jueves, 7 de abril de 2011

"Benjamín oye una especie de ronquidito"

"Viene la noche" (Foto tomada en Palacios de Benaver)
Comentario al capítulo quinto de la novela "Viene la noche", de Óscar Esquivias.

Lunes, 25 de diciembre de 2006, Navidad.

¡Hola Sara!

Es lunes, día de Navidad, Jaime te acompaña a coger el autobús a Madrid, esta noche tienes que trabajar. Los viajeros esperáis a la intemperie, en plena calle Madrid, debido a las obras de la estación. La que escribe recuerda muy bien aquella circunstancia del año 2006, que la intemperie burgalesa es intemperie a la intemperie.

Comentáis el éxito que han tenido las novelas, no las deja un momento, hoy se lleva el segundo tomo al hospital. A Jaime le parece raro que no haga ni un comentario. Recuerda cuando les leía pasajes de Víctor Hugo como si fueran la Biblia.


Reconoce, Sara, que no toleras bien a tu suegro. "Charlatán, prepotente y provinciano" y con un grado elevado de misoginia, algo más profundo que el simple machismo. La buena de Teresa vive anulada y sin "un átomo de su atención". Y, con respecto a Jaime, no disimula su contrariedad. Este chico que arrojó un brillante futuro por la borda...Nunca habla, sin embargo, de las tres veces que suspendió el ingreso en Bellas Artes. Y sospechas que te considera algo culpable de eso, con lo que tú apoyaste su incipiente carrera de pintor.

Pero, desde la trágica muerte de tu hermano, ya no es fácil herirte. Tu tabla de salvación es tu Jaime, siempre con su mirada limpia y alegre. Te sorprende un poco, eso sí, que no te haya contado lo de Ruth, aunque estás segura de que no hubo nada. Arriba, que llega el autobús, qué prisas le entran ahora a este chófer.

Teresa y Benjamín pasan el día en el hospital, el Divino Vallés con tilde, aburridos y con la habitual incomunicación entre ellos, junto a un tío Aurelio febril. Benjamín lee y corta bruscamente todo intento de conversación. Ella: qué pena Sara, todavía no es capaz de tomar un tren, lo de su hermano fue muy triste, cómo se llamaba el novio de su hermano. Él: perfectamente sabes que se llamaba Felipe, date un paseo si te aburres. Ella: no está claro que fueran novios. Él ironiza: "tampoco está claro que la Tierra sea esférica", así que "punto en boca".

Tu hermano , Juan José, era policia nacional, como tu padre. Su novio trabajaba, o trabaja, limpiando el exterior del AVE, en Atocha, perdidito de pajarillos muertos. El ave grande se come al ave chica.

En tu cabeza siempre está ahí, aquel fatídico 11 de marzo, en que ambos viajaban, camino de Madrid, tras pasar la noche en casa de Felipe, en San Fernando de Henares. Juan José murió al instante de la explosión; su amigo salvó la vida, aunque perdió una mano y un tímpano.

A partir de entonces, en vuestras reuniones familiares, tú odias el ritual, reservan una silla para él, colocan en la mesa su retrato y una banda negra en diagonal. No le sirven comida, pero llenan su copa de champán y brindan con ella. Tiene razón Benjamín, parecen reuniones espiritistas.

En Nochebuena invitaban al amigo, que no novio. Tus consuegros son de esos que se manifiestan contra el matrimonio homosexual, palabra tabú para ellos. Pero la última Nochebuena, Felipe anunció que no cenaría con ellos porque tenía un nuevo "amigo". ¡Y Acacio lo tomó como una traición!

Tus padres además son de la "teoría de la conspiración". Para ellos, no fue sólo obra de los de Bin Laden, sino que fue un golpe de Estado urdido por los socialistas, para tomar el poder. Y, por supuesto, acusan a Zapatero del asesinato de su hijo.


Y no soportan la cercanía de personas con rasgos marroquíes; evitando los comercios de extranjeros, aunque sean chinos o dominicanos. Y, aunque no lo reconozcan , culpan a Felipe de la muerte de su hijo: si no fuera por él, no hubiera viajado en ese tren. Bueno, y si hubieran aceptado que durmieran juntos en su casa, tampoco les habría pillado la explosión...Cada uno es como es. Dejemos el doloroso tema y volvamos junto al tío Aurelio, que está apuntalado.

Teresa sigue buscando conversación, ahora dice que el enfermo tiene mejor color, es que tiene la cama muy bien orientada . Ya está irritándole con sus "brujerías", todavía se acuerda de la última vez, aquellas piedrecitas imantadas en el ombligo y en las palmas de Aurelio. ¡Qué bochorno pasó cuando el médico ordenó quitárselas! Si ella no se va de paseo, se va él, a buscar un rincón del hospital donde poder sumergirse en "La ciudad del Gran Rey". En el blocao del capitán Paisán hay más tranquilidad.

Tal vez en los servicios, pueda leer, piensa. Pero comprueba que es un cuartucho frío, con escasa luz. Los arquitectos de hospitales no leerán en el váter, deduce tu suegro. Yo le diría a Benjamín que se lee en el sofá, en la cama, en un medio de transporte, en un banco , en el campo bajo un árbol, en la playa...pero en el cuarto de baño noooo, nunca. ¿Problemas de estreñimiento?

En la puerta , hay una pintada ofreciendo los servicios sexuales orales de un joven español y sano, y gratis, en los servicios de la sexta planta. Y tu suegro, curioso e inocentón, se va al lugar señalado a ver quien ofrece algo así. Nadie, no hay nadie, qué vergüenza, tal vez un bromista le esté observando.

Furioso, sube las escaleras y arranca todos los anuncios del tablón . Qué culpa tendrán los afectados del "lupus", los donantes de sangre, los masajistas y las enfermeras por horas. ¿Estará perdiendo la cabeza?

Llega Jaime y , tras preguntarle si sabe algo de es "lupus" tan fiero, le pide que se lleve a Teresa de paseo, así podrá leer un poco. El estado de su hermano se agrava y él obsesionado con las delaciones del hermano Talí, el ajedrez de los hermanos polillas o la sopa de las estatuas del Espolón. ¿Huye de la realidad?

La fiebre no remite, Aurelio está agitado, parece tener pesadillas. ¿Con qué puede soñar alguien que no es consciente de sí mismo?

Tras la comida, en el hospital, Jaime y Teresa se van al hotel, a descansar un poco. Tu suegro permanece junto a su hermano, absorto en la lectura. A media tarde aparece una mujer sonriente y dicharachera. Se llama Dori Cisneros y la manda el arzobispado.


No, no es la cuidadora de noche, viene a dar apoyo a la familia. Benjamín quiere despacharla, no necesita nada, encantado y salude al señor arzobispo. Que no, que no puede irse, que ha de cumplir con su trabajo. Le propone rezar juntos y a Benjamín le parece de perlas : ella reza en silencio y él lee. Y dale con la lectura.

Dori, que ya soltó el disco de lo difícil que es asumir la muerte de un ser querido, suelta el de "leer es bueno". Se embala y termina sacando a relucir a su viejo " papapa", en Lima, siempre con un libro en las manos. El viejo no aguanta más, cierra la novela de golpe y resopla.

¡Tiene una idea! Le dice a la peruana que, si quiere ser útil, vaya a Burgos en un taxi, meriende en una cafetería y compre un regalo para sus consuegros, tus padres. Él paga el taxi y la merienda. Aquí tiene ochenta euros para el regalito, el transporte y las dietas. Ya sabe: una figurilla, unos pañuelos, la espada del Cid o una bota de vino. La recadera marcha tan contenta, a cumplir su misión.



Un rato después, suena la puerta y entra una vieja en camisón. Tiene pelos de bruja y arrastra una percha con una botella de suero. Podría ser la personificación de la muerte, como en la viejas novelas.

Pregunta si el enfermo es don Aurelio Tobes, el sacerdote. Al parecer, la mujer es de alguno de esos pueblos remotos donde su hermano fue párroco. ¿Una de esas "esquinadas" castellanas a las que el señor cura trataba con displicencia?

 La deja pasar, qué remedio. La del suero contempla al agonizante, se persigna, musita una oración, vuelta a persignarse y proclama que era un buen hombre. Benjamín corrige el "era", todavía no se ha muerto. Todavía.

La del camisón pregunta si está grave, le impresiona verlo postrado, con el genio que gastaba en sus buenos tiempos. Como el lector contesta con malos modos, se va sin despedirse, arrastrando la percha. Si pudiera dedicaría un portazo a este viejo tan descortés.

Benjamín oye un ronquidito, ha abierto los ojos, es el fin. Ha muerto. Da las gracias a Dios . Temblando, cierra los ojos al difunto y aprieta el pulsador. Rompe a llorar.

¿A dónde va Aurelio? A donde todos hemos de ir.


Un abrazo de María Ángeles Merino a todos los que me visitáis.

Pedro Ojeda dijo en "La acequia":

"Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, ilustra magníficamente el reencuentro de Benjamín Tobes con Burgos, que tantos guiños irónicos tiene para comprender el giro de la trilogía. En su siguiente entrada, aborda con acierto la forma en la que Esquivias introduce en la narración los hechos del atentado del 11M."

5 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

A mí me gusta la manera en la que el autor introduce la historia del atentado: explica, además, en buena parte, el giro hacia el final de la historia.
Buen trabajo, como siempre. Y oportunas ilustraciones.

pancho dijo...

Benjamín dice que se trata de dos noveluchas, pero no puede dejarlas. Además demuestra lo rápido que es capaz de leer. En el camino de vuelta ya las había terminado.

Muy buena la semejanza con el edificio "entubado".

La señora que iba por el pasillo con los pies a la rastra se consideraba en mucha mejor condición que el tío Aurelio, como si le hubiera echado mal de ojo.

Bien buscadas las fotos.

un abrazo.

Aldabra dijo...

Ese ronquidito lo hemos de dar todos. Biquiños,

Paco Cuesta dijo...

Benjamín no puede dejar de ser un hombre práctico, si alguien estorba le despacha.

Abejita de la Vega dijo...

Pedro: a mí también me gusta cómo inserta el drama del 11 M en su novela.

Pancho: no puede, no, qué hipocritilla es. Entubados y apuntalados, así es la vejez, qué pena.La señora del goteo es genial, es un poco a la antigua usanza: la muerte andante viene a por un alma.

Aldabra: ese ronquidito lo oí yo en mi casa, lo interpreté como ronquido y era la muerte de un ser querido.

Paco Cuesta: cómo despacha a la pobre Dori, bueno ella tan contenta.

Gracias, amigos por vuestra visita, como veis os voy contestando.