jueves, 12 de noviembre de 2015

"El mudejarillo": "Y en la iglesia de Fontiveros ya no brillaban el oro ni la plata..."



Introducción a "El mudejarillo" de José Jiménez Lozano y comentario al primer capítulo: "La visita". Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Pedro Ojeda nos propone, como lectura para el mes de noviembre, "El mudejarillo" de José Jiménez Lozano, un pequeño libro de gran prosa poética. José Jiménez Lozano es un escritor importante, nada menos que un premio Cervantes, pero no es un autor popular. Podéis encontrar información sobre él en su página web oficial y es una delicia leer su semblanza biográfica. También podéis recurrir a la socorrida Wikipedia.


José Jiménez Lozano. Wikipedia.

Pero, para dar a mi entrada un tono más personal, quiero contaros lo que sé de él y de su obra, que no es mucho, y por qué canales me llegó. Durante muchos años asocié el nombre de Jiménez Lozano con el de Miguel Delibes, tras haber leído el diario "Un año de mi vida" (1972) y la recopilación de artículos periodísticos"Vivir al día"(1975). 





Por ejemplo, allí leía: "Un cristiano consecuente. José Jiménez Lozano...lleva años en su empeño de redescubrirnos algo tan viejo como el cristianismo..." o "...la noticia que dio Jiménez Lozano en Valladolid: los árboles, cuando van a ser talados, sufren terrores agónicos como cualquier animal". Como muestra, bien han valido estos dos botones. 

Página 117 de "Vivir al día", Miguel Delibes.

Página 42 de "Un año de mi vida", Miguel Delibes.

Pasaron muchos años desde aquellas lecturas, no olvidé el nombre de Jiménez Lozano; pero no leí ningún libro suyo.  Hasta que un día conocí a una profesora que preparaba su tesis doctoral, sobre el imaginario antropológico de una obra de Jiménez Lozano. Me habló con entusiasmo del escritor y me prestó "El mudejarillo". Lo leí y lo disfruté. Gracias, Ana. Ahora vuelvo a hacerlo y compruebo que, como todo buen libro, mejora con el tiempo. Y que siempre encontramos algo más cuando regresamos a una buena obra. 

En "El mudejarillo", el narrador, un escritor anónimo y contemporáneo de San Juan de la Cruz, recorre algunos hitos de la vida del santo. Pero no es una biografía ni una novela histórica, mucho menos una hagiografía, aunque cada capítulo constituya un pequeño cuadro biográfico e impresionista que nos lleva a profundizar en el personaje. Porque nos metemos dentro de él y vivimos el paisaje que él vivió, y el paisanaje. Y su tiempo, por supuesto. 



El primer capítulo me llevó a soñar con un San Juan de la Cruz que vive sus últimos días en Úbeda, junto a un enfermero que no le comprende. Y el santo vuelve a sentirse como se sintió aquel día de "La visita", como un niño de pecho, sí. Algo como lo que sigue y pongo en cursiva:




-Delirios, Fray Juan. Su Caridad no preste atención a los sueños, que el Maligno acecha y cuélase presto en nuestro entendimiento para confundirnos.

- Es mi enfermero, aquí en Úbeda. Poco ha de saber un joven novicio de delirios, de sueños, del Maligno, de entendimientos y confusiones.
No, no eran locuras ni tentaciones luciferinas, hermano enfermero. 

"Había entrado en el pueblo sobre una mula engualdrapada y con montura de seda azul, envuelto en su capa negra sobre la roja vestidura...abriéndose camino con su cortejo de clérigos-sotanas negras, azules o rojas...Cabezas llenas de greñas casi todas; bocas desdentadas y negras que reían, mientras los niños...miraban con pasmo o seriedad. O hambre".

Era en Fontiveros, mi pueblo. Veía a la gente de siempre que gritaba y se ponía de rodillas. Abrían una boca negra, muy negra y vacía. Entre ellos, desfilaban azules, negros, rojos, verdes y  blancos. Llegó un hombre que montaba en un animal vestido como una persona. Había hombres y mujeres sentados. Miraba, oía y olía; todo era nuevo y desconocido, cerraba los ojos, no entendía nada. ¿Qué era aquello tan amarillo y tan brillante?

Yo estaba en brazos de mi madre Catalina, Su olor a leche y a hierbas del campo, las que recogía para mejorar el pucherillo que le daban en San Cebrián. Mas aquel pecho no me contentaba ya, esforzábase mi boca en vano, era un vacío que me había de acompañar en adelante, un agujero que yo conocería muy bien: hambre.


Retablo de la Virgen de la Leche. Catedral de Salamanca.

“Luego se dispuso a salir de nuevo por la alfombrilla roja,  y el  pertiguero tuvo que tocar con su vara de plata a una pobre mujer joven, un poco adelantada en la fila, que tenía un niño en brazos, y otros dos dormidos sobre su halda”.

Me asustaba el ruido, había mucha gente extraña a mi alrededor, me escondía en el pecho de  mi madre.  En tan seguro refugio estaba, cuando me rozó algo que hería mis ojos. Era la pértiga de plata del pertiguero, ahora lo sé, el que aparta a la gente en las procesiones, que la pobreza no ha de manchar a la opulenta riqueza eclesiástica. 

¿He dicho acaso algo inconveniente? Acérquese el Santo Oficio a aprehender en su lecho a un carmelita descalzo y moribundo. Que yo dejaré mi cuidado entre las azucenas olvidado, en íntima unión, toda la eternidad. Por fin, la libertad.

Sí, hermano enfermero, conocí el miedo en ese momento. Porque un hombre enfurecido, se detuvo ante nosotros, su dedo nos apuntaba, gritó algo que no entendía, hizome un repelús en el pelo y desapareció.

Mi madre, Catalina, habría de contármelo repetidas veces. Era la visita del Visitador de nuestro señor, el obispo de Ávila. Descabalgó de su mula engualdrapada y fue recibido por nobles, hidalgos y clérigos con medias sonrisas. Entró en el templo, seguido por los ojos encendidos de hombres, mujeres y niños. Se sentó y habló al pueblo sobre los tiempos de desolación que se padecían, talmente como los días de la ira. Se oyeron algunos ¡ay! y algún llanto. Se cantó una salve muy triste. Y entró con nobles e hidalgos a la sacristía de la iglesia.



El sacristán entró con ellos para despabilar los cirios. Contó después como el Visitador, sentado ante una gran mesa,  seguía con el dedo las líneas de escritura o números, en los libros de cuentas que le presentaban. Hasta que se paraba, alzaba los ojos y los clavaba preguntando. Y se hacía silencio y los nobles hidalgos echaban mano a los dedos, se removían en sus asientos, miraban de reojo y hacían temblar los papeles mientras repetían cifras o palabras. El Visitador movía la cabeza, hacía muecas de disgusto, recorría con los dedos la hoja de arriba abajo, y luego otra y otra.



Mientras tanto, fuera de la sacristía, la gente del pueblo “oía como un rosario la plática de la sacristía”.  Se oía la voz imperativa del enviado que contestaba a su secretario:

“Que se venda. Véndase igualmente. Que se empeñe. Que se venda”.

Salieron todos. El enviado todavía había de dirigirse al altar, abrir el sagrario, consumir la eucaristía, limpiar el cáliz con un paño y entregárselo a su secretario: “Que se venda”.

Se había despedido en la sacristía con palabras de admonición: “Hago a vuestras mercedes cargo de esta pobreza”. Las había de repetir, encarándose con nobles, hidalgos y clérigos. Y había de añadir con un tono amenazante: “O el Juez del último día se lo demandará estrechamente”.


Juicio Final (Catedral Vieja de Salamanca)

Salió  y fue entonces, cómo le gustaba recordarlo a madre, cuando el pertiguero nos tocó con su vara y el Visitador, enfurecido, me hizo un repelús en el pelo. Se volvió al cortejo y señalando a mi madre dijo: “Hago cargo a vuesas mercedes de esta pobreza”. Y extrajo de su bolsillo un valioso libro y dijo: “que se venda también”.

Montó ceñudo en su mula, camino de Arévalo. Dicen que, en la iglesia de Fontiveros ya no brillaban el oro, ni la plata, ni la seda. Que muchos criticaron aquel “expolio que había hecho el Visitador…que había habido que cubrir los retablos con los lienzos negros de la Semana Santa”. Que “otros enfermaron del cargo y conminación que el visitador les había hecho…algunos murieron también del pesar de su conciencia”. Y, en su entierro, sólo pudo tocar una campana, no había más. Y la cruz fue de madera, la de los pobres.



Mi madre, Catalina de Yepes, nunca olvidó aquello. Le correspondieron cinco monedas de plata pequeñas, para pasar el invierno, para las cuatro bocas que tenía que mantener. Sí, para el niño de pecho también, que ya casi no tenía leche con que contentarme.


Moneda de plata (Felipe II)

Ahora, en mi lecho de muerte, el enfermero no se lo cree, he vuelto a la iglesia de Fontiveros, el día de la visita, hambriento, mamando en brazos de mi madre, asustado por tanta gente y tantas impresiones nuevas y deslumbrado por los nuevos colores y los brillos. Y siento,como si fuera ahora, el roce de la pértiga y el repelús en mis cabellos.

Y llegó "El otro invierno". 

Ahora me siento fatigado, mañana le contaré, hermano enfermero. Con lagunas, labajos y torrenteras, helados. 


Mañana nos contará. Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Entrada dedicada, con todo mi cariño, a mi sobrino nieto Alejandro Merino Romero, de casi cinco meses de edad. 

8 comentarios:

Bertha dijo...

"Ya no brilla el oro y la plata": por lo menos fue para una noble causa; pero el hambre, deja secuelas de por vida, los que la han padecido siempre tienen esa sensación de vacío.

San Juan de la Cruz me encanta leerlo.

Un beso MªAngeles.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Es una delicia introducirse en la vida del santo de la mano de Jiménez Lozano... y en el giro que le das tú en esta entrada para hacerlo aún más personal.
Esta vez no es secundario...
Besos.

Ele Bergón dijo...

Tengo que empezar a leerlo, pero primero tengo que terminar de leer La boda de Ángela que me está encantando Qué prosa tan magnífica. Supongo que el Mudejarillo también la tendrá y así podré comprender mejor tus palabras.
Besos

pancho dijo...

Aún no he conseguido el libro y mira que lo he estado intentado desde hace un mes o más, no debe ser fácil. Con la lectura de esta entrada y las magníficas ilustraciones tan significativas también a uno le queda sensación como de hambre por poderlo leer.
Jiménez Lozano me suena de nombre y de las buenas referencias sobre él que siempre se leen por ahí, uno ignora muchas cosas.
Un abrazo

María del Carmen Ugarte García dijo...

La tentación de comparar a Jiménez Lozano con Delibes puede ser grande. ¿Qué haríamos los castellanos sin ellos?

Kety dijo...

Siempre haces magistralmente, un libro paralelo aj que lees. Eso anima más a leer el propuesto por Pedro.
Lo buscaré.
Besos

Pamisola dijo...

Hola, Mª Ángeles, paso a saludarte, y a felicitarte por tus entradas, como siempre, muy interesantes, muy curradas, que demuestran tu interés por la literatura. Te atreves con todo y a todos los libros les estrujas hasta la última letra, para después ofrecer tu opinión y punto de vista, como un buen zumo que refresca y alimenta.
Estoy algo vaga, no hace falta decirlo, también con la lectura.

Abrazos.

Paco Cuesta dijo...

Tenemos afortunadamente presente a José JIménez Lozano también en artículos periodísticos actuales.