lunes, 26 de agosto de 2013

"Algún día...estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo"

No hay salida para Cipriano Salcedo.
 
Comentario en torno a la parte final de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:

En mi última entrada, el Inquisidor anuncia "procedimientos persuasivos" y vuesa merced  sabe que no tardarán en llegar. Tres días, muy de mañana, solo una palabra: "síganos". Del zaguán al corredor y de ahí a los sótanos. Allí os esperan el inquisidor, el secretario, el escribano, el médico y el verdugo. Y "unos extraños artilugios, como los aparatos de un circo".

 Vuelven a la pregunta clave, quién os pervirtió y os ordenó viajar a Alemania en 1557. Y vos decís "suavemente" que en el interrogatorio ya habíais contestado. Se acabó, el verdugo os ata las muñecas a la polea de la garrucha, os iza y quedáis suspendido en el aire. No se imagina el sayón que vuestra musculatura de atleta os va a permitir flexionar los brazos. Como la garrucha se torna  ineficaz, os atan a los pies una gran pesa. Flexionáis igualmente. Delibes os pinta como a un atleta.

 
"El inquisidor sentía fría y torcía la boca; experimentaba una rara frustración":
-El potro-dijo lacónicamente."
 
Os atan por las cuatro extremidades al temible potro. El verdugo gira el husillo hasta alcanzar un punto doloroso, el inquisidor vuelve a preguntar quién os convirtió "a la maldita secta de Lutero". Guardáis silencio y gira el maldito artefacto. Intentáis aplicar vuestra vieja filosofía: si me meto en el dolor, si lo acepto,  se hace más soportable. No sirve eso aquí porque os están descoyuntando, intentan "sacar las apófisis de los huesos de sus respectivas cavidades". Axilas, ingles, espinazo, codos, rótulas, cabezas de músculos y nervios. El verdugo interrumpe para dar ocasión al inquisidor que ya no pregunta nada, para qué, y  vuelven a girar las tuercas. Los dolores se funden en un dolor, todo confluye en el cerebro; "una horrible punzadura" va creciendo, perdéis el control, gritáis y perdéis el conocimiento. Delibes nos hace vivir con vos el relato minucioso y magistral de una auténtica tortura inquisitorial. Alguien lo dejó escrito, pensamos. Y el escritor contó con las mejores fuentes disponibles...
 


 Recuperáis el conocimiento ya en la celda, "bajo las atenciones del médico", qué médicos más extraños los que se prestaban a esto. Sentís como si todos vuestros  huesos estuvieran fuera de su sitio. Si permanecéis inmóvil, podéis cambiar el dolor por "un cansancio infinito".

Fray Domingo de Rojas muestra ahora una sensibilidad  insospechada con vos y trata de convenceros de la sinrazón de vuestro silencio. Un día, ya harto,  le replicáis, "con muy poca voz":

-Y...y ¿no cree vuestra paternidad que el perjurio, aparte un fracaso personal, es un grave pecado?
 
Escucháis escandalizado  las palabras de vuestro compañero de celda. Trata de convenceros, hay que adaptarse a las circunstancias.  Al dominico no le habléis de mártires, piensa que ya no es preciso el testimonio, que el cristianismo ya está bien asentado.
 
Dos semanas después de la tortura, Dato os pasa un billete directo de doña Ana Enríquez. Sabe que os han dado tormento por no revelar el nombre de vuestros pervertidores. Os pide que no seáis obstinado:
 
"Satisfacer en algo a los inquisidores, pronunciar una palabra que les sea grata y les haga sentirse momentáneamente victoriosos, no significa doblegarse. Téngalo presente, pues su vida, sin que usted lo sospeche , puede un día ser necesaria para alguien..."
 
 Y recuerda vuestra visita a La Confluencia, la finca de su padre. "Aquellos minutos felices de un otoño dorado, paseando en su amable compañía por el jardín, me han dejado honda huella. ¿Nos darán ocasión de revivir aquellas horas algún día?..."


Vanas ilusiones. Bien sabéis, y bien sabe ella, que no os darán ocasión, mas la carta os anima. Las palabras no acuden, se enredan, al cabo de unos días lográis contestar. Agradecéis el interés por vuestra salud, recordáis aquel paseo, la atención que prestaba en los conventículos, aquel adiós efusivo el día de la huida que tanto os confortó. Le rogáis que no sufra por vos porque cumplir con el deber ya encierra recompensa. Saludáis, muy comedidamente, con "respeto y estima".

El otoño viene muy frío y pasáis los días tendido y cubierto con una manta que suponemos raquítica. El alcaide no ha ido en vuestra busca, en la interrupción del tormento veis la mano del tío Ignacio. Recibís de su parte un zamarro de jineta y una capa segoviana. Pero no se deja ver, visitar frecuentemente a un inculpado de herejía perjudicaría su carrera en la Chancillería.

Placa dedicada a Ignacio Salcedo en "La ruta del hereje", en Valladolid.
 
Cuando ya no lo esperabais, en Navidad, Dato os entrega unas líneas halagüeñas de Ana Enríquez. Leéis con el corazón desbocado: "me di cuenta de que vuesa merced no me era indiferente...Ahora quizá comprenda mejor vuesa merced mi interés por su suerte". Os sentís como un adolescente enamorado, por primera vez en vuestra vida; pero no podéis dar alas al amor, en qué momento llega...

 Escribís: "vos sentís, señora,  la ilusión de que algo nace...la idea de que algo concluye prevalece en mí". Reconocéis  vuestra ferviente admiración por su persona, su aplomo y discreción. Y, cómo no, por su belleza. Al llegar a esto último, tenéis una explosión de sinceridad. Una dama tan joven y hermosa para Cipriano Salcedo...


Las misivas se cruzan "y ponen un punto de luz y esperanza en la sordidez de las mazmorras". Pero os mostráis cauto ante el optimismo de la joven dama que afirma: "algún día nos dejarán ser felices". Decidís que no podéis alentar los proyectos de la muchacha conociendo, como bien conocéis, cuál será vuestro triste final. Porque estáis decidido a no delatar a quien os acristianó, actitud que nunca disculpará la Inquisición. Y se suma el obstáculo insalvable del voto de castidad que tenéis ofrecido a Nuestro Señor...La amáis pero es imposible. ¿Acaso ella no lo sabe también? ¿Por qué insiste en hacer castillos en el aire? ¿Os ama de verdad o  entretiene sus largas horas de celda con un juego galante?

Recibís la noticia de la muerte de Carlos V, en Yuste. En su lecho de muerte, el Emperador lamenta no haber matado a Lutero cuando lo tuvo a mano en Worms. En el testamento, pide a su hijo y sucesor, Felipe II, castigue con todo el rigor a  los herejes. Os llega a través de "un informe de procedencia imprevisible".


Maravedí a maravedí, Dato os va suministrando muchos "papeles de toda laya" que os entristecen profundamente: "declaraciones, noticias, informes, mensajes en torno a los procesos de los hermanos Cazalla, don Carlos de Seso, su vecino de celda, Fray Domingo, un informe del arzobispo de Toledo y varias comunicaciones más...". La delación y la mezquindad campea en todos ellos, no os impresionan pero aumentan vuestra desolación.

Vuestra debilidad os impide arrastrar los grilletes y pasáis los días y las noches tendido en el catre, cubierto con la capa. Ahora desestimáis algunos documentos que os aporta Dato, por cobardes, falaces o maledicentes. El carcelero os permite leer por encima antes de decidir si os lo quedáis. Lo que esperáis , en el fondo, es una respuesta de doña Ana, una pequeña dosis de los "dulces mensajes de antaño". Pero sois consciente de que vos mismo, inflexible, habíais dado carpetazo a aquella correspondencia. Ella respeta vuestra conciencia. ¿Respeto o despecho?

A mediados de abril, comienza "un martilleo fragoroso" que acelera el ritmo del penal. Están levantando los tablados para el auto, en la Plaza. Al día siguiente recibís un informe urgente, escrito con prisas por "el explotador del negocio". Buscáis el eje de visibilidad entre vuestros párpados inflamados. Después de tanta "humildad y acatamiento", don Carlos de Seso se desdice de "su expreso deseo de morir en el seno de la iglesia". Al saber que lo han condenado a la hoguera, ya no merece la pena fingir, expresa su fe en la de los apóstoles, que no romana. Purgatorio... ¿a quién se le ocurre si Cristo murió por nosotros?

"Ruta del Hereje", Plaza Mayor
 
"Los acontecimientos se encadenaban en una noria sin fin..."Se presenta el alcalde en persona para anunciaros una visita. Os quitan los grilletes, os hacen lavar los pies con agua y sal, ya no podéis andar. Dando tumbos seguís al alcalde, apoyado en el carcelero. Os bandeáis "como dos bueyes uncidos".

Es el tío Ignacio que os mira afligido y  habla con prisa para evitar preguntas. Pero, después de hablar de tus ojos enfermos y del proceso al arzobispo Carranza, basta una pausa para que formuléis la temida pregunta. "¿Cuál ha sido mi suerte?... ¿La hoguera tal vez?". El tío asiente: "Vas con otros veinte"



 
Preguntáis quiénes son esos veinte. "Los Cazalla, incluida su hermana Beatriz y los restos de doña Leonor, fray Domingo de Rojas, don Carlos de Seso, Juan García, tres mujeres de Pedrosa, el bachiller Herrezuelo, Juan Sánchez..." El tío Ignacio os da la lista y añade que esa misma noche os visitará un confesor y que mañana, en el auto, podréis cambiar la hoguera por el garrote. No piensas en ti, preguntas por doña Ana Enríquez. Quedará libre con unos días de ayuno. "Es una criatura demasiado bella para quemarla". Y demasiado linajuda, pensarán muchos. Y la pervirtieron demasiado joven...

Don Ignacio os atrae hacia sí, os besa en las mejillas y os retiene entre sus brazos. Y musita al oído una frase profética: "Algún día...estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo. Pide por mí, hijo mío." Un santo, hereje pero santo; así os ve el hermano de don Bernardo.

 Por la tarde comienzan las confesiones. Fray Luis de la Cruz llega a tu celda cuando el sol declina.



Acoges con afecto al confesor, al contrario que tu compañero de celda que no quiere saber nada de otro dominico como él. Le dices que en tu vida había tres pecados de los que nunca te arrepentirías bastante, ya los tienes confesados pero se los confías al padre en prueba de humildad. El odio hacia tu padre, la seducción de tu nodriza aprovechándote de su cariño maternal y el desafecto hacia tu esposa que la condujo a la locura. 


 Fray Luis asiente sonriente pero esos pecados no le interesan, lo que espera el confesor es un arrepentimiento por adscribirte a la doctrina de Lutero. Le respondes que abrazaste la teoría del beneficio de Cristo de buena fe, obraste en conciencia y ésta no te lo reprocha.


Como sin darle importancia, el dominico te pregunta quién te había pervertido y contestas que no puedes decirlo, lo has jurado, pero que tu inductor no obró con intención perversa. Al fraile, ya cansado, le impacienta y le irrita tu obcecación. No puede absolverte, pero aún estás a tiempo, desde medianoche el padre Tablares, jesuita, seguirá a disposición de los reos. Te recomienda que reflexiones y, antes de marcharse, te tiene cogido por las dos manos un largo rato y te llama "hermano mío".

A continuación, se produce en la celda de enfrente, la del Doctor, un gran alboroto. Suenan sus "gritos implorantes" pidiendo a Dios que le ilumine y le ayude a alcanzar su salvación. No cesa de proclamar que acepta la sentencia "como justa y razonable". Ha cesado el martilleo de la plaza y le oyes nítidamente. Cuando le entregan el sambenito manifiesta que es la ropa que vestiría con mayor gusto, la más apropiada para "purga de sus pecados".


Vuelve al arrepentimiento, reniega de cualquier doctrina contra la Iglesia, persuade a todos los reos a que hagan lo mismo. Cesan los gritos al poco rato, el médico debe de haber tomado alguna medida...

No duermes en tu última noche. Te agobia pensar en el procedimiento del auto de fe: "la luz, la multitud, el griterío, el calor". Un ardor de orina te obliga a visitar la cubeta cada pocos minutos. A la una empezaron a doblar las campanas. Toques lentos de agonía. Se convocan misas por el alma de los condenados, en una ciudad que no duerme.

Campanario vallisoletano.

Cuando cesa el tañido, se oye  gentío,  cascos de  caballerías, rechinar de ruedas. Comienza "el gran día", aún sin luz. A las cuatro, entran a despertaros, os sirven un desayuno extraordinario y con vino, no pruebas bocado. Te arden los ojos y sientes los bultos en las cuencas.

En la cárcel, reina el desorden, gente que entra y sale, reparto de corozas y sambenitos, los familiares de la Inquisición esperan charlando a que se organice la procesión.


Se presenta Dato en la celda y os entrega un papel doblado. Le pagas dos ducados por el servicio, el carcelero tontiloco emite un silbido, el último gasto de tu vida, qué te puede importar ya el dinero. El mensaje es de Ana Enríquez, solo dice "valor". Y trae su firma: Ana.

Te acompañaré hasta el final, nos queda un capítulo, Cipriano. Valor.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

 

10 comentarios:

Bertha dijo...

La libertad que Cristo nos trajo. Preciosas palabras: ensuciadas por tanta hipocresía para salvar el pellejo de unos advenedizos a cuenta de llamar hereje a quien les estorbaba.

Estos actos de fe me ponen la piel de gallina...como se puede ser tan cruel con tu mísma especie.

Estamos en la recta final del hereje y de las vacaciones... oh!

Un abrazo Mª Angeles

Abejita de la Vega dijo...

Recta final, efectivamente. ¡Oh! Cómo pasan los días. En cuanto a "El hereje" ya solo falta la procesión de los reos y la hoguera, pobre.

Gracias Bertha por tu comentario. Es una crueldad increíble la de los actos de fe. Y más increíble es que se montara alrededor una especie de romería, con tiro al pim pam pum y puestos de buñuelos. Y la gente tan divertida.

Un abrazo, Bertha.

Humberto Dib dijo...

Hay cosas que nunca entendí, muchas veces creo que se debe a mi falta de creencia religiosa.
En fin...
Un abrazo.
HD

Pamisola dijo...

Sólo la frase que está al principio, podría dar mucho de sí.
Es bastante incompresible, para nosotros ahora, estos comportamientos.
Pero entonces eran amos de cuerpos y almas. Yo me cabreo mucho cuando en las clases de Historia, toca este tema y entran en detalles.

Buen trabajo, Mª Ángeles.

Besos.

Myriam dijo...

Terribles actos, terribles...

Gelu dijo...

Buenas noches, Abejita de la Vega: Otro de tus excelentes trabajos, en este capitulo tan interesante. Que poder para el animo, recibir una palabra, capaz de ilusionar a una persona condenada a morir: 'Valor', escrito por Ana Enriquez. Queria enlazarte la entrada que dedico pancho, en su dia, a esta lectura, pero tengo un teclado en el que no hay ni acentos. Abrazos


Ele Bergón dijo...

Hola

De vuelta por estos lares, voy poco a poco entrando. Reconozco que me cuesta leer tu magnifica entrada porque ya sabes que ando un poco desconectada, como es más fácil ver las fotos, te diré que me encanta la primera de puerta y la de la puesta de sol.

Ya sabes que hasta mañana por la tarde no puedo respirar con tranquilidad, así que ahora que tengo un ratito libre te visito.

Besitos.
Luz

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Sin llegar a ser escabroso, Delibes no ahorra documentar un proceso inquisitorial desde el inicio hasta el final.
Regreso tras las vacaciones, daré cuenta este jueves de esta aportación tuya. Un beso.

Aldabra dijo...

¡que puerta tan invitadora la de la primera foto!

no sigo la lectura pero igual paso a saludarte... y a felicitarte por tu constancia.

biquiños,

Paco Cuesta dijo...

Hermoso y trabajado broche. Pero... descansa un poco
Besos