universal en “Nada”, algo que conserva su valor a través del tiempo. 

La mayoría había leído la obra en su juventud  y coincidían en que “no es la misma novela”. Por entonces, me veían llegar con mi maleta y se ponían enseguida de mi parte, les daba pena. Ahora su reacción es distinta, se preguntan qué tonterías hace esta chica que pasa hambre, se administra mal y realiza gastos absurdos. Me cogerían y…ya comprendo sus buenas intenciones. 


Notas que tomé durante la lectura colectiva presencial, dirigida por Pedro Ojeda (9-12-2014)

El profesor Ojeda me compara con el Lazarillo de Tormes, un pícaro que nos cuenta, ya de mayor, algo de lo que vivió de niño. Pero no habla el niño, habla el adulto que echa una mirada atrás y  selecciona, nos cuenta lo que nos quiere contar. Los lectores caen en el truco, llegan a pensar que les habla el muchacho. 



Así soy yo, Andrea, una persona adulta que cuenta algunas cosas que pasaron delante de sus ojos de adolescente, sin interpretar nada. Carmen Laforet demostró valentía literaria al narrarlo  desde la perspectiva de una mujer, metiéndose en la miseria de una casa, con sus chinches y sus cucarachas, los muebles amontonados, el olor a sucio, a cerrado. Y la miseria moral, mucho más maloliente.

¿Rebelde? Lo que a mí me pasa es que no encuentro ningún sentido a la vida, no soy de una novela social, soy de una novela existencialista, en la corriente que inició el filósofo Sartre en 1938, con “La náusea”. 



¿Conocía el existencialismo Carmen Laforet? Por la fecha es posible. La proximidad de Cataluña a Francia ayudaría. Ahora ven normal que alguien diga que no encuentra sentido a su vida, en la posguerra no se podía decir eso, por muy negra que fuera la vida.


Notas que tomé durante la lectura colectiva presencial, dirigida por Pedro Ojeda (9-12-2014)

Porque soy alguien que no encaja. Un prototipo de mujer diferente, soy una chica rara; no quiero ser la tía de Angustias con su doble moral, ni Gloria, ni la abuela, ni Ena, ni su madre…Soy “una persona desarbolada”, me siento extraña en los ambientes en que me toca vivir. Ay, aquel baile, con mi vestido viejo y mis zapatos rotos. 

No coincido con el prototipo de mi época, el que marcó la Sección Femenina, la iglesia católica, para una señorita de clase media, pobre como las ratas, pero media. Con ducha, aunque no la usen, y criada, aunque no la paguen.



Qué rara soy, luché con la prima Isabel por salir del pueblo e ir a estudiar Letras, mas la universidad, menudo lujo para una chica en los cuarenta, no me entusiasmaba. 

Encajé, aparentemente, en el grupo de los bohemios, pero me decepcionaron cuando se mostraron como los niños ricos que eran, por eso precisamente podían ser bohemios.

Al final, parece que encuentro una salida, el padre de Ena me proporciona un trabajo digno, en Madrid; mas sospecháis que tampoco allí voy a ver el sentido a mi vida. Una vez que hayáis leído la última palabra, podéis imaginar lo que deseéis. 

Fumadora, qué mal visto en una mujer. Callejera, con la de peligros que acechan a una señorita sola. Y no muestro afectividad alguna. Ni perro, ni gato, ni niño, ni abuelita, ni Gloria, ni Pons, ni ...Bueno, Ena me hechiza y me manipula y mi tío Román…Perdonadme pero mi escritora me hizo así de nebulosa. Decís que nadie me quiere, que nadie me besa, bueno...De aquel piso no me llevé “nada”, o eso creía yo entonces. Decidme qué me llevé, lectores míos.

En algún momento, parece que la novela va a derivar en folletín. No, la realidad es más normal. Mediante un juego narrativo, la autora os hace pensar en la tía Angustias huyendo  con su amante don Jerónimo, pues no, su destino es un convento, única salida decente para una señorita decente que... Pensáis que Gloria va al barrio chino a prostituirse, no… va a ganar dinero con mañas de tahúr. Luego venderá las cornucopias y habrá comida con mucho pan, de momento. 

Porque la gran tragedia fue la realidad,  la que nos aplastó a todos. No fue la guerra, fueron las consecuencias de la guerra. Veis a mis tíos violentos y enloquecidos, a la abuelita vagando de noche como un fantasma, a Gloria soportando malos tratos, el hambre, la ruina de la casa y los muebles, las acusaciones mutuas, la mutua vigilancia, el odio, la locura...Román se suicida, el mayor de los pecados.


Notas que tomé durante la lectura colectiva presencial, dirigida por Pedro Ojeda (9-12-2014)

Carmen Laforet se hizo famosa por ganar el primer premio Nadal. En lo que respecta a si hubo una intervención previa del editor, un asesoramiento sobre qué se podía decir, en un premio que fue muy cuidado…De eso, nada sé...soy la criatura. 

No me parece desacertado, sin embargo, lo que apunta Pedro Ojeda. Porque, efectivamente, soy una voz femenina y  universitaria, existencialista, aunque no conozca la palabra, desde el lado perdedor, desde Barcelona, con muy pocas palabras en catalán, desde una intimidad familiar, destapando secretos inconfesables y sin que el censor pueda usar el lápiz rojo. Que ya era mérito.



¡Pobre escritora mía! No supo acertar con una segunda novela, escribió varias, sí; pero no hubo otra “Nada” y su actitud fue la de "Una mujer en fuga”, como se titula su biografía, la que una lectora llevó a la reunión. Es difícil mantener el oficio de escritor. Parece más difícil escribir la segunda novela que la primera.



Gracias por el té y el bizcocho con sabor a naranja. Ya sabe mi pasión por los dulces. 


Un abrazo para "las Andreas varadas en la calle Aribau" y para todos los que pasáis por aquí de:

 María Ángeles Merino. 

Gracias a Pedro Ojeda y a los de la lectura colectiva de la UBU. Entre todos, tejimos la entrada. Bueno, no...que fue Andrea. Y se tomó el té y el dulce. 

sábado, 6 de diciembre de 2014

Luces de Salerno

Después de casi todo el año sin moverse de casa, ya iba tocando otro viajecito de la Mosca Viajera del este blog. Esta vez el destino era Italia. A Salerno, una localidad a 50 km de Nápoles y en las cercanías del Vesubio.

Lo cierto es que las desventuras comenzaron antes de empezar el viaje. Yo ya tenía mi ruta bien preparada y planificada: a Nápoles vía Munich, y luego un trenecito para llegar sin apuros a media tarde a un hotel en primera línea de playa. Pero justo el día anterior recibo un mail indicando que mis vuelos se habían cancelado. La razón, una huelga de pilotos de Lufthansa. Así que rápido y corriendo reprogramando los vuelos para finalmente ir vía Roma, llegando a Nápoles a las 22:20. Problema ¿resuelto?. 

Pues no. Justo tras conseguir los billetes, me surje la siguiente duda: ¿y el tren? Corro a consultar los horarios de trenes, y resulta que el último sale de Nápoles a las 23:07. Muy justito.

Así, con la preocupación de mis medios de transporte empezó el viaje. Llegué a Roma si problema. Me comí una pizza cutre, y busqué la puerta de embarque para Nápoles. Nada más llegar, más preocupaciones: se anuncia que el vuelo se atrasa 10 minutos... que finalmente se convirtieron en 60. Para cuando estaba despegando, era la hora a la que tenía que llegar a Nápoles. 

El vuelo... bueno, más que vuelo fue montarse en la montaña rusa. Volamos a través de la tormenta y la lluvia, con sacudidas y caídas. Muy entretenido, pero aún lejos de aquella vez en Washington donde tuvimos que aterrizar a la segunda. Llegamos finalmente a las 11 de la noche a Nápoles. Y aún quedaba el asunto de llegar hasta Salerno. El tren ya quedaba descartado, y la única opción era cojer un taxi.

De mis anteriores periplos por Roma, sabía que cruzar la calle era un deporte de alto riesgo. Al lo largo de este viaje he descubierto: 
a) que es un deporte nacional
b) que existen modalidades asociadas, como viajar en transporte público.

Porque meterse en un taxi a las 11 de la noche, con lluvia, el taxista conduciendo con una mano, la otra con el móvil, a 120 por el medio de la autopista... es un deporte de riesgo. Así que tras encomendarme a Júpiter, cerré los ojos y llegué por fin a medianoche a Salerno. 

Ya saben que mis viajes no son por placer, pero eso no quita que busque mis ratos de asueto. Y estando a los pies del Vesubio no podía perder la oportunidad de ver Pompeya.

Madrugué al día siguiente y a las 7 ya estaba desayunando, porque tenía que coger un tren a las 7.45 que me dejaría en Pompeya a las 8.30, la hora a la que abrían las puertas para las visitas. Pompeya es hoy día un pueblo como otro cualquiera, con su estación de tren, iglesias, escuelas, pero además, con una zona de excavaciones arqueológicas. Y por si fuera poco, un monumento llamativo a los atentados del 11 de Septiembre: 

Debí ser el primer visitante de Pompeya aquel día, porque no tenían ni listo el sistema informático para sacar las entradas. Pompeya era una población romana a los pies del Vesubio, y allá por el año 79 DC fue destruida por una erupción del volcán. No sólo Pompeya, sino Herculano, Estabia, y alguna más que no recuerdo, pero curiosamente, Pompeya es la más famosa a pesar de que Herculano por ejemplo está mucho más cerca del Vesubio.

La erupción fue de un tipo muy particular que provocó que las ciudades fueran sepultadas por ceniza ardiente. De esta forma, las ruinas se han preservado muy bien y pasear por Pompeya es muy distinto a pasear de otros lugares como Itálica o Clunia. Allí donde sólo quedan los restos de suelos y mosaicos, aquí tenemos calles con sus pasos de cebra, paredes, pinturas en estas, grafitis, e incluso techos en muchos casos.





Además de poder ver la estructura de la ciudad, parece notarse la diferencia entre la zona más noble, y la del populacho. En unos lugares están las casonas, con su atrio de entrada, y sus viñedos en la parte trasera. 




En otros lugares se observan tiendas, o algo parecido a restaurantes, donde tenían mostradores donde ponían la comida.Luego dentro, existían los triclinium donde comían. En una de estas apareció una bolsa con monedas que un pompeyano escondió con la esperanza de recuperarlos cuando pasara el cataclismo que Júpiter les mandaba.



Uno de los edificios más enteros eran las termas. Dentro se hallaban expuestos un par de pomepyanos que no pudieron huir. La nube de ceniza ardiente, que cayó por la ladera a alta velocidad, se depositó sobre ellos, dejando grotescas "esculturas" en la que se pueden apreciar detalles tales como las sandalias.




El último sitio al que llegué fue el foro, desde donde se ve el Vesubio al fondo. La típica postal pompeyana.



Por desgracia, sólo tenía una hora para un paseo que bien merece 3 o 4 acompañado de un buen zapatófono que te cuente las cosas. Habrá que volver algú día. 

Y así me cogí el tren de vuelta para ir a mis quehaceres laborales. Terminado el trabajo, la noche la pasamos paseando por Salerno. Es típico de esta localidad colocar luces de Navidad...

 - Pues como en todos lados, tú

Sí, pero no. Las luces se las curran, y cada año las hacen nuevas. Escogen un tema en particular, y decoran las calles. Este año tocaba algo así como flores y jardines. Todo el centro histórico está decorado con luces que asemejan flores o almendros en flor. 





Algún dragón perdido, 


Y finalmente, un parque dedicado a cuentos infantiles, con el barco pirata del Capitán Garfio, o la carroza de Cenicienta.






Unas luces  muy bonitas, sin duda. (Y como toda comparación siempre es odiosa, no hablaremos de las de Madrid)


El día siguiente la jornada laboral comenzó desde primera hora, lo cual me dejó toda la tarde libre. La opción uno pasaba por meterme a remojo varias horas en la piscina-spa del hotel. La segunda era irme con un colega a pasear por Nápoles. Ganó la segunda opción. ¡En que hora!. 


A esas horas se estaba desarrollando una tormenta del copón, pero sólo lo supimos tras estar montados en el tren. Que estuviera retrasado nos debería haber hecho sospechar. Pero nos dimos cuenta tarde, cuando el tren comenzó a pararse a mitad de trayecto. Un viaje originalmente de 36 minutos que se convirtieron en hora y media. Y aparecimos en la estación Nápoles con una curiosa serie de escaleras que por momentos recuerda a las escaleras imposibles de Escher.


Lluvia, obras, tráfico,... ¿tienen la imagen de ciudades de la India, o El Cairo de tráfico caótico, todos cruzando y girando donde Júpiter les da a entender, pero sin accidentes? Pues algo parecido es Nápoles. Allí nos doctoramos en "cruce de calles" mi colega y yo. Estamos ya en disposición de presentarnos al Mundial de esta disciplina deportiva de alto riesgo. El truco está en no mirar. Cruzar y confiar que alguien frenará. El tráfico es una especie de organismo vivo que se autoregula. 

Pero sigue siendo un caos. Y muy descuidado. Desconchones en las paredes, sucias... No. No me gustó Nápoles. Lo que no quita que tenga sus curiosidades. Estábamos buscando el centro antiguo de la ciudad, pero lo que nos topamos es con mercadillos, una especie de rastro, pero donde exponen pescaco, frutas y verduras en plena calle, por donde pasan continuamente coches y motos. 

Pensábamos que era sólo un barrio chungo con el que nos habíamos topado en ese momento, pero luego en el casco histórico volvimos a encontrar estos puestos, que no parecen recomendables precisamente. En todo caso, la ciudad es que ni fú ni fá. Aún así, el paseo nos duró un par de horas, y llegamos al tren un poco antes de lo previsto.

Y ahí empezó otra odisea, pues las tormentas que había en la zona del Vesubio habían hecho retrasarse a casi todos los trenes. Trenes a Roma llevaban unas 3 horas de retraso. Una hora esperamos nosotros hasta que por fin salimos de vuelta a Salerno, donde pudimos cenar un algo. Que rematamos con un heladito. Limón con chocolate, que siempre me dicen que es una mezcla muy rara, pero a mi me encanta.


Y con esto, al  día siguiente comenzó el viaje de vuelta. Todo minuciosamente programado: cojo un tren en Salerno, llego a Nápoles. Autobús al aeropuerto en 15 minutos, avión a Roma, y avión a Madrid y descansando en el sofá a las 5 de la tarde... pues no. 

Llego al tren, y resulta que los regionales todavía iban con los retrasos del día anterior. Así que me cogí otro que iba hasta Milán, pero paraba en Nápoles. En la estación, veo un lugar con gente con maletas esperando... pero resulta que de ahí no salía en autobús, que lo habían cambiado de sitio hacía unos meses. Bueno, da igual. Llego por fin al aeropuerto, y conseguimos salir y llegar a Roma más o menos en hora. 

Para la conexión a Madrid tenía 50 minutos. Así que busco la puerta de embarque, y ya relajado me pongo a comer algo. Según termino de comer, observo que me han cambiado la puerta a una zona totalmente distinta, y además se ha retrasado el vuelo 20 minutos. Pues hale, paseito de nuevo. Y al llegar a la puerta veo que está anunciado un vuelo a Copenhague. ¿Donde acabaría? ¿En Copenhague, Australia, Madagascar...? Finalmente, se abren las puertas de embarque al mismo tiempo que cambia el cartel para Madrid. Que alivio. Pero todavía quedaba llegar al avión, porque en Italia he ido todo el tiempo de jardinera en jardinera. Que son los buses que ponen en el aeropuerto para llevarte al pie del avión.

Como decía, en Italia todo lo relaciondo con ruedas son deporte de riesgo. Cruzar la carretera, montar en taxi... y montar en jardinera. Normalmente, en los aeropuerto está todo señalizado: por donde ruedan los aviones, donde se colocan, por donde circulan los coches, autobuses y jardineras... pues nada, en Italia como si no existieran. Las jardineras van por medio de los carriles, o cortando las curvas metiéndose en zonas reservadas para aviones. Lo dicho, deportes de riesgo. 

Al final salí con una hora de retraso. Y al sofá llegué a las 6 y media. Ahora, a descansar. 

Reportaje ofrecido por Julio Plaza, "La mosca cojonera" de este blog.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

"Me juré que no mezclaría aquellos dos mundos que se empezaban a destacar tan claramente en mi vida"


"...sin fiebre y confusa, como si realmente hubiera descubierto algún oscuro secreto."

Comentario a la novela "Nada", de Carmen Laforet, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. 

Recordaréis que, la semana pasada, Andrea llegó hasta su "inesperada tristeza" y  me preguntaba si yo veía claro el motivo. Y quedamos para tomarnos "otro té, con algo dulce, por supuesto". 

Acudo a la cita, con el ordenador y "Nada". No hay mucha gente en la cafetería, espero que mi invitada pase por aquí , aunque yo no la vea. Pido dos tés con leche y un "muffin", a falta de bizcocho.

Me siento, tomo mi té, se va a quedar frío, y me sumerjo en la lectura. Andrea sigue sin aparecer. 

Me saluda mi  amiga Conchi, administradora de un blog  de los que siempre gusta visitar. Vive en mi ciudad y, en ocasiones, hablamos de libros entre árboles. Me dice que reconoció el lugar, donde quedo con Andrea, por el bizcocho de nueces y  la lechera de cristal. Le gusta porque está rodeado de árboles y las cristaleras permiten que entre la luz del día. En su opinión, se parecería al Edén si se olvidaran, de vez en cuando, de poner la música. 

Hablamos de la protagonista de "Nada" y algunas de sus sensaciones que coinciden con  los pensamientos que, a veces, en estos días de otoño raro, se cuelan en su mente. 



Le pido que se quede conmigo a merendar y la esperaremos juntas; pero no dispone de tiempo por obligaciones familiares. Antes de irse, me dice: "mira, me parece que nuestra amiga Andrea ya ha estado aquí".


Como la última vez, el ordenador está encendido, no queda rastro de té, ni de leche, ni del "muffin". Bueno, sí, unas migas. ¿Qué ha pasado? ¿Otra vez ha estado aquí Andrea sin que yo pueda verla? ¡Esta vez éramos dos y no la hemos visto! ¿Me lo he tomado todo yo sin darme cuenta?


Abro el ordenador y encuentro esta carta de Andrea, en una entrada borrador de Blogger. Me tomo la libertad de añadir algún comentario mío, usando el color azul. Pongo en cursiva lo que me dejó escrito ella. Así me queda algo parecido a un diálogo.

-Mi apreciada lectora:

Disculpe que no me dirigiera a ustedes en la cafetería, ya sabe que no nos está permitido a los personajes tomarnos esas libertades con los lectores. De todas maneras le agradezco su invitación. El dulce estaba delicioso. Recuerdos a su amiga, también buena lectora.


Me he tomado la libertad de escribir aquí, donde usted ha colocado el título: 
"Me juré que no mezclaría aquellos dos mundos que se empezaban a destacar tan claramente en mi vida".  Respecto a mis dos mundos, le digo que:

-Estuve enferma y nunca supe el origen de aquellas fiebres, no hubo médico.

-Tal vez fueron tus zapatos tan gastados y mojados, como señaló agriamente tu tía Angustias. Delirabas con lucidez. 

 - Yo sentía el olor a ropa negra de la criada afilando un cuchillo.

-¿Cómo es el olor a ropa negra, Andrea?

-A la abuelita joven, vestida de seda azul , junto al mar. 

-Azul y azul. La viejecilla de negro.

-A Gloria que lloraba sobre el hombro de Juan que acariciaba sus cabellos. Una luz desconocida enternecía los ojos extraviados de Juan. 

-Porque no era Juan.

 -Lo supe la última tarde de fiebres, cuando Román fue a verme. Le pedí que tocara al piano alguna composición suya. Sonó una música alegre, como un resurgir de primavera, era la "canción de Xochipilli", dios azteca de los juegos, de las flores.

- También de las ofrendas de corazones humanos, Andrea.



-Un dios terrible. Aquella noche, en mis sueños, se repitió la obsesión de Gloria llorando sobre Juan. Y Juan sufrió una curiosa metamorfosis: era el enorme y oscuro dios Xochipilli y la cara de Gloria revivía y sonreía.

-Sí,  porque el dios era Román. 

-Se abrazaban en un campo de lirios morados. 

-Morado, color de sufrimiento. ¿O de felicidad? ¿Qué había en realidad entre Gloria y Román que parecían odiarse tanto? ¿Por qué sonreía Gloria?

-"Me desperté sin fiebre y confusa, como si realmente hubiera descubierto algún oscuro secreto". Las fiebres "pasaron como una ventolera dolorosa", barriendo las nubes negras de mi espíritu. Me levanté y "tuve la impresión de que al tirar la manta hacia los pies quitaba también de sobre mí aquel ambiente opresivo que me anulaba desde mi llegada a la casa".

-Las nubes negras te impedían ver. 


-La tía Angustias,  a la vista de mis zapatos destrozados, me previno contra mi costumbre de callejear, como una criada, un golfo o un perro vagabundo. Le inquietaba que hubiera bajado por el barrio chino, un lugar donde una señorita perdería su reputación. Le pregunté el porqué, me miró furiosa y sentenció: "Perdidas, ladrones y el brillo del demonio, eso hay". Y yo "me imaginé al barrio chino iluminado por una chispa de belleza".



La tía y yo no íbamos a entendernos. Tras esa conversación, "me vi entrar en una vida nueva, en la que dispondría libremente de mis horas y sonreí a Angustias con sorna"

-Has crecido. La tía Angustias, era Angustias, nada más, pronto sabrás de sus secretos. 

-Volví a mis clases, "me parecía fermentar interiormente". "Me encontré siendo expansiva, anudando amistades". No me costó relacionarme con un grupo de compañeros y compañeras. Me llevaba a ellos "un instinto de defensa", necesitaba un apoyo "contra el mundo un poco fantasmal de las personas maduras". 

-Los jóvenes se unen para defenderse de los fantasmas que creamos los maduros, es verdad. Y pronto aprendiste que con los muchachos era imposible el tono misterioso de las confidencias, que "el encanto de desmenuzar el alma"...eso es lo que nos gusta a las mujeres.



-Me sentía "descentrada y contenta al mismo tiempo", cuando participaba en un "cúmulo de discusiones sobre problemas generales en los que no había soñado antes siquiera".

- ¿De política? Tal vez, eso no pudo escribirlo Carmen Laforet. Eran años difíciles.

-Pons, el más joven, me preguntó como podía vivir antes, siempre huyendo de hablar con la gente. Al parecer, yo les resultaba cómica y  "Ena se reía de mí, con mucha gracia, le parecía ridícula". ¿Qué me pasaba?  Me encogí de hombros, un poco dolida porque Ena era mi preferida.

Gusto compartido con muchos. Ena presidía las conversaciones, con malicia e inteligencia. Si yo había sido el blanco de sus burlas, estaba segura de haber sido "el hazmerreír de todos". "La miré desde lejos con cierto rencor". "Ena tenía una agradable y sensual cara en la que relucían unos ojos terribles". 

-Un fascinante contraste. Sí,  habías caído en el hechizo de sus ojos verdosos. 



-Ena me vio hablando con Pons y "vino a buscarme atravesando los grupos bulliciosos que esperaban en el Patio de Letras la hora de la clase". Le pidió que nos dejara solas. Sonrojada y de buen humor, me dijo que con Pons había que tener cuidado. 

-Y tú que, unos minutos antes, te sentías herida por sus burlas, ahora estabas "ganada por su profunda simpatía". 

-Me gustaba pasear con ella por los claustros de piedra de la Universidad y escuchar su charla. 

-Disculpa, Andrea, por salirme del tema. Pero...qué edificio más bello el de la Universidad de Barcelona, del que tú no nos dices nada. La reja, los claustros de piedra y una clase con bancos, nada más. 



-Pensaba que "algún día yo habría de contarle aquella vida oscura de mi casa, que en el momento en que pasaba a ser tema de discusión, empezaba a aparecer ante mis ojos cargada de romanticismo". A Ena le interesaría mucho y entendería mejor que yo mis problemas. No le había dicho nada de mi vida, me había hecho amiga suya por ese deseo de hablar que me había entrado. Pero me resultaba difícil hablar y fantasear; prefería escuchar, con una sensación "como de espera"

-¿Cargarse de romanticismo la vida oscura? Las palabras poseen tal poder. 

-No podía imaginar que "la agridulce tensión" iba a terminarse. Porque Ena había averiguado sobre un violinista que llevaba mi mismo segundo apellido, vivía en la calle Aribau y se llamaba Román. Tuve que reconocer que era mi tío, tocaba el violín, sí, pero no sabía que era músico. Me sentía excitada y defraudada a la vez.

-Ahora que Ena te da pie para hablar de tu casa, no puedes.

-Nos quedamos calladas. Ya no podría comentar con mi amiga el mundo de la calle Aribau. "Pensé que me iba a ser terriblemente penoso llevar a Ena delante de Román, -"un violinista célebre"-, y presenciar la desilusión y la burla de sus ojos ante el aspecto descuidado de aquel hombre".

-Se te representan los ojos burlones de Ena y no lo soportas.

-Me sentía, con esa vergüenza tan frecuente en la juventud, mal vestida, trascendiendo a lejía y a jabón de cocina. Junto al traje bien cortado de Ena y al perfume de su cabello.

-Sentimos contigo un fuerte olor a lejía y a jabón ordinario. Y olemos el perfume de Ena tan delicado. No deberías avergonzarte, sabemos tus esfuerzos por mantenerte limpia, con el frío de la ducha y del agua de la pila. 


-Ena me miraba. Me pareció un alivio el entrar en clase. Yo me sentaba en el último banco, a ella le reservaban un sitio sus amigos, en la primera fila. Durante la explicación del profesor, "estuve con la imaginación perdida". 

"Me juré que no mezclaría aquellos dos mundos que se empezaban a destacar tan claramente en mi vida". El ambiente de mis amistades de estudiante, con su fácil cordialidad. El ambiente "sucio y poco acogedor de mi casa"

Me pareció idiota mi deseo "de hablar de la música de Román, de la rojiza cabellera de Gloria, de mi pueril abuela vagando por la noche como un fantasma"Podía haberlo vestido con "hipótesis fantásticas en largas conversaciones"

-No, solo quedaba "la realidad miserable", la que Ena podría ver si le presentabas a Román. Imposible el romanticismo.



-Cuando terminó la clase, corrí a mi casa, huyendo de la mirada de Ena. Sin embargo, deseé encontrar a Román. Era una tentación "darle a entender que conocía el secreto de su celebridad y de su éxito en un tiempo pasado". Pero Román no estaba. Me decepcionó su ausencia, aunque no me extrañaba, solía desaparecer de vez en cuando. 

-Y Gloria te pareció más vulgar, Angustias más insoportable.

-No hubo manera de saber donde estaba hasta que apareció un atardecer. Yo estaba sola con la abuela y con Angustias, una tarde en que ésta me había pillado cuando me disponía a escaparme a la calle, andando de puntillas. Román volvía quemado por el sol, sucio y demacrado. Besó a la abuelita y se enfrentó a Angustias que clamaba"¡Quisiera yo saber dónde has estado!"

Él la miró a su vez, maligno. Ella que a ningún sitio bueno, que ya le habían puesto sobre aviso de sus andanzas, que su sentido moral deja mucho que desear. 

-Román se infla, se prepara para dar un golpe certero a su hermana Angustias. ¿Por qué se odian tanto estos hermanos? Vivieron una guerra civil fratricida.

-"¿Y si te dijera que tal vez en mis andanzas he logrado averiguar algo sobre el sentido moral de mi hermana?". Angustias se va poniendo colorada, se agita.

Al final, Román lo deja caer. Ha estado en un pueblo del Pirineo, ha ido a visitar a "una pobre señora...a la que su marido ha hecho encerrar en su casona lúgubre...".


-Supiste que hablaban de la mujer de don Jerónimo, el jefe de Angustias, en la oficina. La tía se defendía, "sabes que la pobre se ha vuelto loca y que antes de mandarla al manicomio él ha preferido..."

-Angustias gritaba dolorida, tanto que me dio pena, esta vez de verdad: "¿Qué eres capaz de insinuar?".

-No sé si creerte que te dio pena la tía Angustias, Andrea. Es patética y odiosa.

-"Había pasado días excitada con la perspectiva de hablar a mi tío, tantas noticias que yo creía interesantes y agradables para él me parecía guardar".

Román se puso a hablarme de los Pirineos, "aquellas magníficas arrugas de la tierra que se levantan entre nosotros-los españoles-y el resto de Europa..."


-Una muralla que iba más allá de las arrugas de la tierra, los españoles y los europeos no podíamos estar más separados cuando se escribe "Nada". La escritora dejó caer el dato geográfico...



-Pero aseguraba no poder amar la Naturaleza, haber perdido el gusto por lo colosal. Dijo algo misterioso: "El tic tac de mis relojes me despierta los sentidos más que el viento en los desfiladeros. Yo estoy cerrado..."

- Román dice "estar cerrado", solo atento a su tic tac. Vive dentro de él mismo, ocupado solo en manejar los hilos del piso de la calle Aribau, como un maligno titiritero, desde su habitación de arriba. Provoca, miente, busca hacer daño. ¿Es Román un enfermo mental? 




-No, no valía la pena hablar a Román de que una muchacha de mi edad conociera su talento, la fama no le interesaría, estaba voluntariamente cerrado "para todo halago externo".

Los seres de la calle de Aribau me sorprendían, el suceso más nimio tomaba el aspecto de tragedia. El día de Navidad me envolvieron en uno de sus escándalos, a pesar de apartarme de ellos lo más posible. Juré que no mezclaría los dos mundos, pero aquella vez la discusión tuvo sus raíces en mi amistad con Ena. Y  no tuve más remedio que empezar a ver a mi tío Román "bajo un aspecto desagradable en extremo".


-El pañuelo de encaje antiguo que regalaste a Ena provocó una verdadera tragedia. La abuelita te lo regaló el día de tu comunión y  lo guardabas como un tesoro en tu caja de lata. Quisiste corresponder con algo bonito a las atenciones de Ena. Porque tú no podías pagarte el café ni el tranvía. Hubo muchas voces aquel terrible día de Navidad. Angustias, Gloria, Juan, Román...Román tuvo la perversa idea de inventar que el pañuelo lo había robado Gloria, que la habían visto venderlo en una tienda de antigüedades.

Porque tú no querías mezclar a Ena ni a tus amigos con la casa de Aribau. Pero Ena tenía un hilo de conexión...Dices que Ena estaba "predestinada".


Callejea, sal con tus compañeros, huye, encontrarás la salida. 


-Nos tomaremos otro té y algo dulce. Le saluda el ente de ficción:

Andrea.

Un abrazo de María Ángeles Merino para entes de ficción y entes reales.

Las palabras en naranja están tomadas directamente de "Nada", Carmen Laforet, Austral, Destino, octubre 2012. 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

"El resultado parecía ser aquella inesperada tristeza."


Comentario a la novela "Nada", de Carmen Laforet, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. 

El domingo pasado salí a pasear, bajo la lluvia.  El agua no molestaba demasiado, no hacía frío y el otoño había desenrollado, a mi paso, su acostumbrada alfombra marrón, verde y amarilla. Saqué la novela "Nada" del bolso, muy a pesar del paraguas abierto, y la abrí por una página al azar:

"El tiempo era húmedo y aquella mañana tenía olor a nubes y a neumáticos mojados. Las hojas lacias y amarillentas caían en una lenta lluvia desde los árboles. Una mañana de otoño en la ciudad, como yo había soñado durante años que sería en la ciudad el otoño: bello, con la naturaleza enredada en las azoteas de las casas y en los troles de los tranvías; y sin embargo me envolvía la tristeza. Tenía ganas de apoyarme contra una pared con la cabeza entre los brazos, volver la espalda a todo y cerrar los ojos".

Cerré el libro. Allí estaba la protagonista, cumpliendo su sueño de vivir un otoño en la ciudad. Con la cámara del móvil quise atrapar a la de la portada del libro, en medio de una mañana con "olor a nubes". Una Andrea algo desdibujada, parecía huir hacia su refugio de " hojas lacias y amarillentas". Encajaba con mi lectura, guardé la imagen y aquí la tenéis, en la cabecera de esta entrada. 

¿Por qué tanta tristeza, Andrea? ¿Qué hay más allá de la decepción ante unos familiares y una casa que imaginabas de otra manera?

 ¿Qué tiene de raro "la chica rara"?  La escritora Carmen Martín Gaite te llamó así y ella misma creó chicas raras y no tan raras, para su novela "Entre visillos". Sois la antítesis de las heroínas de las novelas rosas, no buscáis al príncipe azul, pedís más a la vida.



¿Qué sabemos de tus padres y de las causas de tu orfandad? ¿Por qué es "rara" la familia de tu padre? ¿Qué viviste en aquel pueblo pequeño? ¿Y en el colegio de monjas donde pasaste la guerra? 

¿Y tus estudios de ahora, en la Universidad de Barcelona? Nos cuentas muy poco, salvo la dificultad de disponer de un diccionario de griego. Y no nos permites pasar más allá de las rejas universitarias, donde te refugias absurdamente de la lluvia, menudo resfriado pescas. No mencionas a profesor alguno ni asignatura alguna. ¿Es esto propio de una estudiante? ¿De una muchacha que tiene que vivir en una casa enloquecida para poder estudiar "Letras"?

Perdona que me atreva a forjar para mí mi propia Andrea. Es un defecto de los lectores, bien lo sabes tú, que has sido leída por un público diverso, desde los cuarenta del siglo pasado hasta ahora.

 Y, como a una buena amiga, vuelvo a invitarte a tomar el té, con algún dulce, sé que son tu debilidad. Te apunto el día y la hora como la otra vez,  no faltes. El lugar, ya sabes.

Me gustaría viajar contigo más allá del hermoso texto de Carmen Laforet. Sí, lo reconozco de nuevo, llevo camino de emular la locura de don Quijote. 



Acudo a la cita, con el ordenador portátil y mi ejemplar de "Nada". Hay mucha gente en la cafetería, espero que aparezca mi invitada,  con su ropa raída, a la moda de los años cuarenta. Pido dos tés con leche y una ración de plum cake, creo que le gustará. 

Me siento, tomo mi té, se va a quedar frío, y me sumerjo en la lectura. Andrea sigue sin aparecer. Me saluda una vieja profesora de Literatura, la misma que se escandalizó por dedicarle atención al Quijote apócrifo. No puedo impedir que me dedique una larga disertación sobre "Nada" y la novela de posguerra, un relato sin grandes novedades técnicas que supuso un aldabonazo en el panorama narrativo de...Mientras ella habla, yo pienso en el indefinido encanto de "Nada", en sus contornos imprecisos, en su niebla. 



Cuando me quedo sola, el ordenador está encendido, no queda rastro de té, ni de leche, ni del bizcocho. Bueno, sí, unas migas. ¿Qué ha pasado? ¿Otra vez ha estado aquí Andrea sin que yo pueda verla? ¿Me lo he tomado todo yo sin darme cuenta?


Me voy a casa y echo fuera mis fantasías. Pero cuál sería mi sorpresa cuando abro el ordenador y encuentro esta carta de Andrea, en una entrada borrador, a medio cocer.

-Mi apreciada lectora:

Disculpe que no me dirigiera a usted en la cafetería, ya sabe que no nos está permitido a los personajes tomarnos estas libertades con los lectores. Mas usted insiste, de todas maneras le agradezco su invitación. El dulce estaba delicioso.


Me he tomado la libertad de escribir aquí, donde usted se pregunta por mi tristeza, qué hay más allá de ella. Siento simpatía por los lectores como usted que se construyen su propia novela, aparte de lo que el autor haya dejado escrito. No se disculpe, Carmen Laforet estaría encantada. Y sigo la senda que ella trazó, le digo que:


"¡Cuántos días sin importancia!" Los días me pesaban, arrastraba los pies al volver de la Universidad. Sentía "una cuadrada piedra gris en el cerebro".


Un cerebro humano en el MEH

El día siguiente a mi llegada, desperté con el tintineo de los primeros tranvías, como en el verano de mis siete años, mi última visita a los abuelos. Tuve "una percepción nebulosa" pero "vivida y fresca como una fruta recién cogida".




 Era la "Barcelona en mi recuerdo", una ciudad de "aceras anchas húmedas de riego y mucha gente bebiendo refrescos en un café". 



El ruido de los tranvías con tía Angustias que cerraba las persianas para que no me molestara la luz. Y, por las noches, con el calor, el traqueteo otra vez, con la brisa que traía el olor de las ramas de los plátanos.

Estaba en Barcelona. "Había amontonado demasiados sueños...para no parecerme un milagro aquel primer rumor de la ciudad...". Tan real como "el roce áspero de la manta". "Me parecía haber soñado cosas malas, pero ahora descansaba en esta alegría".

Abrí los ojos y allí estaba mi abuela, no la viejecita de la noche anterior, sino una mujer vestida de seda azul, a la moda del siglo pasado. "Sonreía muy suavemente" y junto a ella, ahí estaba mi abuelo con su barba castaña. Nunca los conocí así, era cuando llegaron a Barcelona hace cincuenta años.



Había habido una historia de amores difíciles, pero ellos se querían mucho. Estrenaron la casa de la calle Aribau, en las afueras. Imaginaba a mi abuela, con el mismo traje azul, entrando en un piso vacío que olía aún a pintura. Y se fue llenando: cortinas, encajes, terciopelos, lazos, baúles, rincones, paredes, relojes, un piano y "muchos niños como en los cuentos". La calle fue creciendo, vino el primer tranvía, la casa fue envejeciendo y ellos seguían allí.



Y en ella pasé algunos veranos de mi infancia, como única nieta, mimada por tíos y abuelos, traviesa, en medio de un bullicio que me parecía excitante. La casa se había quedado encerrada en el corazón de la ciudad: "el oleaje entero de la vida rompía contra aquellos balcones con cortinas de terciopelo".



Ahora todo había cambiado y me sentía insegura, tenía que enfrentarme con los personajes de la noche anterior. La habitación había perdido su horror pero no su desarreglo, su abandono. "Un rayo de sol polvoriento" subía sobre los cuadros torcidos y sin marco.

Los abuelos habían muerto, mejor para ellos. La joven de seda azul no tenía nada que ver con la momia que me abrió la puerta. Vivía, sí, "entre la cargazón de trastos inútiles".


Así terminan los trastos inútiles

La familia se había quedado con la mitad del piso. Se amontonaron los muebles y trastos sobrantes, la casa quedó en un eterno desorden provisional.

Tenía que enfrentarme a ellos, vi un gato "con un singular aire de familia con los demás personajes de la casa".  "Despeluzado", "ruinoso", me miraba, enarcó el lomo. "Excéntrico", "espiritualizado", "como consumido por ayunos largos, por la falta de luz y quizá por las cavilaciones". Demasiado para un gato, aún así le sonreí. 



Me vestí, abrí la puerta: el recibidor de anoche, un hueso pelado por el perro, el comedor y un loro que chillaba como loco. Tenía hambre y "no había nada comestible que no estuviera pintado".´

El comedor comunicaba con el cuarto de la tía Angustias. Me quedé asombrada porque estaba limpio y en orden, como si fuera un mundo aparte, y lo era. La tía se preparaba para dedicarme un sermón.



Sabía que había estado interna en un colegio de monjas, durante casi toda la guerra; para ella, eso era una garantía. Pero se preguntaba cómo habrían sido esos dos años que yo había pasado en un pueblo pequeño, con mi prima, la familia de mi padre tan rara...

Decía estar muy preocupada por la difícil tarea que se le presentaba, la de moldearme en la obediencia. ¿Conseguiría moldearme a su gusto? Porque la ciudad era un infierno y Barcelona más infierno todavía y "una joven en Barcelona debe ser como una fortaleza". Me preguntaba si entendía, le contesté que no y la tía ironizaba: "no eres muy inteligente nenita". Se esforzaba en explicarme que yo era su sobrina y, por lo tanto, "una niña de buena familia, decente, modosa y cristiana". 
...como una fortaleza

Pasó a mi intención de estudiar Letras. Mi pensión de doscientas pesetas  no alcanzaba, según la tía, para la mitad de mi manutención, Debía tener claro que  todo se lo debería a la caridad de mi familia materna y así debía considerarlo si lograba mis aspiraciones. 

Por último, me advertía de que sus hermanos habían sufrido en la guerra y estaban mal de los nervios. Tenía que ponerme en guardia. Mi tío Juan se había casado con una mujer nada conveniente...Me prevenía contra Gloria, le daría un disgusto si me hacía amiga de ella. Decidí disgustarla un poco. 

Escapé al comedor y allí estaba Gloria dando papilla a un niño. Conocí al tío Román, un hombre de "cara agradable e inteligente" que engrasaba una pistola. Me presentó a su perro Trueno y "me sentí alcanzada por una ola de agrado ante su exuberancia afectuosa". En honor mío, sacó al loro de la jaula y le hizo hacer algunas gracias. Hasta aquí bien, pero, de pronto, tuvo un cambio brusco que me desconcertó:

Gloria nos miraba embobada y Román dijo casi gritando. "Pero ¿has visto que estúpida esta mujer...cómo me mira?" 

Juan acude, amenaza a Román con los puños, te mato. Román que ahí tienes mi pistola. Gloria chilla. La rabia de Juan se desplaza ahora a su mujer, la insulta, ella grita y llora.

Luego, Román quiso tranquilizarme: "No te asustes, pequeña. Esto pasa aquí todos los días". Me acariciaba las mejillas y me sonreía. Se marchó y  la discusión entre Juan y Gloria se volvíó violentísima. Angustias se asomó para pedir silencio, el tazón de papilla del niño acabó estrellado contra la puerta, en dirección a la tía. El niño lloraba. La abuelita, que venía de misa en ese momento, suspiraba con resignación. La criada puso la mesa para el desayuno, con un gesto desafiante, como de triunfo. Disfrutaba. ¡Qué horror de casa! ¡Todos los días!

"¡Cuántos días inútiles! Días llenos de historias, demasiadas historias turbias...Historias demasiado oscuras para mí...Y, sin embargo, habían llegado a constituir el único interés de mi vida...se iba agigantando cada gesto de Gloria, cada palabra oculta, cada reticencia de Román. El resultado parecía ser aquella inesperada tristeza."

He llegado hasta mi "inesperada tristeza".¿Ya lo ve usted claro, apreciada lectora?

Nos tomaremos otro té, con algo dulce, por supuesto.



Un abrazo de Andrea

No, Andrea, ahora sí que lo veo turbio. ¿Por qué te preocupa tanto "cada reticencia de Román"? ¿Por qué analizas los gestos de Gloria? ¿Por qué estás tan atenta a lo que pasa en la escalera? 

Perdona que te haga tantas preguntas. Debería saber que "la novela consiste en sumergirse en un enigma para volverlo irresoluble, no para descifrarlo". Lo leí en "El País Semanal", el pasado domingo, en un artículo de Javier Cercas. Las novelas que nos gustan tienen un "punto ciego". Porque, como dice Cercas, "la novela no es el género de las respuestas sino de las preguntas".
 

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí, ya seáis entes reales o de ficción:

María Ángeles Merino

Las palabras en naranja están tomadas directamente de "Nada", Carmen Laforet, Austral, Destino, octubre 2012. Incluye introducción de Rosa Navarro Durán.