jueves, 19 de noviembre de 2015

"El mudejarillo": "¿Y si Dios no dice nada? Pues nada".


¡Me he cargado la entrada que ya estaba publicada y comentada! Y no tengo copia. Con el material que guardé, intentaré rehacerla cuando tenga tiempo. 

Esto es lo que guardé:


No me pidáis que descanse, hermano enfermero. No he de obedecer sus órdenes, conozco el oficio y sus rutinas, las practiqué en el hospital de Medina. Mas es deber del moribundo repasar los años vividos y yo he de resucitar al “mudejarillo”, el niño que vive en mí, con las viejas palabras que caminan de la mano, una tras otra, con su esportillo de colores, olores y afectos.

Lagunas, labajos, torrenteras, escarcha, árboles acristalados, grajos, gorriones, cierzo… ¿Verdad que se siente el frío? Fue “el otro invierno”.



Los gorriones “con el pico al cierzo” corretean como niños pobres, como Juanito en Fontiveros, que ya empieza a andar. Los señores no asoman a sus balcones y el sol del mediodía calienta muy poco a los “hombres y mujeres silenciosos e inmóviles”. 

“Tañido de una campana, niños muertos, viejos muertos, doncellas muertas”. Las campanas tañen demasiado este invierno. La muerte acude trás  de la pobreza, sí, también persigue a ese viejo y encorvado noble de la capa negra y vieja, como el del “Lazarillo de Tormes”. ¿Leyólo su caridad? Mi cerebro fabrica disparates,  que a manos de los novicios no llegan lecturas señaladas por el dedo del Santo Oficio. Pocas y piadosas han de ser sus lecturas. A lo que iba.




Mi memoria me lleva junto a  “una larga fila de hombrecillos y mujeres flacas” y “niños muy serios y quietecitos”. Mi madre Catalina vuelve ligera a casa, con el pucherillo tapado por el pañizuelo, “como los curas llevan el viático”. Es el caldo de los pobres que reparten a la puerta del hospital de San Cebrián. 



Madre echa  unas yerbas del camino y unos pocos garbanzos, es nuestra comida, también la del mamoncillo recién destetado que soy yo. Uno, dos, tres, veinte garbanzos para cada uno. Que yo no sé contar, pero me sé la música de los números. También cuando ella nos dice que, para la primavera, comeremos espárragos y berros, y nos ponemos muy contentos. Siempre me gustaron los espárragos, agradezco que haya buscado un manojo para mi comida, mas mi estómago ya no puede...Vuelvo a Fontiveros.

Veo a unos hombres que vuelven de caza con sus galgos. Uno de ellos proclama, en voz alta, que nos estamos comiendo el copón y las campanas, duro alimento. Mi estómago de niño sintió dolor al oírlo. “¿Y luego? “, añade el cazador. Y se contesta a sí mismo: luego el Visitador de rojo traería monedas de plata. Y trigo y vestidos.

“¿Y luego?”, insiste el de los galgos. Le contesto yo, luego mamá irá a por yerbas al camino. Y, en la primavera, recogerá espárragos y berros. El cazador no me oye, ni quiere oír nada.

¿Qué le importa a nadie Catalina Álvarez, viuda de Gonzalo Yepes? ¿O tal vez algún día importe? Oigo por ahí no sé qué majaderías referentes a mi presunta santidad.

Porque Catalina no fue señora principal, no de familia noble, ni de “sangre limpia por los cuatro costados”, al menos lo que ellos entienden como limpieza. Limpia como los chorros del oro, ama de cría en casa noble, todo el día dale que dale a su telarcillo: trac trac, trac trac. Bondadosa y buena cristiana, “mujer de gran continente y hermosura”, mas con la belleza de una esclavilla morisca. Y yo tan morenillo, tan “mudejarillo”, ahora con mi barba cerrada y negra. Y Gonzalo de Yepes, mi padre, tejedor toledano de familia judeoconversa, que empobreció al casarse con una pobre, tal fue la traición de mis tíos.


 Iré rehaciéndola...

Un abrazo de María Ángeles Merino





4 comentarios:

María del Carmen Ugarte García dijo...

Un recuerdo y un claro comentario me traen tu lectura. El primero cuando te preguntas acerca de si fray Juan habría leído El Lazarillo y yo no te contesto, pero me acuerdo de cómo nos presentó a Juan de la Cruz mi profe durante la carrera, y que se me ha venido a la mente con ese vaivén de letras en la novela: "Estudió Filología en Salamanca, así que estudiaba lo mismo que ustedes". Los filólogos españoles de todos los tiempos tenemos bastante mala fama en cuanto a nuestras lecturas y nuestras lenguas, así que me temo que fray Juan no iba a ser una excepción.

El segundo, el comentario, es ¡qué bien traída la foto del banco de alimentos! ¡Qué poco cambian las cosas en siglos!

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Yo voy pensando que había una comunidad intelectual aparte de la espiritual y que aquella red se tejía casi en secreto.
Excelente entrada: me ha hecho pensar en la sencillez con la que Jiménez Lozano hace abordar todo al santo. Y que viene a explicar esas localizaciones de su novela.
Besos.

Ele Bergón dijo...

Muy buena tu foto del principio. Ahora que ya he terminado de leer El mudejarillo, entiendo muy bien tu entrada. ¿ Y si el que cuenta la historia es ese enfermero con el que habla Juan de la Cruz?

Muy buena y esclarecedora entrada.

Besos

Bertha dijo...

En este caso buenos dias MªAngeles: es una gozada pasar por tu rincocito y después de escuchar esta bellas palabras de Fray Juan de la Cruz en la voz de Amancio Prada ya me voy pero muy enterada de esta jerga de palabras de este hombre bueno:voy a buscar su significado en el Diccionario que bien apuntas jajaja.

Un beso feliz día curranta.