domingo, 22 de mayo de 2011

Civitavecchia

Sí. Este es otro post de viajes de la Mosca Cojonera. Pero esta vez no empieza a altas horas de la madrugada cuando no han puesto ni las calles. Esta vez, empieza a las 11 de la mañana, después de dormir largo y tendido durante la noche, con el sol brillando alto, y pasando el control de acceso a las puertas de embarque del aeropuerto.

Iba para tres días, así que con poco equipaje y una maleta pequeña no me molesté en facturar. El problema vino al pasar la maleta por rayos X, que me informa la operadora que llevo un líquido de más de 10 ml. ¿Ein? Venga, vamos a abrir la maleta, es por aquí... sí, aquí llevo la pasta de dientes... ¡ah! y el gel de ducha claro.

- No puede meter tanto líquido en el avión, tiene que dejarlo aquí o facturar la maleta.

Por lo visto la operadora todavía no se había enterado de que ya han matado a bin Laden, y ya que no existe el terrorismo, pero le dio igual. Así que para no terminar en el calabozo detenido por terrorista, le dejé quedarse con el jabón, mientras pasaba para dentro refunfuñando y acordándome de todos sus parientes.

En la puerta de embarque ya me esperaban mis compañeros de viaje, y al poco embarcamos con destino Roma, donde llegamos sin novedad a eso de las 2 y media. Cogimos el tren hasta la estación central de Termini, y luego buscamos otro billete de tren, porque esta vez tocaba ir a Civitavecchia, a 90 km de Roma. Pero antes de montarnos en el tren, nos fuimos a comer, porque el trayecto era de hora y media.

Roma, Italia, hora de comer, lo más típico es... comer en un McDonald's, por supuesto. Hacía tiempo que no entraba en uno, y por fin han añadido al menú algo más grande que el 'Big Mac'. Que era 'Big' en las fotos, pero en vivo y en directo era un 'Tiny Mac'. Pero esta vez tenían una 'duocento ottanta grammi' que ya se asemejaba a algo más decente como un Whooper.

Entramos en el tren, y ocupamos 6 asientos: 3 nosotros, y otros 3 las maletas. Luego hubo que desocupar y dejar sitio a otros que también querían sentarse. Pero al fin llegamos a Civitavecchia a las 18.30 de la tarde. El hotel que teníamos reservado, estaba al lado de la estación.

Se supone que era de 4 estrellas, y en las fotos de la web lucía bien hermoso. Pero llegas allí, y ves la fachada con los desconchones de pintura... y entonces te replanteas si fue buena elección. Porque esto de los hoteles en Italia es peculiar, por decirlo de alguna manera. Nos iban a cobrar 90 euros por noche (a cargo de la empresa, por supuesto). 80 euros nos quisieron cobrar a la Arañita y a mí en 2006 cuando fuimos a Venecia. Era un hotel de 3 estrellas, y decidimos que mejor buscábamos otra cosa, y encontramos un hotel de 2 estrellas, con el baño fuera de la habitación y compartido con los demás huéspedes: 90 euros la noche. Igual la habitación tenían minigolf, minibar gratis, 3 camas king size de agua, espejos en el techo... pero decidimos no comprobarlo. Total, que esto de los hoteles en Italia es un poco una lotería.

Afortunadamente, no hubo más sorpresas en nuestro hotel más que los desconchones de la pintura. La habitación era grande, y con un balconcito desde el que se veía el mar, y el puerto.


Nos dimos una vuelta por el pueblo, que no es demasiado grande. Civitavecchia es el puerto de Roma, donde llegan todos los barcos de crucero, con mercancías, etc... Aparte del fortín a la entrada del puerto, diseñado por Miguel Ángel, en el pueblo no hay nada de interés. Si acaso, el paseo marítimo, bordeando una playa de piedras, pero que estaba en obras.



El centro del pueblo es peatonal, sólo tiene tiendas, y nada especial que ver. A excepción de un coche que estaba promocinando algo. Y lo promocionaba con una canción pegadiza, que no nos ha dejado en todo el viaje. Una cancioncilla que es para niños, y la verdad, compadezco al conductor del coche, porque trabajar escuchándola una vez tras otra... en fin, juzguen ustedes mismos, y piensen como se sentirían escuchando esta canción una y otra, y otra y otra vez sin parar:




(en realidad, de la canción, el anuncio sólo usaba el estribillo, y luego una voz anunciaba el producto, que por lo que vimos, eran cocodrilos de peluche. Y volvía el estribillo. El conductor debe estar hoy de baja por locura sobrevenida, pero no hemos podido confirmar este extremo)

Y nos dio la noche y nos fuimos a cenar. Esta vez sí, pizza. Más concretamente una calzone que no entraba en el plato de lo grande que era.


Al día siguiente tocaba reunión. Ya saben, que yo no viajo por turismo (¡no, que va!) sino por trabajo. A la puerta del hotel nos esperaban otros asistentes a la reunión, y luego vinieron a recogernos con una fragoneta malacatone (de esas que pillan todos los baches de la carretera, y los amplifica por cinco), para llevarnos al lugar de reunión que estaba fuera del pueblo, por una carretera que más parecía un camino de cabras que otra cosa.

Allí, aparte de más gente, nos esperaba un fotógrafo que no paró de sacar fotos en todo el día. Metía las narices en todas partes, te ponía el objetivo por encima del hombro sin avisar... vamos, que era una mosca más cojonera que servidor. Ah, y luego estaba el detalle de que habían colgado banderitas con ocasión de la reunión: la italiana, la europea y la española.

Pues la mañana la pasamos por allí, reunidos, haciendo pruebas, y al terminar, nos fuimos de vuelta al pueblo, esta vez en coche, y quedamos para la cena a las 8; hora a la que vino de nuevo otra fragoneta malacatone para llevarnos monte arriba hasta un pueblo perdido a 600 metros de altura. Echen cuentas: el hotel está en primera línea de playa, y nos fuimos a 600 metros de altura. A un restaurante que para encontrarlo, hay que saber que está ahí. Yo llegué a dos conclusiones:

1. que quien propuso ese restaurante vive allí
2. que un familiar suyo trabaja allí.

Otras opciones, como que lo encontrara por azar, me resultan inverosímiles.

La comida... ¡uf! Cuanta comida. Si yo creo que hasta la tía de la Arañita hubiera dicho que es mucha comida. Y quien la conoce sabe a lo que me refiero. Y quien no la conozca, seguro que tiene una suegra o algo que cuando terminas tu plato, primero te lo rellena, y luego te pregunta

- ¿Quieres más? Que no has comido apenas nada
- ¿Como que no, si ya es el tercer plato de judiones blancos con chorizo....?

Bueno, pues nosotros no comimos judias blancas, pero empezamos con los entrantes: las bruschettas de tomates, de champiñones, de sobrasada (o similar), de aceite..., el jamón, el lomo, el salchichón.... Luego llegaron las pastas: que si sellos de correos (también llamados raviolis) a la trufa, tallarines con champiñones, y pappardelle a la boloñesa. Y no sé por qué, pero alrededor mío se juntaban todos los platos. Que no, que no es que los acaparara yo, pero llegaban las camareras, y al no ver sitio, pues me lo colocaban a mí.

Y luego tocó la carne, con ensalada y patatas fritas, de lo que sólo probé la chuleta de cordero, porque ya no me entraba más. De postre un sorbete de limón (los más atrevidos prefirieron el tiramisú), y para terminar, los licores: la grappa, y el limoncello. ¡Ay! que rico el limoncello. Y como se subía de rápido.

Terminada la cena, toco el viaje de vuelta en... sí, la fragoneta malacatone. El medio ideal para ayudar a la digestión por aquello de los baches. Y de las curvas de la carretera. Mención aparte que el conductor se quedó a cenar con nosotros, y claro, él también le dio al limoncello. Pero hicimos como que no nos habíamos enterado, porque si no, nos quedamos allí arriba.

Y una vez de vuelta en el pueblo, pues los mas osados nos quedamos a rematar la noche con unas cervecillas en un bar en el paseo marítimo. Hasta las 2 de la mañana. Sí, al día siguiente costó levantarse, pero el deber manda, y a las 8.30 de la mañana estábamos listos para volver al lugar de la reunión. No, esta vez ya no vino la fragoneta malacatone, afortunadamente, porque la ligera resaca que llevabamos algunos no nos hubiera permitido aguantar el viaje.

Terminamos el trabajo sobre las 2, y entonces un italiano se ofreció a llevarnos al aeropuerto. ¿He comentado alguna vez sobre lo mal que conducen los italianos? Pues lo digo ahora: conducen muy mal. Cruzar las calles en Roma es toda una aventura, es jugarse la vida. Saltar a un foso de leones hambrientos es más seguro. Bien, pues sabiendo todo eso, imaginen lo que tranquiliza enterarse por boca de tu chófer que le han quitado ya 10 puntos del carnet por exceso de velocidad.

Y ahora contar de como casi no volvemos de Roma. Empezamos en el control de acceso, los rayos X. Sí, otra vez que abra la maleta. Esto es un deja vu de esos. Que llevo algo electrónico.
- Sí, claro, la máquina de fotos
...pero no era eso. Que qué hay por ahí... pues la pasta de dientes... ah, sí y la máquinilla de afeitar. Y tras unos segundos palpando el bulto, el carabinero me dejó pasar.

Llegamos a la puerta de embarque, y el avión ya estaba retrasado 20 minutos. 20 minutos más tarde, seguíamos esperando a poder embarcar. Por fin, llega el piloto, se acerca al micrófono, y nos dice:

- Señores, estamos revisando un problema en el avión, por lo que aún nos retrasaremos más. Aún así, he decidido embarcarles por si nos autorizaran a salir, pero sabiendo que podría ocurrir que tuviéramos que desembarcarles de nuevo.

Me parece muy bien que me digan por qué se retrasa el avión, pero leñes, de esperar, es más cómodo el asiento del aeropuerto, que el asiento del avión. Si ya vamos a salir tarde de todas formas. Así que refunfuñando, entramos ya con mal pie al avión a eso de las 8 menos cuarto. Y la cosa se torció más cuando llegamos a nuestros asientos, y el azafato nos dice que allí ya no había sitio para colocar las maletas, que las dejaramos en la parte delantera del avión.

- Bueno, esperaré a que se despeje el avión, porque prisa no tenemos, ¿verdad? - Le dije no sin cierto retintín.

Nuestro asiento estaba al lado de la puerta de emergencia, que siempre hay más sitio para los pies. Así que en vez de esperar, dejé la maleta debajo de mi asiento, que se supone se puede hacer.

- No, perdone, pero no puede dejar la maleta ahí, porque ese es espacio para los pies del pasajero de detrás.- me dice el azafato con mala cara
- Bueno, pues lo dejo debajo del asiento delante mío - respondo alegremente
- No, porque es la salida de emergencia, y no puede poner nada que entorpezca el paso
- ¡Pero si está debajo del asiento!
- Pero si hay un frenazo, la maleta se puede mover y bloquear el paso
- ...Grfxxx...!!!

Así que contentos estábamos yo y el azafato. Me miraba mal. Por fin, conseguí dejar la maleta en la parte delantera del avión, nos sentamos, y el piloto muy amablemente nos comunica que todavía no teníamos autorización para salir, y que lo principal era la seguridad, y bla bla bla... A esto serían ya las 8 y cuarto, y entre la simpatía que nos tenía el azafato, y la avería del avión, nos veíamos pasando la noche en Roma.

Al poco, empiezan a decir que si los asientos rectos, que si el cinturón abrochado, ¡Vaya! será que vamos a salir. Pero no era más que una falsa alarma. Eso sí, nuestro querido azafato pasó de nuevo para decirnos que para el despegue no podíamos tener bolsas, y teníamos que guardarlas en un armarito que teníamos justo delante.
- Si, ya pero, no tendrá una trampilla y os quedareis luego con los bombones , ¿eh?

El azafato ya no sabía si reir, llorar o tirarme por la ventanilla. Y de nuevo habló el piloto:
-Señores pasajeros, Madrid nos ha autorizado por fin a volar...
-¡¡¡Bieeeeeen!!
-... pero debido al retraso, hemos perdido nuestro slot de salida, y el control aéreo no nos da un nuevo slot hasta las 9 y media
-...GRffxxxjopuxxgfrf!!!

Total, que desde las 8 hasta las 9.30 metidos en el avión esperando a salir, haciendo amistad con el azafato. Todo un viaje de vuelta. Afortunadamente, no hubo más problemas, y llegamos a Madrid sobre las 11.30 de la noche.

Total, un viaje en el que me llamaron terrorista a la ida, y del que casi no dejan volver.

10 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Esta mosca es muy viajera...

Ele Bergón dijo...

Desde luego hijo mio que mal te he educado ¿ No te puedes callar? ¿ O es que todavia te duraba lo de la noche anterior? No me lo quieres contar pero luego sabes que lo leo por aqui.

Besitos de tu mami.

Abejita de la Vega dijo...

Mosca: ya echaba de menos tus crónicas viajeras, con ese aliño que le da un gustito muy especial.
Me voy de viaje contigo, voy lenta, estoy con lo del champú terrorista. Es que en esta mañana tan azul...

Besos para ti y para la arañita.

Asun dijo...

Pues más vale que no habíais comprado a cada cocodrilo de esos de peluche, que si no el azafato igual os acusa de contrabando de animales salvajes y os meten en chirona. :D

Paco Cuesta dijo...

Prefiero el bocata de calamares y en el peor de los casos una pizza, los Mc me superan.

Merche Pallarés dijo...

Ay, mosca, ¡lo que me he podido reir! ¡Me ENCANTAN tus crónicas viajeras! Del video, te confieso que solo llegué hasta la vaca... Lo del azafato y la zozobra del vuelo ha sido too much... ¡Qué risa! (Ahora, quiero que sepas que eso me acarrea más arrugas... No es por nada...). Besotes, M.

P.D. ¡Ele, qué hijo más maravilloso has parido, hija! ¡Olé!

Julio dijo...

Ele, la culpa fue del limoncello.

Abejita, te entiendo perfectamente. Tanta gaviota revoloteando, al final te caga alguna seguro.

Paco, el típico bocata-calamares madrileño. Ahora, que yo me pregunto dónde los pescan, porque como sean del Manzanares...

Merche, por el bien de tus arrugas, el proximo día relataré un funeral, y así no habrá risas (aunque no lo aseguro). Y que sepas que te has perdido el estribillo pegadizo de la canción. (Il cocodrillo come fa? / Non c'e nessunno che lo sa...) (hale, ya tengo el estribillo hasta mañana)

Myriam dijo...

¡Muy divertida tu crónica viajera!

¡Já, y eso de que los tanos conducen mal, porque no has visto a sus hijos argentinos!

Cornelivs dijo...

Mew ha encantado esta cronica de tu viaje.

Me gustaria conocer aquello...

Un enorme abrazo.

Aldabra dijo...

¡que trajín!
¡y cuanto divertimento!
biquiños,