miércoles, 31 de diciembre de 2014

Edelgard, rosa en el brezo, muñeca rota.

Podéis localizar Stettin en un mapa de 1934.

Y  en este mapa étnico nazi de 1937, tomado de una enciclopedia.
 Mapas enviados por nuestro amigo Miguel Ángel Vivanco.

Comentario a la novela "La sonrisa robada" de José Antonio Abella. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

El poeta español y la muchacha alemana viven para siempre dentro de un hermoso sueño de amor. La amistad, la lectura y las conversaciones van a atrapar también al novelista  José Antonio Abella en la luz que emana de las cartas de Edelgard.



 A pesar de haberlas publicado en “Edelgard, diario de un sueño”, José Fernández Arroyo siempre creyó que “se debería escribir una novela con esta historia”. Confió durante años en poderlo hacer algún día pero, a los setenta y ocho años, ya no se sentía con fuerzas.  Un día le dijo a su amigo Abella: “esa novela debería escribirla alguien más joven, acaso tú”.



Al escritor más joven le gustaría y confesó que alguna vez lo había pensado. Pero era tan compleja la historia, “no sabría ni por dónde comenzar”.  ¿Por dónde? Quien tan bien conocía la historia le contestó: “por el principio…o por el final. Eso no importa. Lo importante es comenzar…y trabajar cada página como se esculpe una estatua”. Buen consejo para un escritor escultor.



Aquel día habían hablado de aquella carta que decía: “¡Tú sabes , José, que hay muchos amores que nunca se cumplen, pese a que, muy a menudo, sean estos amores los más grandes, los más hermosos!”

Hablaron de esa carta, y de otras, bajo las estrellas, en la alameda de la Fuencisla, “bajo la luz amarilla de las farolas, enjambrada de polillas”. 



A José le parecía ella más inteligente que él porque “veía más allá de lo que todos vemos…Quizás el sufrimiento abrió sus ojos”. En realidad, sabía muy pocas cosas de Edelgard, le bastaba con amarla. A J. A. Abella le habían llamado poderosamente la atención “su clarividencia, su sensibilidad, y la capacidad para sobreponerse al sufrimiento…Los sucesos de Sttetin debieron de ser terribles”.  

En realidad, José sabía muy poco de esos sucesos, ya que Edelgard los narraba muy someramente:

“…ya sabes que Stettin es mi ciudad natal. Allí lo perdí todo a causa de la guerra: mi joven y encantadora madre, mis dos queridos hermanos, mi patria. Mi madre, mis hermanos y otros parientes próximos murieron de tifus, de hambre y de dolor, en marzo de 1946, en Stettin. Fue un gran milagro que mi hermana y yo (también nosotras padecimos un grave tifus) escapáramos de aquel terror, pero nuestra salud ha sufrido mucho, nuestros músculos están muy debilitados. (Dios mío, a menudo me encuentro tan desesperada, que desearía estar con mi madre y mis hermanos. Ah, la vida es tan despiadadamente dura…). En abril de 1946 los rusos y los polacos nos expulsaron a mi hermana y a mí de Stettin…”



Flensburg y Stettin en la Alemania dividida, cincuenta años después.
 Mapa enviado por nuestro amigo Miguel Ángel Vivanco.

José , al principio, no quería saber más cosas, le bastaba con amarla. “Sólo más adelante, cuando el amor le hacía tanto daño como las dudas, cuando algún silencio de Edelgard sembraba de amargura su corazón, trató de hacer alguna indagación”. Escribió en secreto a un joven francés, Claude Mathière, que había viajado a Flensburg y visitado a la familia Lambrecht.  Era amigo de Jean, otro joven de la misma nacionalidad que intercambiaba correspondencia con José y con Sigrid, la hermana de Edelgard. José nunca olvidará la desazón causada por la carta respuesta de Jean. 

“Durante la guerra…fueron martirizadas por rusos y polacos durante su avance en Alemania…tardaron mucho tiempo en recuperarse de sus heridas…han debido de sufrir mucho y presenciar cosas espantosas. Es por esto que tienen un aspecto un poco extraño…Las dos emiten el ruido de la risa sin que los rasgos de su rostro cambien la expresión; su actitud es siempre rígida, como en sus fotos, y parecen afectadas por una enfermedad que no he podido adivinar…”

José quedó impresionado con la descripción de Jean, se preguntaba  cómo era posible que alguien tan sensible no pudiera sonreír. ¿Quién le robó la sonrisa? ¿Qué pasó?

El escritor ha de pasar de la red al vacío, ahora ya no hay cartas, se impone el salto a la ficción. Edelgard no dio detalles de sus sufrimientos a manos de rusos y polacos; pero muchas mujeres alemanas sí dejaron un estremecedor testimonio. Abella supera la prueba con maestría. Acude a las fuentes históricas y  esculpe su novela, ofreciéndonos un buena combinación de ficción y realidad documentada. "Entreverar de forma sabia", como escribe Pedro Ojeda en "La acequia".


José Antonio Abella y "La sonrisa robada".

Aquella mañana del 27 de abril de 1945, cinco soldados victoriosos abandonaron a Edelgard y Sigrid Lambrecht  como dos muñecas rotas sobre los colchones de su dormitorio, impregnados de un fuerte olor a vómitos y esperma. Durante la noche, habían creído, y deseado, que las violaciones acabarían con un tiro en la nuca. Seguían vivas, lo confirmaban el dolor y la vergüenza. Bajarían al sótano donde su madre y su abuela , heridas o muertas, permanecían desde la tarde anterior. 



Porque la tarde anterior siguió a la mañana en que las tropas rusas del general Zhúkov entraron en Stettin. Era el 26 de abril de 1945. Edelgard tenía diecinueve años y Sigrid dieciséis. 



Dos muchachas felices que leían novelas y poemas de amor, al calor de la chimenea. 


Entre los poetas, Goethe era el preferido. 


Leyendo el Werther, de Wilhelm Amberg, 1870. Wikipedia.

Edelgard aprendió de memoria su poema “Heidenröslein-Rosa en el brezo" que, a veces, interpretaba, con música de Schubert. Y lo traducirá para su amigo José, en la carta del 6 de abril de 1949, también en abril:

“La rosa se defendió y le pinchó/de nada le sirvieron su dolor y gemidos,/no tuvo más remedio que sufrirlo".


 

Tal vez se preguntaba si su lejano amigo comprendería el significado oculto de tales versos. ¿Acaso ella los comprendía cuando Sigrid los cantaba en el Lied de Schubert?  Probablemente “ni ella ni él alcanzaran a entender la carga de angustia y desesperación contenida en esos inocentes versos”.  Ella, con catorce años, recién iniciada la guerra, estaba ajena a la sangre y ruina que se extendía por Europa. Lo que les habían enseñado era que...

“La guerra constituía… un precio inevitable para hacer del mundo un lugar feliz. El imperio de los próximos mil años siempre estaría en deuda con aquellos jóvenes capaces de dar su vida para instaurar un orden nuevo en ese mundo caótico de sangres mezcladas e ideas sin ideales…salvando a Alemania, salvaba al mundo entero…Todo llamaba al optimismo. Las canciones, los poemas recitados en las escuelas, todo era brillante como el sol de agosto."

Imagen de parte de la portada de "La sonrisa robada"

Sigrid y Edelgard reían, cantaban, enlazaban sus manos para formar grandes corros con sus compañeras de la “Bund Deutscher Madël”. 


Eran las chicas más felices del universo…aunque educadas en una odiosa ideología, totalitaria, criminal  y racista, la que prometía un perfecto mundo  nuevo para los próximos mil años.  El novelista ha de andar con pies de plomo al llegar a este punto. ¿Nazi? Una chica tan amorosa, sensible y culta , ¿nazi? Y su padre…¿un criminal de guerra?

Acompañaremos a José Antonio Abella en su viaje, tras el rastro de Edelgard. ¿Chocaremos con el cristal como las polillas de la Fuencisla? A estas alturas de la lectura ya estamos girando en torno a su luz.

Un abrazo de María Ángeles Merino que os desea ¡Feliz Año 2015!

miércoles, 24 de diciembre de 2014

“Mi querido corazón: “¡Ya está aquí la bella primavera!”


Comentario a una carta de la novela "La sonrisa robada" de José Antonio Abella. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Hay una carta de Edelgard que emociona a José hasta las lágrimas. La lee una y otra vez recostado en su litera del cuartel, o en las noches de guardia en el hospital militar de Ceuta. Es una carta desconcertante en la que se mezclan, extrañamente, una súbita alegría de vivir y un sombrío pesimismo:

Flensburg, 13 de mayo de 1950.

“Mi querido corazón:

“¡Ya está aquí la bella primavera!”

Y Edelgard, vestida de rayos de sol, quisiera abarcar en un abrazo la primavera toda y “besar, besar, besar”. “¿No es verdad que Edelgard está loca, completamente loca?” pregunta.

Desearía compartir con José la llanura chispeante, el manzano florecido, el nido de estorninos, el césped de mil flores, las mariposas ligeras, las abejas zumbonas y golosas; la primavera nórdica bajo el inclemente sol africano.

“¡Oh, oh, la primavera! ¿O será el amor? “¡Y bien la primavera es el amor y el amor es Dios y Dios es la Naturaleza!”. Dios es todo y todo es Dios, dice esta mujer.¿Se tambalearán las rígidas creencias religiosas de José?

Ha de decirle que no puede resistirse “a la llamada del sol en primavera”, que se deja “seducir por él con gran placer! “ ¿Por el sol?

La carta venía acompañada de una florecilla blanca de seis pétalos, la wind blume o flor del viento, milagrosamente conservada hoy. Y de viento va a hablar ahora Edelgard; es el “fiel compañero” que, en su paseo, juega con cabellos y faldas. Demasiado impetuoso, ha de regañarlo a veces. “Oh, oh, estos hombres”, bromea.



Edelgard dice caminar despreocupada, su único deseo es “beber a copa llena” la belleza que la primavera extiende. Flores y más flores, en el suelo, en su cabeza, en su regazo. Se sienta contra un abedul y sueña rodeada de “mariposas acariciantes”. No va a revelar el sueño, los hombres no debéis saberlo todo.

Piensa, sería encantador vagabundear a través del bosque, cogida de la mano de José. Y jugar:

“Me escaparía de vez en cuando y no te sería fácil alcanzarme. Dime, José, qué harías con la desobediente Edelgard, cuando la alcanzaras?”

O también sería maravilloso escuchar un concierto o una ópera, en su compañía. Uno de Beethoven o el “Tristán e Isolda” de Wagner. Hasta aquí las palabras exultantes.

“Sin embargo, querido José...” La carta da un giro brusco e inesperado:

“…sueños demasiado hermosos para que sean realidad algún día”

“…un sueño es un sueño y la vida es la vida”.


José, su “buen corazón”, la ama y desearía llegar a hacerla suya enteramente. Cierto. Pero…qué duro lo que viene a continuación:

“¡Ah José… ¿no has considerado también que: 1º yo soy alemana, 2º no soy católica (para mí la Naturaleza es Dios) y que, 3º y lo más esencial: yo estoy enferma todavía?”

Primero, segundo y tercero. Alemana, no católica y enferma. ¡Edelgard! ¡No importa!

"A menudo pienso que jamás perteneceré a ningún hombre, porque no lo deseo...". "Tengo que decirte todo esto, porque yo, como tú, amo la sinceridad y la lealtad".


José no tiene consuelo. Sigue leyendo. “…guardaré siempre tu precioso corazón…en él existiré yo siempre para ti”. ¿No sentirse desilusionado? ¿Repetir para sí que no espera nada de Edelgard? ¿Cómo puede pedirle Edelgard tales imposibles?

Un día, pronostica ella, José amará “a una encantadora joven española” y pensará en la joven alemana como se recuerda un bello sueño. Y está segura: “¡tú no me olvidará jamás y una parte de tu corazón me pertenecerá por siempre!”

"¡Oh, Dios, cuántas cosas bellas, profundas, ciertas y terribles!" Los sueños sueños son, pero José también está seguro; nunca podrá olvidarla y siempre le pertenecerá una parte de su corazón. En lo más íntimo de su alma, permanecerá un rincón consagrado a ella, a su recuerdo “maravilloso e ideal”. 


Que no, que no se resigna y le pide a Dios no morir sin llegar a conocerla. “¡Sería tan
maravilloso!”


Porque José y Edelgard son prisioneros de un sueño, un imposible. Como las polillas de la luz.





Un abrazo de: 


María Ángeles Merino


¡Feliz Navidad!

miércoles, 17 de diciembre de 2014

"En esos momentos deja que tus pensamientos y tus ensueños vengan sobre mí sobre el brillante puente de las estrellas"


Comentario como introducción a la novela "La sonrisa robada" de José Antonio Abella. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Os saludo de nuevo, compañeros de lectura, los que asomáis por aquí con vuestros comentarios y los que pasáis de puntillas. A todos os agradezco que me acompañéis en mis aventuras lectoras. Echamos la vista atrás y recordamos:

La semana pasada nos despedíamos de Andrea, la protagonista de "Nada" de Carmen Laforet. Escuchábamos "una voz femenina, universitaria, existencialista, desde el lado perdedor, desde Barcelona, desde una intimidad familiar…".  Una novela con visos de realidad, tal vez con un fondo autobiográfico, pero ficticia como suelen ser las de su género. 

Ahora vamos a escuchar la voz de dos personajes reales que vivieron un apasionado amor real, en los ásperos años cuarenta que siguieron a la guerra civil española y a la segunda guerra mundial, sí, el mismo tiempo que vivieron los personajes de "Nada".  En la página web  de la editorial leemos:

"Entre enero de 1949 y diciembre 1953, la joven alemana Edelgard Lambrecht y el poeta español José Fernández Arroyo intercambiaron una intensa correspondencia que marcaría la vida de ambos..." Leer más.

Y de su autor, José Antonio Abella" (Burgos 1956), leemos:

"Literatura, escultura y medicina son los tres ejes de su actividad  profesional. En 1992 se publica su primera novela...". Leer más.

Un joven poeta que escribe su diario, un amor tan solo alimentado por cartas manuscritas y un médico que escribe novelas. La importancia y la fuerza de la escritura puede llegar a sorprendernos en un tiempo de "uasaps" y correos electrónicos, harto cicateros en letras y palabras. Ya, ya sé que no se escribe así.

"La sonrisa robada" no es un libro que se pueda contar. Es una lectura que hay que vivirla, soñarla. Contiene amor, poesía, sentimiento, delicadeza, intenso dolor también. Historia, música, medicina, resistencia a la adversidad, amor a la vida; todos sus ingredientes están sabiamente administrados. Sentís curiosidad, pues...adelante. ¿Que es un poco grueso el tomo? No se os hará larga su lectura. Tal vez, una vez finalizada su lectura, deseéis leer el diario completo del poeta: "Edelgard: diario de un sueño" de José Fernández Arroyo, el otro lado del puente.



A Edelgard y a José  los he soñado bajo una tienda de campaña de amarillentas cuartillas, bien sujeta por dos negras plumas estilográficas. La tinta es el vehículo de sus sentimientos. Tinta que cruza un puente de estrellas, tendido entre tierras alemanas y españolas. Flensburg y Manzanares. Flensburg  y Madrid.

26 de enero de 1949. José, un joven estudiante de Bachillerato que ejerce como practicante en un pueblo manchego,  había enviado su dirección a un club de amigos por correspondencia. 

Escribiría a chicos y chicas europeos, en el "renqueante francés aprendido en el instituto", "el idioma de los librepensadores", para abrirse al mundo; el sueño de muchos adolescentes en "la España en blanco y negro del nacionalcatolicismo", aislada tras "una frontera espiritual reforzada con cerrojos carceleros y cuentas de rosario engarzadas en alambradas de espino".

...una caligrafía ordenada y vertical...

No se conocen en persona, pertenecen a dos mundos diferentes; pero les une un deseo de amar y, al mismo tiempo, de escapar a la realidad cotidiana.

José huye del "hedor a caspa e incienso, a sacristía cerrada", en la España de la posguerra donde, tras diez años, se percibía todavía el diluido olor de la pólvora. 

"Al otro lado estaban la alegría y el color, el aroma de la primavera". Algo de ese aroma le llega en la primera carta que le produce "un impresión muy especial...una caligrafía ordenada y vertical...un cierto tono misterioso, como sugerente, no sé algo que no puedo explicar".

Edelgard huye de su cuerpo maltrecho y debilitado, del tormento de sus recuerdos, de sus sueños perdidos, de su querida Stettin de donde fue arrancada, en una Alemania en ruinas.

"Debería hablarle de mi hermosa tierra del Este alemán, ahora separada; de "mi conocimiento con los rusos y alemanes" (ellos nos expulsaron a mi hermana Sigrid y a mí, en mayo de 1946, de Stettin; perdimos todo; nuestra madre, nuestros hermanos y otros parientes próximos, la patria y los bienes; también nuestra salud sufrió mucho...¿Podría hablarle...de mi nueva "patria" que no será nunca "mi patria"...de mi amor por la música y la naturaleza...de mis secretos proyectos de llegar a ser una escritora (ahora estoy estudiando el arte del estilo). He estudiado Medicina, pero el fin de la guerra acabó con mis estudios..."

José no podía ignorar la carga de dolor que llevaban los entrecomillados: "ma connaisance avec les Russes et les Polonais", "ma patrie"; intuye el horror de la aludida "connaissance".

Julio de 1949. José cumplía el servicio militar en Madrid, como sanitario. La vida cuartelera le resultaba monótona y fea pero encontraba sus minutos de felicidad, tras la cena. "Tendido en la terraza del cuartel, José camina por el puente de las estrellas". Leía las cartas de Edelgard  "con un temblor en las manos y ronroneo en el corazón". Escribía mentalmente, cartas de respuesta que luego, en el papel, ya no le parecerían tan hermosas. Ella le respondía en alemán porque en francés no podía expresar lo inexpresable:

"Ja, lieber José...cuando al atardecer estés en la terraza, contemplando la estrella, debes pensar que yo soy esa clara estrella brillante de que me hablas. En esos momentos deja que tus pensamientos y tus ensueños vengan sobre mí sobre el brillante puente de las estrellas. Yo los esperaré y, cuando ya estén en mí, iré a sentarme al piano y mi música construirá otro puente sutil e invisible y te llevará mis pensamientos"


Estrellas (Wikipedia)

"Llueve sobre Flensburg". Así comienza el libro que tenemos entre las manos, con la lluvia que caía obstinadamente aquel día de  1953. Porque José "viajó a Flensburg para materializar un sueño". El viaje duró dos largas semanas en autoestop por las carreteras de Europa, durmiendo en gasolineras, en parques públicos, en oscuros zaguanes. Y José Antonio Abella viajó muchos años después, "quizá por el mismo sueño", buscando el rastro de Edelgard, dos horas en avión y dos en tren.

"Un talismán de tres sílabas pronunciadas con la fe titubeante de quien necesita tocar la herida para ver la luz". Es el motor que impulsó el viaje del joven poeta. Su amigo, el autor de la novela, comprende muy bien ese amor a la antigua, tal vez un poco cursi. Él también ha caído bajo el embrujo de las cartas de Edelgard. Ambos comparten "los genes de un romanticismo tardío y una adolescencia incurable y errática". Vagarán "por caminos inciertos, en la frontera brumosa y serpeante de lo sublime y lo ridículo".

Vagaremos con ellos por caminos inciertos, en los que no faltara la belleza. Edelgard asomará entre la niebla buscándola siempre con avidez.  En la Naturaleza, en la música, en la literatura, en las cartas del poeta español.  El manzano de su jardín, la anémona nemorosa, la "Träumerei" de Schumann o un poema en su lengua. Porque para Edelgard todo lo bello de este mundo es Dios y, en esta convicción, se acerca a José cuya sólida fe religiosa se desliza hacia un panteísmo poético.


Flor del viento (anémona nemorosa) Wikipedia

Ni la belleza estará ausente, ni el deseo que pronto prende entre las cuartillas:

"Mientras tocaba el piano, un soplo imperceptible hizo vacilar la luz de las velas y me pareció como si tu alma acariciara mis cabellos. Creo que he sentido todos tus pensamientos, toda tu "Sehnsucht", incluso durante mi sueño..."

"Sehnsucht" es una palabra que Edelgard y José repiten con frecuencia, sin traducción. Su significado aproximado sería el de un deseo muy, muy ardiente. Y la "Sehnsucht"que fluye en sus corazones será  el mejor bálsamo contra la memoria de los días en Stettin., de los felices y de los desgraciados.

Seguiremos con "La sonrisa robada". ¿Cómo se roba una sonrisa? 

Mientras tanto, podéis escuchar la música de "La sonrisa robada", interpretada por Isis Pérez Villán.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Andrea: una voz femenina, universitaria, existencialista, desde el lado perdedor, desde Barcelona, desde una intimidad familiar…y sin que el censor pueda usar el lápiz rojo.



Comentario a la novela "Nada", de Carmen Laforet, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. Realizada siguiendo las notas tomadas en la lectura colectiva presencial dirigida por Pedro Ojeda, en la UBU.

¡Hola Andrea!

Aquí estoy otra vez, en la cafetería con vistas a los árboles y cristaleras que dejan pasar la luz del día. O de la noche, como ahora.

Ya sé que no te vas a dejar ver, que como ente de ficción no se te permiten esas expansiones pero aquí tienes mi ordenador, escribe lo que quieras. 

¿Cómo crees que te vemos los lectores? Aquí tienes tu merienda, hoy hay bizcocho de naranja, te gustará.

¡Buenas tardes María Ángeles!

He sabido, a través de su cuaderno de notas, que ha estado reunida con un profesor de Literatura llamado Pedro Ojeda y un grupo de lectores, en la Universidad de Burgos. Y han comentado, con mucho interés, la novela en la que soy protagonista, dueña y señora. Es mi mirada y nada más, es “Nada”. 

Analizo sus notas y le comento. De vez en cuando, doy un sorbo al té y un mordisquito al bizcocho con sabor a naranja. Usted está distraída hablando con alguien, siempre aprovecho sus distracciones, más largas de lo que usted piensa.


En general, la obra ha sido del agrado de los lectores allí reunidos. La España en que viven ustedes, a pesar de la crisis, ya no es como la de 1943, con la guerra recién terminada; pero la obra sigue siendo un clásico. Sí, hay algo universal en “Nada”, algo que conserva su valor a través del tiempo. 

La mayoría había leído la obra en su juventud  y coincidían en que “no es la misma novela”. Por entonces, me veían llegar con mi maleta y se ponían enseguida de mi parte, les daba pena. Ahora su reacción es distinta, se preguntan qué tonterías hace esta chica que pasa hambre, se administra mal y realiza gastos absurdos. Me cogerían y…ya comprendo sus buenas intenciones. 


Notas que tomé durante la lectura colectiva presencial, dirigida por Pedro Ojeda (9-12-2014)

El profesor Ojeda me compara con el Lazarillo de Tormes, un pícaro que nos cuenta, ya de mayor, algo de lo que vivió de niño. Pero no habla el niño, habla el adulto que echa una mirada atrás y  selecciona, nos cuenta lo que nos quiere contar. Los lectores caen en el truco, llegan a pensar que les habla el muchacho. 



Así soy yo, Andrea, una persona adulta que cuenta algunas cosas que pasaron delante de sus ojos de adolescente, sin interpretar nada. Carmen Laforet demostró valentía literaria al narrarlo  desde la perspectiva de una mujer, metiéndose en la miseria de una casa, con sus chinches y sus cucarachas, los muebles amontonados, el olor a sucio, a cerrado. Y la miseria moral, mucho más maloliente.

¿Rebelde? Lo que a mí me pasa es que no encuentro ningún sentido a la vida, no soy de una novela social, soy de una novela existencialista, en la corriente que inició el filósofo Sartre en 1938, con “La náusea”. 



¿Conocía el existencialismo Carmen Laforet? Por la fecha es posible. La proximidad de Cataluña a Francia ayudaría. Ahora ven normal que alguien diga que no encuentra sentido a su vida, en la posguerra no se podía decir eso, por muy negra que fuera la vida.


Notas que tomé durante la lectura colectiva presencial, dirigida por Pedro Ojeda (9-12-2014)

Porque soy alguien que no encaja. Un prototipo de mujer diferente, soy una chica rara; no quiero ser la tía de Angustias con su doble moral, ni Gloria, ni la abuela, ni Ena, ni su madre…Soy “una persona desarbolada”, me siento extraña en los ambientes en que me toca vivir. Ay, aquel baile, con mi vestido viejo y mis zapatos rotos. 

No coincido con el prototipo de mi época, el que marcó la Sección Femenina, la iglesia católica, para una señorita de clase media, pobre como las ratas, pero media. Con ducha, aunque no la usen, y criada, aunque no la paguen.



Qué rara soy, luché con la prima Isabel por salir del pueblo e ir a estudiar Letras, mas la universidad, menudo lujo para una chica en los cuarenta, no me entusiasmaba. 

Encajé, aparentemente, en el grupo de los bohemios, pero me decepcionaron cuando se mostraron como los niños ricos que eran, por eso precisamente podían ser bohemios.

Al final, parece que encuentro una salida, el padre de Ena me proporciona un trabajo digno, en Madrid; mas sospecháis que tampoco allí voy a ver el sentido a mi vida. Una vez que hayáis leído la última palabra, podéis imaginar lo que deseéis. 

Fumadora, qué mal visto en una mujer. Callejera, con la de peligros que acechan a una señorita sola. Y no muestro afectividad alguna. Ni perro, ni gato, ni niño, ni abuelita, ni Gloria, ni Pons, ni ...Bueno, Ena me hechiza y me manipula y mi tío Román…Perdonadme pero mi escritora me hizo así de nebulosa. Decís que nadie me quiere, que nadie me besa, bueno...De aquel piso no me llevé “nada”, o eso creía yo entonces. Decidme qué me llevé, lectores míos.

En algún momento, parece que la novela va a derivar en folletín. No, la realidad es más normal. Mediante un juego narrativo, la autora os hace pensar en la tía Angustias huyendo  con su amante don Jerónimo, pues no, su destino es un convento, única salida decente para una señorita decente que... Pensáis que Gloria va al barrio chino a prostituirse, no… va a ganar dinero con mañas de tahúr. Luego venderá las cornucopias y habrá comida con mucho pan, de momento. 

Porque la gran tragedia fue la realidad,  la que nos aplastó a todos. No fue la guerra, fueron las consecuencias de la guerra. Veis a mis tíos violentos y enloquecidos, a la abuelita vagando de noche como un fantasma, a Gloria soportando malos tratos, el hambre, la ruina de la casa y los muebles, las acusaciones mutuas, la mutua vigilancia, el odio, la locura...Román se suicida, el mayor de los pecados.


Notas que tomé durante la lectura colectiva presencial, dirigida por Pedro Ojeda (9-12-2014)

Carmen Laforet se hizo famosa por ganar el primer premio Nadal. En lo que respecta a si hubo una intervención previa del editor, un asesoramiento sobre qué se podía decir, en un premio que fue muy cuidado…De eso, nada sé...soy la criatura. 

No me parece desacertado, sin embargo, lo que apunta Pedro Ojeda. Porque, efectivamente, soy una voz femenina y  universitaria, existencialista, aunque no conozca la palabra, desde el lado perdedor, desde Barcelona, con muy pocas palabras en catalán, desde una intimidad familiar, destapando secretos inconfesables y sin que el censor pueda usar el lápiz rojo. Que ya era mérito.



¡Pobre escritora mía! No supo acertar con una segunda novela, escribió varias, sí; pero no hubo otra “Nada” y su actitud fue la de "Una mujer en fuga”, como se titula su biografía, la que una lectora llevó a la reunión. Es difícil mantener el oficio de escritor. Parece más difícil escribir la segunda novela que la primera.



Gracias por el té y el bizcocho con sabor a naranja. Ya sabe mi pasión por los dulces. 


Un abrazo para "las Andreas varadas en la calle Aribau" y para todos los que pasáis por aquí de:

 María Ángeles Merino. 

Gracias a Pedro Ojeda y a los de la lectura colectiva de la UBU. Entre todos, tejimos la entrada. Bueno, no...que fue Andrea. Y se tomó el té y el dulce. 

sábado, 6 de diciembre de 2014

Luces de Salerno

Después de casi todo el año sin moverse de casa, ya iba tocando otro viajecito de la Mosca Viajera del este blog. Esta vez el destino era Italia. A Salerno, una localidad a 50 km de Nápoles y en las cercanías del Vesubio.

Lo cierto es que las desventuras comenzaron antes de empezar el viaje. Yo ya tenía mi ruta bien preparada y planificada: a Nápoles vía Munich, y luego un trenecito para llegar sin apuros a media tarde a un hotel en primera línea de playa. Pero justo el día anterior recibo un mail indicando que mis vuelos se habían cancelado. La razón, una huelga de pilotos de Lufthansa. Así que rápido y corriendo reprogramando los vuelos para finalmente ir vía Roma, llegando a Nápoles a las 22:20. Problema ¿resuelto?. 

Pues no. Justo tras conseguir los billetes, me surje la siguiente duda: ¿y el tren? Corro a consultar los horarios de trenes, y resulta que el último sale de Nápoles a las 23:07. Muy justito.

Así, con la preocupación de mis medios de transporte empezó el viaje. Llegué a Roma si problema. Me comí una pizza cutre, y busqué la puerta de embarque para Nápoles. Nada más llegar, más preocupaciones: se anuncia que el vuelo se atrasa 10 minutos... que finalmente se convirtieron en 60. Para cuando estaba despegando, era la hora a la que tenía que llegar a Nápoles. 

El vuelo... bueno, más que vuelo fue montarse en la montaña rusa. Volamos a través de la tormenta y la lluvia, con sacudidas y caídas. Muy entretenido, pero aún lejos de aquella vez en Washington donde tuvimos que aterrizar a la segunda. Llegamos finalmente a las 11 de la noche a Nápoles. Y aún quedaba el asunto de llegar hasta Salerno. El tren ya quedaba descartado, y la única opción era cojer un taxi.

De mis anteriores periplos por Roma, sabía que cruzar la calle era un deporte de alto riesgo. Al lo largo de este viaje he descubierto: 
a) que es un deporte nacional
b) que existen modalidades asociadas, como viajar en transporte público.

Porque meterse en un taxi a las 11 de la noche, con lluvia, el taxista conduciendo con una mano, la otra con el móvil, a 120 por el medio de la autopista... es un deporte de riesgo. Así que tras encomendarme a Júpiter, cerré los ojos y llegué por fin a medianoche a Salerno. 

Ya saben que mis viajes no son por placer, pero eso no quita que busque mis ratos de asueto. Y estando a los pies del Vesubio no podía perder la oportunidad de ver Pompeya.

Madrugué al día siguiente y a las 7 ya estaba desayunando, porque tenía que coger un tren a las 7.45 que me dejaría en Pompeya a las 8.30, la hora a la que abrían las puertas para las visitas. Pompeya es hoy día un pueblo como otro cualquiera, con su estación de tren, iglesias, escuelas, pero además, con una zona de excavaciones arqueológicas. Y por si fuera poco, un monumento llamativo a los atentados del 11 de Septiembre: 

Debí ser el primer visitante de Pompeya aquel día, porque no tenían ni listo el sistema informático para sacar las entradas. Pompeya era una población romana a los pies del Vesubio, y allá por el año 79 DC fue destruida por una erupción del volcán. No sólo Pompeya, sino Herculano, Estabia, y alguna más que no recuerdo, pero curiosamente, Pompeya es la más famosa a pesar de que Herculano por ejemplo está mucho más cerca del Vesubio.

La erupción fue de un tipo muy particular que provocó que las ciudades fueran sepultadas por ceniza ardiente. De esta forma, las ruinas se han preservado muy bien y pasear por Pompeya es muy distinto a pasear de otros lugares como Itálica o Clunia. Allí donde sólo quedan los restos de suelos y mosaicos, aquí tenemos calles con sus pasos de cebra, paredes, pinturas en estas, grafitis, e incluso techos en muchos casos.





Además de poder ver la estructura de la ciudad, parece notarse la diferencia entre la zona más noble, y la del populacho. En unos lugares están las casonas, con su atrio de entrada, y sus viñedos en la parte trasera. 




En otros lugares se observan tiendas, o algo parecido a restaurantes, donde tenían mostradores donde ponían la comida.Luego dentro, existían los triclinium donde comían. En una de estas apareció una bolsa con monedas que un pompeyano escondió con la esperanza de recuperarlos cuando pasara el cataclismo que Júpiter les mandaba.



Uno de los edificios más enteros eran las termas. Dentro se hallaban expuestos un par de pomepyanos que no pudieron huir. La nube de ceniza ardiente, que cayó por la ladera a alta velocidad, se depositó sobre ellos, dejando grotescas "esculturas" en la que se pueden apreciar detalles tales como las sandalias.




El último sitio al que llegué fue el foro, desde donde se ve el Vesubio al fondo. La típica postal pompeyana.



Por desgracia, sólo tenía una hora para un paseo que bien merece 3 o 4 acompañado de un buen zapatófono que te cuente las cosas. Habrá que volver algú día. 

Y así me cogí el tren de vuelta para ir a mis quehaceres laborales. Terminado el trabajo, la noche la pasamos paseando por Salerno. Es típico de esta localidad colocar luces de Navidad...

 - Pues como en todos lados, tú

Sí, pero no. Las luces se las curran, y cada año las hacen nuevas. Escogen un tema en particular, y decoran las calles. Este año tocaba algo así como flores y jardines. Todo el centro histórico está decorado con luces que asemejan flores o almendros en flor. 





Algún dragón perdido, 


Y finalmente, un parque dedicado a cuentos infantiles, con el barco pirata del Capitán Garfio, o la carroza de Cenicienta.






Unas luces  muy bonitas, sin duda. (Y como toda comparación siempre es odiosa, no hablaremos de las de Madrid)


El día siguiente la jornada laboral comenzó desde primera hora, lo cual me dejó toda la tarde libre. La opción uno pasaba por meterme a remojo varias horas en la piscina-spa del hotel. La segunda era irme con un colega a pasear por Nápoles. Ganó la segunda opción. ¡En que hora!. 


A esas horas se estaba desarrollando una tormenta del copón, pero sólo lo supimos tras estar montados en el tren. Que estuviera retrasado nos debería haber hecho sospechar. Pero nos dimos cuenta tarde, cuando el tren comenzó a pararse a mitad de trayecto. Un viaje originalmente de 36 minutos que se convirtieron en hora y media. Y aparecimos en la estación Nápoles con una curiosa serie de escaleras que por momentos recuerda a las escaleras imposibles de Escher.


Lluvia, obras, tráfico,... ¿tienen la imagen de ciudades de la India, o El Cairo de tráfico caótico, todos cruzando y girando donde Júpiter les da a entender, pero sin accidentes? Pues algo parecido es Nápoles. Allí nos doctoramos en "cruce de calles" mi colega y yo. Estamos ya en disposición de presentarnos al Mundial de esta disciplina deportiva de alto riesgo. El truco está en no mirar. Cruzar y confiar que alguien frenará. El tráfico es una especie de organismo vivo que se autoregula. 

Pero sigue siendo un caos. Y muy descuidado. Desconchones en las paredes, sucias... No. No me gustó Nápoles. Lo que no quita que tenga sus curiosidades. Estábamos buscando el centro antiguo de la ciudad, pero lo que nos topamos es con mercadillos, una especie de rastro, pero donde exponen pescaco, frutas y verduras en plena calle, por donde pasan continuamente coches y motos. 

Pensábamos que era sólo un barrio chungo con el que nos habíamos topado en ese momento, pero luego en el casco histórico volvimos a encontrar estos puestos, que no parecen recomendables precisamente. En todo caso, la ciudad es que ni fú ni fá. Aún así, el paseo nos duró un par de horas, y llegamos al tren un poco antes de lo previsto.

Y ahí empezó otra odisea, pues las tormentas que había en la zona del Vesubio habían hecho retrasarse a casi todos los trenes. Trenes a Roma llevaban unas 3 horas de retraso. Una hora esperamos nosotros hasta que por fin salimos de vuelta a Salerno, donde pudimos cenar un algo. Que rematamos con un heladito. Limón con chocolate, que siempre me dicen que es una mezcla muy rara, pero a mi me encanta.


Y con esto, al  día siguiente comenzó el viaje de vuelta. Todo minuciosamente programado: cojo un tren en Salerno, llego a Nápoles. Autobús al aeropuerto en 15 minutos, avión a Roma, y avión a Madrid y descansando en el sofá a las 5 de la tarde... pues no. 

Llego al tren, y resulta que los regionales todavía iban con los retrasos del día anterior. Así que me cogí otro que iba hasta Milán, pero paraba en Nápoles. En la estación, veo un lugar con gente con maletas esperando... pero resulta que de ahí no salía en autobús, que lo habían cambiado de sitio hacía unos meses. Bueno, da igual. Llego por fin al aeropuerto, y conseguimos salir y llegar a Roma más o menos en hora. 

Para la conexión a Madrid tenía 50 minutos. Así que busco la puerta de embarque, y ya relajado me pongo a comer algo. Según termino de comer, observo que me han cambiado la puerta a una zona totalmente distinta, y además se ha retrasado el vuelo 20 minutos. Pues hale, paseito de nuevo. Y al llegar a la puerta veo que está anunciado un vuelo a Copenhague. ¿Donde acabaría? ¿En Copenhague, Australia, Madagascar...? Finalmente, se abren las puertas de embarque al mismo tiempo que cambia el cartel para Madrid. Que alivio. Pero todavía quedaba llegar al avión, porque en Italia he ido todo el tiempo de jardinera en jardinera. Que son los buses que ponen en el aeropuerto para llevarte al pie del avión.

Como decía, en Italia todo lo relaciondo con ruedas son deporte de riesgo. Cruzar la carretera, montar en taxi... y montar en jardinera. Normalmente, en los aeropuerto está todo señalizado: por donde ruedan los aviones, donde se colocan, por donde circulan los coches, autobuses y jardineras... pues nada, en Italia como si no existieran. Las jardineras van por medio de los carriles, o cortando las curvas metiéndose en zonas reservadas para aviones. Lo dicho, deportes de riesgo. 

Al final salí con una hora de retraso. Y al sofá llegué a las 6 y media. Ahora, a descansar. 

Reportaje ofrecido por Julio Plaza, "La mosca cojonera" de este blog.