viernes, 15 de enero de 2010

"...la doncella del jabón le manoseó las barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras..."



Segunda parte del comentario al capítulo 32,2 del Quijote. Publicado en "La acequia".

El duque acaba ya su larga risa y se dirige al de los Leones, ya ha aprendido su nuevo apelativo, para dar por cerrada la confrontación con el eclesiástico. Su respuesta ha sido “altísima” y completa, para un agravio sólo aparente que, al igual que las mujeres, no agravian los eclesiásticos. ¡Otra vez con lo mismo!

Y don Quijote responde que así es: mujeres, niños y eclesiásticos no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, por lo tanto no pueden ser afrentados. Parece ser que, entre el agravio y la afrenta, hay una diferencia que nos ha de explicar con sesudos y bien traídos ejemplos. A estas alturas, el lector se pregunta cuándo dejará, nuestro querido hidalgo, el asunto éste de las afrentas. Menos mal que no se siente agraviado en su persona “porque quien no puede recebir afrenta, menos la puede dar”. Eso sí, quisiera haberle podido sacado del error garrafal en que se encuentra, pensando que no han existido ni existen los caballeros andantes. Mal lo hubiera pasado el sermoneador si se entera Amadís u otro de su linaje.

El escudero confirma lo que dice su señor, especificando lo que hubiera hecho un Amadís o similar: rajarle como a una granada o melón. Buenos son esos para aguantar “semejantes cosquillas”. Y si lo oye Reinaldos de Montalbán, la que se arma. Pero Sancho… ¿cómo sabes tanto de libros de caballerías? ¿No eras labriego, analfabeto y con poca sal en la mollera? También es verdad que has hecho un curso intensivo, al lado de tu señor.

La duquesa “perece” de la risa y su favorito es el escudero, al que tiene por más gracioso y más loco que su señor. Su parecer es compartido por “muchos”… ¿Quiénes son esos “muchos”?

Al fin de la comida, el de los Leones se sosiega. Ya no ruge, digo ya no tiembla ni se le enreda la lengua. Cuatro doncellas llevan lo necesario para lavar las manos. La fuente y el aguamanil es de plata, las toallas son blanquísimas y riquísimas, el jabón redondo y napolitano. La de la fuente, muy desenvuelta ella, la encaja debajo de la barba de don Quijote y éste, un hidalgo de aldea al fin y al cabo, supone que será usanza de la tierra el lavar las barbas, en vez de las manos. Tiende la suya todo lo que puede, llueve del aguamanil y la doncella del jabón le manosea las barbas. Se las enjabona con rapidez, formando mucha espuma. No sólo las barbas, enjabona también la cara y los ojos. Tanto jabón le entra en éstos que le obligan a cerrarlos.

Los duques esperan en qué ha de pagar el extraño lavatorio, no saben nada de ello. La “doncella barbera” finge que se le ha acabado el agua y manda por ella. Deja a don Quijote cegado por el jabón. Los presentes disimulan, con gran esfuerzo, la risa. Las doncellas de la burla tenían los ojos bajos, no se atreven a mirar a sus señores. La cólera y la risa libran una batalla en el cuerpo de estos odiosos duques. No saben si castigar el atrevimiento de las muchachas o premiarlas, por haberles hecho reír tantísimo.

Por fin, la del aguamanil aparece con el agua y aclara las barbas y la cara a don Quijote, devolviéndole el sentido de la vista. Le limpian y le secan despacio, muy despacio; que así es más divertido. No acaba ahí la burla, falta una grande y profunda reverencia para retirarse. Pero el duque no quiere que el enjabonado caiga en la burla, llama a la de la fuente y le ordena que también a él le lave las barbas; pero que no se le acabe el agua.

Así lo hace la “aguda y diligente” doncella. Lava, enjabona la ducal barba y se retira con reverencias. El duque hubiera castigado “su desenvoltura”, menudo era el duque…

Sancho mira atónito los lavatorios y piensa, como su señor, que será usanza de la tierra. En Dios y en su ánima que lo ha de menester, una buena jabonadura y si se las rapasen, miel sobre hojuelas. Pero, al muy pardillo, se le ocurre decir, en voz alta, que pasar por un lavatorio así “antes es gusto que trabajo”.

La duquesa, qué más quiere. Está dispuesta a ordenar que lo laven y que le metan en colada. Sancho, de momento, se contenta con las barbas, más adelante…

El maestresala se lleva a Sancho, quedándose en la mesa los duques y don Quijote, hablando de diversas cosas. Es el momento de tirar de la lengua al caballero respecto a su Dulcinea…

Están con su coloquio en torno a la del Toboso cuando se oyen voces y ruido. Entra Sancho asustado, con un trapo sucio a manera de babero. Tras él, una comparsa de pícaros de cocina y gente menuda. Uno trae una artesa pequeña llena de agua de fregar, grasienta y maloliente. Persigue al escudero y pretende encajarle la batea debajo de la barba. Otro se la quiere lavar.

La duquesa pregunta con sorna qué quieren con ese buen hombre, si no consideran “que está electo gobernador”. El pícaro barbero contesta que no quiere dejarse lavar como lo hizo el señor duque y el señor su amo.

Sancho, colérico, contesta que querría sí, pero con toallas limpias, lejía clara y manos menos sucias. Que tanta diferencia no hay de él a su amo, que a él le lavan con “agua de ángeles” y a él con “lejía de diablos”. Él tiene las barbas limpias y está dispuesto a dar un puñetazo a quien le toque un pelo. Menudos agasajos los de este palacio…

La duquesa no puede más de risa de oír a Sancho; pero don Quijote viendo tan mal aliñado a su criado, sale en su defensa. Hace una profunda reverencia a los duques y, con voz reposada, pide a la comparsa del sucio lavatorio que le dejen y se vuelvan, que su escudero limpio es. Y “ni él ni yo sabemos de achaques de burlas”.
Sancho manifiesta que no aguanta más burlas, que traigan un peine y le almohacen la barba y que le trasquilen, si sacan alguna cosa…debe referirse a aquellos bichillos que emigraban al llegar al ecuador. ¿Os acordáis de lo que se extrajo del muslo, a orillas del Ebro?

La duquesa, riéndose, le da la razón y “reprende” a los de la artesa guarra, “ministros de la limpieza”. Han sido descuidados, en vez de traer fuentes y aguamaniles de oro puro con toallas alemanas, han usado artesas, dornajos…Les dice que son malos y mal nacidos, son unos malandrines que no saben disimular la ojeriza que tienen a los escuderos de los caballeros andantes.

Los apicarados y el maestresala creen que la señora habla de veras y se retiran, confusos y avergonzados.

Sancho se arrodilla, agradecido, ante la duquesa. La gran merced que la gran señora le ha hecho no puede pagarse sino con desear verse armado ¡caballero andante! Así podrá dedicarse a servir atan gran señora. Quijotizado del todo está nuestro escudero. Aunque, a continuación, desciende a la realidad y declara ser labrador, casado, con hijos y escudero. Mande la señora lo que quiera, que él tardará menos en obedecer que ella en mandar.


Un abrazo a todos los que pasáis por aquí, de María Ángeles Merino Moya


Pedro Ojeda Escudero dice en "La acequia":

Para la primera parte de su comentario, Abejita de la Vega elige la defensa de la caballería andante de don Quijote, con ilustración oportuna. Después se centra en las atenciones que les prestan las doncellas a nuestros personajes: no os perdáis la imagen, con espuma de afeitar y todo.


Leer más: http://laacequia.blogspot.com/#ixzz0d5qJ6le9
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También dice en este blog:

¡Cómo juega con nosotros y nuestras emociones Cervantes en este capítulo!

Dejémosle jugar...Un abrazo

5 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

¡Esta abejita sí que sabe! ¡Qué imagen más divertida! Buen comentario, como siempre.

Antonio Aguilera dijo...

Los togados, al igual que las mujeres, no empuñan maàs armas que la lengua: vaya fama que tenìan las fèminas entonces.
Pues no es cierto, porque si Sancho dice que Dulcineas ahechaba trigo serà porque las mujeres trabajaban en la era, y en todas las labores agrìcolas en general.

Lo que pasa es que los hombres han temido el lenguaje de las mujeres: "Je ne comprend pas le pourquoi".

En cuanto al caballero "continente", es bien gracioso el libro; yo lo tomè a guasa como imagen.
Sì, la pobre Dulcinea "a dos velas", mejor que no existiese jajaja.

Sancho ya loco de contento. Con su Ìnsula `cada vez màs cerca. Nos harà Cervantes pasar un buen rato cuando llegue la hora de gobernarla.

La verdad es que se me hizo un poco largo el capìtulo (media hora en Mp3), ahora vienen varias semanas la mitad más cortitos: que nos quede tiempo de tomar unas cañitas....

Un abrazo Abejita

Paco Cuesta dijo...

Hemos de reconocer que D. Quijote hace un canto a la mujer en la persona de su Dulcinea. Para no arremeter físicamente contra el clérigo recurre a que su campo de batalla es el púlpito y su arma la palabra, por lo cual le ataca con su misma herramienta.
Un abrazo

pancho dijo...

Los duques tienen que poner orden en la rebelión de la servidumbre; autonomía, la justa; bromas, sólo las permitidas por los señores.

Estos héroes tan metálicos y pantallosos tienen poco que afeitar.

Excelente ¿resumen?.

Abejita de la Vega dijo...

Pedro: esta abejita...Gracias.
Antonio: eran unos misóginos de tomo y lomo y eso que las féminas, como tú indicas, trabajaban como burras. Miedo no creo, menudo miedo tienen los obispos de los curas.
Y Dulcinea, a dos velas, con el continente ése...qué pobre.
Sancho: está que no le cabe una paja...
A mí también se me hizo pesado.Lo leí todo, pero me salté una parte de comentario ,no podía con tanto.
¿En mp3? ¡Qué modernooo!
El próximo, corto, más tiempo para cañitas o cafelito.
Paco: le contesta con sus mismas armas, menuda lección le da. Aquí Dulcinea es presentada como asignatura obligatoria, pobre...Pero, en general,sí es lo que dices, un canto a la mujer.
Pancho: el duque está a punto de castigar a las del lavatorio, menuda gente ésta.Las bromas sólo ellos. Metálicos y pantallosos e ...imberbes.

Un abrazo