jueves, 31 de marzo de 2011

"Tio Aurel stable stad trkilos Suerte en el cncierto..."


"Viene la noche" (Foto tomada en Palacios de Benaver)



Comentario al capítulo tercero del libro "Viene la noche", de Óscar Esquivias, páginas 104 a 125.


Sábado 23 de diciembre de 2006

¡Hola Sara!

Tiene razón tu suegro, es hogrible, os estáis jugando la vida. Tu Jaime al volante, en medio del trafico endiablado de Madrid, ejerce una actividad de riesgo. Todavía no te ves con fuerzas para ponerte al volante, se lo cedes a él.

Vais al intercambiador de la avenida de América, para coger ese autobús que os llevará a Burgos, a Teresa y a ti. El escritor describe fielmente el ambiente de esa estación subterránea, de aire viciado, estrechísimos túneles y deterioro prematuro.

Aunque no vaya a contarte mis batallitas, te diré que es una vieja conocida mía, desde su inauguración en el 2000 hasta el 2007, año en que obtuve plaza en mi inquieta y venerable ciudad. Todos los viernes y todos los lunes del curso , pasaba por allí. La pintura del escritor, no puede dar mejor en la diana. Tiznada por el humo, envejecida en plena juventud, poblada de gente que no tiene a donde ir, mirones, rateros, desocupados, prostitutas, prostitutos...y viajeros, claro. Y lo peor de todo, los conductores de autobús tienen enormes dificultades para salir de allí.



A lo que íbamos, suegra y nuera cogéis el autobús, entre un trasiego de gente que comienza sus vacaciones. Urgencia en los altavoces, nerviosismo, besos, adioses y el vehículo casi os da con las puertas en las narices.



Jaime sale disparado hacia el ensayo en el Auditorio y Benjamín se queda solo en el intercambiador. Como le sobra tiempo, compra "El País", se dirige al bar , pide un café y aprovecha para revisar , en la clandestinidad, sus participaciones de lotería. No, no ha sido agraciado por los "putos niños de San Ildefonso".



Este año fue más lejos en sus contradicciones y telefoneó tímidamente a Hacienda, para preguntar dónde podía adquirir dos números que aparecen en sus novelas favoritas, unas de Galdós. La funcionaria , en un pis pas, le facilita las direcciones y tu suegro se queda asombrado, si todo funcionara así en España, otro gallo nos cantaría. Y compra los décimos galdosianos que irán a la papelera con la de la carnicería, la pescadería, etc.

Benjamín ha quedado con tu padre, Acacio, a las seis y media, para ir al concierto. Tiene por delante unas horas libres que no sabe cómo emplear. Sería el día ideal para ir con Clarita, a comer por ahí; pero no, no le apetece, aún está irritado por los reproches. Pobre Clarita, a quién se le ocurre enamorarse de un egoísta.

Decide ir al pisazo del "Europeo", en la calle Pirineos, el hijo del difunto Córcoles, residente en la muy europea Bruselas. Benjamín solía ir con su finado amigo hasta allí, para orear la casa, echar un vistazo y beberse un güisqui.

Cuando muere Córcoles , el hijo le pide que continúe ventilando de vez en cuando y le entrega una cantidad de dinero más que generosa. Sólo ha de fingir que la casa tiene vida; algo que, tal vez, eche para atrás a los ladrones. Así que cada semana va, abre , sacude y descansa un ratito en un confortable butacón . Se entretiene pasando los canales de la tele, pornográficos incluidos. Antes se masturbaba y se quedaba con su media erección; ahora ha desistido, se sentía derrotado.



Hoy decide bañarse y quitarse el tufo de la estación, en el lujoso baño. Se mete en un mar de espuma pero se siente observado, recuerda que Corcolitos controla con su mando a distancia desde Bélgica; de repente se siente desnudo, sale de la bañera y se va con la precipitación de un ladrón.



Mientras tanto, Jaime, en el ensayo, recibe tu mensaje de "tio Aurel stable...". ¡Ay, el lenguaje SMS!

Acacio, tu padre, ofreció su oche para llevarle al Auditorio. También irán Cebrianitos y Walter Astorga, alias la Puerta, una de sus últimas amistades.

Walter Astorga es pastor de "La Ciudad del Gran Rey", una iglesia protestante. Por cierto, uno de los dos libros que encargaste a Mila se llama también así.



En días laborables se dedica a la fontanería y predica los fines de semana. Su lugar favorito es el metro, allá baja con alguno de sus hiphoperos y bigotudos hijos, donde "se siente el pulso de la ciudad". Ya sabes, Biblia en mano exclama eso de "¡Yo soy la Puerta!".



Benjamín hizo amistad con él, tras coincidir varias veces en los vagones, a pesar de su condición de católico a machamartillo. Le gusta la oratoria de Walter y sus sermones le parecen más convincentes que los del padre Urrez, el capuchino.

A las seis y media, aparece Acacio, tu padre. Él tiene a gala su espinoso nombre que cuadra perfectamente con su personalidad.



Otro de sus orgullos es su alopecia: su calva es de "gorra", producto de años de servicio en la Policia Municipal. Tu suegro, no hace falta que te lo cuente, no le tiene simpatía, por ´policia y por llevar un lustro sin dar un palo al agua, con solo sesenta años.

En el Auditorio no cabe un alma. Suenan los timbres y muchas personas "inquietas" corren a ocupar sus butacas. Hay quienes estudian ávidamente el programa y quienes buscan a sus familiares entre la masa de cantantes. Destellos prohibidos de flash y los músicos británicos afinando con una sonrisa, como si les hiciera gracia tanto jaleo.



Van llegando los tardones, unos piden perdón por hacer levantar a la gente y otros dan las gracias, Benjamín tiene con eso un motivo de reflexión que le hace feliz. Cuando ya se apagan las luces, aparece Morris, el poeta, sin disculpas ni gracias.

La música hace el efecto de un bálsamo, en los espectadores. Miradas fijas, fijas, parecen contemplar algo que cuelga en el aire. A Walter se le caen los lagrimones, cuando el tenor entona esos versículos bíblicos que tan bien conoce. Termina el aria y el predicador da dos sonoros aplausos, los únicos, ganándose miradas y siseos. No se siente abochornado, estruja al viejo dándole las gracias, está emocionadísimo. Seguro que los músicos se están acordando de la parentela del aplaudidor...



Todos los coros se ponen de pie y una corriente eléctrica recorre la espalda de los espectadores. ¡Ahí está Jaime! "And the glory, the glory of the Lord shall revealed". A Benjamín se le pone la piel de gallina, juraría que distingue la voz de su hijo, entre las doscientas cincuenta voces. Orgullo, felicidad y lágrimas. Murmura el nombre de Jaime. Te hubiera gustado estar allí, Sara. Por muy "ostra" que seas, te hubieras emocionado.



La "electricidad" se agota y es reemplazada por el aburrimiento. Demasiado concierto , el entusiasmo por ver a los suyos se apaga pronto. Sólo se animan con los coros más briosos y , sobre todo, con el Aleluya, el único que les suena.



Cuchichean, escriben con el móvil, hojean el programa, bostezan o se van. Para Benjamín también es demasiada música y su pensamiento se desvía hacia el dolor de espalda que pescará el británico director.

Se apaga el amén y estallan los aplausos y los bravos. Morris,como es "poeta", dice algo muy delicado, asegura que se comería el programa para vomitarlo y comérselo, para volverlo a vomitar. A continuación, aparta a Benjamín, para informarle de que Cebrianitos huele a pedo. Ya predijo su cuidadora, la negra Mildred: se pone nervioso y se descompone.

Volverán con tu marido, que tu padre, tan servicial, ni loco carga con Cebrianitos cagado. Pero, antes de despedirse, le pica la curiosidad y pregunta a Morris`por sus poemas; a lo cual contesta que él hace poesia, sin tilde, nunca poesía. Escribe lo que se le ocurre "cuando le dan por culo", como ahora. Y Acacio contesta, socarrón: "igualito que San Juan de la Cruz". Y "el rostro de Morris" se ilumina , mira tú por donde el espinoso viejo le comprende. ¿Es tonto o se hace el tonto?

En esto, llegan Jaime y Andros, sudorosos. Benjamín recibe a su hijo con un abrazo y le presenta al predicador y al poeta. Tu marido está atento a las palabras efusivas de "la Puerta" y no percibe como el viejo va cambiando de color. No puede ser, es Clarita. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? No le queda más remedio que disimular y hacer las presentaciones.

Jaime presenta a su jefe, Andros, que saluda a todos a la vez, mientras escucha el buzón de voz de su móvil. Una expresión de alegría inunda su rostro, ¡el premio!, le han dado el premio al mejor escaparate, su tornado de bragas ha arrasado. Abraza a Jaime que, ya le conoces, empieza a estar harto de tantas efusiones.



Tu espinoso padre, y perdona, pregunta discretamente a su consuegro si es "ése" el jefe de su hijo. Benjamín se lo aclara, sí, es el hijo del difunto Ubieta, el de la mercería. Y tu padre, tan abierto de mente, dice que no le extraña que el mercero se muriera de pena o de vergüenza.

"Leandrín" invita a todos a celebrar el premio, en una champanería. A tu homófobo padre la "cuchipanda" propuesta le suena a chupar penes, o algo así. Se disculpa, es tarde. Tu suegro aprovecha para emplumarle a Clarita y a Morris, le resultan tan incómodos en este momento... Los llevará en su coche.

El resto acaba en una champanería de Capitán Haya y todos beben, el predicador abstemio incluido. Acaban cantando villancicos, entre besos, abrazos y vivas a la Navidad y al niño Jesús.



Tu "hámster" Jaime cena restos de comida, en vuestra casa. Está completamente borracho y decide dar un paseo. Sus "pies redondos" y sus "rodillas flojas" le llevan hasta el "Arbolito de naranja", donde la chica de la barra le recibe sonriendo ampliamente. Alguien le palmea la espalda, coño Jaime.Es su jefe Andros flanqueado por dos adolescentes, a los que toquetea el culo. Si tu padre lo ve...

Mientras, los dos viejos aterrizan, achispados, en la casa donde espera Mildred. Esta vez no hay gritos ni reproches, simplemente deja pasar a Cebrianitos, con su carga maloliente, y ni se despide de Benjamín. En su mirada hay más tristeza que rencor.

El viejo cena en un bar lleno de hombres mayores, de los que tienen una razón para retrasar la llegada a su casa. El alcohol no le afecta demasiado, pero ve como "a su alrededor siega la cordura". Decide pasear un poco y ve a su hijo entrando en el "Arbolito de naranja". Piensa que vaya con Jaime, que cómo aprovecha tus ausencias.

Llega a las puertas del tugurio, en ese momento aterriza un grupo de muchachos que le pregunta si va a entrar. No, no entra. Mañana tiene que viajar a la cabeza de Castilla. Tú ya estás allí y no habrás tenido un día muy interesante. Veremos qué pasa con el tío Aurelio.

Un abrazo de María Ángeles Merino a todos los que pasáis por aquí.


Pedro Ojeda dice en "La acequia":

"Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, comenta el capítulo segundo de Viene la noche, como si fuera un diario melancólico. No os perdáis las ilustraciones. Después aborda el tercero, con el mismo esfuerzo de reescritura ilustrada, tan preciso."

6 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Hay algo nuevo en esta reescritura ilustrada que propones, que mira el mismo tema desde otro ángulo y que arroja matices que lo enriquecen.

pancho dijo...

¿Coleccionas puestas de sol? Original manera de empezar los comentarios.

Siempre me ha hecho gracia eso de que se pueda encender la calefacción por teléfono. Eso son avances y lo demás ...

Al pobre Benjamín ya ni con química.

Excelente narración, ajustada a los hechos más los añadidos que tampoco desmerecen. ç

Un abrazo.

Merche Pallarés dijo...

Abejita, en cuanto llegue a mi casita, jubilata de nuevo, leeré con mucho detenimiento tus entradas y veré tus videos. Los imprimiré todos al igual que los de ALDABRIÑA porque hay que regodearse "calmosamente" con vuestro excelente trabajo. Besotes, M.

Aldabra dijo...

Se me hizo raro que Benjamín se quedara para el concierto y no se fuera a Burgos, ¿verdad?, a mí me chocó, aunque luego claro, pensé que como Sara era enfermera pues se desenvolvería bien en el hospital y el concierto sería una vez en la vida. Al final todo quedó bien encajado y hasta Benjamín tuvo tiempo de despedirse en vida de su hermano. Aunque fue más un paripé pues no le hizo mucho caso. Y es que a veces la muerte es un trámite latoso que hay que cumplir.

Biquiños y gracias por tu trabajo y por tus fotos.

Myriam dijo...

Por un lado mejor que no estuvieran ni Sara ni Teresa para ser testigos de los calores o colores que pasó Benjamín con la llegada de Clarita al auditorio... ahora Sara se entera con tu carta.

Gracias por el Mesias.
Besos

Abejita de la Vega dijo...

Pedro: al cambiar el narrador, aparecen esos matices, es verdad.

Pancho: en cierta manera sí, colecciono las puestas de sol, siempre desde la puerta trasera de la casa de Palacios de Benaver, casi siempre en verano, cuando me quedo un rato leyendo fuera, o esuchando la radio, o sólo disfrutando del silencio y del cielo. A veces, pienso en mi atardecer, el que llegará...

Ni con pastillas, los años no perdonan, en eso y en tantas cosas...

Merche: espero que te hayasa regodeado bien, en el mío y en de Aldabriña.

Aldabra: en realidad, da lo mismo uno u otro, porque Aurelio ni se entera.

Myriam: es verdad, soy una chivata, aunque a Sara no creo que le importa. La pobre Teresa se mosqueará el día del año, comiendo langostinos, con las indirectas de Acacio, que está deseando soltarlo...

Besos, amigos