jueves, 5 de septiembre de 2013

"Hermano...decid Romana, solamente eso..."

 

 
Comentario en torno a la parte final de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:
 
Concluye definitivamente tu cautiverio, Cipriano, "en la madrugada del 21 de mayo de 1559, más o menos un año después de haber comenzado". Hoy pagarás en la hoguera tu "desviación religiosa". ¿Desviación? ¿Cómo pueden estar tan seguros, tus graves acusadores, de estar siguiendo el camino no desviado? ¡Qué peligrosos son los que dicen  poseer toda la verdad!
 
La procesión ha de partir una hora antes del alba. Los condenados, "aplastados por el rigor de la sentencia", aguardáis en los camastros. Dato, "el tontiloco ayudante de carcelero", es incapaz de reprimir su júbilo ante el festejo, no es el único. Agradecido a vuestros maravedíes, pasa con vos vuestros últimos minutos en prisión, os habla de los preliminares del auto como si fuerais un forastero visitante, en lugar de una pobre víctima a la que van a asar viva.
 
Pregoneros a caballo anunciando el auto, cuarenta días de indulgencia, prohibición de andar a caballo y portar armas, os cuenta. Y cuántos forasteros, "más de doscientas mil almas", muchos no han encontrado alojamiento y duermen al sereno. Y el Rey nuestro señor en persona, preside el acto, con los Príncipes y la Corte. "Y los azules ojos desvaídos de Dato rutilaban" al dar cuenta de todo eso.
 
 
"La Plaza Mayor ha sido transformada en un enorme circo de madera, con más de dos mil asientos en las gradas, cuyos precios oscilaban entre diez y veinte reales..." Un macabro circo. Dato se hace lenguas contándolo a voacé, cuidado que es tonto el albino del gorro rojo.
 
 
Como un cristiano ejemplar, lo sois, con los ojos cerrados, encomendáis vuestra alma  y pedís luz a Nuestro Señor para distinguir el error de la verdad. Apenas escucháis a Dato que sigue su monólogo: se anuncia un día sofocante, muchos vecinos se han instalado en los tejados, miles de personas esperan al Rey en la plaza con hachones...parece el Juicio Final. Y tiene razón el tontiloco, es un Valladolid fanatizado o aterrorizado, con tintes apocalípticos.
 
 
Empiezan a oírse carreras, golpes apremiantes en las puertas y voces que gritan: ¡a formar! Al liberaros de los grilletes, notáis las piernas sueltas pero sin fuerzas para sosteneros en pie.
 
En el zaguán, Dato os deja en manos de dos "familiares", junto a los demás condenados varones, con las miserias morales al aire."Aquella reunión ocasional era como  el envés de los conventículos, los mismos hombres pero  dominados por el recelo y la desconfianza, cuando no por la hostilidad o el odio". Carlos de Seso sin su "aticismo y nobleza". El bachiller Herrezuelo amordazado para que no blasfeme. El criado Juan Sánchez señala vuestro sambenito y el suyo, se ríe y subraya que habéis sido "facturados al mismo infierno".
 
 
Su risa aumenta la tensión porque buena parte de los allí reunidos se han delatado y rehuyen las miradas. Pedro Cazalla busca un oscuro rincón, huye de todos y especialmente de vos. El enloquecido Herrezuelo logra soltarse la mordaza, insulta a Cazalla y jura contra Dios y la Virgen hasta que logran acallarlo. Las cosas aparentan serenarse en la calle cuando se forma la lúgubre comitiva. Vamos contigo.
 
 
¡Cuánta grandeza! Estandartes, blasones, dominicos, enseña carmesí del Pontificado, reos con sambenitos de demonios y llamas, burlescos muñecos de los condenados en efigie, uno de ellos el de doña Leonor de Vivero, cuyo ataúd desenterrado llevan cuatro familiares...de la Inquisición. El resto: condenados a penas menores, comunidades religiosas y  cantores que entonan un "Vexilla regis" que suena como un"Dies irae".  Día de la ira, implacable incluso con un cadáver.
 
 
 Se va insinuando el día, te mueves casi a ciegas; solo si alzas la cabeza y tus pupilas enfocan el objetivo consigues ver algo.
 
 
Dos densas murallas humanas que os abren calle, "afligidas y silenciosas"; aunque no falten voces desagarradas que insultan, la masa es muy desvergonzada.
 
"Al abandonar la calle Orates, la procesión de los reos hubo de detenerse para ceder el paso al séquito real que subía por la Corredera"
 
 
Música de pífanos y tambores, cascos de caballos, muchos caballos, damas enlutadas, dignatarios, nobles, cortesanos, obispos y arzobispos. La espada desnuda del de Oropesa defiende y precede al Rey nuestro Señor. Ahí va, con sus diamantes y su grave porte bajo la capa. El pueblo sencillo aplaude el paso de los Príncipes. Bateria de ruidos y ambiente sofocante, no parece mayo.
 
Entráis en la plaza y la multitud, impaciente y apretujada, prorrumpe en voces y gritos destemplados. Los reos formáis "una comitiva lastimosa y estrafalaria, los sambenitos torcidos, las corozas ladeadas".
 
No exageraba Dato, se quedó corto. "La mitad de la plaza se había convertido en un enorme tablado, con graderías y palcos, recostado en el convento de San Francisco y dando cara al Consistorio adornado con enseñas, doseles y brocados de oro y plata"
 
 
Os recibe un público "soliviantado y chillón" que silba cuando desfiláis ante el Rey. Aposentado en un tabladillo, "transido, angustiado, tenso", esperas la llegada de los reos absueltos, miras obsesivamente la escalera de acceso hasta que ves aparecer a doña Ana Enríquez. La cárcel ha "ahilado" su figura pero no ha mancillado "la frescura y resplandor de su rostro". Sube con arrogancia, mira a los reos con ansiedad y sus ojos se detienen un momento en los tuyos. ¿Te habrá reconocido?
 
Cierras los ojos para protegerlos, oyes rumor de conversaciones y al teólogo Melchor Cano que desgrana  su sermón sobre los falsos profetas y la unidad de la Iglesia. Los abres y te sobrecoge la gran masa, su estruendosos vocerío. El relator hace comparecer uno a uno a los condenados. El primero es el doctor Cazalla que rompe a llorar cuando le anuncian la sentencia de muerte en garrote antes de ser arrojado a la hoguera. Lo miras como a un ser ajeno, desconocido, no es ese el arrogante Doctor del conventículo.
 
Los dos relatores se turnan para leer las sentencias a los condenados que han de subir penosamente al púlpito para escucharlas. "Era una ceremonia que, aunque escalofriante y atroz, iba degenerando en una tediosa rutina, apenas quebrada por los abucheos o aplausos con que el pueblo despedía a los reos condenados a muerte".

 Beatriz Cazalla, Juan Cazalla, Constanza Cazalla, Alonso Pérez...Ana Enríquez.

 

 
Vacila el relator y la muchedumbre calla. Ana Enríquez sube la escalera de la mano del duque de Gandía,  una vez arriba dedica al relator "una mirada retadora". Impávida oye la pena simbólica a la que es condenada: "...subirá al cadalso con sambenito y vela, ayunará tres días  con tres noches, regresará con hábito a la cárcel y, una vez allí, quedará libre". Hay rechifla general, el pueblo no perdona la insignificancia de la pena, los aires de superioridad, rango, belleza y suficiencia de Ana. Vos, Cipriano, miráis tembloroso a vuestra amada, irritado con la masa y con el aire protector del duque de Gandía. ¿Celos ahora, Cipriano? ¿Puede haber un hueco para el amor en tan terribles circunstancias?
 
Se sigue convocando, pronuncian tu nombre. No aciertas a echar el paso. Te dejas alzar del suelo en volandas. Un sol despiadado hiere tus párpados, te bamboleas y aumenta el rumor compasivo de la multitud. El relator acampana la voz: "Cipriano Salcedo...confiscación de bienes y muerte en la hoguera".
 
 
 
No pareces afectado por la sentencia. Da la impresión de que, aún indultado, no volverías a la vida. "Vejado, confundido, degradado". Suplicas a ese Dios que no te escucha: "Dame ya la muerte, Señor".
 
Sigue el auto, el público inquieto espera "la fase dramática", algo de distracción. Eufrosina, Catalina, don Carlos de Seso...El corregidor de Toro escucha su sentencia "erguido y noble". Simula retirarse, mas al llegar a la altura del palco real, se encara con el Rey y le pregunta con ironía:
 
-"¿Cómo permitís, señor, este atentado contra la vida de vuestro súbdito?"
 
Su Majestad replica ceñudo:
 
-"Si mi hijo fuera tan malo como vos, yo mismo apilaría la leña para quemarlo."
 
 
 Tal vez Felipe II recordó alguna vez esas palabras, porque ese hijo le dio muchos quebraderos de cabeza. Y su muerte estuvo rodeada de muchas sombras.
 
 El público abuchea al de Seso, más por sus modales que por sus palabras que la mayoría no oyó.  El público aburrido ya no atiende, aunque siguen desgranándose nombres y penas. Lo que quieren es algo fuera de programa.
 
Seguidamente, toca la degradación de los cinco clérigos condenados. Se despierta de nuevo la expectación de la masa. Los cinco reos se arrodillan, con cálices y patenas en las manos. El obispo les va despojando de ellos y se los cambia por sambenitos; luego procede a raerles boca, dedos y palmas con un paño húmedo, ordena al barbero que les afeite la cabeza para colocar las corozas. Los gritos y lágrimas del doctor Cazalla durante el ritual hace sollozar a unos y encoleriza a otros que gozan llamándole "leproso y alumbrado".
 
Leídas las ejecutorias y degradados los curas sectarios, se da por concluido el auto,  a las cuatro de la tarde. El pueblo abandona las gradas comentando a gritos las incidencias y  bebiendo bota en alto, como si estuvieran en la era. Todavía han de presenciar el espectáculo gratuito del bachiller  Herrezuelo volviéndose hacia su "reconciliada" esposa, para insultarla y abofetearla. Lo reducen y amordazan, más entretenimiento por el mismo precio.
 
Los indultados regresan a la cárcel y vosotros, los condenados a muerte, os dirigís al cadalso, encaramados en borriquillos. Cuando te disponías a subir al asno, ves a tu tío Ignacio. Quieres darle la paz pero tu tío se dirige al familiar que conducía la borriquilla, le aparta y coloca en su lugar a una agraciada mujer de cierta edad. Llorosa, te acaricia la barbilla con ternura. ¡Es Minervina! La reconoces enseguida, no puedes hablar, quieres mostrarle tu cariño pero una oleada os separa.
 
 
 Tu tío ordenó buscarla por todos los pueblos del alfoz mediante pregones y la halló en Tudela de Duero. Le pidió que te acompañara a la hoguera, para que no te encontraras tan solo. Ella aceptó y añadió que moriría en tu lugar si se lo pidieran.
 
"Niño mío-dijo-¿Qué han hecho contigo?"
 
Un guardia palmea la grupa de tu borrico, aprietas las rodillas contra tu montura y miras a la dulce figura que te precedía. Minervina tira del ronzal y llora en silencio. Avanzáis entre una multitud indecisa, hombres que discuten con otros que les obstaculizan el paso, mujeres llorosas, niños sorteando puestos de golosinas. La plaza despide un vaho agobiante, no hay quien soporte el calor, la gente se queda en jubón o en camisa, fuera ropa de fiesta. ¿Qué clase de fiesta es esta?
 
Viendo a Minervina te sientes tranquilo y protegido como cuando eras niño. Gentil y confiada, nadie pensaría que te lleva a encontrarte con la muerte. Es tal la gracia de su figura que los rústicos la requiebran y acosan con frases soeces.
 
Vas detrás del doctor Cazalla, recogiendo los insultos que sus palabras de arrepentimiento despiertan en el pueblo: "hereje, pelele, viejo loco".
 
Entráis en la calle de Santiago donde la masa de gente es más densa aún. Los chiquillos lo invaden todo y aturden soplando sus silbatos. Y todavía llega a tus oídos el onterminable soliloquio del Doctor. Pero tu atención se desplaza hacia Minervina, "su airosa figura" abriéndose paso entre la multitud. Te recreas en su gentileza, se te llenan los ojos de agua.
 
"Sin duda era Minervina la única persona que le quiso en vida, la única que él había querido, cumpliendo el mandato divino de amaos los unos a los otros".
 
 Evocas los momentos cruciales de tu convivencia con ella, desde "su calor ante la helada mirada del padre" hasta que es despedida y desaparece de su vida. Ahora, veinte años después, reaparece para acompañarte "en los últimos instantes como un ángel tutelar".

Te preguntas si es Mina, en realidad, la única persona que has amado. Piensas en Ana Enríquez, "un proyecto apenas esbozado", su fracaso con Teo, las sombras que cruzaron por tu vida, la fraternidad de la secta que creíste haber encontrado. Luego todo fue "perjurio y fácil delación".

"Una vida sin calor la mía", te dices. Tu cerebro evita la idea de la muerte y se dedica a reflexionar en la limitación humana, en tu conversión. ¿Dónde encontrar la certidumbre? Pedías a Dios "una palabra, un gesto, un ademán". Nuestro Señor permanece mudo porque respeta nuestra libertad, piensas. Sentiste el soplo divino leyendo "El beneficio de Cristo", pero todo se ha venido abajo.

Docenas de sotanas revolotean como moscas alrededor de fray Domingo de Rojas. ¿Les mueve la salvación de su alma o el prestigio de la orden dominicana? Tu compañero de celda muestra entereza, no y no.

Vais llegando al Campo y crece la expectación y el alboroto. Se aproxima el broche final de la "fiesta". Carruajes lujosos, mulas y borricos. Damas y mujeres del pueblo, hombres con niños al hombro, todos toman posiciones y algunos se entretienen "en las casetas de baratijas, el tiro al pim pam pum o la pesca del barbo". El último número está a punto de comenzar: quema de los herejes, contorsiones, alaridos, expresiones de sus rostros...

Campo Grande de Valladolid, 13-7-2013
 
Divisas los palos, la leña, las escalerillas, las argollas, los verdugos. Los alguaciles dan agua de botijo a Cazalla que tiene unas bascas aparatosas, no vayan a quemar a un muerto.
Te desmontan del borrico, no puedes tenerte de pie, aún susurras: "¿Dónde te metiste, Mina, que no pude encontrarte? Pero no puede contestarte, te llevan al palo en volandas y te atan.
 
Todavía te resta ver agarrotar a Fray Domingo y arrojarle inmediatamente a la hoguera, a Juan Sánchez trepando por el palo como un mono huyendo del fuego, al gallardo Carlos de Seso arrojándose a las llamas donde murió dando brincos, las muecas y contosiones del bachiller Herrezuelo...¿Dónde está tu verdugo?
 
Ahí viene, cierras los ojos y encareces de Nuestro Señor una señal. Un cura corre hacia él, es el padre Tablares, aún es tiempo para que afirmes tu fe en la Iglesia y te agarroten como reducido. Levantas la cabeza y haces tu profesión de fe, la mala, la que no les sirve:
 
"C...creo...en la Santa Iglesia de Cristo y de los Apóstoles"
 
El padre os insta: "decid Romana, solamente eso, os lo pido por la bendita Pasión de Nuestro Señor".
 
La gente se impacienta, silba e insulta. El verdugo está con la tea en la mano, el escribano con la pluma en ristre. Y tú vuelves "a pedir una seña a Nuestro Señor". Murmuras como excusándote: "Si la Romana es la Apostólica, creo en ella con toda mi alma, padre".
 
El jesuita, en un impulso paternal, te acaricia la mejilla: "Hijo, hijo, ¿por qué has de poner condiciones?".
 
Buscas una fórmula que exprese tus sentimientos y dé satisfacción a Tablares, unas palabras ambiguas:
 
"Creo en Nuestro Señor Jesucristo y en la Iglesia que lo representa"
 
No hay más tiempo, los espectadores piden a gritos el sacrificio. Vocean, brincan, alzan los brazos, los niños aturden con sus silbatos y una mujer gruesa come buñuelos tan tranquila.
 
"El verdugo arrimó la tea a la incendaja y el fuego floreció de pronto como una amapola, humeó, rodeó a Cipriano rugiendo, lo desbordó".
 
 

 
 
Murmuras un "Señor, acógeme". Sientes un dolor intensísimo, como si te arrancaran la piel a tiras, en los muslos, en todo el cuerpo, sobre todo en los dedos. Aprietas los párpados y no mueves un músculo. El pueblo enmudece, sobrecogido por tu entereza, pero en el fondo decepcionado.
 
Rompe el silencio el desgarrado sollozo de Minervina. Tu cabeza cae de lado "y las puntas de las llamas se cebaban en sus ojos enfermos"
 
Preguntada Minervina por el Santo Oficio, manifestó que, "en todo caso, de lo que vio aquella tarde, lo que más la conmovió fue el coraje con que murió su niño, que aguantó las llamas tan tieso y determinado, que no movió un pelo, ni dio una queja, ni derramó una lágrima...ella diría que Nuestro Señor le quiso hacer un favor ese día".
 
¿Un favor divino a un hereje? Tu Mina responde que "el ojo de Nuestro Señor no era de la misma condición que el de los humanos, que el ojo de Nuestro Señor no reparaba en las apariencias sino que iba directamente al corazón de los hombres, razón por la que nunca se equivocaba".
 
Me despido de ti, Cipriano Salcedo, después de acompañarte en tan penosas circunstancias, qué infierno el de aquel día en Valladolid.  Mueres como un santo, un santo hereje. Desde el viaje en el Hamburg, creces y creces, nos vamos poniendo de tu parte, aunque no compartamos tu fe.  Paladín de la libertad de conciencia, fuiste el último gran personaje de un escritor muy grande.
 
Un abrazo para los que pasan por aquí de:
 
María Ángeles Merino
 
 

8 comentarios:

Paco Cuesta dijo...

Hemos vuelto al Hereje de tu mano.
Besos

Bertha dijo...

Aún, indultado no volverias a la vida después de ser: vejado,confundido, degradado que gran desilusión para este buen hombre(el hereje).

Mª Angeles has bordado estas sensaciones te felicito nos has hecho partícipes de este duelo.

Un abrazo feliz septiembre y vuelta a las aulas.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Reconozco que cuando cerré el libro en esta relectura sentí una mayor tristeza que cuando leí por primera vez la novela. Y eso que Delibes sabiamente huye del morbo para contenerse en la descripción...

Ele Bergón dijo...

Has llegado hasta el final. Bravo por tu constancia.

Ya he visto en una de las fotos a David andando por las calles de Valladolid.

Besitos

MIMOSA dijo...

Sólo paso a saludarte, a dejarte mi abrazo y...tras ver esas fotos pienso, nunca he estado en Valladolid (y eso que tengo allí familia)...igual ya va siendo hora...

Besos, como siempre, tan dulces como puedan ser...

Gelu dijo...

Buenas noches, Abejita de la Vega:

Qué precioso cierre puso Delibes a su libro.
Las palabras de Minervina, demuestran -una vez más- que la coherencia, la lógica no precisan de grandes saberes, sino que pueden encontrarse sencillamente en la bondad y el sentido común.
Imaginar el ‘mi niño’ dirigido a Cipriano Salcedo, pronunciado como bálsamo en la voz de Minervina, emociona.

Un abrazo.

P.D.: Después de ver vuestros trabajos, voy tan retrasada con el capítulo XI, que cuando haga la entrada servirá de recordatorio o nuevo repaso de la lectura.
Dejo el enlace correspondiente a la lectura que hizo pancho .

Aldabra dijo...

Terminando El hereje y ya estás haciendo los deberes con la nueva obra.

Me acobardáis ;-)

biquiños,

Pamisola dijo...

Emocionada estoy con estas fotos de nuestro paseo mañanero por mi pucela.

En cuanto a lo demás, creo que si juntas todas las entradas que has escrito te sale El Hereje II.
Un gran trabajo, Mª Ángeles.

Muchos besos.