martes, 6 de agosto de 2013

“Ése es el rincón más íntimo del alma”

 
 
“Ése es el rincón más íntimo del alma”

Comentario en torno a la parte final de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:

En mi entrada anterior, tras viajar a caballo reventado, llega vuesa merced a Cilveti, el pueblo navarro donde le espera Echarren, el guía que ha de conduciros al otro lado de los Pirineos. Entráis en su casa y allí os están esperando. Había demasiados caballos a la puerta...


“En nombre de la Inquisición, daos preso”. Y el mundo entero se os cae encima con las palabras del alguacil bizco. Os someten a un interrogatorio de urgencia: aseguráis ser el comerciante vallisoletano Cipriano, el de los afamados zamarros, en viaje de negocios e ignoráis todo acerca del grupo luterano de Valladolid.

Y os conducen hasta la “cárcel santa” de Pamplona. Una celda pequeña, “apenas el petate, una mesa, una silla y un gigantesco orinal con tapadera”. Allí van a parar también el gallardo don Carlos de Seso, corregidor de Toro, y fray Domingo de Rojas, dominico, de verde y con plumas. Y Juan Sánchez, el criado de los Cazalla, al que apresan en Flandes, tierras del Emperador al fin; pero inaudito.

La comitiva se pone en camino hacia Valladolid: cuatro alguaciles, los presos flanqueados por los "familiares de la Inquisición" y dos docenas de arcabuceros. Los cuatro maniatados vais caminando, de dos en dos, cinco o seis leguas diarias, bajo el sol. Y la caritativa gente de pueblos y aldeas os acoge “con denuestos y amenazas”, agua hirviendo, huevos, hortalizas, piedras, quema o ahorcamiento de muñecos alusivos...o intentando abrasar el pajar donde dormís. “¡Viva el Rey!” gritan algunos “en plena exaltación patriótica”. El pueblo exige el auto de fe y se adelanta a la autoridad oficial...¿Miedo? ¿Estupidez? ¿Convencimiento?

"El sol apretaba de firme y, a mediodía, los emisarios les esperaban en algún sombrajo próximo al camino, generalmente en el soto de los ríos, en cuyas aguas, los miembros de la escolta se bañaban desnudos, turnándose en la vigilancia de los presos, mientras éstos sumergían sus pies en la corriente...almorzaban, los reos con las manos atadas". Después cambiáis pesimistas impresiones, mientras sestean los guardianes.

 
 
Don Carlos de Seso os informa. Teme tanto a Felipe II como a Carlos V. Conoce la carta del Inquisidor Valdés al Emperador y las de éste a su hija Juana, la gobernadora en ausencia de su hermano, y a Felipe II, pidiendo "prisa, rigor y recio castigo". ¿Fugarse? No hay ocasión.
 

A las dos reanudáis la marcha, hasta las siete. Para huir de tanto horror, recreas tus ojos “en los extensos campos de trigo mecidos por la brisa”. Y vas reconociendo el camino de tu épica fuga a lomos de Pispás.
 


Entráis en un lúgubre Valladolid a medianoche porque “las turbas andan alborotadas y se temía un linchamiento”. “La torre de Santa María de la Antigua, bajo el resplandor violáceo, semejaba una aparición”. Os conducen a la “cárcel secreta”, en la calle de Pedro Barrueco. Es tu descenso a los infiernos.


Te corresponde compartir celda con fray Domingo de Rojas. El alto número de detenciones obliga a Valdés a olvidarse de encerrar a los presos en celdas individuales.  Muros de piedra, ventano alto y enrejado , puerta maciza con cerrojos y cerraduras chirriantes, dos catres con los petates en el frío suelo, mesa con dos banquetas, aguamanil con un jarro de agua y dos cubetas para los excrementos.

La medida del tiempo te la facilita el ritmo de las visitas obligadas: las de Mamerto para las comidas y las de Dato para vaciar los recipientes de inmundicias al atardecer y baldear la estancia los sábados. Mamerto es un guardián imperturbable que se ocupa de las bandejas de hierro sin pronunciar palabra. Dato es un "tontiloco" que no se somete a la rigidez carcelaria y habla contigo, aunque este prohibido. Fray Domingo no lo soporta, tú le tratas con paciencia y esperas conseguir de él alguna noticia.

¿Fray Domingo? "Corpulento, papudo, envuelto en sus ropajes verdes y en una estrafalaria loba doctoral". "Al día siguiente de llegar pidió libros, pluma y papel". Y lee compulsivamente, tumbado en el catre; un libro de caballería o San Juan Clímaco, qué más da. Mantiene muy alta la autoestima, no le importa hablar de su participación en la secta pero se muestra despiadado con algunos compañeros. Y siempre concluye en el arzobispo Carranza, su "bestia negra", "a quién nadie se atreve a echar el lazo". Que el teólogo gozara de libertad mientras sus discípulos...se pudrían en las mazmorras, le irritaba sobremanera. "

Como dominico que es, conoce bien "los entresijos de la Inquisición" y os los da a conocer, no vayas  a confundir al reo relajado con el relapso o el reconciliado...Mantenéis vuestras tertulias de catre a catre, os son imprecindibles. Fuera de ellas, os ignoráis; "pues la compañía obligada podía llegar a ser insoportable".

Permanecéis solo, en la penumbra, inquieto, muy abrigado a pesar del verano, evocáis a Cristo y reflexionáis, intentando olvidar la celda. "Había asumido la doctrina del beneficio de Cristo de buena fe...Creyó sencillamente que la pasión y muerte de Jesús era algo tan importante que bastaba para redimir al género humano". Encogido en vuestro fervor esperáis en vano la visita de Nuestro Señor, le pedís que os muestre el camino, gemís pero el Señor permanece en silencio. Llegáis a la conclusión de que sois vos quién debe decidir, en aras de vuestra libertad.

 
Una tarde, Dato os entrega un papel doblado en mil pliegues. Es la confesión de Beatriz Cazalla. La lees y permaneces "inmóvil, agarrotado por un extraño frío interior". Te invade el desánimo, nunca pensaste en la delación dentro del grupo. "¿Era posible que la dulce Beatriz denunciara a tantas personas, empezando por su propios hermanos, sin una vacilación? ¿Valía tanto la vida para ella como para incurrir en un perjurio y enviar a su familia y amigos a la hoguera con tal de salvar su piel?

Todavía no habíais sido llamado a la Sala de Audiencias cuando os anuncian una visita. Ay, esa luz. Entras en la sala deslumbrado, después de cuatro meses en penumbra. Entreabres los párpados y divisas a tu tío Ignacio, sientes un sobresalto similar al que tuviste cuando te visitó en el colegio.

Os sentáis frente a frente y tu tío se interesa por tus ojos enfermos, le explicas que la falta de luz los daña, te promete enviarte un remedio. Le acaban de ascender a presidente de la Chancillería y  lo felicitas. Esperabas una regañina, mas él te habla como si nada hubiera pasado y estuvierais en casa. Te informa de las novedades en las tierras, el almacén y el taller.

Deseas pedirle perdón y convencerle de tu buena fe al unirte a la secta. Apenas pronuncias la palabra religíón y al oírla tu tío te coloca una mano efusiva en el hombro y te dice: "Ése es el rincón más íntimo del alma...Obra en conciencia y no te preocupes de los demás. Con esa medida seremos juzgados". No hay duda, el tío Ignacio es un espíritu libre pero no posee tu valentía, no haría frente a los terribles inquisidores; mas tampoco se atrevió con su hermano Bernardo, tu padre, menos peligroso.


Placa dedicada a Ignacio Salcedo en "La ruta del hereje", en Valladolid.

De nuevo en la celda, tienes una sensación de irrealidad. No obstante, con la llegada de ropa y el remedio para los ojos, quedaste convencido de que tu tío era "real y tangible". Visillos, cortinas, pañito de encaje, cuadrito de la Asunción...aquella sala de visitas también era real y no soñada.

Te llega otro papel plegado, la confesión de Ana Enríquez, otra cadena de acusaciones. La lees, ahora no piensas en la delación sino en "en la amargura que aquellas palabras habrían producido en el espíritu de doña Ana".

La sensación de angustia y soledad se acrecenta. El carcelero os anuncia vuestra comparecencia ante el Tribunal al día siguiente. Entras en la Sala de Audiencias, cegado por el sol posado en las vidrieras, del brazo del carcelero que os sienta en una silla. Una mesa larga, el inquisidor en el centro, el secretario y el escribano, todos de negro.


Sientes una sensación de desdoblamiento, nada extraña en situaciones límite. Hay un Cipriano que responde sin tregua a la voz opaca del inquisidor “en un peloteo verbal picado”;  mientras tu otra mitad escucha sorprendido las palabras. Es como si quisieras imponer un ritmo rápido a las preguntas del acusador para que las respuestas adquirieran un tinte de veracidad. Quién os pervirtió, no puedo contestar, hacienda en Pedrosa, así es, conocisteis al párroco Pedro Cazalla, lo conocí y hablamos de pájaros, ¿de pájaros?, de pájaros y de sapos, ¿y don Carlos de Seso?, apenas lo traté, ¿había amistad entre Seso y Cazalla?, conversaban, nunca le habló don Pedro de religión, la religión sería uno de los temas, considera la religión un tema importante…Y desembocas en las palabras de tu tío Ignacio: “la religión pertenece al rincón más íntimo del alma”.
 
La pelota viene y va. “¿Es posible que no recuerde ninguna conversación sobre religión con Pedro Cazalla?”, ¿recuerda lo de los sapos y no lo de Dios?, "el hombre es un animal muy complejo, eminencia"...


"Y ¿con don Carlos de Seso?, ¿con don Carlos de Seso, qué?", ¿hablaron de religión?, lo conocí…iba cabalgando…montaba un pura sangre…"me interesó más la montura que el caballero", ¿le gustan los caballos?," los caballos de raza me producen verdadera fascinación", ¿no hizo un viaje a Francia con su caballo Pispás?, así fue, quién le ayudó a pasar el Pirineo, el guía navarro Pablo Echarren, "¿quién se lo recomendó?, entre la gente que visita Francia es un personaje familiar", ¿llegó hasta Alemania?, estuve en varias ciudades alemanas, quién le indujo, soy comerciante...el creador del zamarro, tengo corresponsales...Tu doble no acusa, no miente, no delata; y va a ser muy claro, y muy valiente, al expresar tu verdadera fe:

 
"-¿No había motivos religiosos en ese viaje? 

-Me parece que lo que vuestra paternidad desea saber es cuál es mi fe. ¿No es así? Si le digo que la doctrina del beneficio de Cristo me cautivó podemos ahorrarnos algunas palabras..."

No has vivido en el error, crees en lo que crees de buena fe. No predicaste, solo procurabas ser fiel a tu creencia. Conocías a doña Leonor Vivero, y al Doctor, a través de tu amigo Pedro Cazalla, hijo y hermano. El escribano levanta los ojos por primera vez, no ha parado de escribir, está sometido a una prueba de resistencia.
 
Te escuchas a ti mismo, "con los ojos cerrados, complacidamente". Apuntad esta palabra, complacidamente, ante un severísimo inquisidor. Su voz se hace aún mas opaca cundo os dice:
 
"Vuestra merced trata de eludir más preguntas aunque no ignore que dispongo de sistemas eficaces para desatar las lenguas. ¿Ha oído hablar del tormento?"
 
Has oído hablar de ello, desgraciadamente. Y también del purgatorio, en el que no crees. Porque "si Cristo sufrió y murió por mí, huelga toda pena temporal". Y crees en la "Iglesia de los Apóstoles", eludiendo el adjetivo romana. Simplemente te encontraste con ella, apostataría si su reverencia le convenciera del error, "aunque nunca lo haría por salvar la vida".

No sientes escrúpulos, la nueva doctrina aquietó tu espíritu. Osáis decir a su eminencia que los dos buscáis a un mismo Dios por distintos caminos.
 
El Inquisidor ya no puede más:
 
"-Por última vez, señor Salcedo, antes de apelar a procedimientos más persuasivos, ¿quién le pervirtió? ¿quién le indujo a viajar a Alemania en abril de 1577?"

Y tú, "complacidamente" y con los ojos cerrados, comparas a la herejía ¡con una novia!:
 
"Tropecé con la nueva doctrina, señoría, como se tropieza con una mujer que mañana será nuestra esposa, casualmente."

 Y, en cuanto al viaje, le repites que un hombre de negocios ha de viajar al extranjero, puede preguntar a los mercaderes de Anvers.
 
No, su eminencia no se dirigirá a los de Anvers. Los procedimientos más persuasivos no tardarán en llegar.


Interrumpo aquí mi carta, dirigida a vos, el valiente hidalgo don Cipriano Salcedo, que continuaré en una próxima entrada. Disculpadme la alternancia que hago del tú y del vuesa merced, al dirigirme a voacé, digo...a ti, a Cipriano, "El hereje".
 
Un abrazo, en medio del desierto veraniego, de:
 
María Ángeles Merino


Nota: he cometido la herejía de convertir las ventanas de la iglesia visigótica de Quintanilla de las Viñas (Burgos)  en celda de la Inquisición y los paisajes trigueros de Palacios de Benaver en los que recorrió Cipriano en su vuelta forzosa a Valladolid. Bueno, el camino hacia León no es tan diferente al de Valladolid.

4 comentarios:

Gelu dijo...

Buenas noches, Abejita de la Vega:

No se le puede exigir a nadie que sea un héroe; pero sí que es tremendo cuando los acusadores son de la propia familia, o "amigos". Y sin nombre, el que se den los mentirosos y calumniadores.
El tribunal de la inquisición, como tantos aunque no llevan ese nombre, una vergüenza.
Don Ignacio Salcedo, el típico funcionario recto y cumplidor, pero que se lava las manos y no arriesga por nadie.
A Cipriano Salcedo le cogimos cariño desde el mismo nacimiento.

Abrazos.

P.D.: Estupendas fotografías.

Myriam dijo...

Repeluz me da el tema de la Inquisición. ¡Qué bien lo trata Delibes!

Maria S.J. dijo...

¡Que tristeza que te "vendan" quienes deberían cuidarte!

Un enlace, muy largo, por si quieres visitar la nueva exposición sobre "El Hereje de Delibes" en Las Francesas

http://www.info.valladolid.es/web/culturayturismo/detallecm?idArticulo=184412&docDescarga=NoHayDocDetalle&idLugar=93&migas=10225&dirMaps=Calle%20de%20Santiago%2020,47001%20Valladolid

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Gracias por ser cosntante y terminar tus comentarios.